La coherencia, ¿vicio o virtud?

Me gusta esto de plantearme si una cosa es un vicio o una virtud, como ya hice en otra ocasión, pues es como reírse un poco de la condición humana y de uno mismo. Y voy a empezar por ahí, riéndome, pues tengo que reconocer que he sido educado en la idea de que la coherencia es una virtud irrenunciable, inalienable, imprescriptible y todas esas cosas que decimos los juristas. O sea, que me han enseñado que si pienso una cosa tengo que actuar como pienso, porque si no, acabaré pensando como actúo, que decía Blaise Pascal. Y eso significa que considero honrada mi propia conducta cuando coincide con las premisas que yo mismo me he  impuesto (o, quizá, que creo que me he impuesto) y me escandalizo cuando otros -siempre son otros, por supuesto- actúan de una forma palmariamente contraria a aquello que predican: curas que pecan, sindicalistas que se acogen a los ERES, políticos que hacen lo contrario de lo que hicieron, políticos que no cumplen sus promesas electorales (no hace falta enlace), ministros de presupuesto que tienen dinero en Suiza….

 

Y no es que diga, como los artistas, “mi gran defecto es que soy demasiado coherente”. No, la coherencia a veces hace sufrir porque acentúa las contradicciones que pueda tener el sistema moral empleado, puede implicar poca adaptación a las circunstancias (el “tomarse las cosas al pie de la letra”, la “dura lex sed lex”, la “palabra dada es sagrada”) y lleva consigo a veces una rigidez  poco compasiva. Puede incluso ser hipócrita pues, como decía el poeta americano R.W. Emerson, “las coherencias tontas son la obsesión de las mentes ruines” y -reconozcámoslo- lo cierto es que nos llenan de regocijo porque su llamativa grosería nos hace sentirnos mejor, más elevados moralmente en nuestra presunta rectitud. E incluso a veces puede ser peligrosa, pues cabe reconocer que los nazis eran muy coherentes con sus ideas. O sea, que la coherencia depende, por supuesto, del sistema de valores que la respalde.

 

Estos inconvenientes me han hecho plantearme hasta qué punto la coherencia (la integridad o, si quieren, otras virtudes antiguas, como el esfuerzo) puede seguir manteniéndose como virtud en unos tiempos posmodernos en que todo cambia, todo se relativiza, nada perdura ni es “para toda la vida” ni sagrado ni, al parecer, hay valores eternos, sistemas universales que sirvan de guía y permitan ejercer la coherencia.

 

Me hizo pensar sobre ello el pasado miércoles Pedro G. Cuartango, en un interesante y breve artículo en El Mundo titulado “Un profeta llamado Daniel Bell”, en el que elogiaba la visión de este pensador que fue capaz de ver la contradicción de un capitalismo surgido de la ética del trabajo y cultura del esfuerzo que desemboca, por su propio éxito, en una sociedad obsesionada por el hedonismo y felicidad personal.

 

En efecto, pienso que esa es una de las claves del asunto, aunque no creo que sea sólo una cuestión del capitalismo, sino de la sociedad entera, ni que Daniel Bell sea el único que ha previsto esta situación. De hecho, hay muchos autores que han tratado este tema con profusión, y entre ellos a mí me interesan mucho Gilles Lipovetsky y Zygmunt Bauman. Vamos a dar una pequeña vuelta por su pensamiento.

 

El bueno de Gilles Lipovetsky dice en “La era del vacío” que en la sociedad moderna (la anterior a la Segunda Guerra Mundial) la lógica de la vida consistía en sumergir al individuo en reglas uniformes, eliminar en lo posible las expresiones singulares, ahogar las particularidades idiosincrásicas en una ley universal, sea la “voluntad general”, las convenciones sociales, el imperativo moral, las reglas fijas y estandarizadas. Ahora, en esta sociedad posmoderna, desaparece la imagen rigorista, dando paso a nuevos valores que apuntan al libre despliegue de la personalidad íntima, la legitimación del placer, el reconocimiento de las peticiones singulares. El ideal moderno de la subordinación de lo individual a las reglas racionales colectivas ha sido pulverizado, pues el proceso de personalización ha promovido y encarnado masivamente un valor fundamental, el de la realización personal, el del respeto a la singularidad objetiva. El derecho a ser íntegramente uno mismo es inseparable de una sociedad que ha erigido al individuo libre como valor cardinal, pero hay un salto adelante: esa libertad pasa a la vida cotidiana y vivir libremente, escoger libremente el modo de existencia es el hecho cultural y social de nuestra época.

 

Por ello, el esfuerzo ya no está de moda, nos dice: todo lo que supone sujeción o disciplina austera se ha devaluado en beneficio del culto al deseo y de su realización inmediata como si se tratase de llevar a sus últimas consecuencias el diagnóstico de Nietzsche sobre la tendencia moderna a favorecer la “debilidad de la voluntad”, es decir la anarquía de los impulsos y tendencias y, correlativamente, la pérdida de un centro de gravedad que lo jerarquiza todo: “la pluralidad y la desagregación de los impulsos, la falta de sistema entre ellos desemboca en una voluntad débil”; nuestra ideología del bienestar estimula la dispersión en detrimento de la concentración, y contribuye al desmenuzamiento del Yo, a la aniquilación de los sistemas psíquicos organizados y sintéticos. El fin de la voluntad coincide con la era de la indiferencia pura, con la desaparición de las grandes objetivos y grandes empresas por las cuales merece la pena sacrificarse.

 

Por su lado Zygmunt Bauman, -el que acuñó el concepto “tiempo o mundo líquidos”– en “Ética Posmoderna”, arremete contra Lipovetsky considerando que éste confunde las conductas prevalecientes con el juicio moral (o sea, que cree que una cosa está bien simplemente porque existe) y entiende que, aunque la moralidad no es universal, sino relativa en función de tiempo, lugar y cultura, en la perspectiva posmoderna no ha de haber un relativismo en la moralidad: lo que pasa es que se ha producido una descentralización de la autoridad intelectual y un despego de los metarrelatos que buscan explicar y controlar la sociedad, mediante normas morales rígidas, ha desaparecido la fe en reglas que funcionen con fundamentos que no se tambaleen, en un código ético no ambivalente y no aporético (sin contradicciones insuperables), que él llama “código ético a prueba de tontos”, y se ha asumido que nunca se encontrará.

 

El enfoque posmoderno de la ética consiste, ante todo, no en hacer a un lado las preocupaciones morales modernas características, sino en rechazar las formas modernas típicas de abordar los problemas morales; esto es, responder a los retos morales con normas coercitivas en la práctica política, así como la búsqueda filosófica de absolutos, universales y sustentos de la teoría. Los grandes problemas éticos —derechos humanos, justicia social, equilibrio entre la cooperación pacífica y la autoafirmación— no han perdido vigencia; únicamente es necesario verlos y abordarlos de manera novedosa en la que no hay una simple distinción entre lo “correcto” y lo “incorrecto”, independientemente de otros conceptos como la utilidad, verdad, belleza…Y ahora el camino correcto se divide en multiplicidad de opciones: lo razonable económicamente, estéticamente agradable, moralmente adecuado…y es preciso decidir cual tiene prioridad.

 

Es decir, Lipovetski parece que da por bueno lo que hay y Bauman admite un criterio ético pero adaptado a las circunstancias y a los diversos planos de los problemas.

 

Pero, me pregunto yo, ¿podemos vivir sin una mínima coherencia, sin un hilo conductor de nuestras vidas que, aunque pueda adaptarse a las circunstancias, dé un sentido  a nuestras conductas?

 

Sin duda es una pregunta ambiciosa que supera los recursos de este bloguero y quizá los límites de ¿Hay Derecho?, pero me atrevo a apuntar que no deja de tener una gran relación con la idea de que el orden social no debe estar únicamente confiado a la poder coactivo de las normas positivas, que tantas veces hemos remarcado en el blog.

 

Sin duda, como señala Bauman, será preciso encontrar unos nuevos criterios que permitan ordenar la conducta humana pues probablemente sea difícil volver a metarrelatos de otras épocas, a anteriores explicaciones universales del mundo, aunque me cuesta creer que tales criterios vayan a ser puramente individuales y subjetivos -por mucho que la realidad actual sea enormemente compleja y cambiante- pues no parece que la coherencia sea solamente coherencia con los propios deseos y ambiciones y que ello sea el fundamento de todas nuestras actuaciones. Tal cosa no sería moral sino psicología.

 

Pero no es dato insignificante que el libro de Lipovetski sea de 1983 y el de Bauman de 1993, tiempo cercano en la cronología, pero quizá no tanto en las circunstancias sociales y económicas y no sería de extrañar que el cambio de hábitos que la crisis no está obligando a sufrir hiciera más fácil el alumbramiento de nuevas reglas.

 

18 comentarios
  1. Miguel Tuells
    Miguel Tuells Dice:

    San Agustín de Hipona ya dijo “si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa sino lo que ama”.

  2. Rodrigo Tena Arregui
    Rodrigo Tena Arregui Dice:

    El tema que plantea hoy Ignacio es sin duda uno de los temas fundamentales de nuestro tiempo. Y además es muy apropiado para un blog jurídico, porque la falta de lo que él llama un metarrelato común que nos de un mínimo de coherencia y de referencias, obliga al Derecho a cumplir un papel de relleno para el que no está pensado ni para el que fue inventado. Por lo menos para eso no lo inventaron los romanos. Con ello no sólo se pervierte el verdadero sentido de lo jurídico, sino que además se pone en riesgo la libertad personal.

    Las causas de este fenómeno son muy variadas, pero no hay que buscarlas principalmente en la pérdida de valores transcendentes. Más bien su existencia no hacía sino paliar (a veces a un coste muy elevado) una ausencia previa más profunda: la de la confianza en la capacidad del hombre de entender el mundo y así de resolver por sí solo sus propios problemas. Hoy necesitamos recuperar la conciencia (que tanto trabajo les costó adquirir a los griegos) de que es posible, de que depende de nosotros. Ya sólo con eso se incentivarían los valores democráticos y republicanos cuya carencia está en el origen de todos nuestros problemas.

  3. Cvm Privilegio
    Cvm Privilegio Dice:

    Al ver este título en una bitácora de tantos notarios, creí que se iban a discutir las ventajas e inconvenientes de la institución simultánea de múltiples herederos 🙂 Pero veo que no es así.

    Acudamos a la etimología, que tanto juego daba a Ortega y a sus maestros alemanes. ¿Qué significa “cohaerentia”? Pues, en sentido propio y físico, la condición en que se encuentra lo que ha sido pegado a otra cosa. ¿Y quién quiere estar pegado a nada en estos tiempos? ¿Y acaso conviene al sistema socioeconómico? Pues, ¡hala! Una generosa dosis de disolvente postmoderno, y a flotar todos libres.

    Y, así como lo decía Walt Whitman, puede cada uno también decir:

    Do I contradict myself?
    Very well then I contradict myself,
    (I am large, I contain multitudes.)

    Pero me temo que hay pegamentos más sutiles de cuyo poder adhesivo es imposible escapar…

  4. JAVIER TRILLO GARRIGUES
    JAVIER TRILLO GARRIGUES Dice:

    Hablando de Bauman, ayer el diario El mundo publica una interesante entrevista al pensador polaco. Aterrador el dato del sueldo de un directivo de una corporación en USA en comparación con el de un empleado medio de la empresa, ahora y hace treinta años.

  5. FBR
    FBR Dice:

    Hoy es demasiado fácil escapar de la propia conciencia, basta con ponerte detrás de unas siglas (mercantiles, políticas…) y ya no eres tú el ejecutor de los actos ni el responsable de los mismos. Así, a grandes rasgos.

  6. Teilhard
    Teilhard Dice:

    Sr. Gomá, Intente “hacer luz” en una estancia solo con un haz “coherente” (LASER). En el mejor casos solo verá un región muy pequeña de la misma, el resto le permanecerá a oscuras. Para percibir la estancia en toda su dimensión necesitara una humilde bombilla de luz incoherente. Infinitud de fotones rebotando de forma aparentemente caótica.

    Del mismo modo, si usted quiere hacer hegemónicas unas muy concretas ideas en una sociedad, siga educando a los ciudadanos en ellas, haciendoles creer que son la única luz coherente y verdadera. Pero a buen seguro no podrá ver otras muchas posibilidades de la sociedad que le permanecerán a oscuras. Por eso, el gran filósofo holandés de origen hispano, veía en la “potencia de la multitud” aprentemente incoherente, el fundamento último de la democracia, ya que revela lo que ignoramos y como el dijo de forma enigmática, “nadie sabe lo que puede un cuerpo”.

    La coherencia es útil para estudiar lo conocido pero si quiere explorar nuevos mundos no le servirá. Y no olvidemos que en la genética de esta nación esta el ser exploradores, por eso casa tan mal en nuestra idiosincrasia la coherencia uniformadora que siempre se nos ha tratado de imponer a lo largo de la historia y que empieza en el sistema educativo.

    Un saludo.

  7. Emilio
    Emilio Dice:

    ¿No será más bien que pensamos que vivimos en ausencia de metarrelatos sencillamente porque vivimos todos en el mismo: lo políticamente correcto?

  8. Fernando Gomá Lanzón
    Fernando Gomá Lanzón Dice:

    Desde el punto de vista individual cabe plantearse como hace Nacho en este muy interesante post la pregunta del título, si hablamos de un sistema político, en concreto un sistema democrático, la coherencia es imprescindible, entendida como previsibilidad del comportamiento de las instituciones. En una democracia los ciudadanos tenemos el derecho a esperar que los jueces juzguen independientemente, que los reguladores regulen, que el defensor del pueblo defienda de verdad, que el TC analice las cosas a la exclusiva óptica de la constitución, etc. Es decir, que los que estén ocupando esas altas dignidades sean coherentes y previsibles, hagan lo que esperamos que hagan.

    Y no que descubramos que detrás de la fachada de muchas de ellas lo que había era cartón piedra y políticos y pseudo políticos enchufados básicamente interesados en obedecer para seguir estando ahí. Es decir, como he dicho en otras ocasiones, indignos.

  9. Elisa de la Nuez Sánchez-Cascado
    Elisa de la Nuez Sánchez-Cascado Dice:

    Metarrelatos siempre ha habido y siempre los habrá, son necesarios para entender el mundo y para educar a la juventud. Antes eran de origen divino o revelado, ahora son de origen humano. Pero siempre hay alguien detrás, interesa tenerlo presente..:-) El metarrelato por ejemplo de que España es una democracia de las más avanzadas del mundo es muy interesante y ha funcionado muchos años. Probablemente era lo que había que contar. Ahora descubrimos que es -como todos- una historia que interesaba contar para que estuviéramos más o menos tranquilos y más o menos confiados..Además cuando más individualistas y hedonistas y menos preocupados por el bien común (más líquidos, que diría Zygmunt), mejor para los que mandan. Siempre ha sido así.

  10. Ignacio Gomá Lanzón
    Ignacio Gomá Lanzón Dice:

    Gracias por los interesantes comentarios. En definitiva, como dice Rodrigo, necesitamos, primero valores. Aunque hoy la realidad sea muy compleja y hayan caído muchos mitos, no cabe duda de que siguen siendo precisos. Como dice mi hermano Javier, el hombre ya se ha liberado de casi todo y no tiene sentido liberarse más: es preciso madurar y ver cómo podemos ser útiles. Sin ello no puede haber coherencia, salvo que se entienda ésta como el hecho de orientar todos nuestros actos al fin de satisfacer únicamente nuestras necesidades.

    O sea que, como dicen Elisa y Fernando, necesitamos metarrelatos y coherencia. Que las instituciones se crean sus funciones y los que las llevan actúen de acuerdo con esas creencias.

    Para Javier Trillo: en efecto, el dato que da Bauman es escalofriante y fue el que motivó un post mio sobre ello que si te interesa el tema te recomiendo (y quizá haga otro pronto):

    http://hayderecho.com/2012/04/22/poder-y-dinero-en-el-control-de-las-grandes-sociedades/

    Para Teilhard: muy expresivo ejemplo, está visto que conoce usted las ciencias. No obstante, la coherencia la sitúo en el plano moral más que en el intelectivo: la ordenación de mi conducta a mis pensamientos. Por supuesto eso significa que los pensamientos tengo que haberlos estructurado antes y para ello cuando más luz mejor, que diría Goethe.

    • Teilhard
      Teilhard Dice:

      Deberíamos todos acercarnos a las ciencias, -la Naturaleza- nos ofrece las mejores ocasiones de reflexión. Al fin y al cabo somos parte inmanente de ella. Y la ciencia nos enseña que eso que usted llama “sus pensamientos”, en realidad no existe. Nuestra conducta antecede a la conciencia que tomamos de la misma. Por ello desde un punto de vista moral todo ocurre con la misma necesidad y la unica cuestión es averiguar, hasta donde podamos, las causas de los efectos, de nuestros actos. En ultima instancia todo es coherente y nada puede dejar de serlo. Por lo mismo, los fotones, tanto de un LASER como de una bombilla, responden a las mismas leyes de la naturaleza. Solo tenemos que comprobarlo.

      Un saludo

    • Ignacio Gomá Lanzón
      Ignacio Gomá Lanzón Dice:

      Muy interesante la contestación. Creo que es un problema clásico de la filosofía. Curisamente el otro día discutía con un hijo mío sobre eso. Ël dice que todos nuestros actos están condicionados o por los genes, por nuestras experiencias personales, por nuestras circunstancias vitales. Nada de los que hacemos es verdaderamente libre. Es un determinista, me temo.

      Yo no estoy tan seguro de ello. Creo que cabe elección y que no todo está escrito.

  11. Antonio J.
    Antonio J. Dice:

    Es curioso, termina su post, casi con un desideratum: que el cambio de hábitos que la crisis nos está obligando a sufrir hiciera más fácil el proceso de alumbramiento de nuevas reglas.

    Y es que tengo para mí que ese proceso de alumbramiento de nuevas reglas al que estamos asistiendo fácilmente va a mermar aún más la idea de coherencia personal.

    La querencia natural de los juristas a interpretar el mundo sólo en base a reglas, nos juega muchas malas pasadas cuando hemos de proyectar esas reglas en el mundo interior del individuo que ha de motivar su comportamiento en base a ellas.

    Si se piensa un poco, fácilmente se cae en la cuenta de que la apelación a la coherencia surge en los momentos que el sujeto ha de enfrentarse a la opción entre reglas diversas con resultados contradictorios sin un criterio óptimo que las jerarquice.

    Dicho de otro modo, el problema de la coherencia, se presenta eminentemente como un problema moral de elección de un criterio personal de jerarquía entre diversas normas y no de falta, escasez o insuficiencia de estas.

    Las reglas por sí solas, en su desnuda existencia, nada nos dicen sobre la persona que ha de enfrentarse a ese complejo proceso de elección personal, que es de lo que se trata.

    Se siente una necesidad interior e inaplazable de coherencia a la hora de decidir por la sencilla razón de que la conciencia del propio yo no admite discontinuidades. Es decir, igual que no podemos elegir aprehender o no nuestra propia individualidad sin el riesgo de enloquecer o enajenarnos, esa continuidad del yo, exige a nuestra conciencia personal razonar en todo momento nuestros actos en relación a un parámetro que sirva para reconocernos en ellos.

    Sólo si ese parámetro se mantiene estable de unas decisiones a otras, nos permite identificar un principio mínimo que sirve en primer lugar para reconocer en él una continuidad de nuestro obrar equivalente a la continuidad de nuestro ser, con lo que sentimos nacer plenamente la idea de nuestra responsabilidad con las consecuencias que ello acarrea.

    La coherencia, por tanto, a mi entender es ante todo una inaplazable necesidad interior de orden, de sentido que se debe proyectar en comportamientos y actitudes y no en normas concretas.

  12. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    He leído el excelente artículo y los comentarios. Para leerlos varias veces y pensarlos con calma. Muy buenos.

    Mi respuesta a la pregunta –excluyendo, como de costumbre, cualquier parámetro religioso– es la siguiente.

    A mi modo de ver la coherencia es una virtud. Socialmente y personalmente. Produce un bien: Confianza y crecimiento personal y social en humanidad.

    Y la falta de coherencia es un vicio porque causa un daño, social e individualmente.
    Puede que haya alguna excepción pero creo que la norma es correcta.

    Coherencia entendida como conducta acorde a determinados principios, valores o reglas racionales de elección.

    De hecho todos nos sorprendemos por la incoherencia cuando esta se observa.

    ¿Por qué nos sorprendemos? Porque supone una disminución de la confianza, bien en nosotros mismos, bien en otras personas.

    Un ejemplo: A todos ha debido sorprender la evolución de nuestro ordenamiento jurídico en relación a la vida embrionaria: Por dos cosas.
    En primer lugar por los intentos de aquel gobierno de distinguir fases en la vida embrionaria pero sólo en los embriones humanos.
    Los otros embriones, por ejemplo el del Buitre Asalmonado de Canfranc, podían seguir las leyes biológicas universales que sostienen que la fecundación origina vida diferenciada y nueva.

    En segundo lugar porque el gobierno de Zapatero despenaliza la destrucción de vida humana si así conviene mientras el CP penaliza el mismo daño al huevo del citado buitre convenga o no convenga a alguien.

    ¿Quiere decir esto que el Sr. Zapatero legislaba con incoherencia?

    En absoluto, simplemente lo hacía con una perspectiva distinta de la del observador: Uno esperaba un tratamiento homogéneo de la vida y el otro estaba simplemente optimizando su rendimiento electoral.

    Al caer en la cuenta de ello, el primer observador pierde la confianza en el sistema jurídico porque lo ve fruto de la conveniencia egoísta. Este es el daño social. La “Banalización del Derecho” que tanto juego nos ha dado últimamente.

    Por otra parte el daño personal de la incoherencia se conoce como Neurosis.

    Así lo define Adler en su obra de 1910 “El carácter neurótico” …..Aquel desorden psicológico que resulta de actos conscientes en discordancia con las creencias profundas del sujeto. Cito de memoria pero la esencia es correcta.

    Un cordial saludo

  13. FBR
    FBR Dice:

    En el ejemplo que expone, Sr. Oquendo; ¿de verdad quiere que el derecho dé el mismo tratamiento a la vida humana que a la animal?. El derecho legisla sobre el comportamiento humano, no sobre el animal; al ser humano se le supone voluntad. Al final se reduce la coherencia a lo que quiera cada uno.

    • Manu Oquendo
      Manu Oquendo Dice:

      No debo de haberme explicado bien si esa es su conclusión, FBR.

      Cuando digo tratamiento homogéneo a la vida me refiero “al concepto de vida biológica”, no a homogeneizar “vida humana y vida animal”. La verdad es que quizás debí hacer esa precisión pero me pareció tan evidente que no lo hice.

      Esa argucia, partir en trocitos la vida embrionaria, fue lo que trató de hacer Zapatero para colar la despenalización de la muerte de unos seres humanos por conveniencia de otros seres humanos.

      Esto era lo esencial del ejemplo.
      Estas cosas me parecen muy destructivas de la confianza social, de sus principios morales. No se puede pretender vivir en una cultura valiosa cuando el estado promueve la muerte de esa forma. Estamos tan habituados a la Inmoralidad del Estado que no nos damos cuenta de la basura moral que produce.

      Me resulta imposible respetar una cultura que se llena la boca de valores mientras elimina cada año un Bernabéu de seres humanos. Esto tiene que marcar a fuego hasta al subconsciente colectivo. Sin la menor duda.

      Y luego nos quejamos de baja natalidad. Tremenda In-Coherencia social.
      Nos sobra hipocresía y se nos llena la boca de egoísmo.

      Saludos

    • FBR
      FBR Dice:

      Sé que es desviarse del tema (o tal vez no), y entrar en uno que es tremendamente polémico, pero creo que en este asunto del aborto, no se trata de vida si o vida no, sino más bien del derecho de una mujer sobre su propio cuerpo, y de que inferencias puede tener el estado. Las consecuencias nunca son deseadas. Por eso no le entiendo el símil, pues el huevo del buitre se protege en aras de la diversidad ecológica, es un tema totalmente alejado jurídica y moralmente del aborto si o no, y del establecimiento de un concepto de vida y cuando se produce esta.

  14. Teilhard
    Teilhard Dice:

    Sr. Gomá; me agrada el pensamiento de su hijo. A buen seguro hará suyo el ideal del filósofo:

    “et ut ea, quae ad hanc scientiam spectant, eadem animi libertate, qua res mathematicas solemus, inquirerem, sedulo curavi, humanas actiones non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere”

    (Y a fin de investigar todo lo relativo a esta ciencia con la misma libertad de espíritu con que solemos tratar todos los temas matemáticos, me he esmerado en no ridiculizar, ni lamentar, ni detestar las acciones humanas, si no en comprenderlas)

    ¿Se imagina una sociedad inspirada de esta manera?

    Saludos

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