Los estudios de Derecho: un cambio que nos compete a todos

La profesión del abogado requiere, en muchos momentos, de algunas cualidades que son difíciles de enseñar en la facultad de Derecho. La templanza, el saber insuflar confianza al cliente sin perder la inexcusable vis comercial o el aguantar las maratonianas jornadas en el despacho son cosas que, me temo, solo los años en la profesión te pueden mostrar. Pero es innegable, y con especial facilidad lo podemos apreciar quienes no terminamos nuestros estudios jurídicos sino hace poco más de un lustro, que la metodología de la enseñanza en nuestras facultades es algo vetusta y que clama al cielo su modernización.|

Se acostumbra a reservar para los masters y programas de posgrado ese enfoque eminentemente práctico, lleno de casos y de análisis de documentación tan real como la que encontraremos encima de nuestras mesas al graduarnos, destinando los años de facultad, que no son pocos, a un aprendizaje basado en el poco atractivo método del dictado de apuntes, las clases fundamentalmente magistrales y los exámenes cada seis meses. Lo anterior resulta especialmente desolador cuando nos paramos a analizar el excelente nivel que en el profesorado de las facultades de Derecho españolas atesoramos y, más aún, cuando de primera mano conocemos cómo, en muchos casos, ese profesorado se haya también desmotivado y con ganas de cambiar.

Ese necesario cambio requiere de un impulso definitivo y de una unidad de criterio entre los que rigen la rama jurídica de una universidad española que para todos es, innegablemente, nuestra mejor herramienta de creación de puestos de trabajo y de fomento de talentos jóvenes.

 Algunas iniciativas se han dejado sentir, algunas asignaturas optativas se han configurado con un enfoque más práctico e incluso algunas facultades de centros privados están apareciendo con innovadores y vanguardistas planes de estudios que en poco se parecen a lo que estamos acostumbrados. Y es sin duda necesario seguir por esa línea, antes que por la de filtrar el número de licenciados con más exámenes de acceso a una profesión que lo que necesita es de buenos y motivados profesionales.

No es admisible que nuestros jóvenes no vean casos prácticos, al fin y al cabo la realidad de una mágica y fantástica profesión como es la nuestra, hasta que estén ya trabajando y ya no sea momento para los experimentos con gaseosa. No nos podemos permitir que un estudiante de cuatro curso no conozca, más allá de la pura teoría, qué aspecto tienen los estatutos de una sociedad de capital o cómo se articula un acuerdo de junta de accionistas. No puede ser que las futuras generaciones no lean los hechos de una demanda hasta que ingresen en un despacho procesalista.

Con este método ya tan anacrónico, ¿cómo podrán descubrir su especialidad para una profesión que cada vez requiere más de ese expertise?, ¿cómo conocer cuál de las posibles salidas profesionales que ofrecen nuestros estudios nos atrae más? O, a mayor abundamiento, ¿cómo motivar a un claustro agotado de dar siempre la misma lección año tras año?

En la sociedad de la información en la que actualmente nos movemos, la mejor herencia que quienes enseñamos podemos transmitir a los alumnos es la de enseñar a razonar en la práctica, enseñar a leer y a escribir desde una perspectiva jurídica y, en definitiva, motivar a ser un buen profesional. Los textos legales, los mejores tratados y toda la información que fluye a cada minuto en la red estará siempre a su alcance. Pero nada de esto se puede encarar con garantías sin unas directrices previas.

Todos los que durante los últimos años hemos ido detectando estas carencias estamos en deuda desde ya mismo con las generaciones venideras. Los profesionales de la abogacía con la obligación de denunciar las principales debilidades que detecten en la base de los recién incorporados a sus despachos, los profesores para proponer nuevos métodos de docencia y esforzarnos por ampliar nuestros recursos para enseñar y las universidades, en fin, para revisar otros modelos que en países no tan lejanos al nuestro están formando a los abogados del Siglo XXI y tratar de adaptarlos lo mejor posible a nuestros planes de estudio.

Es un esfuerzo que a todos nos compete y que a la larga a todos nos beneficiará y enorgullecerá, cuando podamos contar con el asesoramiento y la ayuda de profesionales bien formados desde la base y con una concepción del mundo de la abogacía realista, práctica y moderna.

El abogado del Siglo XXI ya no nos debe sonar a película de ciencia ficción. A veces es bueno recordar, por si tememos el pasarnos de modernos, que del mencionado siglo nos hemos comido ya una década y que, por ende, ese que concebimos como el abogado del futuro ha de ser, sencillamente, nuestro abogado del presente.

2 comentarios
  1. José Manuel Sánchez Tapia
    José Manuel Sánchez Tapia Dice:

    Estoy bastante de acuerdo con tu planteamiento Pedro. Me parece que en los planes de estudio de Derecho habría que incluir más prácticas, aunque soy de los que creen que éstas van siempre después de una buena base teórica (en contra de lo que han defendido en las últimas décadas muchos pedagogos). No obstante, tanto o más decisivos que los programas son los profesores. Si son buenos de verdad, lo único que les hace falta son alumnos con interés en aprender de ellos. Un saludo

  2. Mónica González
    Mónica González Dice:

    Totalmente de acuerdo. De ahí la importancia de elegir una buena institución donde cursar estudios, que tenga experiencia en la formación de grandes profesionales y con conocimiento de lo que demanda la sociedad. Pero no olvidemos que la motivación del estudiante es fundamental, su interés y su vocación.

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