De lo funcional y lo funcionarial

Sabido es que los paseos nos alimentan con ideas. Y uno por el Bosque del Pilar de Majadahonda, para más señas un lluvioso Día dela Independencia, me ha proporcionado sabrosas reflexiones sobre la actualidad jurídica y política, que sintetizaría así: el funcionario debe adelgazar, pero no hasta el punto de que quede lisiado e incapaz de cumplir la función que desempeña, incluso (y, hasta diría, sobre todo) cuando no trabaja; de igual modo, admiremos el ímpetu de lo privado, pero advirtamos que en sus filas también mora una mentalidad burocrática, en extremo disfuncional.

 

Caminaba yo con mi amigo, que es funcionario, y empecé compartiendo los pesares que me asaltaban desde mi smartphone. Las agencias de rating han rebajado el de nuestros Bancos señeros. Y esto provoca un alud de consecuencias contractuales. Verbigracia, yo compro energía a plazo. Como el precio comprometido es superior al actual de mercado, debo proporcionar a mi vendedor (o a mi contraparte en un contrato por diferencias) la garantía de que no me cansaré de pagar el exceso. Lo hago, pero si mi Banco sufre un downgrading, entonces su garantía deviene inválida y debería proporcionar otra, aunque me cueste un riñón, so pena de incurrir en incumplimiento y ver resuelto mi contrato, lo que me arruinaría. Obsérvese lo perverso de la situación: hoy por hoy yo soy solvente, siempre he cumplido y lo puedo seguir haciendo; a día de hoy mi Banco también lo es; pero nuestro contrato presume iuris et de iure que, si las agencias lo ponen en solfa, es porque dejaremos de serlo; todo lo cual, en efecto, me coloca en un tris de irme al garete. Es el viejo cuento de la profecía que se auto-cumple.

 

Como antídoto, yo proponía recurrir a mi muleta habitual, que es la historia de Cenicienta: en el cuento de los Hermanos Grimm, el Príncipe idea una treta para cazar a su amada, untar de brea la escaleras de palacio, donde queda prendida la famosa zapatilla; esta es pues un indicio, un instrumento con el que se intenta cazar a la damisela, pero no es Cenicienta; confundirlas a ambas sería un error, un imperdonable fetichismo. Lo mismo pasa con los conceptos jurídicos. Acepto que “solvencia” sea lo que dictamine un perito. También que este juicio sea definitivo, sin posibilidad de recurso, pues la certeza es un valor altamente atendible, incluso aunque a veces provoque incomodidades y hasta daños. Pero tampoco exageremos. No llevemos los principios hasta sus últimas consecuencias, duela a quien duela. Recordemos las sabias palabras de Terencio, ius summum saepe summa est malitia, a menudo la extrema justicia es una iniquidad. No me digan que, si mi nave va bien, se tiene que hundir y con ella la flota entera, solo por aplicar puntillosamente la letra de una disposición.

 

Por cierto, no olvidemos tampoco que en buena parte estamos aquí, en medio de la tormenta, por ese error. Los Bancos adquirieron y vendieron a sus clientes productos financieros nocivos, fiados de su buen rating. Los clientes les han demandado en ocasiones y algunas sentencias les dan la razón, por estimar que el deber de diligencia de las entidades de crédito no terminaba ahí: no bastaba tirar de manual, atenerse al procedimiento, sino que debían haber investigado mejor y cuestionado aquellas calificaciones positivas. Ahora pasa lo mismo, pero al contrario. Las agencias han basculado hacia la posición conservadora y su nuevo vicio es calificar negativamente. Que surta ello los efectos que deba surtir, pero no cualquier efecto, caiga quien caiga. Eso equivaldría a adoptar en la esfera privada una actitud funcionarial, en el mal sentido de la palabra.

 

Sobre la otra cara de la moneda, precisamente, me habló mi amigo, el funcionario. Cercano a la jubilación, entre restructuraciones de funciones y depuraciones, le han dejado casi sin tajo. Toma entonces solaz en internet. Y en la página de la Real Academia de la Lengua ha encontrado un tesoro, que le tiene deslumbrado: ¡los discursos de ingreso de los académicos! ¡Y, entre ellos, qué fulgurante joya el de Luis María Ansón! Es un ensayo sobre el amor, pero aquí nos interesa porque ensalza la figura de Ibn Quzman, poeta de al-Andalus. Bisexual, adorador del vino, rechazaba toda laboriosidad. Anticipándose a su tiempo, clamaba ya contra el calvinismo con esta sencilla máxima “ten para beber los días libres” y esta proclama “hidepu.. es quien trabaja en algo”.  Así las cosas, de tanto amar y tan poco comer, el vate estaba delgado “como una telaraña”, mas sobrevivía en el presente, solo atento a los afanes de hoy, “como hace el león”. De hecho, se alimentaba de los banquetes con que ocasionalmente le premiaban los poderosos, a cambio de las perlas de su ingenio.

 

Me recordó Quzman el caso de otro amigo. Despedido hace años de un Banco, no ha encontrado el trabajo que busca con denuedo. Agotada la prestación de desempleo, sobrevive a base de adelgazar cada vez más su presupuesto. Ejemplifica muy bien el concepto de hidalgo, que ensalzó Ortega: “vive alojado en la miseria como esas plantas del desierto que saben vegetar sin humedad”. Pero sus ingresos son tan bajos como altas son su dignidad y su cultura. Aprovecha su ocio para leer con fruición a Tito Livio. Y a lo mejor nos sorprende escribiendo una novela de éxito a lo J.K. Rowling.

 

No pretendo con esto hacer el elogio de la fiesta y la siesta, cayendo en el tópico reduccionista que identifica lo hispano con “vino y flamenco”. Quzman y el hidalgo son figuras ibéricas pero eso es anecdótico, pues son muestras de una especie más amplia que prolifera en todas las latitudes. Son lo que Claus Offe llamaba los personajes “desmercantilizados”, como el monje, el yogui, el aristocrático gentleman y hasta el monarca. Estos son gente que también transmite cosas (el contento y la paz ¿no son algo tangible?), si bien no lo hacen en el marco de un contrato sinalagmático. Las transacciones con ellos son regalos mutuos. No hay do ut des. Supuestamente este esquema mental propicia que ambas partes, el que da y el que recibe, sean menos esclavos del “qué dirán” (los agentes del mercado, los electores) y anden más atentos al valor intrínseco de las cosas.

 

Condición para ello es, empero, que no nos pasemos de la raya a la hora de predicar la austeridad. En esta línea, salió a colación ya en la comida, en un magnífico restaurante gallego, otro caso modélico, que conocimos gracias a un programa científico de La 2. Un espeleólogo francés se pierde en las profundidades de una cueva. Le rescatan a los 35 días, durante los cuales apenas ingiere un poco de agua.  Le había salvado el instinto. Inconscientemente, su cerebro hace lo adecuado. Ralentiza la frecuencia de funcionamiento del cuerpo para minimizar el consumo de energía y establece una inteligente jerarquía de prioridades a la hora de consumir reservas.  De esta forma, sus salvadores hallan un cuerpo sin grasa y sin músculo pero tocado por un cerebro incólume.

 

¿Seremos capaces de hacer esto con nuestra economía? Quzman castiga su cuerpo pero cultiva su acerado ingenio, que –sin modestia- comparaba a un sable. De igual manera, si pensamos que la receta de austeridad no es un dogma, no es un fin en sí mismo, habremos de procurar no quemar las neuronas (el I+D, la educación) para quedarnos con la grasa.

7 comentarios
  1. Rodrigo Tena Arregui
    Rodrigo Tena Arregui Dice:

    Muchas gracias Javier por tu colaboración. Ya saben nuestros lectores que los sábados los solemos reservar para post un poco más reflexivos, aunque siempre desde la óptica que caracteriza este blog. Y el de hoy de Javier toca un punto que para mi es especialmente interesante: el de la conexión espiritual entre las esferas pública y privada. Conexión que a la postre es perfectamente lógica, pues ambas son dos caras de un mismo sistema, unido, en mi modesto entender, por la nota común de la huida de la responsabilidad. En un caso, el privado, el sistema está construido sobre indicadores automáticos (que se presupone que funcionan bien pero que todo el mundo sabe que funcionan mal) que puede llevar a una empresa solvente a la quiebra en dos días sin saber muy bien por qué. En la otra esfera ocurre algo parecido, un sistema gestionado por unos políticos elegidos que se supone que tienen que adoptar las decisiones más conformes con el interés general, pero que por incompetencia o egoismo prefieren sacrificar el cerebro a la grasa. Y, en ambos casos, nadie puede pedir responsabilidades efectivas a nadie.

    • Javier Serra
      Javier Serra Dice:

      Gracias a vosotros por el magnífico espacio que es este Blog. Sobre la no responsabilidad, es verdad… También lo es que los menos responsables de todos somos nosotros, los comentaristas, lo cual por otro lado nos hace más libres para opinar con osadía… Como bien sabes, la mayor responsabilidad tiene su coste, porque induce al conservadurismo en la toma de decisiones. En el extremo, convierte a los Consejos de Administración y las Asesorías Jurídicas, en la esfera privada, y a las Administraciones, en la pública, en departamentos de compra de informes de expertos independientes con los que salvar su responsabilidad… 

  2. María Antonieta
    María Antonieta Dice:

    Muy ameno y sugerente. Sin embargo, en cuanto al último punto, no se atreve el autor a identificar la grasa que le gustaría quemar. Probablemente por mantener el tono elegante del post. O quizá porque no lo ha pensado… En cambio, en la primera parte, pone el dedo en la llaga. Es verdad que en el sector privado hay también mucho automatismo, que causa más problemas de los que soluciona. Cuando saltan las stop-loss, las cotizaciones de las acciones se derrumban, sin ton ni son. Cuando los ratios de rentabilidad bajan, hay que anunciar despidos de miles de empleados, que mañana dejarán de comprar los productos de la sociedad que les despide. No obstante, esto tiene también sus ventajas. Cuando toquemos fondo y rebotemos, el automatismo, si sigue ahí, tirará hacia arriba en lugar de hacia abajo…

  3. Javier Serra
    Javier Serra Dice:

    María Antonieta, gracias por tus comentarios. En efecto, no me he atrevido a pensar qué es la grasa en esta metáfora. Este es el problema con las metáforas (en general con todos los conceptos). Te ayudan pero también son un pie forzado que te condiciona. El problema de esta es que resulta un poco ofensiva y no era mi intención tal cosa. Si me apuras, no obstante, con todos los respetos para las personas que desarrollan estas tareas, enlazando con el comentario de Rodrigo y al hilo tambien de la actualidad, diría que padecemos una inflación de expertos independientes.
    En cuanto al automatismo contrario, es muy atinado el comentario. Así funcionan las cosas. Tira y afloja. Pesos y contrapesos. Ecuaciones. Cócteles de instintos contrapuestos… Pero eso no debería impedir que el automatismo se modere o matice desde el cerebro cuando es evidentemente nocivo. Cuando tiraba hacia arriba, se debió pinchar la burbuja. Ahora que nos lleva al abismo, hay que ponerle freno. Como ilustración diré que nuestro asunto juridico parece se soluciona: le ladramos al contrario y parece que, con espíritu pragmático, acepta el aval de Banco español confirmado por otro francés cuyo coste sufraga él.

  4. Millán G.Tola
    Millán G.Tola Dice:

    He leído con interés tanto el ¿artículo? como los comentarios posteriores y la gran cuestión (¿reproche?) que debo plantearte, querido don Javier, es que te quedas sin terminar de desarrollar la cojonuda idea que siempre planteas en tus relatos para centrarte en otras cuestiones, cuando lo mejor de ti, querido don Javier, es tu tremenda y surrealista imaginación a la que –para desgracia de nos- sueles tener en exceso atada, cual funcionario/empleado de circo público/privado, que siempre viene a ser lo mismo, o sea, poca cosa, que al fin todo siempre es un Ángel Cristo, domador de leones familiares, públicos o privados, que los pobres lo único que quieren es que los dejen en paz. Solo aflora tu surrealista imaginación, querido don Javier, cuando compartimos mesa, mantel y carajillos. ¡Pero son tan pocas veces!
    En fin, que lo que más me ha gustado es la fantástica idea del espeleólogo francés convertido en cuerpo sin grasa, sin músculo pero con cerebro. ¿Te das cuenta de que has resumido al ser humano? ¿Qué somos sino grasa, músculo y, quizá algunos, un poco de cerebro? Yo creo que la mayoría somos fundamentalmente grasa intelectual, a veces adornada de músculo, cual un “homo nervus poderoso”, por eso yo ahora estoy haciendo un máster por lo privado para obtener un título público de cirujano plástico que me habilite para realizar liposucciones de grasa cuántico-cerebral que permita a mis pacientes convertirse en espléndidos espeleólogos cavernícolas de buen cuerpo, mejor músculo y nada de cerebro. Como casi todos, en especial yo, que obtendré el título público gracias a mis posibles que me permiten pagármelo por lo privado.    

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