Déjalas que vayan con los novios (en la aprobación de la Directiva de uso de obras huérfanas)

 

El pasado 4 de octubre el Consejo de la Unión Europea aprobó la Directiva de uso sobre obras huérfanas. El objetivo de esta nueva directiva es facilitar que las instituciones públicas puedan llevar a cabo algunos usos, como la digitalización y la puesta a disposición en Internet, de obras huérfanas impresas y audiovisuales. Estas obras son creaciones protegidas, cuyos titulares de derechos no se pueden identificar o localizar; no confundir con las que se hayan en el dominio público tras haber concluido los preceptivos plazos de protección de Derechos.

 

La norma tiene un plazo de incorporación a las legislaciones nacionales de dos años, y pretende hacer accesible de una forma legal el patrimonio cultural europeo a través de las bibliotecas digitales de la Unión. Para ello, se establece como requisito indispensable acreditar una búsqueda diligente del titular de derechos de la obra con el fin de solicitar la autorización necesaria para la digitalización de la obra. En el caso de que dicha búsqueda no tenga éxito, la institución pública, y sólo la pública, podrá utilizarla bajo determinadas condiciones. La directiva prevé mecanismos para asegurar una remuneración en el caso de que el titular de derechos de la obra huérfana sea localizado más tarde.

 

Vayamos a lo nuestro. El Diccionario de la Real Academia Española, agárrense, define ‘huérfano’ como ‘a quien se le ha muerto el padre y la madre o uno de los dos, especialmente el padre’. Especialmente el padre, y se quedan tan anchos, que para algo tienen de académico a Pérez Reverte, ahí recitando refranes de la legión mientras masca testosterona rancia. Deberían plantearse en la Academia, con entradas como ésa, hacer sus próximos plenos directamente en el bar de Lola, ya que estamos.

 

Así que según la nueva directiva son los de la cosa pública quienes se van a encargar de localizar a los autores mediante ‘una búsqueda diligente’, tan ingenuo que casi suena romántico, para después, apesadumbrados ante el poco éxito en su labor rastreadora, explotarlas a su antojo. Las niñas, pues, por muchos novios que tengan, acabarán quedándose con el del especialmente, con el padre: papá estado las cuida esta noche.

 

Las pilas al legislador, como suele pasar en materia de propiedad intelectual, ha tenido que venir a ponérselas un americano, en este caso Google con aquel proyecto de Google Books, en el que se proponían digitalizar todas las obras huérfanas para ponerlas a disposición del público en una biblioteca de Alejandría 2.0, bajo la idea de que si algo de ahí era de alguien, ya aparecería raudo a reivindicarlo. Con la legislación en la mano, claro, eso suponía una infracción de derechos, al reproducirse y ponerse a disposición pública unas obras que no estaban en el dominio público y sin la previa autorización de los titulares de derechos, que eran desconocidos pero presuntamente existentes.

 

Si veinte años no son nada dos lo son aún menos, pero al legislador a la hora de transponer le dan para mucho. La que lió con el concepto de ‘conocimiento efectivo’, trayéndolo de la Directiva 200/31 a nuestra Ley 34/2002 de Servicios de la Sociedad de la Información, ya fue fina, con una irreconocible reformulación que ni en ‘Tu cara me suena’, y poniendo a los titulares de derechos a los pies de los caballos, atados de pies y manos para poder defenderse de las infracciones en la era digital. Luego llegó la Ley Sinde, o Ley Wert, oiga usted, que al final fue quien la aprobó, y que ya ha empezado a hacer de las suyas, como era previsible. Difícil confiar en lo institucional después de tantas decepciones, como le ocurre a los socialistas de corazón con Rubalcaba.

 

Lo público o lo colectivo rara vez ha funcionado, y más si nos adentramos en el ámbito de los derechos de autor. Al Ministerio ya nos hemos referido, y lo de las entidades de gestión y su gestión colectiva, que ahí sí que hay meter mano y sin miedo, es de traca. Más que café para todos ha sido un asunto de Dyc y sauna que nos hace tener que mirar para otro lado, y a los que en su día trabajamos en esto decir en las cenas de los viernes que mejor que vino directamente cubatas, no se fuese a poner trascendente aquello y a uno le acabaran preguntando a qué se dedicaba en el despacho.

 

Pero yo entre tanto pienso en esas obras bajándose del tranvía de Pessoa, ‘viví la vida entera’, desposeídas de su dulce final en Google Books para acabar en lo público, y me pregunto si no las cuidaríamos mejor nosotros. Aquí los del vulgo le hemos dado a Neruda lo que no era suyo, quitándole a un chaval los versos que le abrirían con justicia las puertas de todos los bares, que ya no tendría que ir el pobre rompiendo vasos vacíos para decirle a la camarera que se le había caído la copa llena. Pero aún así somos los que le echamos pasión a todo esto, y nos peleamos por si hay que pagar por las cosas o ya echarse al monte, porque a nosotros esas cosas sí nos importan, sea en un sentido u otro, y cantamos ‘Todos contra el canon’ encadenados y vamos a la ceremonia de los Goya con caretas a abuchear a los actores y los ministros como si aquello fuese lo de Luis Enrique marcando en el Bernabéu.

 

Y me imagino a esas obras huérfanas tratando de despeñarse como el enfermo terminal de ‘Las horas’, magistralmente interpretado por Ed Harris; sentándose en el alféizar con las piernas encogidas, evocando con su cuerpo ovillado, y sin misericordia, la infancia desértica de su vida, con esas últimas palabras: ‘has sido muy buena conmigo, Mrs Dalloway. Te quiero. Nadie podrá ser más feliz de lo que tú y yo hemos sido’.

 

El hijo huérfano de esa mujer tembló de frío sentado en el alféizar de una ventana con las piernas encogidas, apoyado en el quicio, y se dejó caer de lado. Y nosotros, los del vulgo, nos quedamos sin obras y estremecidos como Julian Moore, que lo de esa chica no es una mirada, sino una filmografía completa.

 

Quizá habría que preguntarle a las propias obras, que son huérfanas, vale, y puede que hasta Expósitas, pero no estúpidas, como en aquella novela de Elvira Lindo de título también muy aplicable a esas pobres creaciones, ‘Lo que me queda por vivir’, qué quieren que hagamos con ellas.

 

Y puede que nos encontremos con un final tan apoteósico como el del libro, con la madre preguntándole a su hijo de cuatro años en mitad de un paseo:

 

-¿Y tú qué quieres ser de mayor?

– Tu novio. 

1 comentario
  1. Quasimontoro
    Quasimontoro Dice:

    Pedro,

    Los políticos y sus cómplices habituales –esto es, periodistas, intelectuales y empresarios codiciosos– jamás dejarán de pasar una oportunidad para apropiarse de cualquier cosa “huérfana“ en su sentido más amplio –esto es, cualquier cosa sobre la que una persona natural o jurídica no tenga un título debidamente aprobado por una generación anterior de políticos. Yo lo llamo la apropiación de la frontera porque es allí, en la frontera, donde esa práctica es más común por la simple razón que allí es donde los ambiciosos buscan nuevas riquezas, sean tangibles o intangibles, y si las encuentran los políticos están listos para apropiarse de ellas o por lo menos compartir su propiedad. En economía este práctica es la esencia del modelo del bandido estacionario que  Mancur Olson propuso décadas atrás.

    Una versión más amplia de ese modelo –propuesta también por Olson– incluye las acciones de los cómplices de esos políticos para transformar sus intereses personales y de grupo en privilegios. Recién estaba leyendo esta columna que me llamó la atención por el título

    http://www.elconfidencial.com/opinion/a%2Dquemarropa/2012/11/16/un%2Dpais%2Den%2Ddescomposicion%2D10224/

    y no me sorprendió que el autor, un periodista, llorara porque ha perdido su privilegio, ese a que creía tener derecho por ser de izquierda, por que había sido parte de la construcción de un Estado corrupto. Hoy en España la crisis es una amenaza para los políticos y sus cómplices que desesperadamente buscan proteger sus privilegios, pero a nivel de la Unión Europea la crisis es una  oportunidad para que una nueva clase de políticos y cómplices se apropien de cualquier cosa que pueda etiquetarse como “huérfana“. 

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