La delación, ¿vicio o virtud?

Este verano se ha planteado en los periódicos una interesante polémica en relación al valor moral de la delación. Resulta que la Generalidad de Cataluña adoptó una serie de medidas que, en cierto sentido, tenían como denominador común esa idea. Por ejemplo, el Departamento de Educación decidió que los padres pueden tener acceso a datos de otros padres de quienes sospechen haber falseado información familiar para matricular a sus hijos en los mismos centros que los suyos; también se facilitó en la web del Departamento de Interior la posibilidad de aclarar la identidad de los que habían hecho graves destrozos en la calle; finalmente, se creó la posibilidad de denuncia de los casos de lanzamiento de colillas encendidas en la carretera o el aviso de incivismo en los Ferrocarriles a través de una aplicación para móvil. Aquí se puede ver una referencia a esta polémica.

 

Dejando de lado que resulta curioso que eso haya ocurrido precisamente en Cataluña y en esta época, lo cierto es que la cuestión ha generado una notable polémica. Los hay como Ana María Moix, la escritora catalana, que consideran que esas normas fomentan un vicio moral realmente vergonzante, la denuncia, y recuerda las consecuencias trágicas a las que llevó la denuncia de inocentes en otras épocas, señalando que es a los poderes públicos  a quienes corresponde esa tarea: “Es su trabajo, y cobran por él. Trasladar la responsabilidad y las funciones policiales a la ciudadanía es propio de las dictaduras, de todas las dictaduras habidas y (toquemos madera) por haber”.

 

Salvador Cardús, en cambio, estima que la invasión progresiva de la Administración pública en nuestras vidas y el exceso de tutela a que nos hemos acostumbrado ha conducido a una progresiva desresponsabilización del ciudadano en los asuntos públicos, que siempre encuentra la excusa adecuada –“siempre se ha hecho así”, “los ricos más”, “es inútil denunciar”- para no plantar cara al incivismo. Si hubiera civismo, no harían falta tanto revisores ni tanta invasión administrativa.

 

Desde luego, convengo con Cardús en que la sobrelegislación, de la que hemos hablado varias veces en este blog, y, en general, la invasión de muchas parcelas de la vida por el Estado rebaja el valor de la ley, desincentivando su cumplimiento, y nos induce a ver al Estado como un tercero, más bien enemigo, contra el cual no es irracional aliarse en defensa de las parcelas de libertad que nos quedan. Por otro lado, no hay que desdeñar el argumento de que precisamente se pagan unos impuestos elevadísimos para crear unas instituciones bastante celosas de sus competencias cuya responsabilidad es precisamente reprimir el fraude, lo que nos libera en buena parte de nuestra mala conciencia por no denunciar y de las consecuencias negativas que la delación suele conllevar al denunciante, salvo que el delito denunciado sea de los que están de moda y políticamente correctos.

 

Y lo cierto es que instintivamente el chivato nos repele. Desde niños se nos enseña a despreciar la delación (“acusica, barrabás, al infierno irás”) y de mayores el delator es visto como un sujeto que falta a ciertos deberes de lealtad que nos unen a la persona que delatamos y que se consideran de mayor valor que los deberes de lealtad frente a la norma cuyo incumplimiento se denuncia. Ahora bien, no siempre es así: seguramente veríamos bien delatar al empleado de un amigo al que aquél está robando en su tienda y no vemos igual denunciar al amigo que roba en la tienda donde trabaja. Claro que también  dependerá de lo amigos que seamos y de la cantidad que se robe.

 

O sea, que la bondad o maldad de la delación depende de aquello que se delate y de la relación con la persona a quien se delata y con la persona ante quien se delata. Por poner algunos ejemplos cinematográficos, lealtad es lo que guardan los marines para ni denunciar el Código Rojo –presión física y mental que le llevó a la muerte- a un compañero débil en Algunos hombres buenos”, que el coronel Nathan Jessup (Jack Nicholson) justifica por una necesidad superior: “Yo desayuno a 300 metros de 4.000 cubanos adiestrados para matarme, así que no crea por un segundo que puede usted venir aquí, mostrar su placa, y ponerme nervioso”. Con lo que quiere decir que aunque encubren un delito, en realidad esa presión es necesaria para salvaguardar la seguridad nacional. Cosa que no ocurre con el colaboracionista nazi de “Monsieur Batignole” (de Gérard Jugnot), cuyas motivaciones son crematísticas. Esta ambivalencia de la delación se advierte en el cineasta Elia Kazan que, avergonzado por haber denunciado a compañeros ante el Comité de Actividades Antiamericanas, dirigió  una magnífica película, “La ley del Silencio”, que ha sido considerada como apología de la delación (no de comunistas, pero sí de criminales).

 

La familia puede crear unas relaciones de una fuerza superior a las legales que justifiquen la no-delación, como cuenta Michael Sandel en “Justicia” que hizo William Bulger, presidente del Senado estatal y rector de la universidad de Massachussets, que no quiso colaborar con la detención de su hermano, un conocido gangster, y al que, ante preguntas del fiscal, reconoció debía más lealtad que al Estado de Massachussets. Otra lealtad es lo que le pedía en “El padrino II” Michael Corleone a su hermano Fredo en el asunto de Mou Green (Fredo, eres mi hermano mayor y te quiero bien. Pero no vuelvas a ponerte del lado de alguien que vaya contra la familia. Nunca”): lealtad entre delincuentes, frente a otros delincuentes por supervivencia: la omertà o la ley del silencio carcelaria.

 

Ahora bien, salvo los casos de relaciones familiares, cuando se habla de no delatar a defraudadores fiscales, empleados que no trabajan, padres que mienten para obtener acceso a institutos  o destructores de mobiliario urbano ¿qué lealtad superior protegemos? ¿Estamos en el caso de los marines y el código rojo, en la ley del silencio carcelaria o en un compromiso de la Familia? No, no tenemos deberes de lealtad con ellos y a lo mejor ni les conocemos, pese a lo cual estamos amparando situaciones contrarias a las leyes legítimamente aprobadas y a la debida convivencia, no digo yo que porque estemos de acuerdo –salvo los que lo estén- con esas acciones y seamos solidarios con sus autores, pero sí al menos porque no queremos arriesgarnos a las incomodidades y riesgos que la denuncia supone.

 

Pero sobre todo porque no hemos asumido la idea cívica de que en el cabal cumplimiento de las leyes estamos involucrados todos (ver esta entrada de Jesús Alfaro sobre la cuestión); porque no somos súbditos que debamos confiar toda nuestra vida a un Leviatán todopoderoso, sino ciudadanos que consideran las normas algo propio. En otros países la palabra delator está privada de sus connotaciones negativas y se usa en cambio el término whistleblower, alguien que advierte (“pita“ o “silba”) cívicamente del incumplimiento de las normas y que debe ser protegido (ver aquí). Y, me comenta un amigo, en otros países, como Alemania, no es visto mal que si alguien te raya el coche y no deja los datos se le tome la matrícula o se denuncie un plagio de tesis doctoral a través de un blog anónimo, como le ha ocurrido recientemente a  la ministra de educación alemana, que ha generado una enorme polémica. En España, hay algunas iniciativas pro denuncia como el Programa de Clemencia del que nos hablaba Clara Guzmán en este blog.

 

Vale, comprendo a quienes se ven desanimados a colaborar con un Estado partitocrático en el que las noticias sobre corrupción son diarias y en el que el ejemplo de la clase política no es el mejor; y también con quienes entienden que no se debemos convertirnos en una sociedad de delatores que se acusan unos a los otros, y que la parte importante de la investigación y de la sanción corresponde al Estado. Y también a quienes les cuesta hacerlo (por ejemplo en lo grandes cuerpos de funcionarios) porque se temen que no va a servir para nada.

 

Pero si queremos evitar que España sea un país inseguro, ineficiente; un país en el que unos pagan muchos impuestos y otros defraudan y en el que se trata injustamente a los trabajadores o se maltrata a las mujeres; un país que es número 31 del mundo en nivel de corrupción (ver aquí), debemos hacer dos cosas: primero, no hacer nada de esto nosotros mismos; segundo, no creer que el cumplimiento o no cumplimiento de las normas es una cuestión de libertad individual del otro que a nosotros no nos compete. La ley no puede llegar a todo ni los poderes públicos tienen la exclusiva de hacer cumplir aquella: la presión social puede hacerse sentir fuertemente sobre los incumplidores, a veces mediante la oportuna denuncia, a veces mediante la desaprobación o el vacío de los asociales o incívicos, máxime cuando ejercen cargos públicos (UPyD acaba de pedir que los imputados no puedan presentarse a las elecciones), o impidiendo que sean personajes públicos quienes realicen actividades antisociales.

 

Pues, como decía Joan Baez, “si no peleas para acabar con la corrupción y la podredumbre acabarás formando parte de ellas

 

27 comentarios
  1. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    Exelente artículo, Ignacio. Difícil añadir nada porque aclara muy bien el espectro de lo posible.

    A la hora de decidir entre el vicio y la virtud, además de la norma, es esencial una adecuada consideración de las circunstancias del caso y de su gravedad.

    Lo difícil, en esto como en todo, es tener la madurez de criterio para que reine el equilibrio, sin blancos ni negros. 

    Añadiría que en una situación en la cual el estado ha perdido gran parte de su legitimidad otorgada –y requiere de dosis crecientes de coacción– los parámetros de exigibilidad moral de sus normas también se alteran.

    Saludos

  2. eugenio de la cuesta
    eugenio de la cuesta Dice:

    Me parece un excelente análisis que comento tras copiar el último párrafo de su artículo:”Añadiría que en una situación en la cual el estado ha perdido gran parte de su legitimidad otorgada –y requiere de dosis crecientes de coacción– los parámetros de exigibilidad moral de sus normas también se alteran.”
    Lo que yo denuncio no es delación, es una exposición pública para que tomemos conciencia de que este es un país en donde hasta los jueces pueden COOPERAR NECESARIAMENTE con los delincuentes para robar a un ciudadano.
    Mi alegato es público y notorio, no me escondo, no delato, no tiro la piedra y escondo la mano. ¿YYYYYYYYYYYYYY….?
    Saludos

    http://prostivaricacion.blogspot.com.es/

     

  3. Rodrigo Tena Arregui
    Rodrigo Tena Arregui Dice:

    Estoy de acuerdo en que en determinado ámbitos conviene incentivar y apoyar a los soplones, pero hay que tener en cuenta que esta figura del whistleblower tampoco es la solución a los problemas de corrupción o de falta generalizada de civismo. Los soplones verdaderamente útiles son los que están muy metidos en la trama, es decir, los pecadores que, normalmente por interés, se “arrepienten”. El caso de la lucha contra las prácticas colusorias por los organismos de defensa de la competencia es muy revelador. Puede ser un mal necesario pero, puestos a defender a alguien, antes que a los whistleblowers yo incentivaría a los gatekeepers o guardabarreras: a los que dicen no desde el principio y sin cuya colaboración la trama no puede desarrollarse.
    En España hoy asistimos a una lamentable persecución de gatekeepers, normalmente bajo la retórica de la agilidad y la eficiencia, cuando en realidad lo que tal política esconde es un enorme deseo de ocultamiento y de desmantelamiento de los controles.
    Si tuviésemos más guardabarreras los soplones no serían tan necesarios. Pero no sólo eso, es que, además, desde un punto de vista de análisis económico, son mucho más interesantes los primeros que los segundos: R. H. Kraakman, Gatekeepers: The Anatomy of a Third-Party Enforcement Strategy, Journal of Law, Economics and Organization, vol. 2, no 1, Yale University, 1986

    • Quasimontoro
      Quasimontoro Dice:

      Rodrigo,

      Los delatores no son sustitutos de los guardabarreras. Estamos hablando de situaciones distintas. El delator tiene conocimiento de algo pero no puede impedir que el delatado haga lo que quiere hacer –si lo delata antes de que ocurra es precisamente para que alguien impida al delatado hacer lo que amenaza hacer. El guardabarrera se presume capaz de impedir que el malo haga lo que amenaza hacer y por lo tanto tiene una responsabilidad en caso que el malo cumpla su amenaza. El delator plantea un problema de lealtad y el guardabarrera uno de responsabilidad.

      El cambio cultural de extender la responsabilidad por daños a todos aquellos que podrían haber evitado la acción que causó el daño ha originado el cuento de los guardabarreras. Hoy queremos que todos los que podrían haber hecho algo para impedirlo tomen en cuenta el daño que se ha causado. El caso extremo es el de los buenos samaritanos. Las leyes que protegen a los buenos samaritanos en realidad buscan imponer una obligación a los malos samaritanos y por tanto una responsabilidad por lo que no hicieron y podrían haber hecho. Vaya si nos divertimos mucho con el episodio final de la serie Seinfeld cuando los cuatro personajes son acusados de no haber impedido un crimen. En relación a varias profesiones se ha intentado imponer obligaciones legales para impedir la comisión de delitos y acciones negligentes, pero no creo que hayan ayudado mucho porque la gran mayoría de los profesionales afectados tienen suficiente integridad para saber que la complicidad también está castigada. Tengo la impresión de que las leyes de los buenos samaritanos y los buenos profesionales están influenciadas más por la abundancia de obras de ficción que por la realidad.

      Sí hay un caso profesional que merece especial atención. Me refiero a los abogados. Con el cuento de la confidencialidad de las relaciones con sus clientes, los abogados han obtenido un privilegio que yo comparo al privilegio de la libertad de prensa que gozan los medios masivos en relación a la libertad de expresión que gozamos todos. El cuento de la confidencialidad protege a los abogados en su asesoramiento a los malos, sabiendo bien que son malos y que lo más probable es que hagan algo malo –es decir, son buenos samaritanos de los malos y eluden responsabilidades que tanto les gusta que otros mortales asuman (especialmente si estos mortales son profesionales de altos ingresos). ¿Cuándo fue la última vez que alguien vio que se condenara a un abogado por asesorar malos?

      Sí, necesitamos que la gente asuma la responsabilidad por sus acciones. Pero ¿dónde trazamos la línea? Por supuesto, la línea variará con las circunstancias, pero conceptualmente el problema es el mismo. Creo que esa pregunta debe ser contestada antes de darle protección a los buenos (los guardabarreras) en la búsqueda eterna del bien (para empezar, yo estoy de acuerdo con que las madres –por el solo hecho de serlo– tengan esa protección porque presumo que todas las madres intentan que sus hijos sean buenos sabiendo que tendrán que sufrir por sus fracasos). 

    • Rodrigo Tena Arregui
      Rodrigo Tena Arregui Dice:

      Para Quasimontoro: no son sustitutos en todos los casos pero sí en muchos. Precisamente el artículo de Kraakman, al compararlos y aconsejar que donde sea posible se de prioridad a los guardabarreras, presupone esa posible sustitución. Y que es ventajosa se deduce de tu argumento: los guadabarreras plantean un problema de responsabilidad y los delatores de lealtad. El funcionario que no dijo no cuando debía a un coste relativamente escaso, es muy difícil que de el soplo cuando ya es casi cómplice. A la gente hay que pedirle la menor dosis de virtud posible para conseguir el mismo resultado. Como dice Nacho en su post, la mafia puede perdonarlo casi todo, menos las deslealtades. 

    • Quasimontoro
      Quasimontoro Dice:

      Cuando dos bienes son perfectamente complementarios hablamos de un par, como en los zapatos. Pero si un día me encuentro que por error me quedan solo dos zapatos derechos, seguramente me los pondré. Si me cruzo con un economista nos reiremos si él sugiere que un zapato derecho es sustituto de uno izquierdo. Lo mismo vale si un día alguien me encuentra martillando con un zapato. 
      Una forma de mostrar que estamos hablando de situaciones distintas es que un delator fallido –se enteró de algo que hizo un amigo o colega y no lo denunció– quizás sea acusado de obstrucción a la justicia, mientras que un guardabarrera fallido –pudo impedir la comisión de un ilícito y no lo impidió– probablemente es acusado de complicidad. La delación no necesita incentivos positivos (premios) ya que probablemente el incentivo negativo de una acusación de obstrucción a la justicia es suficiente. Los guardabarreras sí necesitan incentivos positivos (el privilegio que menciono en mi comentario anterior) porque saben que pueden ser vistos como cómplices de los malos y entonces se plantea el problema de presumir que no eran cómplices y que estaban tratando de persuadir al malo a que cambiara (piense en las madres –se presume que las madres tratan de impedir que sus hijos roben, pero si un hijo roba y la madre lo sabe se la protege para que siga insistiendo). 
      Un buen ejemplo de que son situaciones distintas se da con el personaje principal de la nueva novela de John Grisham, The Racketeer. Un abogado va a la cárcel por haber fallado como guardabarrera, pero sale libre por delatar a otro preso que le confió información. Dos situaciones claramente distintas que son esenciales a la trama de la novela.Por supuesto, como buena novela, no todo es lo que parece. 
       

    • Rodrigo Tena Arregui
      Rodrigo Tena Arregui Dice:

      Vamos a ver, no hay que hacerse tanto lío, que unos sean sustitutos de otros no significan que sean lo mismo. Para mantener tu puerta a cero te vale la defensa del Milán de los años 90 o a Casillas. Unos juegan con lo pies y el último con las manos, pero el objetivo es el mismo. Yo sólo digo que con más y mejores gatekeepers los delatores serían menos necesarios, porque en muchos casos entre ellos existe un efecto sustitución, no que sean lo mismo.

  4. @Glorfindel_III
    @Glorfindel_III Dice:

    Fantástica entrada. Me gustaría en todo caso hacer unas subjetivas matizaciones, aprovechando las referencias a la película Algunos Hombres Buenos, sobre el deber de lealtad y el conocido caso de ficción del coronel Jessup.

    La lealtad es vertical, y no solo de abajo a arriba, sino también de arriba a abajo, y horizontal. La lealtad por lo tanto es, de forma natural, del subordinado frente a su superior y, recíprocamente y especialmente, del superior al subordinado. El superior debe hacer suyas frente  a terceros las faltas de sus subordinados. La lealtad también es entre compañeros o colegas.  Los iguales hacen suyas frente a terceros las faltas del miembro del grupo.

    Los marines Dawson y Marshall, y su jefe el coronel Jessup, fallaron al deber de lealtad que tenían frente al marine más debil, Santiago. La lealtad de los iguales exigía a los compañeros ayudarle a superar las dificultades. La lealtad del superior frente al subordinado más débil exigía ampararle, ayudarle y, desde luego, sancionar ese código rojo.

    Si las virtudes militares son cuatro: honor, lealtad, valor y disciplina, la principal de ella es el honor, que trasciende y justifica a las otras tres. Ya he explicado la lealtad. El honor, en relación con la lealtad, es lo que justifica la exigencia de ayudar al compañero necesitado y, desde luego, la obligación de asumir públicamente la consecuencia de los propios actos. Precisamente por eso se desacreditó el coronel Jessup, por no asumir las consecuencias del código rojo (al contrario que el T.Col Markinson; no sugiero, obviamente, que también debiera suicidarse). Y finalmente Dawson y Marshall comprendieron con la leve sentencia (que implícitamente aplicó una atenuante de preterintencionalidad) qué significa el honor y la lealtad.

  5. elisadelanuezsanchezcascado
    elisadelanuezsanchezcascado Dice:

    Enhorabuena, Nacho, comparto totalmente el análisis en cada uno de sus puntos. Creo que uno de los síntomas más graves de la enfermedad moral que padecemos es que no se denuncia no porque no se crea que no hay que denunciar o por solidaridad con el denunciado, o por creer que el Estado se tiene que ocupar, sino por pura y simple comodidad o hablando en plata, por cobardía. Incluso en los casos más graves. Tenemos ahora el tremendo caso del Madrid Arena. Me gustaría saber cuanta gente de Madrid Espacios y Congresos o del Ayuntamiento de Madrid está dispuesta a “delatar” irregularidades en un supuesto en que han muerto 4 chicas jóvenes.

  6. Fernando Gomá Lanzón
    Fernando Gomá Lanzón Dice:

    Matizado post, en un asunto tan complejo, y como sueles decir, Nacho, muchas veces no es cuestión de dogmas sino de dosis, y no es lo mismo una situación extrema que la habitualidad de la sociedad civil.

     

    Este blog, y la pregunta que le da título, es también en cierto modo y al mismo tiempo una respuesta a la cuestión que planteas. Cuando los cinco editores nos preguntamos cada día ¿Hay Derecho? actuamos en cierto modo de “delatores” de actitudes, problemas, malas actuaciones, que consideramos que son contrarias al Estado de Derecho, y lo hacemos tanto desde un punto de vista general, como con nombres y apellidos concretos. No me cabe duda de que en este caso semejante delación es virtuosa.

  7. Quasimontoro
    Quasimontoro Dice:

    Por definición las obras de ficción tienen un fin y por tanto en algún momento la claridad “debe ser clara“, aunque luego no compartamos la conclusión. En la vida diaria nos enfrentamos circunstancias que no son claras siquiera para las personas directamente involucradas, muchos menos para aquellos que estuvieron cerca pero no tanto como para percibir claramente lo sucedido y menos todavía para los investigadores que luego tratan de clarificar qué sucedió. Por supuesto, la experiencia de los investigadores los lleva a clasificar los casos usando varios criterios, uno de los cuales se refiere a las circunstancias en que los actores directamente involucrados han actuado. Esa clasificación les dice que las virtudes y los vicios se manifiestan de maneras distintas según las interacciones sociales propias de cada categoría de circunstancias (no es lo mismo la lealtad en la familia que en una unidad militar porque las expectativas que cada uno tiene sobre las acciones de los otros son distintas).

    Como en tantos otros temas de las ciencias sociales, las regularidades en las interacciones sociales deben primero establecerse a nivel de esas categorías para luego intentar alguna generalización aplicable a “casi“ todas las categorías. Para los filósofos es más fácil generalizar sobre lo que debería ser sin especificar categorías, pero no para los científicos o cualquier otra persona cuyo interés principal es entender algo que sucedió o puede suceder, la identificación de esas categorías es un paso grande en su trabajo. El caso de los abogados es curioso porque los académicos pretenden ser filósofos (sólo en las últimas décadas algunos han asumido el papel de científicos) pero los profesionales saben que lo primero viene primero, es decir, establecer los hechos (una cosa distinta es qué hacen después de que creen haberlo conseguido porque los más prudentes saben que sin pruebas fiables sus hechos no son hechos relevantes).

    Juzgar si la delación es virtud o vicio depende primero de un giro clintoniano. ¿Qué es delación? ¿Cualquier denuncia o acusación, o sólo aquellas en que se puede alegar que el delator ha faltado a la confianza del denunciado por dar información “confidencial“?. Supongamos que nos referimos a la situación específica. Por ejemplo, ¿debe un abogado delatar al cliente que le confió que mañana mataría a su pareja? La respuesta obviamente es sí, independientemente de todos los cuentos sobre cómo deben ser las relaciones entre abogados y sus clientes.

    Los economistas aprendemos en nuestro primer curso que la vida está llena de trade-offs, que tomar decisiones implica sacrificar algo para obtener algo que valoramos más. Cualquiera que haya tenido entrenamiento militar sabe en qué situaciones se espera que no haya traición –la línea no será tan fina y clara como todos querríamos pero uno pronto la aprende si presta atención a sus superiores. Lo mismo sucede en otras categorías de interacciones sociales –las líneas pueden ser más anchas y más oscuras que las líneas militares pero los involucrados pronto aprenden cuáles son. Por supuesto, los jueces de un caso pueden concluir que el problema eran las líneas –exceso de lealtad en las familias de la cultura X en relación a la cultura Y– y no castigar al delator que sí es castigado y duramente por los miembros de su familia o unidad militar o cualquier otra unidad, de igual manera que podrían castigar a quién suponen que debía delatar y no lo hizo. Y sólo los jueces pueden (aunque muchas veces no lo hacen faltando a su responsabilidad funcionaria) dejan claro por qué en un caso cuestionaron la línea y en otros no y por qué cuando no la cuestionan concluyeron que el denunciante fue un traidor (un delator) o no. Los jueces siempre tendrán una gran discrecionalidad porque las normas que deben aplicar nunca serán tan específicas para permitir su aplicación automática.

  8. Curro Arriola
    Curro Arriola Dice:

    Mateo, 18, 15-20:
    “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.”
    Es decir:primero por las buenas y a solas, sin avergonzar a nadie.
    Si no, otra oportunidad, a ver si se enmienda.
    Si ni por esas, que salga a plena luz. Y en última instancia, las medidas oportunas.

    Me parece muy juicioso, como todo el Evangelio; nótese que admite la denuncia, pero -implícitamente- excluye la anónima. La denuncia anónima ha sido fuente de innumerables abusos.

    • JJGF
      JJGF Dice:

      Jaime, eso mismo pasa con la llamea Acción Pública en materia de urbanismo. Hay verdaderos profesionales de eso, prestos a desistir incluso a cambio de dinero.

      La gente normal no suele ir por ahí gastando tiempo y dinero en leerse expedientes para detectar ilegalidades, y luego hacer fundamentados escritos de denuncia. Lo que ha pasado con las recientes STSs de 28.9.12 sobre Valdebebas y otros ámbitos es un cada palmario. Unos golfos ejercitando la acción publica, y un Ayto prepotente y remolón que piensa que hacer las cosas cin mayoría absoluta equivale a hacerlas bien y por derecho. Y ya vemos que no es verdad.

  9. Javier Aparicio
    Javier Aparicio Dice:

    El post es excelente y ¡menudo dilema!
    Este domingo El País publicó en opinión otro artículo relacionado con esto, concretamente, el incremento de denuncias de infracciones tributarias que creo que se inclina también por criticar al delator (la verdad es que no es muy claro y, de hecho, su falta de claridad en la opinión me ha hecho pensar bastante sobre ello desde entonces) y que afirma que: «El secretario de Estado de Hacienda atribuye esta inflexión a que “a los ciudadanos les molesta cada vez más que el que está al laso cometa fraude fiscal”. Es más probable que en tiempos atribulados prosperen esas pequeñas miserias que van desde la cólera inmoderada o la descortesía pública hasta la delación». Mi conclusión es que ambas afirmaciones son ciertas.
    Aquí no solo nos enfrentamos a la educación social (acusica, barrabás…) sino incluso a la religiosa (quien esté libre de pecado…) y, como indica el post, también a la lealtad.
    El exceso de poder genera un sentimiento de clase sobre el que se cimenta un deber de lealtad que entendemos infringido si denunciamos. Nos resulta más cercano o simpático el infractor que la administración encargada de reprimir la conducta infractora, de modo que entendemos que no es asunto nuestro.
    Sin embargo, este deber de lealtad se debilita enormemente cuando la infracción nos afecta directamente, cuando sentimos o sabemos que nos perjudica, de modo que cuando nos afecta sentimos la necesidad de superar los límites educacionales y religiosos
    Si somos capaces de superarlos, entonces, nos enfrentamos al sentimiento de debilidad, el miedo a la represalia, que en muchísimos casos es el más difícil de vencer, hasta el punto en que la Ley Sarbanes Oxley, que consagra un código de prácticas de buen gobierno para las empresas americanas exige que los sistemas de denuncia admitan, necesariamente, la posibilidad de que el whistle blower se mantenga en el anonimato, lo que no ha gustado nada a las autoridades españolas (lo que aparenta ser una preferencia en el informe es en la práctica una prohibición absoluta) y muy poco a las europeas.
    En definitiva, coincido con Fernando (según cita a Ignacio) en que la cuestión no es de dogmas sino de dosis, dosis de perjuicio, dosis de educación, dosis de sentimiento de clase, dosis de miedo, etc. La interacción entre estas dosis da lugar a un equilibrio circunstancial en cada momento que evoluciona según se altera el entorno.
    Nuestra sociedad tiende más al laissez faire que al whistle blowing, probablemente por una gran dosis de deber de lealtad. Quizá sea una herencia de la pasada dictadura o quizá un fenómeno más antiguo, quién sabe, pero somos así.
    Francamente, yo me encuentro más cómodo cuando miro para otro lado que cuando alguna vez me he planteado denunciar. Lo considero una cuestión de carácter. Pero también creo que es esencial no tomar parte en la trama y educar a nuestros hijos en esta filosofía. La reflexión sobre gatekeepers de Rodrigo me parece importantísima.
    En todo caso, se trata de una decisión de cada uno, personal y totalmente respetable en cada caso.

  10. veedor
    veedor Dice:

    Si se puede contestar a la pregunta, que quizás sea algo más que retórica, del título del post, la delación SIEMPRE VICIO.
    La delación no creo que tenga que ver con la omisión del deber de impedir ciertos delitos, figura prevista en el artículo 450 del Código Penal.
    La delación tiene un matiz de acusación anónima, secreta, hasta cobarde me atrevería a calificarla, y casi siempre, por no decir siempre, más ligada a la venganza que a la justicia, y sí, creo que es propia de los sistemas represores, y así nos lo dice la historia, tanto propia como ajena.
    ¿Qué se denuncia con la delación?, ¿actos que pueden ser incardinados en el código penal? (aunque con la dinámica de nuestros legisladores hasta respirar es delito), o simples actos u omisiones que contrarian a lo políticamente correcto y al buenismo ramplón y tontorrón que hoy impera.
    Vamos, que volvemos al macarthismo más puro y duro o a nuestra más castiza y adorada “abuela del visillo” germen del caletre hispano, ya se sabe, si alguien te cae mal denúncialo, siempre tendrá algo oscuro que esconder.

  11. Cvm Privilegio
    Cvm Privilegio Dice:

    “Pagafantas y sicofantas”, podría haberse denominado esta entrada. 

    Confieso preferir ser lo primero que lo segundo; no me agradaría estar en el mismo casillero que catalanohablantes fanáticos, ex parejas despechadas y denunciantes del Tribunal de la Santa Inquisición, cuyas prácticas por cierto van adquiriendo cada vez mayor vigencia.

  12. Lucía de las Heras
    Lucía de las Heras Dice:

    En el ámbito laboral el artículo 13-2 de la Ley 42/1997 de 14 de noviembre, Ordenadora de la Inspección de Trabajo y Seguridad Social, prohíbe tramitar las denuncias anónimas, siendo la identificación del denunciante necesaria para la remisión del informe sobre actuaciones de comprobación y medidas administrativas llevadas a cabo en relación con los hechos denunciados .

    Ahora bien, existe la posibilidad de que el denunciante solicite que no se dé información de la autoría de su denuncia, y en tal caso los Inspectores y Subinspectores de Trabajo tienen el deber de considerar confidencial el origen de esa denuncia, estando obligados a no revelar la identidad del denunciante a la empresa objeto de inspección.

    Esto representa una garantía esencial para mantener el anonimato ante la empresa, de cara a posibles represalias contra el trabajador por haber formulado denuncia.

  13. Javier Aparicio
    Javier Aparicio Dice:

    Quasimontoro, los abogados no son (o somos) samaritanos de los malos, sino meros profesionales. El deber de confidencialidad, cuya infracción se sanciona en España por los Colegios de Abogados, por el Consejo Superior de la Abogacía y por el Código Penal no busca dar privilegio alguno al abogado, sino garantizar al malo que podrá acudir a un abogado para que le ayude a defenderse en el fregado que se ha metido sin tener que contar con lealtades, sino con la profesionalidad del defensor que elija. En definitiva, permite ejercer el derecho a la defensa garantizando la libre elección de abogado.
    Hoy en día se han establecido ya excepciones a este deber y se obliga a los abogados a que delaten a los clientes que cometan delitos de lavado de dinero, o a que se enteren antes de aceptarlos como clientes de si el dinero que manejan es delictivo, ya que si no se les acusará de cooperación en el lavado.

    • Quasimontoro
      Quasimontoro Dice:

      Claramente yo me estoy refiriendo a los abogados que asesoran malos antes de ser acusados. La (¿gran?) mayoría no asesora malos que no han sido acusados porque prefieren no hacerlo aunque tengan el privilegio de la confidencialidad.

  14. robespierre
    robespierre Dice:

    Me parece importante para evitar los abusos derivados de venganzas personales el que la denuncia no sea anónima, salvo en casos claros donde puede haber una represalia en cuyo caso no siendo anónima para el organismo al que se denuncia se puede perfectamente amparar al denunciante con el deber de confidencialidad. En algunos comentaristas, por lo demás, observo cierta confusión cuando hablan de delatar a los que hablan en castellano, o no son políticamente correctos, etc, etc. Se supone que las denuncias son para apuntalar el desfalleciente Estado de Derecho no para darle la puntilla!

  15. Pasaba por aquí
    Pasaba por aquí Dice:

    Entiendo que el tema de fondo es la lucha contra la corrupción y la forma es cómo llevarla a cabo. Yo creo que los ciudadanos sí deberían estar implicados en la lucha contra la corrupción, pero deberían ser las instituciones las que primero diesen ejemplo. Y las denuncias nunca deberían ser anónimas para la administración por todo lo que eso conlleva y que ya se ha comentado. 
    En un reciente Eurobarómetro se preguntaba quién cree que debe luchar contra la corrupción y los resultados muestran que hay países más concienciados de que la lucha es cosa de todos que otros. Un resumen de los resultados de esa pregunta se puede ver aquí http://capitalsocialenespanol.wordpress.com/2012/02/28/no-solo-son-los-politicos-debe-ser-la-sociedad-la-lucha-contra-la-corrupcion/

  16. Ignacio Gomá Lanzón
    Ignacio Gomá Lanzón Dice:

    Interesantes comentarios todos. Algunos me gustaría glosarlos. A Rodrigo le digo que lejos de mi devaluar el papel de los gatekeeper, por razones obvias, No estaba en mi mente la contraposición con con ellos. Evidentemente, la labor de estos regulará el tráfico e impedirá que entren en él relaciones viciadas. Pero ellos no pueden impedir todo ni hay gatekeepers en todas las relaciones humanas.

    Sobre todo lo que quería es reflexionar sobre el grado de afección que sentimos todos por la norma y en qué medida somos capaces de mirar a otro lado y por qué. Y qué relación tiene todo ello con la corrupción y los malos hábitos sociales.

    Por tanto, la contraposición no es entre el anónimo vengativa, el cónyuge despechado, o cataanohablantes fanático y pobres ciudadanos agredidos con acusaciones excesivas o falsas, sino entre defraudadores reales, malatratadores de mujeres, explotadores de trabajadores y ciudadanos conocedores de estos hechos que los ponen en conocimiento de las autoridadaes. En ambas contraposiciones estoy a favor de los segundos, pero no estoy planteando la primera, la de la acusación injusta, sino la segunda, la justa.

    La palabra delación es excesivamente fuerte (y por eso la pongo) pero creo que en lo que hemos de pensar es en que en la lucha contra la corrupción, de todo tipo, estamos todos involucrdados y ello supone que debemos creernos las normas que se nos aplican, sentirlas nuestras, aunque reconozco que a veces es dificil. Interesante el link de Pasaba por aquí.

    • Manu Oquendo
      Manu Oquendo Dice:

      Varios comentarios se refieren a la corrupción y la actitud ciudadana ante ellos.

      Anoche cené con un antiguo alto funcionario que hace muchos años denunció por los cauces legales actos prevaricadores ejecutados en tiempos de una mayoría absoluta. Poco tiempo después, de manos de un gobierno de distinto signo, es expulsado de su institución junto a otros díscolos que no entienden que el poder no acepta límites.

      Hace varios años, una secretaria de altísimo cargo por cuya mesa pasan asuntos discrecionales y muy jugosos — ella no  era “afecta” al partido del recién llegado– es objeto de insultos y acoso que denuncia por los cauces.
      El representante sindical del centro (que sí era afecto al partido) le sugiere una baja por depresión y una generosa prejubilación que termina aceptando.ç

      Se me acaban los dedos y ni siquiera empiezo.
       
      La simple denuncia es peligrosa y la delación no sólo es un vicio que culturalmente reconocemos todos los que tenido una infancia peleona, es también una ingenuidad o peor.

      Excitarla es un arma del poder para reforzarse expandiendo la división, la desconfianza y el recelo entre los gobernados.

      La corrupción tiene una raíz fundamental: La capacidad de decisión administrativa con efectos económicos. 

      Se puede mitigar un poco pero se engañan quienes piensan que hay lugares mágicos en los cuales no existe.

      Donde hay capacidad presupuestaria arbitraria y donde hay decisiones administrativas no regladas hay corrupción.

      Además es imposible el control una vez que se ha cedido tanto poder.

      Es curioso pero mi tesis de licenciatura (1972) fue sobre controles en sistemas complejos y este hecho –incuestionable como la ley de la gravedad–no termina de calar. Ni calará.

      En USA se compran contratos regalando Ferraris y viviendas en la costa española. En Bruselas para qué hablar y aquí se venden redes de telecomunicaciones a cambio de transferencias de título de propiedad de barcos en amarres caribeños, con o sin tripulación. 

      Es imposible imaginar la riqueza incontrolable de las opciones para agradecer como merecen los actos del poder administrativo.
      No es controlable salvo…si se reduce o elimina el poder decisorio en cuestión.

      Estamos tan acostumbrados a pedir permiso y a que nunca podamos decidir por nosotros (incluso votando licencias de construcción en los pueblos como hacen los vecinos en algunos países)  que ni osamos plantearnos que el poder, necesariamente, debe ser reducido si algún día la ciudadanía quiere alcanzar mayoría de edad.

      Quizás sea preferible un estado corrupto a una sociedad delatora.

      Al menos podemos quejarnos entre nosotros con confianza.
      El mundo de Orwell y Huxley (hoy ya prposcritos en muchos colegios públicos) premiaba a los delatores.

      Un saludo.

  17. Javier Serra
    Javier Serra Dice:

     
    El tema es muy interesante, Ignacio, y el título expresa muy bien el dilema que, como se ha comentado, plantea. ¿Vicio o virtud?, dices. Una expresión similar “¿Héroes o traidores?” utiliza este artículo de la Revista Indret que tiene muy útiles referencias del Derecho español. Lo encontré porque precisamente andábamos debatiendo en la empresa lo siguiente, que es una parcela de tu tema:
    Tenemos un Código de Conducta que ampara (la Compañía se compromete a no represaliar) a los denunciantes de buena fe, aunque la investigación revele a la postre que la acusación no tenía base. Pero eso se refiere a las denuncias que se formulan ante la propia entidad. Si se efectúan ante las autoridades o incluso en la Prensa, se plantea la cuestión de si ello vulnera el deber de lealtad inherente a la relación laboral, lo cual abriría la puerta a las sanciones laborales.
    El Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Sentencia de 21-07-2011 resume la jurisprudencia sobre la cuestión. En línea con el criterio evangélico de Curro Arriola, se exige (como regla general) que el informante agote primero el canal interno, luego el externo oficial (autoridades), siendo la publicación el último recurso. Hay que poner en la balanza el daño a la imagen de la empresa y el interés público que suscite el asunto denunciado. Los hechos denunciados pueden no demostrarse o incluso resultar falsos, pero el informante debía pensar que eran ciertos y tener “alguna” base para ello. E incluso parece que se exige un elemento subjetivo: no actuar, por ejemplo, por venganza.
    Aspecto clave es qué tiene suficiente interés público para justificar el daño a la empresa. La británica Public Interest Disclosure Act habla de riesgos para la salud o medio ambiente, delitos u otras actividades ilegales. Esto parece muy amplio, pero a mi juicio está implícito un importante límite: lo denunciable es la auténtica conducta deshonesta, ya sea dolosa o (muy) negligente. No basta actos ilegales, ilegalidades, tiene que alegarse una “actividad” ilegal. Se demostrará o no, pero por lo menos el denunciante debe creer que existe tal cosa y con “alguna” base fáctica. Lo que no se puede esperar que una empresa tolere, sin reaccionar, que un empleado, por ejemplo, venda o regale a Hacienda “oportunidades de negocio”, esto es, la ocasión de girar liquidaciones o incluso sanciones, sobre la base de “otra” interpretación de la Ley fiscal.
    En cualquier caso, el tema tiene enjundia. No hay receta fácil, habrá que dosificar las variables con mucho cuidado, como también se ha dicho, en función de cada contexto.

  18. JJGF
    JJGF Dice:

    Delatar es una palabra con una connotacion negativa, al menos a priori. pasa algo parecido con la palabra  Juzgar o con Criticar. No juzguéis y no seréis juzgados.

    Ahora bien, si como consecuencia del hecho en sí de juzgar o realizar un análisis crítico de algo/alguien, llegas a una conclusión positiva, a un juicio favorable, aprobatorio, laudatorio, a un ejemplo a imitar, entonces ya parece no regir la advertencia evangélica/moral de no juzgar.  Si delatas a un nazi oculto y perseguido por delitos terribles, o a un narcotraficante, no eres un delator, en el sentido despectivo que lleva implícita la palabra. Eres un valiente y noble ciudadano. Si delatas a alguien que hace obras sin licencia en la casa de al lado, o a la asistenta que trabaja en negro, sin cotizar a la seguridad social ni pagar imouestos, entonces  eres un resentido o un cabrito.
    Parece que la bondad del hecho mismo de la delacion está supeditada a factores externos, como el juicio mayoritario que una conducta le merezca a una sociedad. Si ese juicio varía, la delación pasa de ser vicio a virtud, o viceversa.

     
     

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