Deformación profesional: Posibles soluciones al problema de nuestro modelo de Estado desde la óptica de un asesor financiero

Asumiendo como punto de partida que a corto y medio plazo los Estados seguirán siendo los agentes básicos de la organización política europea y mundial, este artículo pretende aportar conceptos ajenos al derecho político para intentar contribuir al diseño de la solución venidera, una vez constatado el irreversible agotamiento del marco constitucional español actual.

 

El concepto del modelo federal está siendo desempolvado recientemente por quienes ayer no veían ningún problema con nuestro modelo constitucional en vigor. En su absoluta indeterminación, y tal y como han denunciado reiteradamente autores como Francisco Sosa Wagner, estos paladines no aciertan a esbozar las características básicas que, a su juicio, deberían definir su ahora ansiada federación.

 

Intentemos ayudarles partiendo de cero. ¿Qué es lo verdaderamente interesante de una comunidad política para sus protagonistas, los ciudadanos? Asegurar amplios niveles de libertades individuales, la corrección de las desigualdades en el acceso a los recursos primarios, el establecimiento de las condiciones necesarias para poder prosperar social y económicamente, entre otras virtudes.

 

Pero yendo un paso más allá, en lo relativo al establecimiento de un perímetro y una estructura del Estado entre varias alternativas, un profesional de las operaciones de fusión y adquisición, como es mi caso, bien puede señalar algunas fundamentales:

 

  1. Encaje estratégico de las partes.

 

  1. Generación de economías de escala.

 

  1. Obtención de sinergias de coste.

 

  1. Sostenibilidad en el tiempo.

 

Encaje estratégico de las partes.  Los ciudadanos de ese Estado deberían compartir un sustrato cultural razonablemente común –al menos en términos relativos–, que permita alcanzar niveles de cohesión suficientes para poder asegurar el buen funcionamiento de los mecanismos redistributivos de la riqueza.

 

Generación de economías de escala.  El tamaño del Estado debería ser suficiente para asegurar un mercado doméstico de ciertas garantías, que permita un desarrollo inicial de nuevos proyectos empresariales, así como un peso específico en pie de igualdad con el de otros Estados de su entorno.

 

Obtención de sinergias de coste. Unido al punto anterior, el Estado debería racionalizar estructuras para optimizar el coste de absorción por contribuyente del soporte de la administración de ese Estado, especialmente en lo tocante a bienes públicos puros, como es el caso de la diplomacia o las fuerzas de seguridad.

 

Sostenibilidad en el tiempo. El Estado debería dotarse de mecanismos tendentes al equilibrio entre sus distintas subestructuras, huyendo en lo posible de potenciales conflictos larvados que, como hemos visto con el caso de la Constitución de 1978 y su ‘café para todos’, a lo largo de su desarrollo derivan en conflictos progresivamente más difíciles de resolver.

 

Todo ello estaría alineado con sumar España y Portugal, antes que con desgajar una parte de la actual España para crear dos Estados independientes. Y es que construir una verdadera estructura política federal implicaría –debería implicar– redefinir el mapa político-administrativo en base a tres criterios primordiales: escala, equilibrio y racionalidad.

 

Por escala entendemos tamaño, medido por población. El principio de equilibrio apunta la necesidad de que los tamaños relativos de las distintas entidades incorporadas a la federación sean equiparables. La racionalidad impone partir, en la medida de lo posible, de estructuras ya existentes, como Estados, comunidades autónomas o provincias.

 

De la conjunción de estos principios surge el evitar criterios esencialistas (p.e. reclamaciones históricas o criterios lingüísticos), como sustituto de otros más estrechamente ligados a la visión ‘ciudadanista’ de la política a la hora de definir la nueva organización territorial.

 

En este contexto, recuperar el mensaje de integración federal peninsular tendría al menos cuatro beneficios incontestables:

 

1)     Establecer al Estado resultante de la fusión en el mismo plano que el resto de Estados más influyentes en la Unión Europea;

 

2)     Abrir la posibilidad de crear un nuevo equilibrio interno entre las distintas subestructuras integradas en la federación;

 

3)     Neutralizar el discurso de permanente victimismo nacionalista periférico al atraer a millones de nuevos conciudadanos; y,

 

4)     Incrementar el atractivo de la oferta lingüística educativa para los escolares nacionales del nuevo Estado.

 

Una nueva Federación Ibérica podría estar constituida por siete subdivisiones político-administrativas: Insular, Atlántica, Norte, Centro, Sur, Europea y Mediterránea, con cada una albergando una población en torno al 15% del total (excepto la Insular, por motivos obvios).

 

Profundizando en estos aspectos, resulta evidente que un impulso integrador es mucho más fácilmente oponible a uno desintegrador que la mera defensa enrocada del status quo político-territorial actual. El terreno ganado por la marea negra nacionalista a lo largo de los últimos años se explica en gran parte por el indiscutible atractivo de ensalzar–con mayor o menor desfachatez y grado de manipulación sectaria– el sentimiento de pertenencia a un renovado proyecto alternativo.

 

Por el lado geoestratégico, una Iberia integrada se aproximaría lo suficiente a las magnitudes macro de una Italia, un Reino Unido o una Francia –p.e. con más de 57 millones de habitantes, frente a 58, 60 y 62 millones respectivamente–, como para ganar un importante peso relativo en las relaciones intra-comunitarias –p.e. asignación de votos–, por no hablar de su interlocución reforzada frente a iberoamérica.

 

El último aspecto tratado es probablemente el más heterodoxo. En el fondo se trata de plantear una serie de ‘sacrificios aceptables’ a la ciudadanía monolingüe. Y es que, más allá de iniciativas que hoy parecen quiméricas como un resurgir o una reformulación del esperanto, asegurar una convivencia reforzada, un proyecto de futuro en común entre todos los ciudadanos de la comunidad política plurilingüística que puebla la península ibérica, requiere de ciertas concesiones por parte de todos.

 

Imaginemos un único modelo educativo nacional que, en lo concerniente al aspecto idiomático, fuese necesariamente bilingüe –trilingüe si incluimos el inglés– en todo el territorio. Con el español como lengua franca, resulta obvio que añadir al menú un idioma como el portugués, con 240 millones de hablantes en el mundo –siendo la quinta lengua materna más hablada–, supone un importante salto de nivel –no tanto en términos culturales, sino de fría competitividad internacional– frente al abanico lingüístico nacional ofertable en los distintos puntos de la España monolingüe de hoy.

 

A través de estas nociones tomadas prestadas del M&A el ‘ciudadanismo’ se hermanaría con un pan-Iberismo correctamente federal, a través de un nuevo diseño de Estados federados –menos y más equilibrados en sus variables macro– y una nueva arquitectura competencial –delimitación entre dirección política y administración de proximidad–. Esto permitiría dibujar un nuevo horizonte de convivencia. Un horizonte hacia el que caminar porque en él se consignaría por fin al maldito sentimiento identitario –como paradigma de todos los atributos definidos por exclusión– al permanente destierro político que se merece.

 

5 comentarios
  1. Indignado Funcionario
    Indignado Funcionario Dice:

    ¿Cual sería la subdivisión administrativa “europea”?, ¿y la delimitación territorial de la “atlantica?.
    Por lo demás, me parece una interesante idea si tuviesemos algún estadista entre nuestros dirigentes. 

  2. Alberto G.
    Alberto G. Dice:

    Te felicito por ir más allá de los estándares provincianos a la hora de abordar esta cuestión. La idea de la gran Iberia frente a las propuestas de la gran Eukalerría o los Países catalanes está bien traída y efectivamente tendría ventajas económicas y políticas más claras que las otras dos ya que para ser más fuertes siempre es mejor unir que separar, atraer nuevos miembros que echar a parte de los que tienes. El problema es que me temo que los portugueses no están por la labor, hace tiempo que vieron lo que suponía nuestro estado autonómico y prefirieron inteligentemente no imitarlo, aparte de otras suspicacias culturalmente incorporadas al inconsciecolectivo portugués. ¿Quién quiere formar parte de un guirigay permanente de gallos de corral presuntuosos? Eso es lo que lamentablemente es hoy España. Hace años el problema era incardinar en el proyecto común de España diversas sensibilidades, pero hoy algunas de esas sensibilidades han roto la baraja iniciando un camino sin retorno…, pero la idea está bien traída.

  3. Quasimontoro
    Quasimontoro Dice:

    Jacobo,

    Los profesionales de M&A tienen un defecto grave –creen que las economías de escala y ámbito quedan determinadas por simples relaciones físicas entre insumos y productos (escala) o entre productos de usos complementarios (ámbito). Luego de tantos de años de práctica uno pensaría que los profesionales de M&A han aprendido que los muchos fracasos de sus operaciones de M&A se han debido a haber ignorado que el factor crítico de la escala y el ámbito de organizaciones productivas es la contención del poder de sus dueños gestores (o accionistas que controlan la gestión). Por ejemplo, las expansiones del Santander y el BBVA a nivel mundial deberían servirle para entender por qué sólo son posibles en industrias reguladas (en este caso la bancaria). “Too big to succeed“ es un problema de contención del poder y “too big to fail“ es el escape de los que accedieron al poder y luego abusan de este poder imponiendo un costo a todos los contribuyentes.

      

  4. Jesús Casas
    Jesús Casas Dice:

    Hombre, una entrda “iberista”.
    Qué curioso, ayer viajaba en automóvil, al lado mismo de la frontera Norte de Portugal, escuchaba en Antena 1, de RTP, noticias sobre el mismo problema que ayer marcaba gran parte de la actualidad en España: los desahucios y las ejecuciones hipotecarias. Yo me apuntaría a una Hesperia o una Iberia multilingüe (si bien lo lamentaría mucho por los niños que tendrían que estudiar cuatro lenguas para empezar a hablar: español, portugués, su lengua autonómica (en Galicia los “lusistas” del gallego ganarían muchos puntos) y el inglés, como lingua franca (pero bárbara, a pesar de Shakespeare y Chaucer) moderna. No sé qué lugar deja esto para mi esperanza (infundada) de que en Europa se implante de nuevo la instrucción en latín y griego, pero…No obstante: 1/ Tengo amigos y clientes portugueses y pocos de ellos están por la labor de una federación con España. No sé si conoce Ud. encuestas no cocinadas al respecto. Yo no. 2/ Los símiles de fusiones y adquisiciones no me parecen, con todo respeto, váidos en Derecho político. Aunque la lógica subyacente pueda ser similar, no es la misma. Además, en las fusiones y adquisiciones que perduran suele haber alguien que gana (normalmente la sociedad absorbente) y alguien que pierde (IAG, British Airways e Iberia, ya que estamos, es un ejemplo de esto. Cualquier piloto mínimamente informado ya decía al inicio de la fusión que todo esto iba a suceder). Los portugueses desconfían de que les “opemos” y al mismo tiempo despidamos a 1/4 de su plantilla. Pero si hubiera estadistas de verdad, algo estarían haciendo, aunque fuera una “fusión fría” o algún paso más que las “cumbres” periódicas que ni el AVE Madrid-Lisboa solucionan. Por lo demás, ver esto: http://hayderecho.com/2012/09/22/portugal-un-pais-digno/

     

  5. Marcelo
    Marcelo Dice:

    Esta idea es inviable pero me gusta que se haya expuesto porque demuestra a las claras la diferencia sideral entre los proyectos apoyados en el sentido común y los apoyados en el sentimiento. Es una pena que los últimos sean los únicos que tengan posibilidades.

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