Artículo de la editora Elisa de la Nuez sobre el senador Curbelo, en El Confidencial

Nueva colaboración con el diario digital El Confidencial. En esta ocasión, la editora del blog Elisa de la Nuez escribe sobre la diferencia entre inmunidad e impunidad, a propósito del senador canario Curbelo. Transcribimos a continuación el artículo, y si quiere leerlo en su formato original, puede hacerlo aquí.

 

De la inmunidad a la impunidad o la posible vuelta de Curbelo

 

No sabemos todavía si el senador Curbelo va a conseguir de nuevo ser ‘eligible’, por aclamación popular de su isla natal, la Gomera, en las listas electorales del PSOE después del ‘gesto de dignidad’ que -al parecer- tuvo al dimitir tras la movida de julio pasado. ¡Lo que hay que leer!, pues si la memoria no me falla, este señor se aferró al cargo con uñas y dientes. El caso es que se ha abierto una pequeña guerra entre Ferraz y los socialistas de la Gomera.

Si se le permite volver, desde luego, sería un mazazo para nuestras instituciones, ya tan deterioradas. Recordemos brevemente los hechos: este senador canario (de cuya actividad política en el Senado no se tenía noticia alguna y cuya existencia desconocía la ciudadanía en general) se hizo famoso en una noche gloriosa por su actuación en una comisaría de Policía de Madrid después de una juerga en una ‘sauna’. Como se montó un pequeño escándalo mediático el senador no tuvo más remedio que dimitir. Pero nada importante. Resulta que ahora vuelve a ser ‘eligible’ por voluntad de su agradecida clientela local de la Gomera. Además, aunque durante estos años se ha dedicado poco al Senado, parece que ha tenido otras actividades más interesantes, puesto que ha acumulado un patrimonio bastante importante, según lo publicado por este periódico.

El esperpento protagonizado por el cacique de la Gomera nos coloca -como ocurre con los espejos deformantes de las ferias- frente a una caricatura cruel de nuestro Parlamento y del estatuto de sus miembros. Porque, con independencia de la escasa utilidad del Senado, lo cierto es que mientras no se suprima o se reforme, no por eso deja de ser el Senado del Parlamento español, y los senadores gozan de inmunidad parlamentaria en los términos previstos en el art.71.2 de la Constitución española, según el cual “Durante el período de su mandato los Diputados y Senadores gozarán asimismo de inmunidad y sólo podrán ser detenidos en caso de flagrante delito. No podrán ser inculpados ni procesados sin la previa autorización de la Cámara respectiva”. Como nos recuerda el Tribunal Constitucional “La inmunidad (…) es una prerrogativa de naturaleza formal que protege la libertad personal de los representantes populares contra detenciones y procesos judiciales que puedan desembocar en privación de libertad, evitando que, por manipulaciones políticas, se impida al parlamentario asistir a las reuniones de las cámaras y, a consecuencia de ello, se altere indebidamente su composición y funcionamiento” (STC 243/1988 que reitera la ya contenida en la STC 80/1985; y SSTC 123 y 124/2001).

Pues bien, fue un senador el que dejó bien claro a los atónitos funcionarios de Policía, y de paso de al resto de los ciudadanos, lo que pensaba de su cargo, o mejor, para qué pensaba él que servía su cargo. Se puede resumir en una sola palabra: impunidad. Y aunque puede ser que el estado etílico le impulsara a desarrollar este concepto en términos groseros y vulgares, lo que sí parece es que tenía claro su significado: la inmunidad que se garantiza a los senadores y diputados por razón del cargo, equivale, para este político como para tantos otros, a impunidad pura y simple. No están sometidos a las mismas normas jurídicas y a las mismas obligaciones que rigen para el resto de los mortales, no se les puede detener sin un suplicatorio. No podemos extendernos aquí en el origen histórico de este privilegio, pero les aseguro que tiene poco que ver con conductas gamberriles y chulescas durante una juerga nocturna.

Lo malo es que estas actitudes, lamentablemente no tan infrecuentes aunque no suelen ser tan llamativas, son la causa del deterioro vertiginoso que están sufriendo instituciones fundamentales de nuestra democracia en estos últimos años, porque quienes deberían servirlas están sirviéndose de ellas para sus intereses personales. El caso Curbelo puede ser especialmente chusco, pero desgraciadamente hay más.

Efectivamente, este episodio no es sino uno más de muchos otros similares que se han venido sucediendo, todos ellos gravísimos, por lo que suponen de deterioro institucional. Y no precisamente por culpa de los ciudadanos o de los medios de comunicación que aquellos sufren y éstos (y no siempre) denuncian. Este no es el problema, como se nos intenta hacer creer por los propios cargos involucrados. No, es al revés: la devaluación institucional la están llevando a cabo quienes detentan los cargos públicos o institucionales, personas que, como Curbelo, no han entendido que la inmunidad parlamentaria no equivale a impunidad, y no está para que sus señorías se pongan las leyes por montera, sino para garantizar que puedan cumplir lealmente sus obligaciones institucionales sin presiones y sin injerencias que se lo impidan. Detentar un cargo institucional supone que quien lo ostenta lo hace a título no de propietario sino de servidor de la institución. No está de más recordar que los cargos en las instituciones que hoy tan alegremente se desprestigian con este tipo de conductas no son un “puesto de trabajo” especialmente interesante por los privilegios que llevan consigo, sino que encarnan un sistema de valores determinado y un consenso alcanzado tras mucho tiempo y esfuerzo.

Por eso, quienes ocupan cargos institucionales -en principio de forma transitoria aunque en España algunos empiezan a parecer vitalicios e incluso hereditarios-, están ahí para cumplir las obligaciones, inclusive las éticas, que éstos exigen, no para aprovecharse de sus ventajas y beneficios. Parafraseando a Hugo Teclen podemos decir además que estas obligaciones institucionales se tienen no sólo con los ciudadanos de hoy, sino también con los que nos precedieron, que construyeron esas instituciones, y con los que nos sucederán, que tienen derecho a heredarlas en unas condiciones mínimamente dignas.

 

2 comentarios
  1. Curro Arriola
    Curro Arriola Dice:

    Bueno, Elisa, verdad es lo que dices; pero total el Senador por lo menos fue claro, patente; no hubo en él ni sombra de hipocresía. En lenguaje torrentesco puso de manifiesto lo que él en realidad pensaba de las meretrices, de la policía, y de su cargo. Y -lo reconozco- a mí entre tanta mentira y tanto lenguaje políticamente correcto, las barbaridades de este tío las veo hasta de menor cuantía. Solo por eso:porque por lo menos DICE barbaridades, no las HACE encubriéndolas con lenguaje pulido. Además, parece que se lió a guantazos con la policía. Mal hecho, desde luego; pero me parece más noble que hacerse el mansito y luego encargarse de buscar la ruina al policía de turno (que eso se da y es mucho peor).
    Menos presentable me parece a mí algún otro caso de “Ud no sabe con quién está hablando” en boca de una persona no elegida por el pueblo, cuyo único mérito es haber parido a su hija, con ocasión de ser pillada copiando en un examen. Y lo hubo, y todos a callar, chissssstttt… por ser Vos quien sois.
    Y lo que ya me parece insuperable son esos amiguetes de gente importante que además son listos; nunca dicen lo de “Ud no sabe…”etcétera; pero consiguen el efecto; hasta el Tribunal Supremo “sabe” a quién está aplicando sus doctrinas novedosas sobre la prescripción de los delitos.
    Dejemos en paz al pobre gomero… para el que no lo sepa, en Canarias los chistes peninsulares sobre los de Lepe se aplican a los gomeros. Bastante tiene, caramba…
     

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