Einstein, Cenicienta y la justicia

En este post propongo, no sin cierto pudor, dejar de lado por un día los sobresaltos que nos da la actualidad y tratar un tema en el que se entrecruzan la Física, la Filosofía y el Derecho. El asunto viene algo a cuento, no obstante. Últimamente se han debatido en este Blog ciertas cuestiones éticas y ha salido a colación el relativismo moral. Hete aquí que a veces se busca sustento para esa postura filosófica (no hay una moral universal, todo depende del color del cristal con que se mire) en la teoría de la relatividad de Einstein. Pues bien, eso no sería correcto. Y tampoco lo contrario, esto es, que la relatividad no contenga ninguna enseñanza filosófica. Antes bien, utiliza un método de razonamiento exportable a cualquier ámbito del saber. Es más: como también se ha sugerido en el Blog, la separación entre disciplinas es algo en buena medida artificioso, pues los problemas son únicos y no están divididos en secciones académicas.

 

Para ilustrar todo esto, viene al dedillo un ejemplo que hallé en un libro de divulgación científica (El Tejido del Cosmos, de Brian Greene). A fin de explicar un aspecto de la teoría de Einstein (la relatividad de la simultaneidad), el autor monta una suerte de juicio o arbitraje. Se celebra un duelo en un tren en marcha. El árbitro (al que llamaré Don Tren) está situado en el centro del vagón y los duelistas (Cola y Frontal) en sus extremos. Para señalar el comienzo de la contienda, Don Tren enciende una bengala; cuando el fogonazo (que es luz) impacta en las retinas de Cola y Frontal, estos disparan con sus pistolas láser (también luz). La cuestión a juzgar es: ¿es justo un duelo así configurado? Uno tiende a pensar: “depende de si los contrincantes tienen igualdad de trato, esto es, reciben sus avisos simultáneamente…”

 

Para contestarlo, Don Tren razona así: en su marco de referencia (el vagón) la luz recorre espacios iguales en ambas direcciones; según Einstein, lo hace a velocidades idénticas en ambos casos; luego llega a los dos duelistas a la vez. Don Tren, en consecuencia, levanta la bandera verde: hay fair play. Pero aparece un segundo juzgador, Don Andén. Este se halla situado junto a Don Tren en el momento en que se enciende la bengala, pero parado en el andén. Tiene, por tanto, una circunstancia distinta, una perspectiva diversa. Y esto le conduce a una conclusión diferente: para él, el tren se mueve y por eso el aviso que viaja hacia Cola recorre un espacio inferior (pues su diana se acerca), mientras que el que persigue a Frontal anda un trecho superior (ya que su objetivo se escapa); ahora bien, según Einstein, la luz se desplaza (también para Don Andén) a igual velocidad en ambas direcciones; ergo el fogonazo avisa a Cola antes que a Frontal. Don Andén agita, por ende, la bandera roja, mientras chilla foul play!

 

Como se puede apreciar, el lío se debe a esa llamativa regla, formulada por Einstein, según la cual la velocidad de la luz es la misma para todo observador, con independencia de su estado de movimiento. Esto nos choca, porque estamos acostumbrados a pensar que toda velocidad es relativa, mientras que el tiempo es absoluto. Mas numerosos experimentos han demostrado que es al revés: la velocidad de la luz es absoluta y es el tiempo lo que es relativo. De este modo, las dos opiniones son válidas; no hay razón objetiva para preferir una o la otra; tan verdad es que hay simultaneidad como que no la hay. Y, como resulta que ese concepto es la piedra angular de determinado juicio ético (¿es equitativo el duelo?) y jurídico (¿es válida la partida?), parece que nos viéramos abocados al odioso non liquet: en efecto, según Brian Greene, no hay veredicto posible, el duelo es justo e injusto a la vez…

 

¿O no? Pues no, claro que no.  El art. 1.7 de nuestro Código Civil prohíbe el non liquet y habrá que respetarlo. Para explicar cómo se consigue, abusando de la paciencia de editores y lectores del Blog, recurriré de nuevo al cuento de Cenicienta. No puedo evitarlo, porque debo mi fe en tal método precisamente a que iluminó mi camino para entender esta cuestión.

 

El Príncipe está perplejo porque en la zapatilla de Cenicienta caben muchas señoritas, todas las cuales proclaman que llenan el concepto de “zapateidad”. Evidentemente, estamos ante una trampa semántica: parece que ponerse el zapato “signifique” ser la novia adecuada del Príncipe, pero no ha de ser así necesariamente. Lo interesante, empero, es analizar cómo se sale del agujero: a base de empirismo. El Príncipe tiene un objetivo práctico (cazar a la esposa óptima) y cuenta con un método de medición también empírico (la zapatilla). Su reto consiste en destilar ambas cosas (medio y fin) para quedarse solo con su quintaesencia práctica: si se hace esto, se descubre en qué medida la zapatilla es un indicio suficiente y cuándo, por el contrario, no lo es y debe combinarse con otras evidencias.

 

Apliquemos este método al duelo. ¿Cuál es el fin, el objetivo práctico que se persigue con el concepto de simultaneidad? A poco que se escarbe bajo esa idea, lo que se halla es causalidad: lo que acaezca allá en la distancia, en uno u otro momento, nos preocupa solo en tanto y cuanto pueda tener un efecto (provocar o impedir que algo suceda) en otro sitio. Por ejemplo, si me alarma que Cola reciba antes su aviso es porque temo que de esta forma ella (o cualquier otro) pueda entonces disparar a Frontal y pillarlo desprevenido, en un acto alevoso, cuando este jugador se halla todavía en la inopia. (Esto sería la indefensión, la privación de oportunidades; hay otro objetivo relevante, la igualdad de oportunidades, que también tiene un bonito tratamiento, pero no lo abordaré en aras de la brevedad.)

 

Sentado lo cual, nuestro prejuicio es suponer que las distintas opiniones de Don Andén y Don Tren en punto al tiempo implican un juicio definitivo sobre dicha cuestión: si, por ejemplo, el primero levanta la mano y afirma que, según su reloj, Cola dispone de 2 segundos para obrar con alevosía, damos por sentado que, en efecto, lo puede hacer. Sin embargo, eso hay que ponerlo en cuarentena hasta que sepamos de dónde salen aquellos 2 segundos. Hay que destilar también el medio. Agarrar de las solapas a los técnicos y, conforme manda el art. 348 de la Ley Procesal española, espetarles: “Oiga, ¿cuál es el substrato empírico de su zapatilla?” En particular, si hablamos de simultaneidad de sucesos distantes, la pregunta será: “¿Cómo sincronizó Usted su reloj con el de su asistente, aquel que presencia el hecho lejano?”

 

Una posibilidad teórica es aquella que probablemente alienta el mencionado prejuicio: presumimos que dos relojes distantes pueden estar tan bien sincronizados como si una mano mágica que viajara entre ellos a velocidad infinita los hubiera ajustado a la misma hora de forma instantánea. No digo que consideremos ese método factible, pero sí su resultado. Y, efectivamente, si alguien afirma, apoyado en esa base experimental, que dos sucesos son simultáneos, es que –por definición- no cabe influencia causal entre ellos; a la inversa, si alguien niega la simultaneidad, es que un agente puede viajar entre ellos y conectarlos, si consigue un vehículo suficientemente rápido.

 

En la práctica, sin embargo, las cosas funcionan de otra manera. Se sincroniza enviando una señal de luz, cuya velocidad es enorme pero finita: el viaje requiere algún tiempo, que hay que añadir al reloj de destino. ¿Cuánto? No lo sabemos, porque de eso se trata: estamos precisamente poniendo en hora el susodicho reloj. Ante esta dificultad, Don Tren y Don Andén tiran por la calle de en medio: dejan que el pulso de luz rebote en su destino, computan el tiempo requerido por el viaje de ida y vuelta y presumen que el de ida consumió la mitad. Y aquí concurre una peculiar circunstancia: los rayos que lanza Don Andén viajan codo con codo con los que emite Don Tren, porque en el comportamiento de la luz no influye la velocidad del foco emisor. A poco que reflexione sobre ello el lector, comprenderá que esto nos aboca a la relatividad: si los pulsos de luz emitidos en direcciones opuestas regresan a la vez a la mano de Don Tren, entonces Don Andén no puede ostentar el mismo privilegio, ya que él tiene otro estado de movimiento; en concreto, el que vuelve de donde estaba Cola le debe interceptar antes y el otro después. Por eso, Don Tren ordena que sus asistentes ajusten sus relojes a la misma hora y Don Andén les dice a los suyos que los pongan en horas distintas.

 

Estamos, evidentemente, ante una convención. La cuestión a dilucidar es si la misma funciona: si con semejante bagaje empírico, con una zapatilla hecha de tales mimbres, se resuelve el problema planteado. La respuesta es afirmativa, por una razón que es agradable hallar en tiempos de crisis: la inconveniencia se transforma en oportunidad; a la hora de medir, nos hacía la puñeta que la luz fuera como es, pero ese mismo corsé constriñe a los duelistas en el momento de dispararse.

 

Ciertamente, si uno de los oponentes sacara un rifle capaz de expedir proyectiles a velocidad (pongamos) infinita, estaríamos apañados. Entonces nuestras zapatillas de andar por casa (relojes sincronizados con la convención expresada) no nos proporcionarían la respuesta. Mas no es así. De la mano de Don Tren parten avisos en direcciones contrarias. Cuando Cola recibe el suyo y dispara, su láser ya no puede bajo ningún concepto dar caza ni rebasar al que persigue a Frontal. Y si en lugar de ella disparara cualquier otra persona desde otro vehículo, nada cambiaría. Ambos Jueces lo admiten. Solo sucede que cada uno llega a esta conclusión por una vía distinta, con base en una medición diferente y por eso expresa la sentencia a su manera: según Don Tren, Cola no tiene nada de tiempo para cometer el acto alevoso; para Don Andén, Cola tiene tiempo, pero insuficiente, dada la excesiva distancia espacial que le separa de su objetivo.

 

En suma,  los dos juzgadores convergen, pese a sus puntos de vista diversos, en lo que cuenta: el duelo en el Tren es justo, sentencian ambos. Los caminos son relativos pero la meta es absoluta o invariante.

 

¿Moraleja? Verdad es que los casos reales son más difíciles de juzgar, sobre todo porque la Cenicienta (el objetivo práctico) es borroso. De hecho, si concurren “intereses” contradictorios, el problema es que, en efecto, hay varias Cenicientas, especialmente en el plano ético (cuando el fin no está cristalizado en una norma y hay que inventarlo). Pero creo que el método es útil en cuanto proporciona algunas muletas: si no hay un objetivo común, cabe crearlo mediante composición de intereses; la zapatilla es solo un medio, nunca un fin; su valor no es automático y viene delimitado por la conexión entre su origen empírico y el fin, también práctico, que se sugiera.

 

Por razones obvias de actualidad, ando pensando en aplicar estas ideas al concepto de nación. No creo que el ejercicio arrojara un resultado “absoluto” pero al menos sería entretenido.

 

NOTA: Para quienes prefieran el lenguaje geométrico y matemático, este dibujo representa el duelo y contiene las ecuaciones aplicables. En el texto me he centrado en la relatividad de la simultaneidad, pero la teoría contiene otros dos pilares imbricados con el anterior (la dilatación del tiempo y la contracción de longitudes), cuyo efecto se refleja en el dibujo. También debo advertir que la explicación ha girado en torno a la luz, aunque la conclusión sería la misma, cualquiera que fuera el mecanismo físico utilizado tanto en los actos del duelo (por ejemplo, disparos con balas convencionales en lugar de rayos láser) como en los de medición. En este otro dibujo se representa un duelo en el que se avisa con luz y se dispara con balas.

13 comentarios
  1. Quasimontoro
    Quasimontoro Dice:

    Javier,

    Si he entendido correctamente su post, usted está plantea dos ideas. Primero, cuando la toma de una decisión (declararle amor eterno a Cenicienta) requiere previamente evaluar la verdad o falsedad de algo (identificarla correctamente), esta evaluación dependerá de la disponibilidad de prueba relevante (calce perfecto de zapatilla que el Príncipe sabe con certeza que es de ella). Segundo, dado que esas decisiones pueden ser juzgadas por otros (digamos, los padres del Príncipe), mejor conformar esa evaluación (la del Príncipe) a normas socialmente aceptadas (digamos que en el cuento sus personajes aceptan la norma del calce perfecto basada en la creencia de que no hay dos personas con pies iguales).

    Le agradeceré confirmación de que mi interpretación es correcta y que no he omitido otras ideas.

    • Javier Serra
      Javier Serra Dice:

      Quasimontoro, gracias. En efecto, para el Príncipe la zapatilla es un indicio, una prueba de algo más importante, que va más allá (una joven merecedora de “declararle amor eterno”). Ahora bien, la prueba es definitiva (como dice usted, el Príncipe “sabe con certeza que es de ella”) cuando la circunstancia, la perspectiva, lo permite. Por ejemplo, si el muchacho hubiera alcanzado a Cenicienta a 100 m de palacio, cuando solo había 3 o 4 chicas a su alrededor. El equivalente es la situación de Don Tren. Ahora bien, a medida que se reduce la proximidad, el propio Príncipe (ahora con otra perspectiva = Don Andén) necesita más indicios, otros moldes, pues la lista de candidatas es más amplia y ya no es improbable que haya otra joven con “los pies iguales” y un corazón negro, como las hermanastras. Pese a todo, combinando pruebas en la ecuación adecuada, el Príncipe, desde esta nueva perspectiva, también logra su objetivo y da con Cenicienta. Lo mismo valdría para cualquier otro observador, como “sus padres”. Así pues no propugno que ni uno ni otros se conformen a la “creencia de que no hay dos personas con pies iguales”. Esa “creencia” es obviamente falsa. Esa “creencia” puede ser el error de base (contrario a la experiencia empírica) que sustentaría la “ideología” de que “calzarse el zapato = ser Cenicienta”. En el caso enjuiciado, el equivalente es la creencia de que “tiempo = sucesos” y por tanto “tiempo relativo = realidad relativa”. Seguro que tiene usted en mente algunos otros ejemplos…

    • Quasimontoro
      Quasimontoro Dice:

      Javier,

      Su respuesta me hace ver que me equivoqué al decir que el Príncipe sabe con certeza que la zapatilla es de ella. Ese supuesto lo hice para destacar que no había un problema de fiabilidad en la prueba, que sólo interesaba su relevancia. Usted dice que bajo mi supuesto la prueba es definitiva, algo que en el cuento podemos aceptar pero que induce a error en un análisis abstracto del problema de la prueba –tanto en su significado popular como en su significado jurídico. En situaciones conflictivas lo común es que la prueba plantee problemas específicos de fiabilidad y de relevancia.

      En relación a los padres del Príncipe, el punto de mi comentario era que se necesita una convención –la conformidad con normas sociales aceptadas por el Príncipe y por otros. Las convenciones se fundamentan en creencias compartidas (no necesariamente verdaderas), como por ejemplo que no hay dos personas con pies iguales. En su ejemplo del tren, la convención es que en determinados contextos la dimensión tiempo no es relevante. Lo importante es recordar siempre la importancia de la convención así definida y su fundamento en alguna creencia porque de lo contrario no habría conocimiento (mis ideas se transforman en conocimiento sólo si superan algún procedimiento de aprobación social).

      Suponiendo que los puntos anteriores quedan claros y aprobados por usted, la pregunta siguiente es qué tiene en mente cuando habla de su aplicación a la “nación“. Su promesa me intrigó porque se podrían plantear varias decisiones interesantes en que el concepto de nación sería esencial pero difícil de articular para asegurar su utilidad. Por ejemplo, el robo de un documento del gobierno podría agravarse por traición a la nación y entonces uno se pregunta si el legislador debiera presumir que un documento del gobierno necesariamente implica tal traición y exime de la presentación de pruebas relevantes (recuerde los debates en relación a las filtraciones de WikiLeaks).

    • Javier Serra
      Javier Serra Dice:

      Quasimontoro, creo que estamos de acuerdo aunque utilicemos las palabras con sentido distinto. En mi metáfora, la “creencia” de que “no hay dos personas con pies iguales” tiene una connotación negativa, en cuanto -tomada como un “dogma”- induce a error. Usted habla de una “creencia” positiva, que resulta útil. El equivalente de esto en mi ejemplo sería “hay pocas mujeres con pies iguales”; sobre esta base, una vez reducido de tal forma el círculo de candidatas, una segunda prueba ya sí conduce hasta la mujer adecuada. En la parte física, la creencia equivocada o dogma es “tiempo = suceso” y la regla útil sería “tiempo = indicador de un suceso”. No es que el tiempo no sea relevante, siempre lo es; solo sucede que el que se mide desde un marco próximo al suceso (tren) resuelve el problema de un plumazo mientras que el otro (el que se mide en el andén) solo es una de las variables de la ecuación, aunque también es un elemento relevante. En cuanto a la nación, no lo he pensado mucho todavía, pero apunta usted un escenario muy interesante. Aplicando al mismo el método que propongo, habría que mirar al medio y al fin: la protección del secreto de documentos oficiales es el medio con el que pretende garantizar un fin, la seguridad de un grupo humano, su efectividad en promover determinados valores en la escena internacional… Los acusadores, sin embargo, intentarán desconectar ambas cosas: se dirá que la nación padece por el mero hecho de que se aireen sus secretos. La defensa, en cambio, debería huir del formalismo y argumentar que la filtración no traiciona la mejor idea de la nación americana, sino que antes bien pretende elevar su significado, haciéndolo más ético y democrático.

  2. Javier Serra
    Javier Serra Dice:

    Intente que fuera digerible, pero hay que tener el estómago adecuado para una comida con tantas salsas. Así que muchas gracias, Teresa.

  3. Cándido
    Cándido Dice:

    Sr. Serra, le felicito por su excelente post, un soplo de brisa en este mundo jurídico casi siempre atenazado por la literalidad, el respeto excesivo por la tradición (pongo por caso la pervivencia en nuestro ordenamiento de la figura del indulto) y la sumisión ante unos criterios hermenéuticos muchas veces discutibles y, en no pocas ocasiones, mal avenidos con el sentido común (nuestro sistema procesal civil nos regala valiosas perlas en este sentido). Y le felicito no por el contenido de su texto, que pudiera ofrecer una relevancia relativa (disculpe la pequeña broma) sino por la metodología que introduce usted, esto es, por el modo de conocimento que aporta.

    En efecto, hoy encomiamos la multifunción (por ejemplo, laboral) cuando antes éramos rehenes de la más reconcentrada especialización. No ha tenido lugar una similar liberación en el ámbito del pensamiento, donde seguimos encorsetados en metodologías intelectuales unitarias, unívocas, que imposibilitan o dificultan de manera importante la aparición de ideas nuevas. Usted, al verter en el mismo crisol la relatividad especial, el zapato de Cenicienta y la juridicidad puede errar o no, pero ofrece variables nuevas que pudieran elevar nuestra mirada hacia un modo de conocimiento más plural y, creo yo, de mayor racionalidad. Esta metodología suya me trae a la mente la obra del filósofo Spinoza, quien en su obra sobre ética viene a mostrar la bondad de determinados componentes del comportamiento humano…¡utilizando los postulados de la geometría euclidiana!

    Así pues, utilicemos cuanto conocimiento tengamos a mano, todas las fuentes posibles. Parafraseando al gran Umberto Eco, de tres errores posibles puede nacer una verdad probable. Pero tenemos que aprender a pensar de otro modo, debemos liberarnos de las rigideces y de las venerables tradiciones. El camino, estimado Serra, tal vez nos lo está mostrando usted.

    Gracias por su post, y saludos.

    • Javier Serra
      Javier Serra Dice:

      No he sido capaz de leer a Spinoza. Cuando lo intenté, me resultó muy árido. Pero me llama la atención lo que usted dice, Cándido: ¡que construye una ética sobre la base de la geometría! No es ninguna tontería. Si al final la ética es buscar que suceda una cosa y no otra, eso es precisamente lo que describe y predice la geometría y en especial la del espacio-tiempo: refleja los sucesos que jalonan la vida de una partícula (a esto los científicos lo llaman worldline), su vida pasada y su probable vida futura, en función de la trayectoria que ha tomado. Cuestión distinta es que la tarea es ardua, pero ese es el enfoque adecuado. Los valores no están escritos de antemano, se escogen y ello mediante un análisis lógico y también emocional, atendiendo a los hechos a los que conducen. Pero como decía, el juego de los conceptos no es fácil, a menudo se pierde uno en esa maraña y ello da lugar a resultados risibles. El humor es eso: el arte de poner de manifiesto un absurdo conceptual. Algo así hace Puck2 abajo… 🙂 Muchas gracias por el comentario, Cándido.

  4. puck2
    puck2 Dice:

    Una pularda y un ejemplo:
    1º.- Si la postura filosófica de no hay una moral universal, todo depende del color del cristal con que se mire, se ha buscado que tenga un “sustento” en la teoría de la relatividad de Einstein, lo que no sería correcto, pero tampoco lo contrario, esto es, que la relatividad no contenga ninguna enseñanza filosófica. Siendo más ateo que una olla a presión: Mi ética sería un sistema de referencia, el budismo sería un sistema inercial bastante científico y la religión católica un sistema absoluto.
    2º.- Del ejemplo resulta que el juzgador es Don Andén y no tiene la posición debida para obtener un juicio perfecto –en la realidad no puede estar cuando todo se produjo-, pero puede llegar a aproximarse a él, mediante una serie de convenciones y prácticas del conglomerado organizativo y normativo que le sirve para analizar, comprender y siempre decidir sobre el “escenario y los hechos realmente acaecidos” y si los mismos son constitutivos de supuesto penal, por ejemplo, el duelo podría ser en vez de un homicidio, un asesinato. Entiendo que el juez siempre es Don Andén, y que siempre irá con un retraso distinto al de lo acaecido, por lo que aprecia desde “fuera” y ya que pertenece a un sistema inercial diferente al de la realidad que estudia, por lo que está jodido, a efectos prácticos, ya que va a juzgar lo que no puede más que suponer y llegar a averiguar con métodos más legales que científicos. Claro está que en los hechos no va a decir que el juez postula que ambos tenían láseres y que la luz se les enchufó a ambos sin obstáculos, y las leyes físicas eran las mismas ya que el vagón no tenía una banda elástica en medio y no pasaban por una curva del trazado de la vía…, sino que son hechos probados… Y existe cierta lógica en que sea así, también. La lógica de que lo común y lo normal no puede tener un análisis extraordinario que desvirtúe la capacidad de regular, juzgar y sancionar. Y que el príncipe que busca a la poseedora de la zapatilla, nos sitúa en la posición de Don Tren, quién es siempre parte del escenario e incluso de los hechos, y por tanto, no puede ser juez.

    Anda que en menudo lío me he metido.

  5. puck2
    puck2 Dice:

    Teresa, por lo que estoy aprendiendo, parece ser que Einstein no deja de ser un genio, si dentro de 200 años se ve que la curvatura de la realidad es una recta discontinúa, ya que parte de que las explicaciones sobre los hechos, no mutan a los últimos, el mundo no cambia por que cambie la forma que tenemos de explicarlo, sencillamente a medida que avanzamos comprendemos más su complejidad –En este sentido supongo que la ciencia tiene mucho que enseñar a la filosofía, o viceversa-. Por eso, los convenciones lógicas no son “creencias”, y no son falsas o verdaderas, son demostrables o no. Por ejemplo, dicen que para velocidades “bajas” la teoría de Newton se aplica con total eficacia, sin dudar en que podamos caer en errores. Así las fórmulas obtenidas de la Mecánica de Newton pueden entenderse como un caso especial de una más general, la Teoría Especial de la Relatividad de Einstein. Es como si Newton dijera que sumar 4 veces 4 horas es 16 horas, y Einstein dijera que 4×4 son 16 horas, en muchas ocasiones, pero en otras no, ya que dependiendo de dónde estemos, somos incapaces de saber medir en el tiempo si hay 4, ya que se mide de menos y ningún medidor puede encontrarse en un laboratorio en el que exista un espacio-tiempo absoluto en ningún sitio y lugar…, y seguro que me estoy equivocando…

    El tema es que hablar de convenciones en el supuesto fáctico de Luis y luego trasladado al duelo en el tren del infierno que yo planteo, pasa de ser una serie de requisitos metodológicos como que los policías lleven los relojes ajustados en función de dónde estén –el científico Luis-, pasando por quasimontoro que habla de convención como regla social comúnmente aceptada para definir a la cenicienta como única chavala que entra en ese zapato ya que no hay 2 personas con el mismo pie –quizá con el ADN del zapato, será verdad…-, y tú te elevas a llevar a la convención al nivel de la creencia social falsa, como que todos nuestros políticos pueden acabar en la cárcel de igual manera que si en Bankia yo hubiera sido un consejero más –mezclando otros blogs-, lo que tiene mucho que ver con el objeto del debate, los actos de los seres humanos y cómo enjuiciarlos mezclando ciencia y filosofía con derecho.

    Me está saliendo un puré con pularda divertidísimo. Un saludo a todos.

  6. Jesús Casas
    Jesús Casas Dice:

    Pues yo creo que no hay Jurisprudencia posible sin noticia de las cosas divinas y humanas, comenzando por las mátematicas y la física y este post es un acercamiento a la dificultad científica de averiguar la verdad con exactitud. Recomiendo el libro “Incetidumbre” de David Lindley para el que guste de conocer las peripecias personales tras todo este esfuerzo. El último libro que he leído de Greene se titula “La realidad oculta” se acerca de nuevo a los temas que propone el Sr. Callejo. Pensaba yo que una asignatura fundamental de los estudios de Jurisprudencia, dentro de filosofía del Derecho, historia de las doctrinas jurídicas y teoría de la norma debería ser “razonamiento jurídico” (legal reasoning) porque determinar la verdad de unos hechos resulta poco menor que imposible, tanto como determinar la posición y masa del electrón a la vez. No hay caso, incluso sencillo, que no plantee dudas de hecho pues las pruebas no son la realidad, que siempre quedó oculta en el pasado, cuando el hecho se produjo. Creo yo que haríamos bien los de nuestra rama del saber el tratar de simplificar estos siglos de marasmo jurídico y volver a la simplicidad. Felicito al autor. En cuanto a la pregunta final de la Sra. Cabarush, yo pongo la pregunta a la inversa, ¿hay alguna creencia coleciva que no sea falsa? ¿Pueden las sociedades comprobar los hechos? Ya he dicho aquí, creo, que según Martínez Calzón el cerebro es una máquina cuántica, maneja innúmeras realidades hasta que opta por una y luego trata de decir que esa es la correcta. Eninsten, Planck, Heisenberg y otros gigantes ya han demostrado que no es posible, sólo probable.

  7. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    Me ha parecido muy interesante e instructivo el artículo de Javier Serra y le pediría que, del mismo modo que ha presentado el espacio midiendo el tiempo como absoluto (relativo para el observador) repitiese en algún momento el ejercicio considerando los observadores y el espacio como absolutos y el tiempo como variable imaginaria. A fin de cuenta el espacio y los observadores son más tangibles que el tiempo.

    He vuelto a repasar la definición de tiempo a lo largo de la historia y no he podido terminar. Sólo el Ferrater trae trece páginas.

    El comentario de Jesús Casas también resulta brillante como dice Teresa.
    Tal parece que Rorty ha creado escuela y nos tiene todos dudando de si el muerto está muerto de verdad o si el enojoso cádáver es sólo resultado de nuestra falta de imaginación.

    Saludos

  8. Javier Serra
    Javier Serra Dice:

    Jesús, Manu, gracias por leer el ladrillo. No creo que nos supervise ningún físico. No hacen mucho caso de mis desvaríos jurídico-literarios, pero por si acaso, para que no nos riñan, un par de aclaraciones:
    – En la teoría de la relatividad, lo que es absoluto (todos los observadores obtienen el mismo resultado) es el espacio-tiempo. Lo cual suena muy abstracto, pero no es más que el resultado de meter cada observador las mediciones (relativas) que ha hecho con sus relojes y sus reglas de medir en una ecuación. Los inputs, como digo, son relativos, pero el output es el mismo para todos y es lo que permite deducir si algo sucede o no, que es al fin y al cabo de lo que se trata.
    – La teoría de la relatividad es determinista. Lo que sucede es solo una cosa y es perfectamente predecible. Precisamente mi crítica a Brian Greene es esta: con su ilustración, da a entender que la relatividad conduce al disenso cuando es todo lo contrario, una inteligente manera de encontrar el consenso. Otra cosa es ya la física cuántica, que introduce en efecto una advertencia sobre la incertidumbre en las mediciones. Y otra cosa aún son ciertas interpretaciones de la física cuántica que acaban hablando, no sé cómo demonios, de universos paralelos.

  9. Jesús Casas
    Jesús Casas Dice:

    Bueno, la teoría de los mundos infinitos es de Anaximandro, así que tampoco han inventado nada los físicos modernos. Los físicos griegos ya anticipan las ideas que luego se han ido precisando, como los juristas romanos. O tal vez no.

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