“La conspiración” o el triunfo de la razón de Estado

Uno de estos pasados días festivos estuve en el cine viendo “La Conspiración”, la estupenda película dirigida por Robert Redford sobre el asesinato, el 15 de abril de 1865, al acabar la Guerra Civil americana, del presidente de los Estados Unidos Abraham Lincoln. Aparte de una magnífica ambientación, de una ejemplar reconstrucción de escenarios de la época, y de alguna actuación realmente memorable, la película plantea una cuestión de gran actualidad: la colisión de la llamada “razón de Estado” con los principios constitucionales que rigen en un Estado de Derecho, colisión que suele resolverse, como en la película, con la victoria de la primera sobre éstos últimos. Por “razón de Estado” se entiende, desde que Nicolás Maquiavelo acuñó el término, la adopción de medidas excepcionales por parte de un gobernante con objeto de preservar el interés de una nación, bajo el presupuesto de que dicho interés prevalece sobre otros individuales o colectivos.

La historia es, muy esquemáticamente, la siguiente: la Unión acaba de ganar una dolorosa guerra de cuatro años a la Confederación de Estados del Sur, y el Presidente vencedor es asesinado en un palco del Teatro Ford de Georgetown, en las afueras de Washington, por unos sudistas despechados, que también han atentado sin éxito el mismo día contra el Vicepresidente Andrew Johnson y contra el Secretario de Estado William Seward. El suceso causa tal conmoción en el país que el Gobierno ve peligrar su todavía frágil victoria, y la propia supervivencia de la nación. El Ministro de la Guerra, Edwin Stanton, asume el mando de las investigaciones y ordena que tengan un rápido desenlace para tranquilizar al pueblo y escarmentar a los sudistas. Sus órdenes son cumplidas, y rápidamente se detiene a un heterogéneo grupo de conspiradores. Entre ellos se encuentra una mujer viuda ya de cierta edad, de origen sureño, llamada Mary Surratt, cuya única actividad sospechosa era regentar una casa de huéspedes en la que se reunían los conjurados, entre ellos su hijo John, que ha logrado huir de la Justicia. La mujer es sometida a juicio por un Tribunal Militar y contra ella sólo se presentan un par de testimonios de dudosa fiabilidad. Frederick Aiken, su joven y voluntarioso abogado, héroe de guerra de la Unión, consigue que el Tribunal no la condene en un primer momento. Pero las nada veladas presiones del Gobierno sobre el Tribunal Militar que juzga a los conjurados hacen que se modifique el veredicto, y que Mary Surratt acabe muriendo en la horca junto con el resto de los detenidos.

La película tiene varios momentos memorables, como la escena en que el joven abogado Aiken aborda al Ministro de la Guerra Stanton al entrar en una fiesta para interceder por su defendida, y el Ministro le contesta que la supervivencia de la nación exige una rápida condena, sea de quien sea. O la reveladora votación a mano alzada de los Generales del Ejército de la Unión, integrantes del Tribunal Militar, sobre la condena de la desdichada mujer. También resultan tremendamente impactantes las continuas consultas del Fiscal Militar que lleva la acusación al implacable Stanton, que dirige en la sombra la actuación del Tribunal.

El tema no deja de ser de gran interés y actualidad. Uno recuerda la celeridad y el escaso rigor con que se quiso cerrar la investigación y el juicio por los atentados del 11-M en Madrid, o las no pocas actuaciones mediáticas de algunos jueces y fiscales estrella en los últimos tiempos, teledirigidas por los políticos de turno, para perseguir asuntos en los que se buscaba más una pena de telediario que una condena real, y se da cuenta de que la política, en todos los tiempos y en todos los lugares, ha tratado de mediatizar la Justicia en asuntos que trascienden a la opinión pública. Y el uso de la llamada “razón de Estado”, es decir, una eventual protección de los intereses de un país decidida unilateralmente por alguien, aun en contra de los principios básicos que rigen en un Estado de Derecho, es una de las manifestaciones más peligrosas de esa mediatización. El problema es que quienes se arrogan a sí mismos la capacidad de ejercer o interpretar esa “razón de Estado” suelen ser políticos implacables, sin escrúpulos, fácilmente identificables en todas las épocas y lugares, con un importante déficit de convicciones democráticas, y normalmente investidos de tanto poder que escapa a cualquier control. Y ahí radica su enorme peligro.

No obstante, algunos países siguen llevándonos siglos de ventaja. Pese a todo lo narrado, en los Estados Unidos de América, un año después de la injusta condena de Mary Surratt, se instauró la obligatoriedad del juicio con jurado civil para cualquier acusado, incluso en caso de guerra. Y el hijo de la pobre ejecutada, John Surratt, que era el verdadero cómplice del actor John Wilkes Booth, asesino material del Presidente Lincoln, fue detenido, juzgado y absuelto un par de años después de la ejecución de su madre por insuficiencia de las pruebas reunidas en su contra. Además, como aparece en la película, un veterano Juez del Tribunal Supremo, nombrado en su día por el propio Lincoln, fue capaz de aceptar un recurso de “habeas corpus” presentado por el abogado de Mary Surratt a altas horas de la noche anterior a su ejecución, concediéndole derecho a un nuevo juicio ante un Tribunal civil, recurso que fue revocado por orden del nuevo Presidente, Andrew Johnson –de nuevo la “razón de Estado” aparece de forma implacable- la propia mañana de su ejecución.

En cualquier caso, resulta enormemente reconfortante ver a un joven héroe de guerra de la Unión, el abogado Frederick Aiken, quien tras llevar el caso se retiró de la Abogacía y acabó como redactor-jefe del Washington Post, responder a los muchos reproches y ofensas que recibe por defender a Mary Surratt explicando que él ha combatido por el Presidente asesinado cuatro largos años, poniendo en juego su vida, con el único fin de conseguir que en todo el país se respete la Constitución, de forma que incluso sus enemigos puedan acogerse a los derechos fundamentales que en ella se reconocen. Y ello en la segunda mitad del siglo XIX. Realmente, en cuanto a convicciones democráticas y respeto al Estado de Derecho algunos nos llevan mucha ventaja. ¡Qué sana envidia!

 

 

 

12 comentarios
  1. @JuanAVzqz
    @JuanAVzqz Dice:

    Robert Redford no sé en qué pensaba cuando hizo la película, pero es más posible que pensara en Guantánamo que en el juicio del 11-M. En este caso no tengo ninguna envidia de la ventaja que nos llevan los Estados Unidos: aquí se detuvo a los sospechosos, se les puso a disposición judicial y se les juzgo en un proceso con todas las garantías y con derecho a recurso. No se parece en nada al trato que reciben las personas que están confinadas en Guantánamo.

    Totalmente de acuerdo en que la película es muy recomendable, aunque no era necesario, pensando en los que aún no la han visto, dar tantos detalles. 

  2. elisadelanuez
    elisadelanuez Dice:

    Desde luego, película muy recomendable para juristas en particular y para ciudadanos en general. Curioso que el protagonista acabe de redactor del Washington Post y aquí estemos tantos juristas escribiendo en el blog…da que pensar el que haya épocas en que el ejercicio profesional de un jurista ya no baste para defender el Estado de Derecho y haya que ponerse a escribir en un periódico o en un blog para hacerlo.

  3. Teilhard
    Teilhard Dice:

    La «razón de estado» es el termino a través del cual se justifica la usurpación al pueblo su soberanía. Es la razón de estado la que lleva a nuestro soberano a decir en su discurso de Navidad, que nadie está por encima de la ley, escondiendo precisamente que nuestra constitución le hace invulnerable a él.

  4. aldelgadog
    aldelgadog Dice:

    “Uno recuerda la celeridad y el escaso rigor con que se quiso cerrar la investigación y el juicio por los atentados del 11-M en Madrid” ??????????

  5. Alvaro Delgado
    Alvaro Delgado Dice:

    Gracias por vuestros comentarios y mis disculpas si he dado demasiados detalles sobre la película y alguien quería ir a verla, auque me pareció necesario para una mejor comprensión del post. Efectivamente, no creo que Robert Redford pensara en el 11-M al rodarla paro a mí, con todos los respetos a las opiniones discrepantes, me parece un caso clarísimo en el que la “razón de Estado” exigía una condena rápida y unidireccional. No dudo de las garantías del proceso, pero en otros países los trenes estarían reconstruidos minuciosamente en algún hangar policial, las muestras no las hubieran recogido unos émulos de Torrente, los peritos químicos no hubieran tenido las esperpénticas discusiones sobre la naturaleza de los explosivos que todos los españoles pudimos ver en internet, apagones incluidos, etc…… por no entrar en más honduras. No creo que muchos juristas serios estén muy satisfechos con esa investigación y su resultado, con independencia de la culpabilidad de los condenados. Y, efectivamente, existe Guantánamo y bastantes otros lugares igualmente tenebrosos. Pero, afortunadamente, en el país de Guantánamo el Sr. Redford puede hacer libremente una película tan crítica con el poder como esta…. 

  6. Fernando Gomá Lanzón
    Fernando Gomá Lanzón Dice:

    Creo que en España hay una tendencia un poco cateta a reírse y despreciar a partes iguales el sistema político y judicial americano, como algo incomprensible e incluso algo freakie. EEUU es un país en el que ha existido un sistema democrático desde su fundación hasta la actualidad y en el cual ha habido una sucesión ininterrumpida de presidentes elegidos democráticamente. Obviamente tiene no uno, sino multitud de puntos oscuros, entre ellos el bochornoso asunto de Guantánamo, y no seré yo el que atenúe su gravedad por el hecho de que sea la única superpotencia mundial.

    Pero dicho esto, la sociedad americana es profundamente democrática, concibe en general los poderes públicos no como la gran ubre de la que obtener todos los beneficios sino como algo que hay que mirar con cierta desconfianza puesto que pueden poner en peligro los derechos y libertades individuales de cada persona, y siempre están vigilantes para que eso no ocurra. Temen un excesivo poder y por eso lo contrapesan con otros en un complicado juego, y al mismo tiempo son una ciudadanía muy activa y reivindicativa. No es en absoluto una sociedad civil dormida, votante cada cuatro años. Asuntos como el de la no prohibición de las armas de fuego, que en una perspectiva europea nos pueden parecer esperpénticos, y en el que no cabe duda que hay interesese poderosos de lobbies, en realidad se está también sustanciando una tensión entre el ciudadano y el excesivo intervencionismo del Estado en sus vidas. El norteamericano medio -si es que existe algo así- no es ese ser absurdo e insensible que a veces se nos transmite. 

     

  7. Lourdes Catrain
    Lourdes Catrain Dice:

    Enhorabuena a Robert Redford por la película y a Álvaro Delgado por la brillante transposición de unos hechos históricos que marcaron el estado de derecho de lo que entonces era un joven y prometedor país a la precaria situación del estado de derecho de nuestra vieja España.  Las tensiones entre los tres poderes de Montesquieu rápidamente asimilados por las colonias están bien reflejadas por el Secretario de Guerra y de facto Presidente, el poderoso Senador de Maryland que embauca al joven apasionado, aunque no brillante abogado, Aiken para que defienda a la acusada y el prestigioso juez del Tribunal Supremo que otorga el recurso de “habeas corpus” a altas horas de la madrugada.   Las tensiones entre los tres poderes son indispensables para una efectiva defensa de la democracia y las de la película me recuerdan al Washington del siglo XXI, donde  he pasado parte de mi vida profesional: poderosos y maquiavélicos senadores, jóvenes apasionados abogados y el peso pesado del Tribunal Supremo que hoy bajo el liderazgo del excelente abogado John Roberts sigue demostrando el efectivo equilibrio entre los tres poderes ya sea limitando propuestas legislativas relativas a la Sanidad universal o contribuciones de empresas a las campañas electorales.   Lo que verdaderamente me fascina de la historia es, tal y como han comentado otros, la actualidad de la cuestiones planteadas y sobre todo el gran orgullo de nación que tienen los ciudadanos estadounidenses, de respeto a su Constitución y a su bandera.  A los españoles nos sobra orgullo individual pero nos falta el colectivo, de poco sirve a una nación tener brillantes profesionales como los comentaristas de este blog si colectivamente no hacemos lo necesario para afianzar los principios democráticos y preocuparnos de verdad de solidificar los cimientos de nuestras instituciones y que para ello usemos como ejemplo el “rule of law”, es decir, que en un Estado tanto el gobierno como sus funcionarios están sujetos a la ley. 
     
     

  8. George Washington
    George Washington Dice:

    El gran escritor norteamericano Gore Vidal, en su apabullante novela sobre la vida de Lincoln, apunta la existencia de una segunda conspiración para asesinarle que no aparece reflejada en la película. Esta conspiración estaba dirigida por el propio Secretario de Guerra Stanton, y por varios Congresistas contrarios a la política de reconciliación con los vencidos Estados del Sur preconizada por el Presidente. Ello explicaría la contundencia de Stanton con los primeros sospechosos detenidos, y sus prisas por enjuiciarlos ante un Tribunal Militar y llevarlos a la horca. En cualquier caso, en todos los magnicidios se apuntan siempre conspiraciones concéntricas. Y si no, recuerden lo que sucedió casi cien años después en los mismos Estados Unidos con el asesinato del presidente John F. Kennedy. Lo que sí es cierto es que los Stanton de turno, o sus equivalentes en otros lugares y en otras épocas, incluso en nuestro país, son considerados por buena parte de la opinión pública como muy capaces de todo ello…. 

  9. Alvaro Delgado
    Alvaro Delgado Dice:

    Gracias Fernando y Lourdes por vuestra valiosa aportación sobre el espíritu genuinamente democrático y el peculiar mundo jurídico de los Estados Unidos, que son poco y mal conocidos en España. Y a tí, Lourdes, bienvenida al blog y espero contar con más comentarios tuyos, dada tu gran experiencia en el mundo jurídico anglosajón e internacional. Un abrazo

  10. ENNECERUS
    ENNECERUS Dice:

    Desde luego que en cuestiones como la independencia judicial, el respeto al estado de derecho y la autodefensa de la sociedad civil frente al poder los norteamericanos a mí sí me dan mucha envidia.

    Lo del juicio del 11-M es para nota. Imposible creer en una sucesiva e interminable serie de erores casuales en un país que, por desgracia, tiene unos órganos policiales y judiciales especializados en materia terrorista que si no son los mejores del mundo, poco les falta. Vamos, que me creo más que a Roca, ya que se le cita en otro post, le tocara 80 veces seguidas la lotería.

    Sin embargo los norteamericanos y los españoles tenemos mucho, muchísimo en común. Al igual que hicieron los españoles en los siglos XVI y XVII (también) e incluso en el XVIII antes del nada honorable harakiri del XIX, los norteamericanos han sido capaces de convertirse en la primera potencia mundial siendo como es sabido, un país lleno de ignorantes rednecks que no saben situarlo en el mapa, que se ponen tibios de beber cerveza e inyectarse colesterol en vena (al revés que nuestros civilizados conciudadanos centroeuropeos) y tienen la peor educación y sanidad del mundo. En efecto, los pobres mueren a millares en las calles, a pesar de lo cual tienen el mayor problema de inmigración ilegal del “planeta”.

    Al revés de lo que pasa en las civilizadísimas Noruega y Finlandia, frecuentemente se producen episodios en los que gente loca de atar se dedica a ametrallar colegios o lugares vacacionales y se dedican a tomar ferrys y aviones a los vecinos países caribeños para ponerse hasta las tabas del vodka local que allá llaman ron.

    Ninguna universidad de los USA está entre las primeras del mundo, ay, no, en esto somos nosotros, no ellos. Y por supuesto, en España jamás ha habido ningún juez, árbitro, funcionario, notario, registrador, profesor o médico que se haya vendido por algo tan rastrero y falaz como el dinero o el poder. Por no hablar ya de la probídad absoluta de nuestras clases política, bancaria y empresarial, valga la redundancia.

  11. Luis Bustillo
    Luis Bustillo Dice:

    Me ha llamado la atención esta frase del post “El problema es que quienes se arrogan a sí mismos la capacidad de ejercer o interpretar esa “razón de Estado” suelen ser políticos implacables, sin escrúpulos, fácilmente identificables en todas las épocas y lugares, con un importante déficit de convicciones democráticas, y normalmente investidos de tanto poder que escapa a cualquier control. Y ahí radica su enorme peligro”.
    No entiendo si tu entiendes que son asumibles las actuaciones basadas en la “razón de Estado” o solo criticas que esté tal poder de decisión en manos de determinados sujetos. Realmente, el hecho que describes es descarnadamente injusto y motiva el rechazo del exceso en el ejercicio del poder estatal y de la infracción de los principios éticos fundamentales en que se basa el Estado de Derecho.
    Pero existen otros muchos casos en los que la distinción no está clara, y me planteo, sin alcanzar una respuesta, pues carezco del discernimiento necesario al efecto, si en un sistema democrático el poder no ha de disponer  de un margen de actuación contra esos principios tan amplio como sea necesario para su propia defensa.
    Hoy publican los periódicos que ha tenido lugar un atentado en Irán contra un sujeto clave en su programa nuclear. Admitamos como premisa que existe un grave riesgo de guerra nuclear y que, como parece sospecharse, el atentado es obra de agentes de Israel.¿Podemos admitir que, para evitar un mal mayor, se conculquen principios básicos del Estado de Derecho?.En este caso ¿a quién corresponderá decidir sobre la concurrencia de los presupuestos que justifican la transgresión?. Desde luego soy consciente que abrir esta puerta puede ser fuente de males mayores ( y reiteradas experiencias históricas lo demuestran); pero si el político  se mueve solo por principios incondicionados puede estar abocado a la parálisis.  Aunque también si todo se hace en función del resultado bueno o malo para la defensa del Estado ( o de la Revolución, como refleja Koestler en “el cero y el infinito”), las consecuencias pueden ser aún más trágicas.

  12. Alvaro Delgado
    Alvaro Delgado Dice:

    Luis, tienes toda la razón en tus reflexiones. pero no deja de parecerme espeluznante la frase de Stanton en la película: “La supervivencia de la nación exige una rápida condena, sea a quien sea”…. Si tienes la desgracia de que te toque a tí….. Y el problema no lo tenemos tan lejos, ni en el espacio ni en el tiempo. Por las cosas que he leído, creo que hay un tal Sr. Zougam al que le cayeron 40 y pico mil años de cárcel, que es posible que, en circunstancias más normales, se hubiera llevado bastantes menos…. Tal vez los ejecutores de la razón de Estado deberían someterse a algún tipo de control, no sé bien a cual. Porque decidir sobre vidas y haciendas con un poder omnímodo y sin control alguno resulta muy muy delicado. Y en países como el nuestro, con un déficit de cultura democrática de base, aun más. Un fuerte abrazo.

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