¿Hay (Estado de) Derecho? (III): La ley antitabaco y las autolesiones

La reciente entrada en vigor de la nueva ley antitabaco me ha hecho recordar cierto asunto filosófico-jurídico. Parece claro que el fundamento de esta ley es evitar que el uso de la libertad de unos afecte a la de los demás, disponiendo que no se pueda fumar en determinados ámbitos donde previsiblemente se va a molestar o se va a perjudicar la salud de otras personas. Sin embargo, hay elementos que hacen pensar que la ley quiere, además, evitar que la gente fume porque es malo para el propio fumador.

De hecho, el Preámbulo habla de que se adoptan las “medidas encaminadas a potenciar la deshabituación del tabaco y a tratar de erradicar a medio y largo plazo el hábito de fumar” y en los debates públicos previos, los que se oponen a ley aducen que no cumplirá su función de ayudar a abandonar el hábito a los que quieran dejar de fumar y que constituye un exceso de proteccionismo de un Estado-padre al que, dicen, ahora le ha dado por perseguir al fumador; y de hecho se prohíbe fumar en ciertos espacios libres donde es claro que no se perjudica a nadie. Y esta es la cuestión: ¿Debe la ley protegernos de nosotros mismos? ¿O más bien debe abstenerse de ello porque somos mayores de edad y libres, por tanto, de equivocarnos o perjudicarnos?

En cierta tertulia familiar, mi hermano, el filósofo (y también jurista) Javier Gomá, tomando como la obligación de ponerse el cinturón de seguridad, sostenía que en un Estado de derecho, la ley tiene competencia para regular un número tasado de interacciones humanas, sólo aquellas que por su naturaleza son exigibles coactivamente activando la máquina represora del Estado, por lo que la sanción por no ponerse el cinturón de seguridad constituye un uso totalitario de la ley, que buscaría cuidar de nosotros como menores de edad incapaces de elegir lo que nos conviene y nos lleva de la mano al recto comportamiento.

Esa opinión era anuncio de un artículo que posteriormente publicó en Babelia (aquí)

La verdad es que la cuestión tiene interés y se relaciona directamente con el Estado de Derecho objeto de esta serie, pero, en esta ocasión, yo, y otros miembros de la familia, nos decantábamos por entender que sí cabe tal regulación, con las adecuadas precauciones. Por un lado, porque tal conducta puede indirectamente perjudicar a terceros (por ejemplo, mayores gastos sanitarios, a veces no baladíes), sin que me sea suficiente el argumento en contra de que por esa regla de tres habría que sancionar a los gordos o los que intentan suicidarse, pues el Derecho no es absolutamente armónico y no regula todas las conductas sino sólo aquéllas que considera relevantes en un momento determinado (y a lo de los gordos, tiempo al tiempo). Por otro, porque hay muchos ejemplos de normas de ese estilo totalmente lógicas e indiscutidas: las que imponen un equipamiento de seguridad obligatorio en los barcos de recreo, o los que imponen controles de seguridad en construcción de vivienda unifamiliares.

Pero, sobre todo, porque a veces la ley tiene que tener una función “ejemplarizante” (y con eso se la devuelvo al filósofo que, no obstante, en un artículo posterior distingue entre la perspectiva jurídica y la ética: (aquí)). Y es que yo soy ex fumador y sé que es muy difícil dejarlo. Recuerdo impresionado un artículo de prensa que revelaba que en un solo cigarrillo había hasta 300 sustancias diferentes, una de las cuales era, por ejemplo, penicilina para conseguir que la garganta no te duela al fumar. Las Tabacaleras tienen los mejores químicos del mundo y consiguen que, una vez que te has enganchado, sea muy duro salir de ahí. Por eso me pregunto ¿es ilógico que el Derecho trate de corregir esas desigualdades en el mercado, las asimetrías de información, esos desequilibrios de poder?

Es cierto que hay un riesgo de abuso, pero también digo que, para mí, dejar de fumar fue librarme de una esclavitud y una cuestión de orgullo personal y, seguramente, las restricciones legales me hubieran ayudado (hace de ello ya 11 años), como hay normas que compensan la falta de información de los consumidores, o protegen al administrado, o al que tiene alguna deficiencia, sin que ello los haga menores.

Por cierto, en las tertulias familiares no siempre hablamos de estas frivolidades: a veces hablamos de cosas serias, como Gran Hermano.

9 comentarios
  1. Rodrigo Tena
    Rodrigo Tena Dice:

    Interesantísimo tema el que plantean aquí los hermanos Gomá, que en mi opinión apuntan una de las cuestiones críticas de nuestro tiempo, tanto desde el punto de vista político como jurídico. Por mi parte, no puedo estar más de acuerdo con Ignacio. Hemos pasado de una sociedad patriarcal y/o tribal (por cierto, todavía subsistente, y no sólo en Pakistán sino también en algunas zonas de nuestro propio país) a otra ferozmente individualista sin solución de continuidad, dejándonos por el camino a la polis, a la ciudad, única fuente de civilización. La vida en la “ciudad”, por definición solidaria, queramos o no, ofrece muchas ventajas, pero también impone algunas obligaciones. Si cometo una imprudencia y embisto un vehículo cuyo conductor no lleva el cinturón de seguridad, y como consecuencia lo mato, sufro unas consecuencias bastante serias que podría haberme ahorrado si el otro conductor hubiera sido un poco más precavido. Si ese conductor tiene 24 años y acaba de terminar la carrera de medicina, el Estado ha desperdiciado una ingente cantidad de dinero en su educación. Si es un fumador empedernido y muere por un enfisema a los 30, tres cuartos de lo mismo. Desde luego que lo anterior no basta para obligar a todos los ciudadanos a profesar la misma fe, votar al mismo partido, ni siquiera para prohibirles fumar en su casa. Pero quizá sí a algo tan modesto como imponerle bajo multa (y no bajo tortura) la obligación de llevar el cinturón de seguridad, o la prohibición de fumar en un parque público, aunque sea por algo tan políticamente incorrecto como su propio bien, que al final siempre es, inevitablemente, el bien de todos.

  2. elisa de la nuez
    elisa de la nuez Dice:

    Este tema me recuerda a otro con el que creo que guarda relación, y que ha ocupado portadas de periódicos hace unos meses, los rescates millonarios (con dinero público o privado) de personas que voluntariamente se colocan en situaciones de altísimo riesgo (por ejemplo, practicando alpinismo sin la debida preparación). Si no recuerdo mal, existía una cierta tentación popular de exigir al Estado-padre que se ocupase de todo… y además se enfadaban si alguien ponía en duda la necesidad de que la gente con menos suerte (veáse los sherpas que se ganan la vida ayudando a los deportistas) tenga la obligación de jugarse la vida para salvar la de los intrépidos montañeros. ¿Son estos los mismos que quieren que les dejen fumar a su antojo en lugares públicos y no llevar cinturón de seguridad si les molesta?

  3. Fernando Gomá
    Fernando Gomá Dice:

    Por entrar en el debate como “tercer hermano”, el problema con las inarmonías del Derecho que señala mi hermano es que en ocasiones se percibe con desasosiego e incluso con franca discrepancia que el Estado a veces se preocupa mucho y restringe la libertad de los ciudadanos (tabaco, circulación vial, educación fuera de los colegios), y en otras muy poco, dejando gran libertad sin establecer límites (píldora del día después o abortos de menores de edad, en los que los padres no tienen nada que decir), todo lo cual denota una específica visión moral sobre la libertad sostenida por parte del actual Estado (aquí te puedo dejar solo, aquí tengo que decirte cómo actuar), que puede ser compartida o no por los destinatarios de las normas, en nombre de otra moral diferente.

  4. jj
    jj Dice:

    Es verdad que algunas normas tienen una función precursora, ejemplarizante, como dice el Sr. Gomá, y que van por delante de la realidad, en vez de acomodarse a ésta. Gracias a esa función educadora, nos fuerzan a cuidar de nuestros pulmones, de nuestra salud. Pero en los últimos cuarenta años ha sucedido otra cosa de sentido inverso. La proliferación de leyes sobre responsabilidad profesional de los médicos ha convertido a los “pacientes” en “usuarios” del sistema de salud, quebrando la relación de confianza esencial entre médico-enfermo (Laín, Rof Carballo) y convirtiéndola en una relación de cliente/consumidor que exige y recela del “producto” que le “venden”. Esa “medicina a la defensiva” (Rof, Usandizaga) ha tenido que ver con el avance tecnológico. La fe ilimitada en la técnica no se extiende muchas veces al médico que la administra: cualquier fallo sería culpa de la ignorancia del médico. Así se explica el creciente número de reclamaciones y el aumento en el precio de la asistencia, entre otras cosas por el coste del seguro de RC. Consecuencia extrema de esa situación es la que relata el Dr. Martínez López de Letona: en USA un gran número de obstetras derivaron hacia la ginecología para no tener que enfrentarse ya jubilados a una posible reclamación por el mal rendimiento estudiantil de algunos de los niños nacidos bajo su cuidado, atribuido a un real o supuesto daño cerebral causado durante el parto.

  5. ENNECERUS
    ENNECERUS Dice:

    Odio el tabaco. Es un odio no sólo racional, sino emocional. Es decir, estoy cerquísima de una auténtica fobia al tabaco. Creo que los fumadores habían traspasado todos los límites que yo observaba de pequeño: fumar en ascensores, en presencia de niños, en ambientes cerrados, exhalaban el pestilente humo sobre ti y por toda disculpa excretaban un “no te molestará el humo, ¿verdad?” mientras de todas las maneras posibles tratabas de ahuyentar de ti, por fuera y por dentro, tan dañina inmisión.
    Dicho lo cual, me parece que la nueva ley antitabaco es un ejemplo más de la vocación liberticida de los gobiernos. Ante un problema, la única solución que se les ocurre es la coacción y la restricción de la libertad. Entiendo y defiendo que no se pueda fumar en oficinas públicas, aeropuertos, etc., excepto en la áreas restringidas especialmente acondicionadas para ello, porque nadie tiene derecho a obligarme a inhalar un aire viciado que perjudica mi salud ni a rociarme con un humo que deja un olor asqueroso a mi ropa. Pero del mismo modo, el Gobierno no debería ser quien para prohibir fumar en negocios de titularidad privada que no son imprescindibles para la vida. A nadie se le obliga a ir a un bar o a un restaurante y por tanto, prohibir que se fume en estos recintos de titularidad privada me parece un completo abuso. Lo que sí me parece correcto es que se prohiba la entrada a menores en locales en que se permita fumar.
    Qué pena que olvidemos la sabia cita de Benjamin Franklin: Quienes a cambio de seguridad renuncian a una libertad esencial, no merecen ni la una ni la otra.

  6. javier vicens
    javier vicens Dice:

    ¿Debe la ley protegernos de nosotros mismos? Veamos: yo me impongo ciertas normas porque me conozco y sé cómo acabaría si me dejase llevar por mi espontaneidad. Entre esas normas que me impongo está la de circular por la derecha, detenerme en los semáforos cuando están en rojo y acatar otras convenciones sociales cuya utilidad es patente como pueden ser no hablar con la boca llena o no escupir en los museos o en otros lugares públicos. Todas esas leyes que me impongo me protegen de mí mismo. Pero hay otras leyes y convenciones sociales que me dejan perplejo y entonces necesito sublimar mi indignación. ¿Por qué diablos -me pregunto a veces- hay que prohibirle a Clemente -el dueño del bareto de la esquina- que permita fumar en su establecimiento? Allí ni van niños ni va casi nadie. Los pocos que van -da la casualidad- son fumadores y bebedores en paro desde hace años. Bueno, sí, lo reconozco, de vez en cuando puede uno ver a un niño allí, o a un cura. Entiendo que prohiban entrar a los niños y a los curas en los bartetos de fumadores. Sublimando mi indignación voy a más: ¿Por qué diablos -me pregunto- tengo que poner un cartel de “No Fumar” en la parroquia si casi nadie fuma aquí y los que lo hacen tienen sus razones? Supongo que las cárceles del Estado son lugares públicos. Supongo que, a partir de ahora, cuando manden a uno a la cárcel le advertirán: “allí no se fuma”. Los que se queden tendrán una salud de hierro. Los fumadores tendrán otro motivo para planear su fuga.
    En resumen, a esa ley antitabaco le ha faltado circunspección.
    Y, en fin, nos queda la epiqueya, esa forma amable de aplicar la ley para no hacerla odiosa.

  7. Joaquín del Pino
    Joaquín del Pino Dice:

    Interesante el artículo de D. Ignacio, como la mayoría de los comentarios de los lectores. Ya que me preguntáis, he aquí mi opinión:

    1. Durante décadas, he sido, como millones de personas más, víctima de la impacable dictadura y egoísmo ilimitado de los fumadores, así como de la mala educación implícita de muchos de ellos. La carrera la aprobé a pesar de que, en muchas ocasiones, apenas se vislumbraba la pizarra desde mi sitio, por el humo exhalado por mis egoístas y dictadores fumadores compañeros de clase, que se negaban, además, a abrir las ventanas para ventilar el aula. El repugnante e invasivo olor que exhalaban sus cigarrillos, que no ellos, me acompañaba a casa, impregnado en mi ropa, pelo, apuntes, libros, etc. Afortunadamente, por entonces no usaba lentillas, lo que hubiera hecho el acudir a clase aún más insufrible.

    Así que, como beneficiario de esta ley, no puedo menos que aplaudirla, sin perjuicio del acierto de los análisis que aquí se leen sobre su afección a la libertad del individuo. Es educativa para los fumadores, porque ahora nos comprenderán mejor a los sufridores fumadores pasivos y, como yo, antifumador activo.

    2. Ahora queda también aplicar a fondo las normativas sobre el ruido. Los creadores de ruido (España es el segundo país más ruidoso del mundo después de Japón) son los nuevos dictadores que están creando una generación de sordos. El volumen de discotecas, cines, los ruidos de las motos, etc, son técnica y objetivamente nocivos para el oído, y se permiten. En el caso de la discoteca, al menos ya sabes a lo que vas, pero el caso de los cines es de juzgado de guardia, ya que ha habido películas en que he entendido los diálogos, palabra por palabra, con los oidos tapados. El de las motos de madrugada por la ciudad no digamos. Pero nada como el impacto de la tapa de una camión volquete después de descargar su tierra. Supera los 120 dB, suficiente para causar una lesión irreversible de oido a quien tenga la mala suerte de pasar por ahí en ese momento.
    Y el volumen al que hablamos (=gritamos) los españoles es para artículo aparte.

    En fin, cada uno con su tema.

    Una última cosa, Nacho: la penicilina es un antibiótico, no un analgésico. Algo más habrán puesto los fabricantes de tabaco para que no duela la garganta.

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  1. […] ¿Hasta qué punto tiene esta noticia conexión con estas otras más antiguas sobre la posibilidad de denegar el tratamiento a fumadores y obesos, que se planteó en Gran Bretaña? O, dicho de otra manera, ¿es exigible una autorresponsabilidad en el cuidado de nuestro cuerpo de tal manera que no genere costes innecesarios a la colectividad? ¿Puede la ley tomar cartas en el asunto, coartando nuestra libertad, como traté en unos de mis primeros posts, acerca de la ley antitabaco? […]

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