Rey de un pueblo de hombres libres, difícil oficio

Corría el año 1982 y yo era un incipiente estudiante de Derecho que aún no había cumplido los veinte años pero que ya tenía una cierta inquietud por lo social y lo político. Junto con otros compañeros de clase nos organizamos para disfrutar unas vacaciones a nuestro aire y, para justificar ante nuestros padres la financiación de esta aventura, no se nos ocurrió otra cosa que apuntarnos a un par de cursos de verano en la, entonces, joven Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander

Uno de ellos se titulaba “La Corona en las democracias occidentales” y estaba dirigido por el profesor D. Pablo Lucas Verdú. Durante esos días, además de pasarlo tan bien como era de esperar, tuvimos el buen criterio de aprovechar la magnifica oportunidad de asistir a una de las últimas actividades estrictamente académicas del profesor Tierno Galván, por aquel entonces Alcalde de Madrid, además de aprender de insignes juristas de la talla de D. Antonio Hernández Gil, D. Antonio Torres del Moral, D. Joaquín Tomás Villarroya, D. Manuel Jiménez de Parga, D. Martín Bassols Comá o, incluso, un entonces joven catedrático de la Universidad de Sevilla llamado D. Javier Pérez Royo, entre otros. A lo largo de dos intensas semanas todos ellos abordaron, desde distintos puntos de vista ideológicos pero siempre con un enfoque jurídico, la institución de la monarquía constitucional española. La materia, teniendo en cuenta que solo había pasado algo más de un año desde el frustrado golpe de estado de 1981, resultó tan interesante y los ponentes, en general, tan amenos que a pesar del inevitable trasnoche no nos perdimos ni una de las sesiones.

Los acontecimientos recientes y su repercusión en los medios de comunicación han devuelto al debate político la cuestión monárquica y me han hecho rememorar aquellos días y algunas de las cosas que entonces se dijeron. Así, recuerdo que poco antes de la celebración del curso, el Centro de Estudios Constitucionales había editado una traducción que Tierno Galvan había realizado de la obra “Movimientos sociales y monarquía” de Lorenz Von Stein y que la tesis de la figura de la Corona como un auténtico poder moderador del sistema fue la que, con carácter general se caracterizó como una idea común a casi todas las intervenciones.

No está de más, para evitar caer en el análisis simplista y frívolo que encontramos en algunas declaraciones y artículos publicados estos días, que repasemos en este foro algunas cuestiones relacionadas con el fundamento de nuestra monarquía constitucional.

Así, en nuestra Constitución -que tras su ratificación por el pueblo español mediante referéndum, otorga a la Corona la misma legitimidad democrática que a las restantes instituciones constitucionales- de acuerdo con lo previsto en sus artículos 56 y siguientes, la Corona adopta el rol de “poder moderador” y de esta manera el Rey no solo simboliza la unidad del Estado sino que se le otorgan atribuciones para impedir que el apasionamiento de los conflictos, entre los grupos políticos, pudiera llevar a la destrucción del sistema. Efectivamente, el Rey arbitra y modera el funcionamiento de las instituciones y actúa, en palabras de Martínez Sospreda, como un factor de equilibrio del funcionamiento del sistema de gobierno que, suavizando los roces institucionales, facilita la coordinación de sus diversas instancias. Parafresando a Von Stein, sería “el poder moderador natural”, por encima de todas las clases sociales y defensor de la “verdadera libertad social”.

Por otra parte, su carácter histórico la configura como un elemento de integración y unidad del Estado, en este sentido la Corona simboliza a la comunidad toda y es un recuerdo de la antigua distinción entre el concepto del Estado –que simboliza la unidad, desde el punto de vista jurídico-político- frente a la sociedad, que expresa la diversidad de grupos sociales con sus inherentes pugnas de poder. Así el Rey, como Jefe del Estado, representa la unidad y la inmutabilidad, mientras el Presidente del Gobierno es la expresión de la política contingente y está sometido a los cambios derivados de la variación en el régimen de mayorías parlamentarias.

La Corona, además tiene una función simbólica, como primera figura de la sociedad nacional, como personificación del Estado y como magistratura moral. En este sentido, no solo representa lo que España es hoy en día sino que, a través de la continuidad de su linaje, proyecta en todos los ámbitos, tanto dentro del país como internacionalmente, lo que esta Nación ha sido en la historia del mundo. Este rol no es baladí y aunque puede apreciarse más fácilmente en supuestos anecdóticos -como sucedió con el reconocimiento general de su autoridad cuando el Rey de España interrumpió en el uso de la palabra a un conocido presidente latinoamericano en una conferencia internacional, cuando éste lo ejercía a destiempo- también se manifiesta en ámbitos más discretos y relevantes.

Así pues, en nuestra monarquía constitucional, el monarca cumple la función de representante de la comunidad por encima de las clases sociales, grupos de intereses o diversidades étnicas o lingüísticas. Pero no debemos ser ingenuos, el Rey también es un hombre y para asegurar este cometido hay que dotar a la institución de condiciones de riqueza, respeto y dignidad en forma que quede al margen de apetencias y ambiciones comunes a sus súbditos, como señala Von Stein: “…hay que darle más de lo que pueda disfrutar, a fin de que al menos para él, personalmente, ya no tenga valor alguno aquello por lo que otros se afanan. Hay que colocarle tan alto que, al menos para él las cosas humanas ya no aparezcan en su valor individual, sino solo en su valor general…” Así, “no teniendo ya absolutamente otro interés, el interés único que aún le inspira es precisamente llegar a ser el Estado mismo”. Esta necesidad es la que solventa la previsión contenida en el art. 65.1 de la Constitución y que, desde algunos sectores tanto se discute.

En cualquier caso, al margen de los planteamientos teóricos, ejercer como Rey de un pueblo de hombres libres como es el nuestro resulta, sin duda, un oficio difícil, aunque durante muchos años en España hayamos disfrutado de un monarca que, gracias a su buen desempeño, ha conseguido hacerlo parecer fácil. Como hemos visto, el ámbito de actuación que la Carta Magna determina para nuestra monarquía constitucional, dada por otra parte la relativa ambigüedad del alcance de sus funciones concretas, se centra sobretodo en el ejercicio de un liderazgo moral que se basa mucho más en la autoritas que en la potestas.

En este sentido, aunque a lo largo de los años la personalidad carismática de Don Juan Carlos y su buen hacer ha centralizado en su persona la institución monárquica, los acontecimientos que estamos viviendo estos días nos recuerdan que la Corona como institución trasciende, en determinados ámbitos, la persona del Rey, de manera que las actuaciones que realicen otros miembros de la Familia Real tiene su incidencia no solo cuando se ejercen por delegación sino, incluso en muchas ocasiones, cuando se realizan en lo que pudiera entenderse como esfera privada. Efectivamente, si estas actuaciones no alcanzan el nivel de excelencia ético que en cada momento la sociedad establece como mínimo, tendrán consecuencias en la percepción que esa sociedad tenga de la institución misma y, al afectar a su autoridad moral, también lo harán respecto a su propia capacidad para ejercer eficazmente las altas e importantes funciones que tiene encomendadas.

Últimamente, algunos constitucionalistas como Jorge de Esteban, abogan por la aprobación de una Ley Orgánica que desarrolle la Constitución en lo que se refiere a la institución monárquica. Sin embargo, a mi juicio, esta posibilidad es cuando menos dudosa en términos jurídicos pues la institución de la Corona no aparece como una de las materias que fueron incluidas ni en el ámbito de aplicación del artículo 81.1 del texto constitucional donde se establece que “son Leyes orgánicas las relativas al desarrollo de los derechos fundamentales y de las libertades públicas, las que aprueben los Estatutos de Autonomía y el régimen electoral general y las demás previstas en la Constitución”, ni tampoco ningún otro precepto realiza una remisión expresa a un posible desarrollo mediante Ley Orgánica. Es más, como recoge Linde Paniagua (Leyes Orgánicas, Madrid, 1990, pags. 18 y ss.) mientras que en el primer anteproyecto de Constitución se consideraban como leyes orgánica las relativas “…a la organización de las instituciones centrales del Estado…”, entre las que podrían considerarse incluida a la Corona; sin embargo, a partir del Texto surgido de la Comisión Mixta Congreso-Senado esa mención expresa desapareció, de lo que se desprende que la voluntad del constituyente era la de evitar un mención genérica que abarcara a la Corona y optó por prever de forma expresa, institución por institución, cuales de las instituciones centrales del Estado debían ser reguladas de esta manera.

Por otra parte, la determinación de que la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad contenida en el art. 56.3 y la facultad reconocida constitucionalmente en el art. 65 para que distribuya libremente su dotación presupuestaria y pueda nombrar del mismo modo a los miembros civiles y militares de su Casa, limitaría mucho el ámbito de vigencia de esa posible Ley Orgánica respecto a los objetivos que, dadas las circunstancias, ahora se pretenden.

Sin embargo, resulta ineludible actuar de modo que la autoritas de la Corona se mantenga, no solo en el momento presente, sino sobretodo de cara a una futura, y tarde o temprano inevitable, sucesión. Preservar esa autoritas es requisito ineludible para que la institución sea eficaz y pueda mantenerse en el tiempo.

Tal vez, dadas sus peculiares características, la Corona sea un campo particularmente adecuado para ensayar en ella un moderno mecanismo de autorregulación: un Código de conducta donde, respetando la inviolabilidad y la no sujeción a responsabilidad del Rey, se establezca el estándar de conducta de las personas que conforman la Familia y la Casa Real.

El progresivo auge de los códigos éticos de conducta tiene su origen en la cultura corporativa anglosajona, donde la ausencia de un intenso marco regulador determinado por las leyes, ha hecho necesario un impulso autorregulador de las grandes corporaciones en una suerte de ejercicio de autocontrol. En el ámbito de las instituciones y adminsitraciones públicas también se ha considerado este modelo como aplicable, como he tenido ocasión de comentar en alguna otra ocasión (ver aquí). El impulso público a éste tipo de códigos se ha verificado también cuando las organizaciones han de actuar en entornos en donde no existe un marco jurídico al que sujetarse. Dejo en el aire esta propuesta cuya iniciativa y desarrollo debería corresponder, como es lógico, a la Casa Real.

15 comentarios
  1. elisadelanuez
    elisadelanuez Dice:

    Jose María, enhorabuena por el post, tan claro y riguroso como siempre. Totalmente de acuerdo con la improcedencia del desarrollo via Ley Orgánica de la institución. Me gusta la idea de la autorregulación pero como bien sabes este no es precisamente un país anglosajón, por lo que no tengo tan claro que se pueda establecer con éxito en un Estado donde es relativamente frecuente no cumplir ni las leyes positivas sin que pase nada. Por otro lado, no se si es demasiado tarde. 

    • Jose Maria Pérez
      Jose Maria Pérez Dice:

      La idea de la autoregulación está directamente relacionada con el auge de la responsabilidad social tanto de empresas como de instituciones. Es una cultura que va calando poco a poco.

  2. Jorge
    Jorge Dice:

    En primer lugar, le felicito por el post.
    En segundo lugar, me gustaría preguntarle dos cosas:
    1- Acerca de los códigos de autorregulación que menciona, ¿en qué medida obligarían a la Corona? Pues personalmente ya he descartado la idea de una LO para regularla, dado que entonces la institución quedaría sometida al arbitrio de los poderes políticos.
    2- Desde una perspectiva jurídica, dado que también opino que la Corona ha perdido su autoritas, en parte entre la juventud, que se muestra generalmente indiferente, ¿qué funciones dentro del mundo del Derecho tiene el Rey, además de legitimar ciertas actividades y “representar la unidad” (que yo creo que la lleva pésimamente)? Esta es la pregunta del millón para que la pueda responder en la mesa a mis abuelos, ya que con todo lo que está cayendo después de Urdangarín, es el monotema (sí, en la comida y en la cena) todos los días.
    Muchas gracias, así espero aclarar mi opinión sobre la monarquía constitucional, que como estudiante de Derecho está en un cambio constante.

    • Jose Maria Pérez
      Jose Maria Pérez Dice:

      Gracias Jorge. Los códigos éticos de conducta en el mundo anglosajón suelen tener un régimen sancionador para los casos de incumplimiento. En los códigos que he visto para las instituciones públicas españolas, dado su carácter absolutamente reglado, predominan los códigos de carácter orientador. En este caso, tal vez fuera conveniente que el código ético, si se llevara a cabo pudiera incluir sanciones de algún tipo para los infractores.
      Yo creo que, para la mayor parte de la sociedad, la autoritas de la Corona aún se mantiene. De todas las crisis, si se superan se sale reforzado. Esperemos que este también sea el caso.

  3. Alberto Gil
    Alberto Gil Dice:

    El debate está en la calle por lo que el post no podía ser más apropiado y oportuno Limitándome a comentarios de tipo jurídico,  si es verdad que el príncipe tiene intención de adaptar la institución a los nuevos tiempos, hay dos reformas constitucionales que deberían establecerse: una, es que se ha demostrado que dar la máxima rigidez a todo el título II de la Constitución fue un error pues impide resolver con “normalidad” cuestiones que no afectan a la esencia de la institución como la rpevalencia hombre-mujer ya además revela un miedo preventivo que debilta a la propia institución; y dos, la única manera de compatibizar democracia, siglo XXI y sucesión hereditaria es someter el cambio de titular a referendum aprobatorio. Otra cosa da a entender un temor que solo perjuduca y debilita la legitimidad de la insititución. En otras palabras, el príncipe si quiere ser un rey del siglo XXI debe someterse a la aprobación de su pueblo, pues su padre indirectamente sí obtuvo esa legitimidad (al menos puede defenderse) de la aprobación de la Constitucióm 

    • Curro Arriola
      Curro Arriola Dice:

      Alberto, interesantísimo lo que propones.
      Referendum para determinar si  gusta o no el sucesor. Así éste tendría al menos la legitimación que le atribuyes al actual monarca, por referendum “ex post” (porque príncipe heredero ya lo es).
      No está mal; pero, ¿qué situación  sería más democrática?:
      a) Candidato único: ¿Quiere Ud que Don Felipe sea Rey? Respuesta: SI, NO. Creo es la que propones.
      b) Candidatos múltiples (por supuesto no necesariamente de “sangre real”, ahora ya no se exige sangre especial para ser pej Reina de España): ¿A quién vota Ud para Rey? Y se elige uno de entre los varios candidatos. Naturalmente, sin excluir al favorito, el actual Príncipe, que podría presentarse “como un candidato más de su tiempo”. Y que seguramente ganaría… salvo sorpresas, que ya hay por ahí una “princesa del pueblo” y cualquiera sabe…
      El problema con el referendum es que, si no hay varias opciones posibles, al menos en España siempre gana la que propone el Gobierno. El “SI” tiene de entrada asegurada la victoria. Lo que pasó con la Constitución.
      Igual que me parece muchísimo más democrático elegir Cortes Constituyentes (las últimas en España en 1931, las de 1978 eran ordinarias) que no otorgar el Rey una Constitución y LUEGO votarla, también me parece muchísimo más democrática la Monarquía Electiva. Vitalicia, claro; a rey muerto, rey electo.
      De hecho, la más antigua y estable monarquía del mundo es así: la del Vaticano. Y no va nada mal, en lo tocante a estabilidad, poder moderador, y todas esas cosas en que se funda la teoría monárquica, tan acertadamente expuestas en el post.
      Y es más democrática.
       

  4. Jeremías Cohen
    Jeremías Cohen Dice:

    No está mal que empiece a analizarse lo que hasta ahora era tabú, aunque sea por unos hechos lamentables.
    Como ha indicado otro comentarista, yo creo que también debe criticarse la dejación de esa función representaiva de la unidad de los españoles. Recuerdo que me sentí avergonzado cuando, en contraste con cualquier boda de príncipe heredero en cualquier monarquía europea, aquí se optó por eliminar de la celebración cualquier bandera española, sustituida por unos trapos de un solo color que no sé qué diseñador había decidido. Bonita forma de representar la unidad de la nación, la de considerar su bandera como poíticamente incorrecta, no sé si por no molestar a alguno. Y todo ello, aclaro, a pesar de la suspicacia que las banderas en general me despiertan. Pero a cada cosa lo suyo.
    Todo esto dicho, hay una cosa que me aparta de la tentación republicana: el pensar quién, en nuestro sistema partitocrático, hubiera sido elegido Presidente de la República.  Cualquiera de los potenciales candidatos me resulta peor que lo que tenemos.
    En definitiva, como hace el autor del post, monarquía sí, pero mejorable.

  5. robespierre
    robespierre Dice:

    Esto de elegir al Rey tiene un punto…aunque sea via referendum,ya que como bien dice Curro Arriola suele ganar el que lo convoca, por lo menos aquí. Pero efectivamente ¿con un candidato único o con varios? Y si son varios ¿entonces no se parece más al Presidente de una República?  Claro que lo de vitalicio queda raro, pero bueno si se dan mandatos largos y encadenados, casi puede ser vitalicio. No se, lo digo sobre todo por hacer honor al pseudónimo.  

    • Curro Arriola
      Curro Arriola Dice:

      Robespierre, es que la diferencia entre la monarquía y la república, si queremos un criterio absolutamente válido para todos los casos, hay que situarla en algo tan curioso como el uso o no de corona (la mural a estos efectos no se considera, precisamente porque jamás se usa de sombrero). Si la testa es coronada, monarquía; si no, república.
      Lo digo porque -aparte el caso citado de monarquía electiva del Vaticano, que creo alguno más hay por el Golfo Pérsico- también existen repúblicas con Jefe de Estado vitalicio (lo fue Eire con Eamon De Valera) y hasta hereditario (Haití en los tiempos de la dinastía Duvalier, y La Democracia Popular Norcoreana, donde el cargo de “Querido Leader” pasa de padres a hijos).
      Así que la monarquía electiva podría seguir siendo monarquía. Sin olvidar los precedentes ilustres que tenemos en la España visigótica, donde cuando un rey moría (pej, comido por un oso, caso de Favila, eran otros tiempos) se elegía otro y tan contentos.

  6. Francisco García Gómez de Mercado
    Francisco García Gómez de Mercado Dice:

    Excelente artículo. Dos comentarios: 1. A pesar de todo creo que la discusión monarquía/república no me parece prioritaria en estos tiempos. La monarquía ha sido útil en los últimos 30 años y puede seguir siéndolo. 2. Eso sí, como dice Spiderman en una de sus películas (perdón por la cita chusca) “un gran poder exige una gran responsabilidad”. La conducta del titular de la Corona y su entorno debe cumplir un estricto código de conducta (y me parece fenomenal la propuesta de José Mª). Si las noticias se confirman, Urdangarín (aparte de ir a la cárcel si procede) debe ser apartado totalmente. Apartamiento que no descarto deba incluir a la actual infanta Cristina.

  7. Jose Maria Pérez
    Jose Maria Pérez Dice:

    Es cierto que la restauración de la monarquía constitucional en España, en su momento constituyó una excepción a la pauta seguida en la Europa posterior a la Segunda Guerra mundial, condicionada en parte por las circunstancias del momento. Sin embargo, también es cierto que la modalidad republicana, en términos históricos también es una excepción a la regla general y no implica necesariamente una mayor estabilidad institucional.
    Por otra parte, como algún comentarista ha apuntado, cada vez es más frecuente ver, en países republicanos reconocidos como más o menos como democráticos, que los Presidentes intentan sucederse a si mismos por si o por persona interpuesta (Argentina, Rusia, Venezuela…), por no hablar de otras repúblicas menos democráticas de corte incialmente socialista (Siria, Corea del Norte…) donde el poder se transmite de padres a hijos cual si fueran monarquías.
    Discrepo con la exigencia de que sea necesario revalidar el respaldo al sucesor con un referendum. Cuando en su momento se aprobó el Título II no se incluyó ninguna reserva en ese sentido. Se aprobó también un mecanismo de sucesión, precisamente para favorecer la estabilidad. En cualquier caso, si llegado el momento, se aborda una reforma del Titulo II (por ejemplo para resolver el problema de la paridad entre sexos), esta deberá someterse a referendum y si este resultara favorable, en cierto modo, se trataría de un nuevo respaldo a la institución.
    Respecto a la idea de volver a la monarquía electiva de los visigodos, recomiendo hacer un repaso a la historia de aquel tiempo para recordar que no fue precisamente un ejemplo de estabilidad institucional, sino más bien al contrario. El propio ejemplo Vaticano resulta poco representativo por lo singular de esa Ciudad-Estado y del sistema de elección entre los cardenales.

    • Curro Arriola
      Curro Arriola Dice:

      Querido José María, como buen monárquico que soy, me veo obligado a matizar tu crítica a la monarquía electiva de los visigodos, a la que tildas de inestable. Algo de razón llevas; pero olvidas  la técnica moderna, que  permitiría subsanar las deficiencias. Los siglos no pasan en balde. Tampoco el Parlamento de la Revolución Francesa era un ejemplo en muchísimos sentidos, y mira sus descendientes, que por lo menos no se llevan unos a otros a la guillotina.
      Toda evoluciona, sí; sirva de paradigma el tema de los osos. Favila (citado ut supra) fue comido por uno, lo cual generó graves problemas sucesorios. Favila llevaría una lanza, una espada, cosas así, y por eso murió. En los tiempos actuales eso no hubiera pasado. Nuestro Rey, confrontado con otro oso, lo mató de un certero disparo. O de varios, que en esto discrepan los autores. La técnica moderna –el rifle real- cambió la Historia:  no hubieron problemas sucesorios –que habrían sido mayúsculos, dado que aún no se ha reformado la Constitución en lo tocante a la sucesión, que si varón, que si hembra, etcétera.
       (El plantígrado resultó ser el osito Mitrofán, que trabajaba en un circo por los alrededores, y unos avispados, enterados de que el Rey pagaba una cuantiosa prima si mataba un oso, lo emborracharon con vodka y lo ataron a un árbol –al oso, digo- y luego el Rey lo cazó, sin percatarse de la jugarreta.)
      Pero a lo que iba: estos hechos demuestran que los progresos técnicos se han de tener en cuenta; y que no sería lo mismo una Monarquía electiva  hace más de mil años, que hoy en día. Hoy funcionaría sin mayores problemas.

  8. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    Muchas gracias, José Mª, por tu exposición y enhorabuena por acordarte de eventos de hace 30 años con tanta precisión. Por aquel 1982 vivía fuera de España y en un viaje me cupo asistir a una cena con el profesor Tierno que nos habló, no sobre sus temas docentes habituales, sino sobre…marketing político.
    El hombre nos dio, en unos diez minutos, toda una lección de marketing. Hay profesores muy especiales. Ojalá hubiese más y que Dios le tenga en su seno.
    La cuestión monárquica en un país de gente tan especial  como el nuestro, con tan larga historia de nación y con reyes tan nefastos, es un asunto excesivamente complejo incluso para expertos.
    Hoy se producen en el siglo circunstancias especialísimas. El “paradigma nacional”, cimiento de tantas cosas, está muy alterado y, casi, casi, ha perdido su operatividad. Esta constitución en especial ha sido extraordinariamente eficaz para destrozarlo y los tiempos no han ayudado.
    También es cierto que los roles que tan bien resume tu corta exposición son importantes. Desde la perspectiva funcional y desde la simbólico-litúrgica porque nuestra actual forma de estado depende de la fe y la esperanza en sus capacidades providenciales. En este sentido es un estado profundamente “religioso” porque encarna una deidad por sus atributos y su poder.
    Pero no hay invento que mil años dure y, entre tanto cambio de paradigma, va a ser muy difícil que dichas  instituciones (estado, nación, gobiernos, monarquías) resistan mucho más tiempo en una situación de disfuncionalidad radical del concepto de estado nacido de la revolución francesa.
    Es decir, entes de naturaleza absoluta y sacralizada; regidos por parlamentos electivos indirectos con representación y poder también absolutos y una creciente irrelevancia de las ciudadanías limitadas a una liturgia electiva ocasional cada vez más insatisfactoria e irrelevante.
    Mucho estado, demasiado, cada vez más incompetente, con menos democracia y libertad individual (definición de Isaías Berlin, “capacidad de elegir y actuar sin impedimento”) todo ello agravado por la evidencia de un gran fracaso histórico y una bien perceptible tendencia al empobrecimiento de la gran mayoría de las poblaciones. El efecto de estos factores está a la vista.
    Esta es, creo, buena parte del contexto en el que opera nuestra actual monarquía. Una institución que a la vista del destrozo ambiental tampoco parece haber hecho muy bien alguno de los papeles que citas.
    Ni el simbólico, ni el moderador, ni el ejemplar.
    Hace unos años, la primera legislatura de Zapatero, SM el Rey tuvo a bien inaugurar un congreso multicultural en Barcelona aceptando resignado que no hubiese en el acto una bandera de España.
    El incidente, que tuvo gran efecto mediático y fue fomentado desde el propio gobierno, ha dejado una marca indeleble de desencuentro en una de las funciones más importantes de esta institución: La Representación. Conozco mucha gente que nunca podrá olvidar, ni digerir, aquel detalle y otros excesivamente flexibles.
    La deriva estatutaria, el silencio sumiso ante  las mentiras del último gobierno desde el 2007, las leyes cuyo único fin ha sido fomentar la división y el desencuentro de cada célula social y la indecisa actitud ante las incidencias del caso que hoy está en los papeles son muy malos avales para justificar una trayectoria que, creo, la nación española no se merece.
    Hay veces en la vida en las que no sabe uno qué es peor: si pasarse o no llegar.
    En cuestión de valores y principios lo  peor es no llegar y de esto ha habido demasiado.
    Si esta es la forma en la que debe legalmente operar esta institución no vale la pena apoyarla y si hay que redefinir su papel creo que sería necesario darle algo más de poder arbitral, moderador y director. Pero así, no.
    Saludos
     

    • Curro Arriola
      Curro Arriola Dice:

      Cierto, querido amigo Gomá; Favila no se cita habitualmente como rey visigodo. Pero…
      Don Pelayo, su padre, no necesitaba para ser Rey el factor de la descendencia por generación, ya que con el loable sistema visigótico de la monarquía electiva, estaba más que legitimado para titularse Rey de España por sus gestas.
      De ahí que considere a Favila, en este sentido, heredero de la tradición visgótica, y por ende “rey visigodo”.
      Como te habrás percatado, lo esencial en mi comentario era el glorioso enlace que vincula a nuestro actual Soberano con Favila: la afición a la caza del oso. Aunque en un caso ganó el oso, y en el otro ganó el Rey.
      Los ecologistas y algunos otros hubiesen preferido otro desenlace, pero los hechos son los hechos.

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