Los enemigos (internos) de España

Ya en diciembre de 2012, escribía un post con el título “¿Quiénes son los enemigos de lo público?”, donde alertaba del peligro (ignorado) de los enemigos internos. Ahora, la lectura del libro de Tzvetan Todorov, Los enemigos íntimos de la democracia (ed. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2012), me ha reafirmado en la necesidad de depurar esta tesis. Todorov menciona como enemigos “íntimos” de la democracia al mesianismo, el ultraliberalismo y el populismo. Pero creo que se puede ir más allá y sostener que todos los sistemas acaban fracasando o entrando en fase deterioro, no tanto por la presión o ataque de los enemigos o competidores externos cuanto por los elementos internos a esas organizaciones o sociedades (incluso en cada persona o familia) pues suelen pillar desprevenidos, frente al enemigo externo al que se suele tener más controlado e identificado.

Por ejemplo, si miramos a la Iglesia católica el enemigo más preocupante para su propia supervivencia no sería tanto el ateísmo, el relativismo o la mayor pujanza de otras confesiones, sino que su mayor amenaza surgiría de los curas pederastas, la permisividad interna a este fenómeno o la corrupción a gran escala que se ha adueñado del IOS y el Vaticano. Si nos fijamos en la dialéctica derecha-izquierda o PP-PSOE, podemos observar igualmente que la mayor amenaza de estas ideologías-partidos no proviene de su posible alternativa, sino de la escandalosa presencia dentro de sus filas de dirigentes incompetentes, aprovechados o simplemente corruptos. Algo semejante ocurre en la economía, donde un aparente éxito del propio capitalismo, como se consideró hasta hace poco que eran el acceso fácil al crédito y la inmediatez del consumo, se ha convertido en causa directa de una de las mayores crisis económicas que se recuerdan. ¿Por qué?  Porque destruyeron valores culturales muy importantes del propio liberalismo como eran la disciplina de la gratificación diferida, la capacidad de ahorro o el trabajo duro (ver, N. Berggruen y N. Gardels, Gobernanza inteligente para el siglo XXI: una vía intermedia entre occidente y oriente, ed. Taurus, Madrid, 2012, pp. 70, 71). Siguiendo esta línea de pensamiento puede sostenerse que el mayor enemigo del capitalismo no es quien quiere someterlo a reglas sino quien lo quiere absolutamente salvaje (pues esto lo llevaría a su auto-destrucción).

Del mismo modo, cabe afirmar que el enemigo más peligroso de lo público en general y del Estado (social) en particular, no son tanto los que proponen reducir su tamaño (pues estos al menos enseñan sus cartas) cuanto quienes, incluso bajo la bandera de su defensa, caen en el gasto excesivo y la mala gestión de las políticas públicas encomendadas, dando así argumentos complementarios a los ‘minimalistas’”. En este sentido, a veces se olvida que algunos de los que más perjudican la imagen de lo público trabajan dentro de él, pudiendo diferenciarse entre servidor público y quien intenta servirse de lo público.

¿Y qué pasa con España? Pues lo mismo. Curiosamente nuestras mayores amenazas no provienen en la actualidad de los países con los que competimos económica o políticamente, o con los que mantenemos disputas territoriales, sino de los españoles que no creen en España. De hecho, cabe afirmar que cuando nuestros competidores se atreven a atacarnos (o a expropiar nuestras empresas) es porque previamente se aprovechan de un estado de debilidad interno, que ya es público y notorio. Y ¿quiénes son los que no creen en España? La primera respuesta obvia sería los partidos y grupos nacionalistas que abiertamente proponen la secesión y por tanto la ruptura del proyecto de vida en común, pero probablemente estos grupos no hubieran podido tener tanto éxito si no hubieran contado con la complicidad directa o indirecta de muchos otros españoles que no viven en Cataluña o el País Vasco, pero que poco a poco se han ido acomodando a una situación de deterioro y de mirar a otro lado, y estos ¡ay!, probablemente se encuentran tanto en los grandes partidos supuestamente nacionales, en el profesorado de supuestas universidades de prestigio sufragadas con fondos públicos, como (incluso) en los miembros y representantes de las principales instituciones del Estado. Hace poco hablaba con un profesor catalán que había tenido que abandonar su Universidad en Barcelona, por el creciente acoso personal y profesional que estaba sufriendo a partir de declarar que había votado a Ciudadanos. Me decía que para él, como catalán resistente, le resultaba tanto o más indignante, incomprensible y sorprendente que la figura del “charnego agradecido”, la del “madrileño complaciente”, entendiendo madrileño como aglutinador del resto de españoles. Añadía que, para él, si España un día desaparecía del elenco de naciones europeas no sería tanto por la habilidad de los nacionalistas en presentarse como víctimas ajenas a todos los males españoles (que también) como por la actitud banal, displicente o complaciente del resto de los españoles.

Pero volvamos a Todorov para introducir un elemento de esperanza. César Molinas en un libro reciente sobre Qué hacer con España sostiene que el mundo de la historia de las ideas ha llegado a su fin porque occidente se muestra incapaz de superar la oferta de la Revolución francesa ─libertad, igualdad y fraternidad─ y el resto del mundo se mira al ombligo. Sin embargo de la lectura del libro de Todorov cabe sacar dos nuevos componentes a esa tríada: la responsabilidad y la ética del límite. La necesidad de asumir la responsabilidad de todos los ciudadanos respecto a lo que pasa en su sociedad y la aceptación de la mesura frente al exceso (ver sobre este aspecto: Tzvetan Todorov/Louis Valsa, “El eterno retorno de la ‘Hybris’”, Claves de la Razón Práctica, nº 229, 2013, pp. 98-105). De hecho, si miramos a España su crisis multipolar derivaría principalmente de haber incumplido esos dos principios. Volviendo al nacionalismo, por ejemplo (pero podría extenderse sin dificultades al resto), sus presupuestos se fundamentan en dos axiomas: sus problemas son culpa de España y no la responsabilidad de los  propios gobiernos nacionalistas con más de 30 años de presencia ininterrumpida, y la autonomía o el auto-gobierno debe conceptuarse sin límites, optando por romper la baraja antes que por el compromiso (que tan bien representaba el pacto constituyente).

Por último, termino con una referencia a otro libro de Todorov (El miedo a los bárbaros: Más allá del choque de civilizaciones, ed. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2008), donde se diferencia entre sociedades y culturas marcadas por el miedo y las que lo son por el resentimiento. Creo que podemos afirmar que España es una sociedad marcada por el miedo y Cataluña está guiada (crecientemente) por el resentimiento. Ambas emociones nos llevan al fracaso por lo que conviene sentarnos al diván, superar nuestros complejos, y mirar juntos al futuro.

 

10 comentarios
  1. Gulliver
    Gulliver Dice:

    En contra de lo que plantea el autor, tal vez los enemigos de la unidad de España no sean los españoles que han tenido una actitud más complaciente con el nacionalismo, sino los que se han opuesto frontalmente. A veces una olla a presión necesita una válvula para dejar escapar parte del vapor y no estallar.

    No es casualidad que el umbral crítico de apoyo popular al secesionismo en Cataluña se haya traspasado durante el gobierno de Rajoy que, nominalmente, se opone al nacionalismo con más fuerza que los que fueron gobiernos de Zapatero.

    Son muchos los factores que han contribuido a traspasar ese umbral de ansia de independencia, entre ellos la crisis económica, pero algunos de los hitos que son considerados importantes en Cataluña, ya sea como razones, ya sea como excusas, han sido la sentencia del Tribunal Constitucional acerca del Estatuto de Cataluña y la negativa a un pacto para que Cataluña pueda tener autonomía fiscal. Una actitud más flexible en estos puntos podría haber disminuido la sensación de agravio, no ya la insaciable de los políticos nacionalistas, sino entre los ciudadanos de Cataluña. Podría haber debilitado el apoyo popular al movimiento secesionista, y quien sabe si desactivado una voluntad de independencia que a mí me parece ya irreversible.

    Me miro en el espejo de nuestros “enemigos externos”, con los que mantenemos disputas territoriales, y veo la actitud flexible del gobierno de Cameron con Escocia, que incluso ha permitido que se decida el futuro de Escocia como país independiente en un referendum en el que solo votarán los escoceses. Seguramente Cameron con su actitud “claudicante” consiga que Escocia siga formando parte del Reino Unido. Sin embargo no puedo ser optimista respecto de Cataluña.

    Tal vez nuestros enemigos sean los que son demasiado rígidos para aceptar que el modelo constitucional es susceptible de reformas, que nuestras instituciones políticas y nuestro modelo territorial es mejorable, que la Constitución de 1978 fue fruto de un momento histórico pero que 35 años después nuestro país ha cambiado tanto que está irreconocible y el traje que le servía entonces tal vez no sea el más adecuado para el momento actual. Un nuevo pacto constituyente que acomode las tendencias centrífugas y centrípetas de nuestro país y que racionalice el modelo territorial podría haber servido para que podamos convivir juntos durante largos años. Pero tal acomodo de las ansias centrífugas habría sido considerado como demasiado complaciente por el autor.

    • Páradox
      Páradox Dice:

      Gulliver, Décadas de complacencia con el nacionalismo y de continuas cesiones no han servido para apaciguarlo, sino sólo para radicalizarlo. Para un nacionalista una vez tomada una trinchera sólo importa la siguiente a tomar. Lo mismo le pasó a Camberlain con Hitler (otro nacionalista), por cierto.
      Es cierto, sin embargo, que el error puede estar en no darles una “válvula de escape”. Es decir, en enseñarles la puerta de salida a la vez que se les niegan privilegios. Para eso no habría que temer una reforma constitucional. Para eso, no para dar a las élites caciquiles regionales aún más poder.

    • Manu Oquendo
      Manu Oquendo Dice:

      Un breve comentario acerca de algo que aparece en el texto de Gulliver y que me parece que no procede.

      No procede compararnos ni traer a colación a Cameron y sus problemas territoriales porque, como su propio nombre indica, The United Kingdom es la unión de varios reinos y provincias sin más constitución que lo que en cada momento decida su parlamento, bendiga su reina –madre y cabeza de su iglesia–, y sea conforme a sus tradiciones. Esto de las tradiciones es algo que los Británicos respetan bastante, al contrario que nosotros.

      Por contra, en España, —que como estado antecede de largo al Reino Unido– hay una Constitución bien reciente. En ella es posible encontrar cosas buenas. Una de ellas es que cuente la opinión de todos al estudiar conjuntamente la conveniencia de una segregación territorial identitaria.
      Esto de “lo identitario” llevado a estos extremos es de sillón de psicoanalista y asunto aparte porque raya en lo patológico.

      Pero consultar a todos lo afectados es lo mínimo.
      A ver si va a resultar que unos pocos van a pesar más que el todo.

      Que algo tan elemental surja como digno de debate indica el grado de nuestra dejadez colectiva de la que que unos pocos se aprovechan a expensas de todos.

      Saludos

  2. Curro Arriola
    Curro Arriola Dice:

    Respetado Alberto, interesante la conclusión pero creo yo no menos interesantes los caminos por los que llegas a ella.
    Empiezas poniendo como primer ejemplo la Iglesia Católica (que por cierto, si su existencia puede estar alguna vez amenazada de verdad, hasta el punto de que su extinción en este mundo sea posible, en tal caso los primeros en desear dicha extinción seríamos los católicos. Por que “creemos” -por Fe, no por razón- que eso no es posible. Si puede desaparecer es todo mentira, y estamos perdiendo el tiempo).
    Y luego te sale lo de “creer” en España. ¿Más fe?
    Tus tiros evidentemente no van por ahí; destacas con razón que con semejantes “socios” no hacen falta “enemigos” para cerrar el chiringuito. Muy verdad.
    Pero te han salido la Iglesia y el creer por medio. ¿No será que la existencia de España, históricamente, es muchísimo más una cuestión de Fe que de Economía? ¿Que sin Fe España no tiene absolutamente ningún sentido?
    Con criterios estrictamente materialistas, lo que nos interesa es “España Gibralteraña”. Y a forrarnos todos, que son dos días.
    Saludos.

  3. javier
    javier Dice:

    Desde luego el objetivo que tienen muchos partidos políticos, y organismos autonómicos, (haciendo referencia sobretodo al nombrado en el texto) consiste en vilipendiar a los demás para hacerse grandes entre ellos tratando de cubrir con arena los baches que tienen en su carretera. Casos de corrupción que sirven a los partidos para enseñar a sus masas que hay “otros mas malos” y así contentar a los suyos, es ese el primer error, nuestra mala critica hacia ellos, que hacen que se crezcan y sigan cometiendo los mismos errores (las mismas lineas de corrupción durante 20 años), porque hay peores que ellos, para sí, son los “menos malos”. En cuanto lo comentado en el primer comentario en el ultimo párrafo sobre la constitución, a lo largo de nuestra historia es la que mas ha durado, y mejor ha servido, no creo que haya que cambiarla en su totalidad, pero si es cierto que algún apunte de más se debería hacer, retocando algunas cuestiones, acerca de la corona y Comunidades sobretodo. En mi opinión, en muchos casos no hay que cambiar leyes, ni constituciones, está en ser críticos, que haciendo lo que hacen que sepan que no pueden tener así a nadie de su parte, si les dejamos manejar el poder a su antojo después de las elección, pronto se corromperán, y tarde o temprano nos enteraremos, y ahí debemos sentenciarlos

  4. Marco
    Marco Dice:

    El artículo es muy interesante y la página también.
    Creo que el problema del nacionalismo periférico es que hay diferentes medidas y diferentes valores. Me refiero a la particularidad vasca y navarra y que hace que el resto de las autonomías tiendan a reclamar lo mismo. Si yo fuera catalán lo que pediría es lo mismo para todos.
    Luego, creo que ha habido un error de fondo a la hora de asignar recursos de las zonas que tiran económicamente a las zonas que no tiran o que no pueden tirar en todos los sectores. Si Cataluña y la zona cantábrica tienen una posición menos excéntrica y tienen una base industrial, allí deberían ir las inversiones del estado, o sea, que las transferencias deberían ir hacia aquellas zonas en vez de sustraerlas de allí. No todas las autonomías pueden competir en igualdad de condiciones con la industria europea y mundial. No voy a hablar aquí del aislamiento al que las élites del estado y sobretodo centralistas indujeron al país mientras en Europa estaban construyéndose miles de km’s de vías férreas, pero creo que ahí hay mucha inercia que desemboca en estos acontecimientos, o se hace borrón y cuenta nueva y, se hace una reforma de la ley electoral y de la ley fiscal, y se invierte en las zonas que más tiran y que atraerán a gentes de otras zonas con más paro o las tensiones seguirán.
    Otra idea, más amplia y que seguro da para un eterno debate es que, a mi entender, España no debería llamarse España hasta que ésta no esté completa, con Portugal, Andorra y Gibraltar. El proyecto unificador no está completado y creo que ese nombre está reservado al conjunto de la península no a una parte, aunque sea la mayor. Si es necesario que se cambie el nombre para emprender un proyecto nuevo, se cambia, sea Unión Ibérica, Unión de Pueblos Ibéricos o, simplemente Iberia. Cada vez contemplo este camino como el más factible.

    Hace falta una renovación total. Porque la constitución del 78 fué un parche parra abandonar una etapa oscura se mire por donde se mire.

  5. ENNECERUS
    ENNECERUS Dice:

    “Todorov menciona como enemigos “íntimos” de la democracia al mesianismo, el ultraliberalismo y el populismo.”

    Es curioso que mencione al ultraliberalismo (que no veo en las democracias por ninguna parte, salvo que se refiera al ultramercantilismo o ultracapitalismo de estado, en España felizmente bautizado como capitalismo castizo) pero no al totalitarismo, que es ínsito a la democracia como puso de manifiesto Alexis de Tocqueville en “La democracia en América” a principios del siglo XIX.

    Porque muchas de las denuncias de este blog demuestran un sentido cada vez más totalitario de la democracia: O es con un estado “social” o no es democracia; sólo se tolera la discrepancia dentro de lo políticamente correcto; no hay límites para la intervención estatal en el sentido deseado por la mayoría previamente adoctrinada; los derechos individuales son cada vez más percibidos como prescindibles e incómodos, quedando reducida la condición de ciudadano a la de perceptor de los bienes públicos que manan del todopoderoso Papá Estado.

    Es tópico afirmar que los adjetivos sientan mal a la democracia. Discrepo. Hay un adjetivo, yo diría que sustantivo, sin el cual la democracia es la peor de las dictaduras. Ese adjetivo es liberal. La democracia o es liberal o es totalitaria.

    A ver si alguien pone de moda el término “ultrademocracia”, igual a abuso potencialmente ilimitado del poder por parte de una casta dirigente elegida “libremente” por los ciudadanos, sujetos pasivos de un sistema fiscal cada vez más extractivo.

    ¿Cómo nadie va a creer en una nación reducida a un estado así? Contestando a Curro Arriola, yo me apunto a ser gibraltareño. Al menos, nos forramos y si quieres ir a misa todos los días, nadie te criticará por ello ni te señalará con el dedo. Y lucirás con orgullo tu bandera “multinacional”.

  6. Alberto G
    Alberto G Dice:

    Gracias a todos por los comentarios. Hablando de Gibraltar, ¿por qué un pseudo primer ministro alentador de ilegalidades y corruptelas se atreve a echar bloques de hormigón y ganar terreno al mar o torpedear a los pesqueros españoles? Porque nos ve débiles y divididos. ¿Qué hacen los nacionalistas o incluso algunos partidos y periodistas nacionales? Invitar a los gibraltareños a la diada o alentar sus reivindicaciones. ¿Sería esto pensable en el Reino Unido o en Francia o en Alemania, incluso desde Escocia, Bavaria o Córcega? Evidentemente no. Así nos va.

    ¿Hay que dar una válvula de escape? El País Vasco y Cataluña cuentan con una autonomía que ni soñaban en el año 1975. ¿Ha servido para algo? El plan estaba claro desde el principio, al menos en la mente de Arzallus y Pujol, romper poco a poco el cordón umbilical. ¿Poca generosidad por parte de España o engaño por parte de los nacionalistas? Ustedes elijan. ¿Ejemplo Reino Unido o Francia? ¿Saben ustedes el estatuto que tiene el gaélico en la enseñanza en Reino Unido? ¿Saben las competencias que tiene la cámara y el gobierno escocés? ¿Y es Francia, el Estado más centralista de Europa el ejemplo a segur? ¿de veras?

  7. Isma
    Isma Dice:

    El mayor enemigo de la Nación -política y sentimental, si se me permite este término último- es su propio Estado, débil, enfermizo y pisoteado.
    Cuando hablamos de separatistas no nos olvidemos de una cosa. El separatismo no ha ganado por sí mismo, sino por el desdén de los que nos sabemos españoles y por el clientelismo PP-PSOE-IU que han vendido a su país y a su pueblo -empezando por la educación- al mejor postor.

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