“La política y la mentira” de nuestro colaborador Jesús López-Medel

“La política y la mentira”, de Jesús López-Medel

Son diversas la cualidades que podrían exigirse, aunque fuese en grado mínimo, a los políticos. Sin embargo, hay defectos o vicios que parecen muy asociados a quienes a ello se dedican a alto nivel. Uno de ellos es, sin duda y desgraciadamente, la mentira. Y esto es algo que parece que la sociedad en cierto modo tolera. Solo así se explica que los dirigentes políticos (aunque toda generalización puede ser injusta) sigan faltando a la verdad y que sepan que esto, la falta de credibilidad y confianza, no es penalizado por los ciudadanos. Por tanto, la falsedad de los políticos es tanto culpa de ellos como de la propia ciudadanía que lo admite.

Algo parecido sucede en los países latinos con la corrupción: apenas se penaliza electoral (ni penalmente tampoco). Hay sobre ello múltiples ejemplos. Por solo mencionar dos recientes, la ausencia de castigo al PP en la Comunidad Valenciana donde la corrupción se manifestaba a borbotones o el caso muy actual en Andalucía donde los vergonzosos ERES apenas castigaron al PSOE que sigue gobernando. Y ello porque la sociedad (y es a mi juicio un criterio de inmadurez) considera que es algo generalizado, inherente a la condición política y no da gran valor a este principio ético de la honradez.

Exactamente igual sucede cuando la ciudadanía admite como pauta de comportamiento de los políticos la falta de verdad como si fuese algo inevitable. Que un político diga una cosa y haga lo contrario parece, cada vez más, que es normal o tolerable. Y como el mentiroso sabe que esto no es castigado, sigue mintiendo. Eso es así en todos los lugares y colores aunque, repito, acaso sea injusta la generalización. Pero ahora, el cúmulo del engaño masivo lo ostenta el gobierno central que a raudales está haciendo en todos los campos lo más contrario a lo que prometía hace muy poco. Luego se buscarán justificaciones, también falsas: “es lo único que podíamos hacer”, no teníamos libertad para tomar otras decisiones”, “si actuáramos de otro modo, cometeríamos prevaricación”, etc. En definitiva, excusas que engordan la bola de nieve de la mentira.

Se puede juzgar a un político por múltiples razones: por su eficacia, por resolver problemas en lugar de crearlos, por su coherencia, por su coraje, por su sintonía con nuestros planteamientos ideológicos básicos o por muchos otros factores, incluso hasta sicológicos. Pero también deberíamos introducir mucho más el elemento de la credibilidad como factor de elección.

Si se vuelve a votar a un dirigente que actúa como difusor de mentiras masivas, estamos legitimando su actuación y permitiéndole que en el futuro siga engañando impunemente. No nos quejemos entonces. Si, por el contrario, nos atrevemos a decirles: no les voy a renovar mi confianza por sus múltiples engaños, les estamos dando una lección de madurez y diciéndoles, como en el anuncio de un conocido establecimiento comercial: yo no soy tonto.

Porque cuando algunos políticos engañan de modo contumaz están menospreciando a la sociedad. Y cuando los ciudadanos admiten, o toleran que les engañen abundantemente, están revelando una falta de consideración a sí mismos muy grave. Además, cuando esto es un comportamiento extendido, hay algo que no funciona bien en nuestra dignidad como personas ni como comunidad.

Se puede perdonar que un político se equivoque o tome decisiones erróneas, incluso que tenga alguna desviación respecto sus promesas electorales. Admitamos unos márgenes. Pero cuando se instala ese comportamiento como algo constante, si lo consideramos como algo inevitable, les estamos dando permiso o bula para que sigan mintiendo o aún más.

Hace años en uno de los acontecimientos más trágicos de nuestra historia reciente alguien dijo, sobre la gestión de aquel hecho, con énfasis y acierto: “Los españoles no nos merecemos un gobierno que nos mienta”. En aquel momento, eso fue un aldabonazo que hizo girar votos y cambiar el resultado predecible de unas elecciones. Hoy ese dirigente, aunque siga en primera línea, esta amortizado y no esta en condiciones de legitimidad de decir eso mismo. Pero alguien, mucho mejor en plural, ha que tener una mínima autoridad moral y valentía para decir: dejen ya de mentir. Pocas voces de intelectuales comprometidos con una ética pública resuenan. Pero, al menos, sí deben ciudadanos anónimos ir concienciándose y extendiendo a otros que en ningún caso y en modo alguno, auque sean “de los nuestros”, puede tolerarse tanta mentira.

Hay que expresarles: dígannos la verdad, adminístrela si quiere, no nos diga todo lo real, pero, por favor, no hace falta que de modo constante nos engañen. Solo si reaccionamos con firmeza y claridad frente a la mentira compulsiva y masiva, cambiaran nuestros políticos. En otro caso, no nos quejemos de que sigan haciéndolo y aún más, se rían, con razón, de nosotros. En tal  supuesto, acaso, es que si estuviéramos en su lugar también mentiríamos como ellos. Quizás, por eso, seamos tan tolerantes. Yo desde luego no lo comparto porque  yo no soy ni quiero que ellos me consideren un tonto.

5 comentarios
  1. JJGF
    JJGF Dice:

    Nos puede parecer bien o mal, pero no nos engañemos: ayer, hoy y siempre, al político le interesa conseguir y conservar el poder. Y para eso, si hay que ser un cínico, se es. Si hay que aparcar alguna de tus convicciones, pues se aparca cuando conviene, y luego se la vuelve a sacar de paseo.

    Eso ha sido, es y será así. Luego, podemos distinguir entre políticos más reacios y otros más entregamos al ejercicio del cinismo. Los reacios, normalmente, son segundones, que se pueden permitir el prurito intelectual porque saben que nunca llegarán a Primer Ministro, ni a Jefe de Estado. Intelectuales metidos a políticos, incluso, pero marginales a la hora de suscitar mayorías de gobierno. Desde Tezanos o Santesmases a Vidal Quadras.

    Los políticos solo dejan de practicar el cinismo y dicen lo que piensan, con claridad y sin restricciones, cuando ya no aspiran a ningún puesto o porque han llegado al máximo de lo que aspiraban a ser. O es que, por poner un ejemplo, Leguina hablaba hace veinte años como habla ahora????

    No es que esto nos parezca bien o mal. Es una mera descripción de los que pasa.

    Merece la pena leer MAQUIAVELO EN DEMOCRACIA, del ex Primer Ministro BALLADUR. Creo recordar que había una buena crítica del libro en Nueva Revista del año 2009.      
     

  2. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    El código penal no castiga la mentira salvo si se es testigo de algo y aún así es prácticamente imposible verlo no ya castigado sino procesado en la práctica.
    Incluso hay jurisprudencia de gran calidad despenalizando la llamada falsedad ideológica.
    Y si bien decir verdad es uno de los imperativos categóricos más universales, en general se acepta que la mentira es buena…contra el enemigo.

    Hay un sencillo texto que nos explica las caras de la mentira, es de Alexandre Koyré….”Reflexiones sabre la mentira” Ed. Leviatán.
    70 páginas en francés y en español. El librito es bilingüe

    Saludos

  3. ignacio
    ignacio Dice:

    mis condolencias al autor: por su profesión debe ser un testigo privilegiado (enorme desdicha) de los disparates, los dislates, las torpezas y los mas descarados fingimientos de nuestros señoritos los políticos. En el colmo de esa desdicha, en la cúspide de la piramide de desgraciados testigos privilegiados deben estar los Sres.y Sras. Abogados del Estado destinados al Consejo de Estado en su labor de informar la incontinencia-diarrea normativa. Les acompaño en el sentimiento 

  4. Jesus López-Medel
    Jesus López-Medel Dice:

    Ignacio, creo equivocas el enfoque. Un articulo te puede gustar mas o menos, compartir o no lo q se dice pero la descalificación a nivel personal por cualquier motivo, en este caso una profesión, creo que no enriquece el debate. Discrepa si quieres de los argumentos que con nombre y apellidos yo digo o haz tus reflexiones al debate (finalidad propia de un blog) pero no te quedes al nivel de desprecio personal. Respetuosamente, no aporta nada de interés. Si a la critica, si al argumento discrepante. No a la descalificación sin mas. Un cordial saludo, Ignacio

  5. Manuel Conthe
    Manuel Conthe Dice:

    Jesús, yo creo que hay que distinguir asuntos.

    A mi juicio, como corolario de lo dispuesto en el artículo 134.6 de la Constitucion, cualquier promesa electoral que pueda aumentar el déficit presupuestario o dificultar su reducción debe considerarse nula, por la misma razón que en tiempos eran nulas las donaciones entre cónyuges.

    Expuse en más detalle la idea en http://www.expansion.com/blogs/conthe/2011/10/01/medidas-fiscales-impopulares-dontask.html

    La experiencia con el PP tras su victoria electoral lo ha demostrado. Pero yo no critico que incumplan sus promesas en materias fiscales, porque siempre me parecieron nulas y de improbable incumplimiento.

    La gente desconoce las sabias limitaciones de nuestra Constitución a la soberanía presupuestaria del Parlamento, y el derecho de voto que otorga a quien ocupa el Gobierno.

    Cuestión aparte serían otras promesas, en ámbitos no relacionados con el déficit presupuestario y el artículo 134.6 de la Constitución. 

    Un abrazo

    Manolo Conthe

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