Comentario de Camus: el fútbol frente al suicidio

“No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de  ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía”. Así de rotundo abría  Camus  El mito de Sísifo que vería la luz en 1942 junto a El extranjero. Se ve que  escribía como vivía: sin concesiones a la galería. Por eso para él toda elipsis y escamoteo  era una forma de estafa inadmisible.  Y sin embargo, a pesar de la crudeza de su obra en torno al absurdo, Camus no se suicidó.

De ahí que al celebrar ahora los cien años de su nacimiento el 7 de noviembre de 1913, bueno sería preguntarnos precisamente esto: cómo un hombre para quien la vida  era esencialmente  absurda evitó quitársela. Camus eligió ser un condenado a muerte a un suicida: justo lo más opuesto.

“Matarse es en cierto sentido, confesar. Confesar que la vida nos supera o que no la entendemos”, escribía en plena guerra europea.  Y sin embargo, también  para él la vida y el mundo eran algo precisamente inexplicables, donde uno no tiene más opción que sentirse extranjero como un destierro sin remedio pues nos encontramosprivados de los recuerdos de una patria perdida o de la esperanza de una tierra prometida”. Este divorcio entre cada hombre y su vida es propiamente el sentimiento de lo absurdo que corona toda su obra. Y como en Kierkegaard y Dostoievski para Camus comprobar el absurdo es aceptarlo, sin hacerse trampas. La honestidad no deja otra salida: Camus la tenía  a raudales. Un hombre que toma conciencia de lo absurdo queda, pues, inexorablemente ligado a él. Por eso su vida- y su obra- fue tan agotadora: vivir en el presente del infierno y del pecado sin Dios, como definía él mismo la absurdidad.  Y por eso, también, Sísifo era su héroe. Le gustaban las causas perdidas ya que no las había victoriosas.

Mas con todo, repito,  ante la evidencia de lo absurdo que nos hace  espeso el mundo, Camus  prefirió  vivir sin esperanza pero vivir,  haciendo suyo aquel tremendo aforismo de Nietzsche que transcribe textualmente: “Lo que importa no es la vida eterna, sino la eterna vivacidad”.

¿De dónde aprende tan pronto Camus ese ascetismo del vivir absurdo, sin esperanza alguna  pero sí, a cambio,  con esa  rebelión  suya que no es sino la seguridad de un destino ciertamente aplastante sin la resignación que debería acompañarla? Séame permitida una hipótesis: surge de la práctica temprana del fútbol mismo, especialmente en el puesto de portero. Y es que Sísifo tiene mucho de  guardameta: aquellos que  hemos jugado  al fútbol a fondo sabemos esa gran verdad. Y el Camus más feliz y más inocente fue aquel que en su mocedad hollaba los verdes campos de césped argelinos, entre los cuatro palos de las porterías blancas. Todo estadio era  hogar.

Por eso mismo, si hay una declaración  de Camus que se ha tomado muy poco en serio, a lo más como una boutade de un  joven Nobel, es  la siguiente: “Después de muchos años en que el mundo me ha permitido diversas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de la  moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol; lo que aprendí con el RUA no puede morir.” Pero  Camus odiaba mentir.

Es el RUA el Racing Universitario de Argel, donde milita como semiprofesional hasta los diecisiete años recorriendo Argelia como portero.  Y un portero muy bueno. Antes, en la categoría de alevines,  comienza a jugar en el Mompensier, tras apasionarse por  el futbol en el recreo de su colegio. De la época del Mompensier cuenta desde su portería: “Aprendí que el balón nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice recta”. No es poca enseñanza vital y antropológica. Como Sísifo sabe el deportista –el guardameta, de manera eminente-  que el esfuerzo de hoy no sirve para el partido de mañana que empieza siempre ex novo. Jugar -y parar mayormente-  es subir de continuo  aquella inmensa piedra que sabemos que volverá a rodar monte abajo.  A la parada o estirada de ahora no le da tiempo al descanso deleitoso: el próximo balón ya se aproxima. Parar es levantarse como vivir es defenderse. Si no me puedo reconciliar con el absurdo, el fútbol me enseña  que sí me puedo rebelar  y hacerle frente. La portería le marcó  su altivez.

Y  así Camus descubre juvenilmente el gran secreto de su vida y obra: que en sus idas y venidas Sísifo era feliz. Como él lo fue  en la deportiva seriedad  del absurdo futbolístico, donde disfrutaba como en ninguna otra parte según confiesa: “Me devoraba la impaciencia del domingo al jueves, día de entrenamiento, y del jueves al domingo, día de partido”.  Y en el campo de fútbol encuentra bajo los palos eso que el mundo no puede dar: familiaridad y acogida. Bajo la portería me muevo en mis dominios y en ella mando yo junto a mi equipo frente al sinsentido.  Un yo ciertamente  perecedero que dura los noventa minutos del partido, para volver a imperar  en la contienda siguiente bajo las reglas teatrales de ese gran juego colectivo. Como el actor, es también el futbolista-no digamos el portero- un mimo de lo perecedero: no hay en el fútbol- ni en el teatro- atisbo de eternidad sino pura fugacidad vivida. Y tampoco nostalgia ni esperanza, que serían ciertamente mentirosas: en el fútbol ni se recuerda ni se espera; se juega. He ahí el  absurdo en el pleno sentido que encierra la única verdad: la vida como desafío, sabiendo de antemano que uno saldrá derrotado. Como a menudo salía el RUA con la portería perforada. La obra literaria de Camus no es más que eso: el hombre que se sabe absurdo hasta sus últimas consecuencias, con plena conciencia y rebelión. Como el portero que ataja  en su portería la trayectoria inexorable de un balón, que tarde o temprano acabará entrando. Por eso también Camus es un autor esencialmente dramático.  Y solo le quedará  el fútbol y el teatro como ámbitos de la inocencia, tal y como declara: “Los partidos del domingo en un estadio repleto de gente y el teatro, lugares que amé con una pasión sin igual, son los únicos sitios en el mundo en los que me siento inocente”.

A los 17 años pierde la inocencia. Un  bacilo de Koch le obliga dramáticamente a abandonar la práctica del fútbol que para él fue cátedra moral y humana. Como si a nuestro Sísifo los dioses permutaran  el castigo: ahora  sin poder ya  ir y venir, condenado  al dique seco de Prometeo. Con su tuberculosis crónica  a cuestas solo le quedará como consuelo vivir el  fútbol  como fiel espectador de la liga francesa. Y sin embargo, Camus tampoco se rinde: le gustaba plantar cara al destino. Escribir  teatro iba  a ser en adelante su nueva mole de Sísifo, deportivamente asumida. Y qué teatro. Pero cuando años después con ocasión del Nobel un periodista le preguntó qué hubiese elegido si su salud se lo hubiese permitido, el fútbol o el teatro, Camus respondió sin titubear: “El fútbol, sin duda”. Hoy en su centenario comenzamos a entender por qué: lo que aprendió en el RUA ciertamente no podía morir.

 

4 comentarios
  1. JJGF
    JJGF Dice:

    Y qué me dice el autor del post de esa otra frase de Camus, en “Los justos” de que “hay que ser santos sin Dios”.
    El filósofo del absurdo nos conduce hacia el sentido! Gran paradoja. Muchas lecciones da este autor a tantos que presumen de vivir con sentido.

  2. Rodrigo Tena Arregui
    Rodrigo Tena Arregui Dice:

    El extranjero sólo tenía una virtud, pero era tremenda, desde luego: la de la honestidad, con los demás y consigo mismo. ¿Contribuye el fútbol algo a eso? Quizás en la Argelia de Camus y en el colegio de Orwell, pero definitivamente no ahora. Reconozco que me gusta ver fútbol bueno (y jugarlo con mis hijos), pero reconozco también que el actual fútbol espectáculo es un producto venenoso y profundamente deshonesto. ¿Por qué? Nadie lo ha explicado mejor que el propio Orwell en esta joya de 1945 que les enlazo ahora y cuya lectura recomiendo vivamente:
    http://georgeorwellnovels.com/essays/the-sporting-spirit/
    Creo que después de leerlo verán de manera distinta nuestros “clásicos” Barça-Madrid

    • José María de Pablo
      José María de Pablo Dice:

      Es que el fútbol no son los Barça-Madrid. Tienes que ver más partidos del Atleti. Difícil encontrar mejor escuela de virtudes, y de honestidad, que un asiento en el Calderón.
      (qué ganas tenía de hacer un comentario de este tipo en este blog)

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