Lecturas jurídicas en legítima defensa (II): “The Rhetoric of Reaction: Perversity, Futility, Jeopardy”, de Albert O. Hirschman

La segunda “Lectura jurídica en legítima defensa” está dedicada al libro The Rhetoric of Reaction: Perversity, Futility, Jeopardy, de Albert O. Hirschman, publicado en 1991, año en el que también se tradujo al castellano por Tomás Segovia con el título Retóricas de la intransigencia. Hirschman, economista que se ha ocupado también de cuestiones sociológicas y políticas, analiza de manera crítica lo que él llama las tesis reactivo-reaccionarias: la tesis de la perversidad, según la cual toda acción deliberada para mejorar algún rasgo del orden político, social o económico nada más que sirve para exacerbar la condición que se desea remediar; la tesis de la futilidad, que sostiene que las tentativas de transformación social serán inválidas, pues simplemente no lograrán “hacer mella”, y la tesis del riesgo, que apela al coste del cambio o reforma propuestos y concluye que es demasiado alto pues pone en riesgo algún logro previo y valioso.

 

Pues bien, si analizamos los debates que se suscitan en la actualidad en España a propósito de la conveniencia de llevar a cabo reformas importantes en materia institucional, económica, financiera o política nos encontramos, al menos en mi opinión, con que las tesis reactivo-reaccionarias que describió Hirschman en 1991 siguen gozando de buena salud: así, a propósito de la Constitución y las instituciones políticas, se ha podido constatar el reiterado rechazo de las dos formaciones políticas mayoritarias a discutir tan siquiera cuestiones como la reforma del Senado, de la Jefatura del Estado, de la organización territorial o de nuestra integración en Europa. Y no se ha debatido sobre esos asuntos con el pretexto del “riesgo” para el sistema; la consecuencia ha sido, precisamente, una situación actual de riesgo para ese sistema.

 

En materia económica y financiera no dejamos de escuchar desde el poder que todo intento de reorientar o reformar el funcionamiento del sistema económico y financiero (políticas de crecimiento y no únicamente de austeridad, atención a las personas y no a los grandes entramados financieros, normas reguladoras que eviten una nueva bancarrota,…) es inútil –tesis de la futilidad- pues no se logrará “hacer mella” o, incluso, si insistimos lo que sucederá es que acabaremos exacerbando los efectos de lo que pretendemos cambiar –tesis de la perversidad-.

 

En materia política y electoral se puede constatar la vigencia de la tesis de la futilidad, pues todas las críticas -ciudadanas, políticas, académicas, institucionales, sociológicas- que se vienen haciendo desde 1977 al régimen electoral español no han logrado “hacer mella” alguna en él. Es más, lo único que se ha conseguido es la profundización en el déficit de representatividad al dificultar, mediante la reforma de la Ley Electoral, la participación de las formaciones minoritarias; en suma, se ha demostrado la perversidad que conlleva tratar de cambiar las cosas.

 

En este mismo ámbito, Hirschman alude a la tesis del riesgo a propósito de los alegatos que se formularon en Inglaterra contra las grandes leyes de reforma electoral de 1832; el elemento común era el peligro que suponía “la democracia” para la estabilidad parlamentaria y, en general, las libertades civiles. Pues bien, ejemplos similares los encontramos en la historia constitucional española para oponerse a las propuestas de reducción de la edad electoral y al sufragio femenino; a propósito de este último, el debate que al respecto mantuvieron Victoria Kent y Clara Campoamor el 1 de octubre de 1931 evidencia que las retóricas de la intransigencia pueden venir de las propias filas. Pero sin necesidad de ir tan lejos en el tiempo, en los debates constituyentes de 1978, y a propósito tanto de la iniciativa legislativa popular como respecto al referéndum, estuvieron bien presentes las tesis del riesgo para reducir al mínimo el papel de dichas instituciones de participación directa. Es obvio que hay que situar las reticencias en el contexto de la transición de la dictadura a la democracia pero también parece evidente que se exageraron sus peligros -se habló de “conflictos gravísimos” para el sistema-, se desvirtuó su eficacia en el derecho comparado y, desde luego, no se hizo nada después, y con la democracia ya consolidada, para atribuirles la relevancia que merecen. Más bien, como se refleja en el Preámbulo de la Ley Orgánica 3/1984, de 26 de marzo, reguladora de la iniciativa legislativa popular, se consolidaron dichos prejuicios en contra de esta figura y a favor del papel omnipresente de los partidos políticos.

 

Y en cuanto al ejercicio de derechos políticos fundamentales como las libertades de expresión y manifestación, ya nos han avisado que es mejor no insistir pues las protestas no van a servir para nada –tesis de la futilidad– y si nos empecinamos quizá nos recorten estos derechos –tesis del riesgo– o empeore la situación política, social y económica –tesis de la perversidad-.

 

Si es evidente que la intransigencia reaccionaria sigue presente transcurridos más de 200 años después de sus primeras formulaciones también lo es que para superarla es necesario conocer su retórica, a lo que presta una extraordinaria ayuda este libro de Hirschman.

7 comentarios
  1. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    Muchas gracias, Miguel Ángel, por este artículo y por el anterior que no había visto por estar de viaje aquellos días de Octubre.

    Algunos de los principios citados por Hirschman son viejos conocidos de la cibernética y se usan sólo parcialmente en las ciencias sociales porque éstas tienden a autolimitarse en sus análisis de la conducta de los agentes sociales.
    Las raíces lógicas de dichos principios fueron expuestas por Ashby, Wiener y Beer, entre otros, entre el inicio del siglo XX y los años 60.

    Esto fue así porque las estructuras académicas que difunden las ciencias sociales están incentivadas para sostener determinados paradigmas y combatir otros. Kuhn y Koyré nos alertaron. 

    El llamado principio de la perversidad según el cual las acciones destinadas a conseguir un fin bien intencionado (muchas veces se confunde esto con la búsqueda de votos) suele garantizar que la situación indeseable no sólo continuará sino que se asentará y crecerá, es cierto.

    Es axiomático en el caso de los subsidios y políticas de discriminación inversa.  Dos modos ya clásicos de compra de votos so pretexto de remediar lo que se perpetuará.

    ¿Por qué? Porque habitualmente esto se lleva a cambio estableciendo recompensas y transferencias que incentivan, bien la pertenencia a un grupo a proteger, bien la posibilidad de vivir gestionando el problema.

    La redistribución beneficia esencialmente al redistribuidor que una vez establecido crecerá y se reforzará a si mismo.

    Una vez se arranca por esa vía se institucionalizan las situaciones, creando costes y controles que poco a poco producen el colapso del sistema.

    ¿Quiere esto decir que no hay que combatir o remediar determinadas situaciones de necesidad o injusticia? No, en absoluto.

    Pero hay que hacerlo seriamente, con inteligencia y sin crear incentivos perversos y esto es algo que el sistema político y no acepta porque supone costes personales a agentes clave y les impide “externalizar” dichos costes a grupos determinados.

    Saludos

  2. Quasimontoro
    Quasimontoro Dice:

    Miguel Angel,

    Gracias por traer el recuerdo de Albert Hirschman, profesor emérito de Princeton (según wikipedia ya cumplió 97 años peo sus últimos ensayos son anteriores al 2000). Ya hacia 1960 discutíamos sus ideas sobre desarrollo económico, basadas en sus años en Colombia años antes. Y por supuesto uno también lo recuerda por su participación en la obra de Varian Fry durante la Segunda Guerra y que motivaron la película Varian’s War. 

    Yendo al libro que usted cita y tomando nota de su intento de alegar que el libro ayuda a entender lo que está sucediendo en España, creo importante destacar que los dos últimos capítulos del libro son un giro inesperado para los progresistas que mucho habían disfrutado de los primeros cinco capítulos. En los cinco primeros, Hirschman analiza los tres tipos de reacción conservadora que usted menciona, pero en el capítulo 6 su análisis denuncia las tesis de los progresistas por ser tan reaccionarias como las tesis de los conservadores y por último en el capítulo 7 nos plantea sus recomendaciones que pueden resumirse como nunca ignorar los peligros de la acción y la inacción y siempre recordar que las consecuencias buenas y malas de cada alternativa son inciertas. Por tanto, el mensaje final que uno puede sacar de su análisis es de humildad en cuanto a cómo responder a las urgencias que las crisis nos plantean. Como otros trabajos de Hirschman, sus conclusiones no son tan audaces como los reformadores (prefiero hablar de reformadores y no de progresistas) quisieran, pero tampoco dan tranquilidad a los defensores de sus intereses en el estatus quo (conservadores de derecha o izquierda según el caso). 

    Nota: no he podido tener a mano un ejemplar del libro para volver a leerlo después de muchos años y lo anterior se basa en mi recuerdos de esa lectura (pero en todo caso, consistentes con lo que se dice en las páginas web de Harvard University Press, Amazon y wikipedia). 

  3. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

     
    La cita de Albert Otto  Hirschman está dando juego.

    He repasado esta tarde de domingo algunos capítulos de la traducción de Fondo de Cultura Económica, una edición con un magnífico tipo de letra que hasta las gafas agradecen.

    Este autor me recuerda a nuestro Vincenç Navarro. Gente buena e inteligente que han hecho una carrera del buen rollito y del anatema simplificador.

    No pasa nada por estar equivocados si lo estamos a favor de los pobres y aunque nuestros actos multipliquen su número. 
    La buena intención nos permitirá entrar en el reino de los cielos sin tener que pasar con el camello por el ojo de la aguja.

    Hirschman se disculpa por usar una semántica que en ocasiones no pasa de ser un cliché Pavloviano destinado a provocar actos reflejos. Sí, sí; mucho disculparse pero se da un baño de juicios de valor ayunos de argumentos.

    Lo siento, pero no llevo nada bien este tipo de intelectual dedicado a la propaganda subliminal en pro de la secta.

    La primera vez que vi su obra hace muchos años me dejó una sensación rara. Por entonces ni siquiera había leído a Burke, Diderot o L’Abbé Pierre ni conocía las entretelas de la revolución francesa. Hoy esto ya no es el caso y no puedo creer que Hirschman hable de buena fe cuando nos habla de “las buenas intenciones”.

    ¿Quién, de verdad, conoce las intenciones de los actos de los hombres que luchan por el poder?
    ¿Puede realmente bastarnos con las intenciones proclamadas o resulta más prudente estudiar los recovecos de los actos concretos y la validación empírica de sus resultados?

    Mucho antes de la escuela escocesa ya era viejo un refrán hispano recordando que los vericuetos hacia el infierno están empedrados de buenas intenciones.

    A veces la intelectualidad hace como los grandes compositores clásicos: copiar las canciones de los bateleros del Volga.

    Saludos y buenas noches. Voy a seguir con Hirschman un ratito

  4. Miguel Presno
    Miguel Presno Dice:

    Muchas gracias por vuestros comentarios. Un saludo y mucho ánimo frente a las retóricas de la intransigencia. Miguel

  5. carlos coello
    carlos coello Dice:

    Es sorprende la facilidad de escribir sobre A.O. Hirschman.  Como escribe el propio Ao en el citado, pero de añeja lectura, capítulo  vI, cuando señala que los reaccionarios no tienen el monopolio del simplismo (…)
    De interés el trabajo profesor Presno. Pero ha de darse cuenta que los que aca participamos sabemos de todo, parafraseando a Mairena. Aun que supongo que mas por viejos que por diablos, hay afan de “Salida,voz y lealtad” (FCE 1977) y de la “economía política a la política y más allá” (FCE, 1984), pero ero sí llevados de pasiones e intereses (PUP, 1977).
    Me resultó de enorme interés sus notas sobre su tránsito o fuga por los pirineos (1940-1941), saliendo de Banyuls. Pero eso es otra historia, que por supuesto tendrá sus glosadores gallicus atque italicus
     

    • carlos coello
      carlos coello Dice:

      pero en cualquier caso, sería conveniente que alguno releyera el mentado capítulo 6  y el capítulo 7, sobre todo el rubro de cómo no discutir en democracia.
      Menos mal que es un autor menor… 

  6. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

     
    Para Carlos Coello.

    Buenos días, Carlos.

    Suelo actualizar los registros de la biblioteca cada vez que alguien de casa termina una lectura. La hoja electrónica incluye espacio para comentarios de varios lectores. Un pequeño “banco” doméstico de recensiones.

    Recomiendo esta práctica porque hoy la producción editorial es enorme y resulta imposible abarcar siquiera una fracción.
    Hacen falta “brokers” fiables de información distintos del paratexto editorial y la prensa, siempre parcial.

    Hirschman no es excepción y, sí, es conveniente leer el breve capítulo VI y las páginas finales de la obrita para ver el grado de hipocresía y manipulación retórica que puede contener un texto. 
    En su caso se percibe desde sus disculpas iniciales hasta la última vez que usa el término “reaccionario” para calificar a autores que están hartos de apilar datos para sostener sus tesis. O llamar “progresistas” a quienes están de su lado.

    Que tras esta práctica innecesaria (podía referirse a ellos como “unos”, y “otros”, o como “partidarios del cambio benéfico y humanitario” y “conservadores de tradiciones o principios”, pero no, unos “progresan” y otros son “el freno” perverso al paso triunfante de una historia plagada de cadáveres.

    Es un buen ejemplo de un escritor sectario. No es el primero ni el último.
     
    PD este es el comentario que había en la hoja electrónica:
    Escrito en tiempo  de Reagan para un seminario de evaluación estratégica por parte de la Ford Foundation. Me ha parecido un esfuerzo superficial y sectario. Incluyendo su capítulo 6 en el que, tratando de equilibrar su ponencia, reprocha algunos “pecados” semejantes desde la izquierda.
    Creo que el autor es consciente de ello y de ahí su petición de disculpas por la semántica al principio y al final del libro. Palabras cargadas de contenido subliminal y distorsionador de la experiencia inconsciente como la reiteración de  “Progresista” contrapuesto a “Reaccionario”. Podría haber usado una terminología más seria pero no lo hace.
    Es bueno conocer este libro para entender la cantidad de “reflexión” retórica que algunos propagandistas políticos ponen tras sus textos.

     
     
     
     
     
     
     
     
     
     

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