Lecturas recomendadas: “Juristas y enseñanzas alemanas I”, de Francisco Sosa Wagner

Cuenta Amos Oz -el genial novelista israelí- que descubrió su vocación literaria leyendo una novela norteamericana una tarde de verano, en el kibbutz; pero no de Hemingway ni de ningún otro escritor excesivo de la misma estirpe, cuyas obras están plagadas de aventureros taciturnos y mujeres fatales y seductoras, sino la novela de un escritor casi desconocido sin más personajes que los humildes vecinos de su diminuto pueblo.[1]

Ni Sosa Wagner es precisamente un autor desconocido, ni los personajes que describe en su último libro se caracterizaron nunca por su insignificancia o por habitar alguna pequeña localidad perdida en el mapa (exceptuemos Karlsruhe) sino que su obra versa sobre los publicistas que configuraron la gran tradición administrativista germana en sus más célebres universidades durante los años de la postguerra (1945-1975). Pero la relación con la anécdota de Oz deriva del hecho indiscutible de que cuando un autor, también en el mundo jurídico, describe con enorme talento un tema que conoce a la perfección, por muy concreto que éste sea, el lector interesado que tenga los ojos abiertos, aunque su especialidad esté muy alejada en principio de aquellos intereses, no aprenderá sólo acerca de la materia que éste analiza, sino, como en el caso de Oz, de algo de mucha importancia para su propia vida; es decir, acerca -en este caso- del papel que desempeña el Derecho y los juristas en cualquier sociedad, y, por extensión, de la vida política que, como inevitable consecuencia, nos ha tocado vivir.

El autor es consciente de estas implicaciones y ha subtitulado el libro “Con lecciones para la España actual”. En el último capítulo destila cinco muy evidentes. Pero, aunque se agradecen, quizás no hubiera sido estrictamente necesario, porque antes de llegar a él el lector ya está lo suficientemente deprimido.

Para nosotros Alemania es, sin duda, una buena piedra de toque. A los españoles nos gusta regodearnos en nuestra lamentable historia de división ideológica y territorial, pero, comparada con la alemana, parece casi tierna y artificial (respectivamente). Tras la hecatombe de la guerra, los alemanes tuvieron que reconstruir un Estado radicalmente desde cero, y aunque es cierto que a veces eso puede ser una ventaja, la teórica herramienta a su disposición se limitaba a una tradición jurídica localizada en las antípodas de lo que el nuevo Estado democrático necesitaba. Además, en el esfuerzo se involucraron juristas de la más heterogénea procedencia, cuyas vidas y peripecias relata el autor con su habitual gracia, desde los entusiastas colaboradores con el nazismo (excluyendo sólo a algunos completamente irrecuperables, como Karl Schmitt), hasta los exiliados y represaliados, pasando, por supuesto, por toda clase de tibios.

Todos pusieron su granito de arena y la verdad es que no les fue del todo mal, a la vista de los resultados. Construyeron una ciencia del Derecho Administrativo como “Derecho Constitucional concretado”, que tuvo además una gran influencia en nuestros mejores publicistas, pero que allí cuajó no sólo en los libros de texto, sino en la vida política del país. Las diferencias con el caso español son bastante obvias y el lector las va descubriendo con facilidad: la lealtad de los diferentes Estados con la federación, el rigor e independencia del Tribunal Constitucional, el vigor de la participación ciudadana, el respeto institucional, la concepción de la Administración como prestadora de servicios, el principio del mérito en la promoción universitaria, etc.

Pero como todos los buenos libros, éste también te obliga a reflexionar por tu propia cuenta después de haberlo terminado. ¿Dónde está la clave que explica la diferencia? ¿Sólo en la arquitectura institucional, como defiende hoy en día una corriente muy en boga? No me parece que la cosa sea tan sencilla y el libro de Sosa lo muestra con mucha evidencia. Existen aspectos en los que sin duda el diseño institucional resulta decisivo. Si la universidad alemana es meritocrática y no endogámica, como la nuestra, es debido a la prohibición de trabajar en la misma universidad en la que uno se ha doctorado (“la prohibición de los de casa”) como ocurre en los países más avanzados. La localización del Tribunal Constitucional en Karlsruhe, muy alejado geográficamente de la política de partido, tuvo también su importancia. Pero, por otra parte, ¿acaso la lealtad federal es un producto institucional? ¿Y el respeto a los “principios no escritos” de la Ley Fundamental? En los magistrados del Tribunal Constitucional alemán abundan los ex políticos con carnet de partido, dado que no hay ninguna norma que lo prohíba, pero, ¿por qué entonces sus sentencias son indefectiblemente elogiadas por su imparcialidad política y por su rigor técnico?

No se me ocurre otra explicación que la buena educación. En un sentido amplio, claro está.

Un aspecto interesante de la sociedad alemana, que el autor se detiene a analizar con cierto detalle, es el de la participación cívica, tanto de las personalidades relevantes como de los ciudadanos de a pié. En Alemania los ex presidentes de las instituciones más importantes no se muerden la lengua a la hora de criticar (lealmente) los fallos del sistema y de proponer su reforma. Los ciudadanos demuestran a todas horas un activismo social que a veces puede resultar agobiante, pero democráticamente muy sano. Cualquier problema social –no digamos un escándalo- genera el nacimiento de decenas de plataformas dispuestas a salirle al paso de inmediato. Las relaciones de los Estados con la federación escapan a fórmulas organizativas concretas y están presididas por un mutuo compromiso de relación constructiva y amistosa, alejados de cualquier vehemencia que los alemanes no tolerarían. Los jueces del Tribunal Constitucional tienen carnet, sí, pero, una vez nombrado, el juez sólo tiene en mente una cosa: cómo valorarán los alemanes su labor como magistrado…

¿Cómo se consigue algo así? Abandonemos explicaciones culturales y religiosas –un jardín atractivo pero peligroso- en el que el autor tiene la prudencia de no introducirse, y fijémonos en cambio en un par de comentarios, uno de Adenauer y otro sobre Adenauer, que sí se recogen con mucho acierto. Si hay una frase que el famoso canciller repetía de manera constante en sus discursos parlamentarios es: “Primero, la libertad; luego, la unidad”. La configuración del Derecho Administrativo como Derecho Constitucional concretado, como un Derecho para la libertad que invade paulatinamente todos los recovecos sociales disolviendo “especialidades” y privilegios, debe mucho a este empeño. La frase sobre Adenauer se la debemos al gran Sebastian Haffner: “Adenauer nos haría ver que la democracia no era incompatible con la autoridad, es decir, reconcilió a los alemanes con la democracia”. Y si le fue posible es precisamente porque puso en valor al Derecho como herramienta privilegiada de esa libertad. Que las normas están para cumplirlas, es algo que los alemanes todavía no han olvidado.

Por eso, quizás, después de todo, la buena educación sea también producto de un sistema institucional que funciona y en el que resulta posible confiar, al igual que un sistema que funciona se conserva, indudablemente, gracias a la buena educación. Nosotros, por nuestra parte, hemos hecho mucho por destruir un marco institucional que, con todas sus carencias, funcionaba razonablemente, pero que ahora está en proceso avanzado de demolición, y en lógica contraprestación tenemos ya muy poca educación, lo que facilitará sin duda el proceso final. Hemos puesto en marcha un círculo vicioso que si dejamos seguir rodando terminará arrollándonos. Es posible romperlo, sin duda alguna, depende de nosotros. Tomar conciencia de la situación es el primer paso para ello, y de ahí el gran mérito del libro que hoy glosamos.

 

Juristas y enseñanzas alemanas I (1945-1975). Con lecciones para la España actual, de Francisco Sosa Wagner, Marcial Pons, Madrid, 2013.

 



[1] Para los curiosos, se trata de la novela “Winesburg, Ohio”, de Sherwood Anderson.

14 comentarios
  1. G Moreno
    G Moreno Dice:

    Muchas gracias por la recomendación. Me permito aportar otra del mismo autor, también sobre juristas alemanes, aunque, en este otro caso, sobre todo del siglo XIX y principios del XX. Se trata de “Maestros alemanes del Derecho Público”. Coincido con Rodrigo Tena -y con muchos otros- en la importancia de la educación. Precisamente, en la obra que acabo de citar, sobresale la impresión de que los principios que regían el funcionamiento de las Universidades alemanas en el XIX tienen mucho que ver con el predominio de Alemania en ámbitos académicos como la filosofía y el derecho (por citar sólo aquellos que conozco).

  2. Juan Ciudadano
    Juan Ciudadano Dice:

    Sherwood Anderson no es un autor desconocido en España; la obra que cita fue publicada por Espasa Calpe en la venerable colección Austral. Para quienes no la hubiesen leído y tengan interés en leerla pueden encontrarla en ediciones recientes de las editoriales Cátedra y Acantilado. Y no es menos importante que los literatos americanos de la llamada Generación perdida. Harold Bloom incluye Winesburg, Ohio, en lo que considera que debe ser el Canon Occidental.

  3. Rodrigo Tena Arregui
    Rodrigo Tena Arregui Dice:

    Me alegro de que Anderson sea tan conocido hoy en España, pero en esa época no lo era ni en el propio EEUU. Reproduzco a continuación el comentario al respecto de Amos Oz:
    “Y una vez tuve la oportunidad de devolverle un céntimo o dos de mi deuda: allí, en Estados Unidos, el extraordinario Sherwood Anderson, coetáneo de William Faulkner, casi había caído en el olvido. Sus libros solamente pululaban por algunos departamentos de inglés. Y resulta que, hace unos años, recibí una carta de la editorial Norton: tenía intención de reeditar una colección de relatos de Sherwood Anderson titulada “Muerte en los bosques y otros relatos”, y había oído el rumor de que yo me contaba entre sus admiradores, por tanto tal vez haría el favor de escribir dos o tres líneas promocionales para la cubierta del libro.”
    Amos Oz, “Una historia de amor y oscuridad”, Siruela, p. 593.

  4. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    Ya está en las librerías “Er ist wieder da”, traducido por “Ha vuelto”.
    Su autor es un hombre joven, Timur Vermes, nacido en 1967, que cuenta las impresiones de Hitler, al despertar de un largo sueño y contemplar el panorama actual.

    Rodrigo, en su instructivo artículo, ha dejado caer dos perlas que me han hecho recordar el libro de Timur.

    La primera es su renuencia a pasar por alto la convicción totalitaria de Karl Schmitt y, la segunda, tratar el asunto central de su artículo omitiendo referencias culturales y religiosas por ser “jardín atractivo y peligroso”.
    Efectivamente, lo son.

    Los tres “personajes”, Schmitt, la “cultura” y la “religión” son armas arrojadizas de uso cotidiano.
    A pesar de ello perdemos con las etiquetas impuestas por los gestores político culturales. Los dictadores de lo correcto.
    Esto también ha sucedido con Sherwood Anderson por motivos poco claros puesto que es el escritor que ha influido con más fuerza en una gran generación de escritores USA. Steinbeck, Faulkner, Wolfe y Hemingway.
    Quizás sus devaneos mercantilistas, su talento comercial o su difícil ubicación por una ideología obsesionada en asignar a cada persona una clase social.
    Esperemos que gracias a Marcial Pons no suceda lo mismo con Sosa Wagner. Pienso comprar el libro.Y leerlo, claro.

    El caso es que por curiosidad me he ido a ver qué dice la Wiki en español sobre Karl Schmitt y me he encontrado con esta perla.

    “El Estado total es aquel que ha superado el momento liberal. Es un Estado fuerte, que se inmiscuye en todas las esferas de la vida en sociedad”.

    Esto mismo debió de encontrar Timur Vermes antes de comenzar a escribir “Ha vuelto”.

    Buenos días y, de nuevo, enhorabuena por el artículo y los comentarios.

  5. KC
    KC Dice:

    Me pregunto cómo no iba a ser diferente Alemania de España cuando en el caso del segundo su Derecho Administrativo es pura ficción y además algunos de sus teóricos son unos ignorantes y chapuceros prácticos de tomo y lomo. Aparte de ser auténticos analfabetos en lo que no es su materia. Obviamente no voy a decir aquí nombres, pero es lo que hay. Me encantaría poder decir lo contrario, pero estaría mintiendo. Y ahí por supuesto que influye mucho lo que sea cultural y religioso, porque son elementos que tienen mucho que ver con lo que pueda ser la “buena educación”; así que de “jardín peligroso” más bien poco. Sobre este tema tarde o temprano irán apareciendo variados ensayos.

    Por cierto, en España, el lector medio acabaría llamando neoludita a Anderson. En Gran Bretaña o Alemania lo verían como alguien que se preocupó por el efecto industrializador en la población y que posiblemente rellenó de algo más que aire las cabezas de quienes debían regular esas cuestiones.

    Esa diferencia pocos la van a comprender, pero es muy, muy importante. Y es la que provoca que unos estén dónde están.

    • Cvm Privilegio
      Cvm Privilegio Dice:

      “Y ahí por supuesto que influye mucho lo que sea cultural y religioso, porque son elementos que tienen mucho que ver con lo que pueda ser la “buena educación”; así que de “jardín peligroso” más bien poco.”

      Estimado KC, estamos hablando del Derecho Administrativo en España. ¿De acuerdo? Ahora, medite un momento: compare, por favor, el derecho administrativo actual con el resultante de las grandes leyes de los últimos años 50. Recuerde a qué movimiento religioso pertenecían los impulsores y redactores de estas. Y quizás estará de acuerdo con quien afirme que se trata de un jardín peligroso 🙂

  6. Noé
    Noé Dice:

    Enterría no era del Opus, Garrido Falla tampoco, Villar Palasí tampoco, según el mismo afirmo hace pocos años en El Mundo. García-Trevijano Fos, tampoco. Ni Antonio Carro Martínez. ni creo que Segismundo Royo Villanova, según me dijo un sobrino suyo hace pocos meses.

    López Rodó, sí.

    A qué otros redactores e impulsores se refiere usted, Cvm?

    Hay mucho mito sobre este asunto.

  7. Andres
    Andres Dice:

    Muy buen post, Rodrigo, leeré el Libro de Sosa Wagner sin duda.

    Me ha gustado también la referencia a Sebastian Haffner y su cita sobre Adenauer. ¿De qué libro es? Yo lei hace un par de años “Historia de un alemán” sobre la gestación del nazismo y me pareció impresionante. Una joya.

    • Rodrigo Tena Arregui
      Rodrigo Tena Arregui Dice:

      Tranquis, lo he sacado de la bibliografía del libro de Sosa. Dejaré que sea él el que nos lo traduzca…. 🙂
      Y sí, “Historia de un alemán” es buenísimo.

  8. Patricia Pérez
    Patricia Pérez Dice:

    Muchas gracias por el post y por la recomendación. Como nativa (más de 21 años en Alemania) le doy la razón en lo que señala: imparcialidad, buena educación, participación continua en las cuestiones “sociales” o políticas… Creo que una de las diferencias esenciales es que allí la gente cuida especialmente bien lo que es de todos, los bienes “públicos”, también lo que es de cada uno, sí, pero existe una preocupación especial por cumplir las normas para que lo que es de todos siga beneficiando a todos. Por supuesto hay excepciones, como en todas partes. En cuanto al sistema universitario lleva razón el autor del post cuando menciona la meritocracia. He pasado los últimos 2 años allí con motivo de la elaboración de mi tesis doctoral y conozco bastante bien el sistema universitario alemán. Los que quieren dedicarse a la investigación y docencia en la Universidad tienen que hacer una especie de segunda tesis doctoral, más profunda y elaborada que la tesis, la denominada “Habilitation”. Posteriormente entras a formar parte del “mercado laboral universitario” y es la Universidad que esté interesada en ti la que directamente tiene que llamarte (Ruf), teniendo en cuenta tu currículum. En lo que se diferencia el sistema universitario alemán del español es además en su carácter más selectivo. Se podrá o no tachar de elitista, pero lo cierto es que aquí la educación universitaria se generaliza y la formación profesional parece no tener ninguna importancia, o más bien poca. Creo que eso es un error. Allí con una formación profesional ganas por regla general bastante, y puedes vivir muy bien. Aquí parece que todo el mundo tiene que estudiar una carrera… ¿no se devalúan de esta forma los títulos universitarios?
    En cuanto a la educación, lo decía Ortega y Gasset en el Tomo V de sus Obras Completas, “Alemania puso su existencia (…) a la carta de organizar la vida colectiva. (…) Claro es que toda vida es ya organización. Quiera o no, el hombre es miembro de una colectividad y rinde en ella servicios. Pero puede rendirlos de mala gana o, al contrario, “dedicarse” a ellos, entregarse a fondo y sin reservas a ejercitar esas funciones que le atañen como miembro de la colectividad, en suma, poner a ello su vida”. En relación a los funcionarios alemanes decía Ortega y Gasset además que “su verdadera vida estaba en el ejercicio de su cargo: fuera de él, “no sabe qué hacer”. No estoy diciendo, por supuesto, que en Alemania sea todo perfecto, pero en general, mi experiencia propia se corresponde con algunas de las cosas mencionadas por el autor del post y con lo que acabo de escribir. Gracias de nuevo, un saludo cordial.

  9. Luis Villameriel
    Luis Villameriel Dice:

    Echaremos un vistazo al libro del profesor Sosa. Dicho esto, yo creía que el Derecho Administrativo lo habían inventado los franceses y su Consejo de Estado. También pensaba yo que el mejor constitucionalista nacido al este del río Rin no era alemán sino vienés, que redactó una famosa constitución que llevaba dentro un famoso tribunal constitucional allá por 1920, y que lamentablemente tuvo que salir pitando de la mismísima Alemania allá por 1933. Cosas, quizá inexactas o imprecisas, que le enseñaron a uno en una facultad (española) de provincias, allá por los años setenta del pasado siglo.

    Saludos.

  10. Isaac Ibáñez García
    Isaac Ibáñez García Dice:

    Muchas gracias Rodrigo por la recomendación de la lectura de este libro.

    Coincide mi lectura de las primeras páginas del mismo, que me han provocado cierto embelesamiento, con la presentación hoy, del libro de memorias del denostado (a mi juicio con razón plena) ex Presidente del Gobierno señor Rodríguez Zapatero.

    La Ley Fundamental del año 1949 tuvo que someterse al “placet aliado”, con ausencia de la participación directa del pueblo y, como indica SOSA WAGNER, todos los textos constitucionales de la época “no desplazaron lo que podríamos llamar el Derecho emanado de los órganos militares de ocupación”, el “protectorado”, etc.

    Veo cierto paralelismo entra aquel status quo alemán y el actual status quo español desde la NEFANDA presidencia del que hoy quiere lavar sus pecados y mostrarnos su “propia historia”: Se aprobó, sin la participación del pueblo y a toda primas una reforma constitucional de gran calado y, desde entonces, estamos bajo la atenta mirada y protectorado de nuestros aliados europeos (“recomendaciones” constantes de organismos europeos, etc).

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