¿Qué es ser español?

Estaba en la costa, en mi lugar de holganza habitual, cuando me reencuentro en la estantería con varios libros sesudos que reflexionan sobre el hecho de ser español, comprados y leídos, quizá como reacción inconsciente, en fechas en los que mis destinos profesionales me llevaban a sitios en los que lo español no estaba precisamente de moda, y donde sigue sin estarlo. Pero no teman, no voy a ir por la cosa autonómica; más bien me decanto por algunas reflexiones generales, de estío, y sin efecto ni valor alguno, como decía el ínclito Paniagua, al hilo de estos libros reencontrados cuya aplicación a la situación crítica actual es, aparentemente, muy apropiada.

 

Intentando presentar a su país, dice Julián Marías en Ser Español que “el pueblo español es poco utilitario”, que antepone su pasión y sus humores a su conveniencia. Eso sí, dice, el español es uno de los hombres más fácilmente dispuestos a jugarse la vida, pero “tiene cierta pereza para jugarse algo menos que la vida”; por ello, en España no es frecuente el valor civil, cotidiano, lento, tenaz, mientras que es notorio el valor agresivo, bélico, violento, instantáneo. Y sigue: “el español está dispuesto a jugarse la vida de una vez, pero no a plazos, es decir, porciones de ella: un puesto una ventaja, la comodidad, la buena prensa, alguna seguridad, algún privilegio”.

 

Por eso, desde el punto de vista negativo, la imprevisión y la urgencia nos definen y, como dice Marías, no nos quedamos en las distancias medias –las de la cooperación y la actividad social- como los países desarrollados, sino que nos proyectamos a distancias extremas: para esta misma tarde o para toda la vida. Y lo cierto es que parece que estos rasgos los seguimos viendo hoy, pues no otra cosa significarían hechos como la misma existencia, y su frecuencia, de la figura del Real Decreto Ley; o que al médico no nos visite por la vía normal, sino que si quieres que te atiendan pronto hay que ir urgencias. Y que muchas veces haya que usar el camino extraordinario, no el normal: para que alguien te pague no hay que interponer una demanda civil, no, hay que ir por lo penal (la querella catalana); o para echar a un juez por cuestiones disciplinarias reiteradas no basta con un procedimiento administrativo, hay que querellarse contra él, como bien ha destacado Rodrigo Tena en este blog (ver aquí). E incluso, ¿no es un ejemplo de ello la existencia de las oposiciones como forma de progreso social e intelectual? Ese jugárselo todo a una, pero para luego obtener una colocación de por vida, ¿no existe porque no hay una preparación universitaria suficiente, es decir, una preparación normal y ordinaria de las mismas materias a las que luego opositas?

 

En España, según parece, ha predominado el tipo aventurero, pues no en balde nos pasamos ocho siglos luchando contra el moro y cuando en 1492 la cosa acaba comenzamos con la conquista de (o “encuentro con”, como se dice ahora) las Américas. No es difícil pensar que en un país así tuviera especial predicamento el luchador agresivo y aventurero, despreocupado de las cosas materiales, que le parecen propias de “clases inferiores”. Señalaba Menéndez Pidal (“Los españoles en la Historia”) que se da en el español, junto a una cierta sobriedad, un cierto desinterés en el orden económico, pues no se antepone el cálculo de pérdidas y ganancias a consideraciones de otro orden: el descuido del trabajo productivo, el contentarse con los primeros resultados, que satisfacen las necesidades más apremiantes, la imprevisión del mañana….. E incluso a veces se consideran insultantes, como revela la conocida anécdota de las cuentas del Gran Capitán, que enumera sus hazañas frente a las míseros números que se le piden. Ya Marías decía en el año 66 que aunque al español la actitud “económica” continuada le produce una extraña fatiga y que “siente como insoportable pobreza la forma de relación con lo económico que domina en gran parte de Europa”, la creciente economización del mundo es irreversible y exige un rigor que es un requisito necesario para la prosperidad. No vale ya el “poco más o menos” y todos –poco más o menos- somos conscientes de ello.

 

Menéndez Pidal pone en conexión este desinterés con otra dimensión del carácter español: el sosiego, en su doble aspecto, la serenidad de acción, la mesura elegante, pero también la apatía y la inacción, la ausencia de resortes (¿les recuerda esto a alguien?). Pero también es verdad que eso trae consigo la extraña capacidad del español para la vita mínima: cuando las circunstancias se vuelven tan adversas que apenas se puede hacer nada, el español sigue viviendo con cierta dignidad (y eso me sugiere la imagen tando de Hernán Cortés como al hecho de que tengamos hoy más de cinco millones de parados aguantando estoicamente).

 

Pues bien, dirán ustedes, está claro, somos incorregibles, la crisis nos la merecemos porque somos temperamentalmente unos pródigos mediterráneos, qué razón tenían los pensadores de finales del siglo XIX que, con motivo del desastre del 98 e incluso ya antes, decían que “España es una nación absurda y metafísicamente imposible, y el absurdo es su nervio y principal sostén” (Ganivet) y proclamaron la necesidad de una regeneración. Recordemos (véase Laín Entralgo y otros en España: reflexiones sobre el ser de España, RAH, 1997) el “España sin pulso” de Francisco Silvela, el turbador interrogante de Ortega “Dios mío, qué es España”, y tantos otros, que desembocaron en el “feroz análisis de todo” que practicaron Unamuno y Azorín, haciendo suyas las caracterizaciones de los castellanos del Siglo de Oro hechas por los estudiosos alemanes y franceses del siglo XIX: tipos codiciosos, indolentes, capaces de un heroísmo vago, hidalgos crueles…

 

Sin embargo, creo que se acerca más a la realidad el análisis de un historiador actual como Juan Pablo Fusi (La evolución de la identidad nacional, Temas de Hoy 2000) que, sobre la base de un análisis historiográfico riguroso, demuestra que en realidad los ensayos de Unamuno y Ganivet, y tantos otros, no eran historia, aunque fueran metáforas convincentes y probablemente más eficaces que las interpretaciones rigurosas, pero no por ello exactos y que la pretendida anormalidad de España, de la que hablaba Ortega, no es tal. Es más, no existe una naturaleza de las naciones, pues lo que las naciones tienen es historia, tal y como el propio Ortega decía, y su identidad es cambiante y evolutiva, como demostró palmariamente Julio Caro Baroja en El mito del carácter nacional. Y Fusi demuestra este aserto aplicando los datos históricos a los pretendidos caracteres nacionales de varios países europeos. De hecho, de los estudios más recientes se desprende que la identidad nacional se relaciona más con aspectos geográficos, con los lentos cambios demográficos y sociales, la continuidad de una comunidad política y social, la lengua y literatura y con los sistemas legales administrativos.

 

Por ello creo, en definitiva, que, aunque pueda resultar un perverso placer de la autoflagelación, no hay que caer en ella, pues a nada conduce; pero tampoco hay que cejar en el análisis realista de la situación y en particular de las imperfecciones del sistema y exigir su mejora. Es decir, se precisa ese valor civil, cotidiano, lento, tenaz que Marías no consideraba propio de los españoles. No hay que romperlo todo: hay que tener la perseverancia y la inteligencia necesarias para cambiar lo que hay que cambiar (y hacerlo a fondo y sin miramientos) y mantener lo que hay que mantener, nuestras características positivas. Y particularmente, como tanto decimos en este blog, hemos de ser capaces de modificar nuestras instituciones (y nuestras costumbres), que esas sí que definen la identidad nacional y que tanto influyen sobre el éxito o fracaso de las naciones, como hoy Acemoglu y Robinson destacan  en Why Nations fail?

 

Ahora bien, una coda final: sin duda, la solución, como a principios del siglo XX, estará en Europa, pues como dice Fusi, “España debe ser entendida ante todo como una variable europea”. Pero, siendo eso verdad, creo que también Europa debe mantener con nosotros no la actitud del acreedor ejecutante, que solo quiere cobrar su dinero, sino la del socio, que conoce y comprende al compañero con el que comparte empresa. Es decir, que sería bueno que la señora Merkel no haga cierto el tópico contrario, aplicado a la mentalidad  centroeuropea y reflejado en el weberiano “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, en el que se destaca la influencia del ascetismo protestante y el enriquecimiento como señal de predestinación divina, el racionalismo aplicable al capitalismo como tendencia a la obtención del máximo de riqueza.  Para ella, para Merkel, termino con una cita de Julián Marías que ilustra estas ideas:  “La vitalidad de España se revela a cualquiera que, con alguna esperanza de pueblos, ponga la mano sobre su corazón….El crédito no es solo cosa de economía; a los países hay que concederles también el crédito histórico. Si se acierta, puede resultar una maravillosa inversión, como solo suelen serlo las inversiones desinteresadas; si se yerra, lo que se pierde es más que dinero: posibilidades históricas”.

16 comentarios
  1. JJGF
    JJGF Dice:

    Muy bonito, y bien traído, post.

    A ver si deja de ser verdad esa frase de Larra: en España nunca pasa nada, España pasa por todo.

    A ver cuándo llega una generación de gobernantes que ayude al país a erguirse ante su destino y no a capearlo de mala manera…

  2. Rodrigo Tena Arregui
    Rodrigo Tena Arregui Dice:

    Creo que Nacho plantea en este post un tema muy interesante y que viene ahora mucho a cuento. Estoy de acuerdo en que esas concepciones que huelen a naftalina son meros mitos con escaso reflejo en la realidad histórica y sociológica, pero eso no quita que tengan una enorme importancia. Por ejemplo, en EEU existe el mito del “hombre hecho a si mismo”. Este mito se consagra a finales del siglo XiX y ya en esa época se correspondía muy poco con la realidad. En la década de 1900 sólo un 3% de los dirigentes financieros e industriales eran de origen humilde, cuyas historias de éxito, como afirmaba William Millar “siempre han tenido mayor importancia en los libros de historia americana que en la historia americana”. Pero es que esas historias, aunque sean falsas o exageradas, tienen una gigantesca importancia práctica: determinan una actitud psicológica y vital que termina incidiendo de manera real en la vida de los pueblos.
    El problema de los mitos españoles es que, sin dejar de ser mitos, encima son una mierda -y perdón por la expresión pero es que no se pueden calificar de otra manera-. La actitud psicológica que ayudan a fomentar es precisamente la contraria de la que interesa: cuando no es el pesimismo antropológico es la resignación. A ello han contribuido muchos de los próceres de nuestra pretérita intelectualidad que Nacho cita en su post.
    No es de extrañar que en las clasificaciones sobre simpatía entre naciones, en la que es tan natural que la nación entrevistada designe a sus nacionales en primer lugar, nosotros no nos citamos ni entre los diez primeros. Si la visión crítica y estereotipada sirve para fomentar la acción adecuada vale, lo malo es que en España en la mayor parte de las veces justifica el conformismo: bueno, pues si somos así, que inventen ellos.

    • Fernando Gomá Lanzón
      Fernando Gomá Lanzón Dice:

      Con mi hermano Javier he estado conversando sobre cuestiones sobre qué somos o cómo nos vemos en España, y ambos coincidimos en que deberíamos, sin perder el tonpo crítico, al mismo tiempo ponderar dónde estamos ahora, lo mucho que ha costado, y de dónde venimos. En ese sentido, tengo previsto un post donde quiero hacer un elogio de la España democrática y me permito recomendar unn estupendo artículo de hace tiempo en Babelia de mi hermano Javier, sobre las ventajas de tener conciencia histórica: http://elpais.com/diario/2011/02/19/babelia/1298077965_850215.html

      Soy de los refractarios a esa corriente histórica pesimista y me temo que algo acomplejada en cuanto a quiénes somos de la que Nacho nos expone alguna muestra. No somos históricamente idiotas, absurdos, inútiles, incapaces de gobernarnos, sanguinarios o hipócritas. O no, al menos, en mayor intensidad que ninguno de las neciones europeas vecinas. Tenemos enormes sombras, qúe duda cabe, ¿y…? Fijémonos en la nación de moda, la alemana. la Toda la vida anhelándo la Gran Alemania Unificada, la Großdeutschlan, y… cuando la consiguen con Bismarck, provocan tres guerras espantosas por su afán expansionista, la franco prusiana y las dos guerras mundiales, en apenas 70 años, y la última con lo más parecido al infierno en la tierra, el exterminio de los campos de concentración. Criticar y quejarse de lo que somos es sencillo y produce un secreto placer, pero, con todos nuestros tópicos defectos -si es que existen realmente- hubiéramos sido incapaces de tal maldad. Como dice Rodrigo y se estudia en educación, lo que creemos que somos porque nos lo decimos o nos lo dicen, acabamos asimilándolo (si digo a un hijo que ES un desordenado, acaba entendiendo que es eso lo que eso lo que le caracteriza).

       

      Y por otra parte, estos debates sobre la esencia nacional están muy difuminados. En estos momentos yo tengo mucho más que ver desde el punto de vista cultural, económico, social, lúdico, etc, con un sudafricano, con un chino o con un ruso de la estepa que con un español de 1920, con los primeros soy capaz de entenderme inmediatamente, no así con el último. 

      En resumen ¿qué es ser AHORA español? Desde el punto de vista histórico, es ser español en el mejor momento, estos últimos 35 años son sin duda los más favorables de la historia. Y es serlo de una nación cuya historia puede competir con las otras de su entorno. Con todos los peros que se quieran poner. Obviamente, hay muchas cosas que funcionan mal, problemas y diusfunciones muchas de las cuales criticamos diariamente en este blog, pero no debemos permitirnos, como he comentado varias veces, perder la autoestima o pensarnos inferiores. No lo hemos sido ni lo somos ahora. Y, por supuesto, sin complacencias y a trabajar para mejorar lo que tenemos ahora.


    • Alberto
      Alberto Dice:

      Muy buenas sus reflexiones, Don fernando.

      Los españoles no somos peores que el resto de europeos. Usted ha sacado el ejemplo de los alemanes. Pero, le recuerdo el millón de congoleños que mataron los belgas a comienzos del siglo XX; o los cientos de miles e asesinados por los ingleses en sus colonias para forjar su imperio; o, los millones de asesinados por los rusos, incluido el exterminio del ejército polaco.

      Pero nosotros nos flagelamos con Hernán Corés y la Inquisición; pero nos olvidamos de Suarez y de Vitoria.

      No somos peores que nuestros vecinos; quizá mas sinceros y menos hipócritas.

  3. Fernando Rodríguez Prieto
    Fernando Rodríguez Prieto Dice:

    De acuerdo en que no es ningún sino histórico, sino las costumbres sociales y los condicionamentos políticos los que pueden definir peculiaridades generalizables de los españoles. Y ambas cosas son susceptibles de mejora.
    Los españoles se han demostrado como buenos emprendedores cuando han ido fuera, o incluso dentro si las circunstancia lo han permitido. Hoy nuestra clase empresarial y profesional es bastante mejor que la política.
    Por eso es bueno desterrar el pesimismo, o esa consideración (que se encuentra más dentro que fuera) de que somos un pueblo maldito. 

  4. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    Pues tras largos años fuera de España y habiendo sido muy bien acogido en cada país –hasta el punto de sentirme en alguno de ellos tan a gusto o más que en mi queridísima España– no me complico mucho la vida con lo de las identidades.

    Es posible que, siendo tan poliédrico e inevitablemente diverso el conjunto de nuestras identidades individuales, el aferrarse a una de ellas relegando el resto no sea más que una psicopatía para refuerzo de egos que lo necesitan por algún motivo que los interesados prefieren no explorar.

    Prácticamente todos nuestros líderes nacionalistas exhiben los síntomas y los antecedentes familiares que propician el síndrome. Es así y hay que decírselo a la cara.

    Los españoles somos gente bastante normal y todos juntos tenemos nuestra circunstancia que nos ha venido determinada por muchos factores.

    El rasgo que nos une, como a tantas y tantas naciones, es que como sociedad no hemos influido mucho en nuestro destino: Nos han conducido. Y la mayor parte del tiempo has sido gente de escaso calibre o directamente nefastos. Lo hecho ha sido a pesar de ellos. Luego tan malos no somos.

    Al igual que Ignacio en su casa de la costa yo guardo en la biblioteca de la nuestra un ejemplar de la obra de Bernal Díaz del Castillo Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España .

    La obra es un documento histórico magno. Por su autenticidad no exenta de rebeldía, por la sencillez del relato y el retrato que de los españoles de su tiempo hace durante la aventura desde Cuba a Yucatán y México.

    Para aquellos que hoy medran a base de denigrar y cuestionar nuestra larga historia como nación sugiero lean crónicas de la conquista para ver que, ya entonces, todos eran españoles, así se llamaban entre ellos y así se presentaban a terceros. Igual que mil años antes.

    Somos una de las más viejas y notables naciones de la historia. Una historia en la que hemos tenido épocas de unión y otras de lo contrario. Hoy nos toca esto último. Cuando vienen mal dadas o se acaban los momios coloniales renace la tribu y la disensión oportunista.

    Perdemos el tiempo, juntos o separados, no siendo los autores de nuestra propias vidas, de nuestra historia

    De hecho, cuanto más nos dominan los nacionalismos más caemos presa del fascio y del seguidismo. Digo fascio a conciencia porque Feudal les viene grande. Entonces había libertad de pacto personal con el señor, hoy pretenden robarte hasta el corazón de tus hijos.

    Va siendo hora de cambiar el modelo. El Star system ha dado de sí todo lo que podía y está en rendimientos decrecientes.

    Saludos

  5. Curro Arriola
    Curro Arriola Dice:

    España es un absurdo histórico. Su unidad solo se concibe por la existencia de una empresa, de un quehacer común. Lo fue la Cruz. Sin  ella, como bien pronosticó el citado Menéndez Pelayo, “España dejaría de ser España”.
    Sin ese destino común, diferente de los demás destinos que son en el mundo, España no tiene sentido.
    De ahí su agonía, o ya muerte certificada, a la que asistimos.

    • Spinoza
      Spinoza Dice:

      Comparto su visión. Los «heterodoxos» a que se refiere Marcelino Menedez-Pelayo, son sistemáticamente excomulgados de esta patria de la cruz. Tomemos por ejemplo a Spinoza, de linaje burgalés, a decir de Madariaga y marrano. Pues bien, siendo reivindicado en nuestros días en Holanda con múltiples celebraciones, en Inglaterra situándole Jonathan Israel en el centro de la «ilustración radical», en Estados Unidos con numerosas publicaciones y hasta obras de teatro, en Francia con profundos estudios filosóficos, en Italia revitalizándose en la sociología su concepto de «multitudo» o en Argentina donde se celebra actualmente en Córdoba un congreso internacional monográfico sobre el mismo; pues bien, en España silencio sepulcral.

  6. Robespierre
    Robespierre Dice:

    Un post interesante y oportuno en momento en que todo esta en cuestion. Coincido con que aui no hay determinismos historicos ni biologicos, sino instituciones fallidas y una clase politica que no es la elite del pais sino muy al contrario, esta muy lejos de serlo. El problema real para mi es como conseguir en una partitocracia que las elites reales que no estan hoy en la politica puedan interesarse y acceder a la misma. No es facil, pero mas complicado era pasar del franquismo a la democracia

  7. ENNECERUS
    ENNECERUS Dice:

    En mi opinión, los españoles somos exagerados: O somos los mejores o somos una mierda. No hay término medio. Quizás para hacer la tortilla debamos romper primero el huevo: Fuimos si no los mejores, los únicos. Descubrimos, conquistamos, colonizamos y evangelizamos América, continente al que llevamos todo lo que teníamos: Nuestros mejores hombres, nuestro idioma, nuestra cultura, nuestra religión, nuestra organización y nuestro AMOR. Gestas increíbles a lo largo de tres siglos que hoy no se enseña ni en los colegios, ni en el cine ni en la televisión. Sólo en algunos, muy pòcos libros. Todavía en el siglo XIX, pocos años antes de nuestro verdadero desastre que no fue en 1898 sino 80 años antes, la bicentenaria constitución de Cádiz definía de forma insuperable a la nación española como la unión de todos los españoles de ambos hemisferios.

    Si nuestro natural es ser extremo, redescubramos la grandeza de nuestra nación, de nuestro atípico imperio, de nuestros grandes reyes, marinos, guerreros y organizadores sociales. No importa que nos pasemos en su glosa y alabanza, todos lo hacen con sus héroes nacionales. Sabemos que nadie es perfecto, pero nosotros no hemos sido más imperfectos que los demás.

    Es increible en contra de la creencia general, el respeto que se tiene a España como nación en Francia. Puedo atestiguar que a los españoles nos miran en sentido general y vago con un cierto aire de superioridad, no exento de envidia por nuestra forma de vivir, más alegre y despreocupada que la suya. Pero es muchísimo peor la imagen dominante que en España tenemos de los portugueses, que han sido tratados de forma despiadada, incluso en el caso de personas indudablemente triunfadoras en lo suyo.

    La autovisión negativa de España es un invento muy reciente en términos históricos y hará falta un ingente esfuerzo para darle la vuelta. ¿Alguien se acuerda del 500 aniversario de la incorporación de Navarra a la Corona de Castilla por iniciativa de Fernando el Católico?  

  8. Julio Camba
    Julio Camba Dice:

    Qué cosa es el español.

    El tranvía en caso de apuro.  Julio Camba.
    Con relación al inglés o al alemán, el español es un hombrecillo débil y violento, uno de esos cascarrabias chiquirritines, con los ojos saltones y los bigotes revueltos, que asestan puñetazos heroicos sobre las mesas de los cafés y luego comienzan a dar gritos porque se han hecho daño, que agitan los brazos en el vacío, que patalean y que vociferan hasta que se ven sujetados por los brazos y en absoluta imposibilidad de moverse. Uno de esos hombrecitos tropezó una vez en la calle de Fuencarral con un señor que marchaba en dirección contraria a la suya.
    — ¿No tiene usted ojos en la cara? — le dijo — .
    Si no sabe usted andar quédese usted en su casa.
    El señor le presentó sus excusas; pero el hombrecillo estaba furioso:
    — ¡Usted se merece una lección! — gritaba.
    El señor empezó a impacientarse. El hombrecillo seguía chillando con una voz muy aguda. Se reunió gente. «Si le doy un golpe a este hombre — pensaba el señor — le voy a hacer mucho daño.» En esto bajaba un tranvía, y el señor tuvo una idea luminosa. Le hizo seña al conductor, cogió al hombrecillo por un brazo y lo depositó en la plataforma del tranvía, mientras con la mano libre sacaba una perra gorda del bolsillo.
    — Este caballero — exclamó — va hasta la Puerta del Sol.
    Yo he visto varias veces a compatriotas insignificantes enfurecerse de un modo suicida en Londres ante estos ingleses tan tranquilos, tan serenos y tan fuertes, que les veían boxear contra las mesas, con ojos de asombro, como se ve al hombre que está realizando un acto exento de toda lógica.
    Y lo peor no es que la generalidad de los españoles sean así. Lo peor es que, socialmente, España le dé al mundo el espectáculo de uno de esos hombres chiquitines e irritables que se pasan la vida gritando sin ton ni son y moviendo los brazos en el vacío. Todos nuestros motines, todos nuestros pronunciamientos, todas nuestras algaradas son una cosa ridicula. Un pueblo serio y fuerte no arma esos escándalos inútiles, en los que gasta la energía y se pierde la fuerza moral. «¡Vamos a hacer! ¡Vamos a acontecer!» ¡Quién le hace caso al cascarrabias consuetudinario que vocifera, en una indignación continua, desde por la mañana hasta por la noche!
    Todo el mundo sabe que en el fondo es un pobre hombre y que su cólera es la cólera de la impotencia, de la falta de fuerza y de confianza en sí mismo para tomar una determinación y seguirla serenamente. Esta es la cólera de España, y España es actualmente un bien pobre país. Desde un medio como éste se ven los sucesos de España tal cual son. Yo leo los periódicos, me tumbo en un diván, y — medio dormido, medio despierto — España se me aparece como un hombre con más cólera que energía, sin voluntad ninguna e incapaz de dominarse a sí mismo. Un hombre muy pequeño, y muy débil, muy débil, que se muerde los bigotes haciendo muchos gestos, que sopla, que tose, que se da un puñetazo en el hongo y se lo abolla de un modo lamentable, que le tira un puntapié a una mesa y se estropea el pie y que, por fin, rendido, extenuado y sin haber conseguido nada de provecho, se deja caer en una butaca.
    Es triste y es ridículo, y es así.

  9. León Felipe
    León Felipe Dice:

    Pero ¿Por qué habla tan alto el español?
     
    Este tono levantado del español es un defecto, viejo ya, de raza. Viejo e incurable. Es una enfermedad crónica.

    Tenemos los españoles la garganta destemplada y en carne viva. Hablamos a grito herido y estamos desentonados para siempre, para siempre porqué tres veces, tres veces, tres veces tuvimos que desgañitarnos en la historia hasta desgarrarnos la laringe.

    La primera fue cuando descubrimos este continente, y fue necesario que gritásemos sin ninguna medida: ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!. Había que gritar esta palabra para que sonase más que el mar y llegase hasta los oídos de los hombres que se habían quedado en la otra orilla. Acabábamos de descubrir un mundo nuevo, un mundo de otras dimensiones al que cinco siglos más tarde, en el gran naufragio de Europa, tenía que agarrarse la esperanza del hombre. ¡Había motivos para hablar alto! ¡Había motivos para gritar!

    La segunda fue cuando salió por el mundo, grotescamente vestido con una lanza rota y una visera de papel aquel estrafalario fantasma de la Mancha, lanzando al viento desaforadamente esta palabra de luz olvidada por los hombres: ¡justicia! ¡justicia! ¡justicia!… ¡También había motivos para gritar! ¡También había motivos para hablar alto!

    El otro grito es más reciente. Yo estuve en el coro. Aún tengo la voz parda de la ronquera. Fue el que dimos sobre la colina de Madrid, en el año de 1936, para prevenir a la majada, para soliviantar a los cabreros, para despertar al mundo: ¡eh! ¡que viene el lobo! ¡que viene el lobo!… ¡que viene el lobo!.

    El que dijo tierra y el que dijo justicia es el mismo español que gritaba hace 6 años nada más, desde la colina de Madrid, a los pastores: ¡eh! ¡que viene el lobo!

    Nadie le oyó. Los viejos rabadanes del mundo que escriben la historia a su capricho, cerraron todos los postigos, se hicieron los sordos, se taparon los oídos con cemento, y todavía ahora no hacen más que preguntar como los pedantes: ¿Pero por qué habla tan alto el español?

    Sin embargo, el español no habla alto. Ya lo he dicho. Lo volveré a repetir: el español habla desde el nivel exacto del hombre, y el que piense que habla demasiado alto es porque escucha desde el fondo de un pozo.
     
    León Felipe

  10. Elisa de la Nuez Sánchez-Cascado
    Elisa de la Nuez Sánchez-Cascado Dice:

    Interesantes reflexiones, Nacho, y nada menos que con comentarios de León Felipe y de Julio Camba nada menos, menudo éxito. Yo en general tiendo menos a las generalizaciones por brillantes que sean, claro que hay cultura, costumbres e instituciones que modelan el carácter, pero el de cada españolito individual. Así que ni mejores ni peores que el resto de la humanidad, aunque lo que sí llama la atención es que la percepción  propia sea más negativa que en el resto de los países. 

  11. Lucas Blanque
    Lucas Blanque Dice:

    El tema es tratado de manera impecable y la verdad es que el contenido del post y de los comentarios me deja un cierto regusto amargo.
    No entro en el tema de la comparación con otras naciones ni en cómo ellas han tratado a sus llamados héroes: todos han tenido sus luces y sombras y nosotros normalmente los hemos lanzado a la sombra de la Historia.
    pero creo que el español sí es exagerado, y que en lo político esa cualidad se traduce en esa tendencia hacia la fagocitación del cargo y el mal empleo del poder, con confusión deliberada de lo privado y lo público. Falta responsabilidad y cultura democrática, falta vergüenza y respeto por la función y por el ciudadano. Basta leer el post sobre los excesos de la Comunidad de Madrid. Y es terrible leer que un ayuntamiento esté buscando cómo sortear una ley estatal, o saber que los municipios han estado durante años sin practicar retenciones a sus trabajadores (que no ingresaban en la hacienda Pública) y luego se practicaban devoluciones por la AEAT a esos mismos trabajadores. O que pueden deberse millones de euros a la Seguridad social por un municipio, mientras que los alcaldes y todos los demás responsables siguen en el asiento (¿para qué se regula la intervención estatal de municipios; sólo Marbella se ha excedido?).
    Pero estos males son generales y alcanzan también a la universidad, y no solo a los políticos de todo orden. El entendimiento de la autonomía universitaria como una categoría absOluta puede llevar a sostener a todo un catedrático de Administrativo que la normativa municipal de estacionamiento regulado no se aplica en los terrenos de la universidad porque  son eso, universitarios, con exclusión de la aplicación de otras normas que no sean las propias. Vamos, que ni la grúa podría actuar en ese terreno.
    Con ello quiero decir que uno de nuestros males es que no nos respetamos unos a otros, que no pensamos en las consecuencias de nuestros actos y que solemos abusar de nuestra posición de superioridad si la tenemos; si no es asi, la solemos anhelar. 
    La clásica frase atribuida a Lord Acton sobre el carácter corruptor del poder es plenamente aplicable, por desgracia, a la mayoría de españoles con responsabilidades.
     

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