Primera reseña del libro ¿Hay Derecho? fecho público por el Bachiller Sansón Carrasco

 

“…y así digo que es grandísimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todos los que le leyeren”

(Palabras del Bachiller Sansón Carrasco dicha a Don Alonso Quijano según se relata en la Parte Segunda Capítulo Tercero del muy afamado libro “Don Quixote de La Mancha” compuesto por Don Miguel de Cervantes y Saavedra)

Hallábase entonces quien este examen suscribe cabizbajo y meditabundo, prieso de cuitas por el muy lamentable estado al que se veía reducida nuestra Cosa Pública casi toda, cuando, tornando su mirada a un cuaderno de bitácora escrito no por un solo capitán, sino por oficiales, cobró cuenta de que otros vecinos y ciudadanos suyos, así Doctores, como Licenciados, bachilleres, oficiales o menestrales de múltiples oficios, encontrábanse igualmente compungidos por las desventuras de la Patria común de todos los omes buenos, que no es otra que esa que dicen Justicia, igual para quien masca mendrugo o gachas como para quien degusta faisán y esturión.

Fuime entonces por las calles en pos de ese alimento del ánima que se encuentra en los libros y volúmenes que con venia del Santo Oficio, plácet del Gobierno e Imprimatur del Obispado se hallan en los anaqueles de nuestras bibliotecas, librerías (así sean de lance), donde otros dejaron lo mejor de sus caletres. Y ansí de aquella guisa topeme con mención de un cierto librillo que pareciome de interés por ser autor suyo el muy afamado Bachiller Sansón Carrasco, que había tenido sus dialécticas batallas con Don Alonso Quijano como consta en la Segunda Parte de la narración más afamada de nuestro Primer Don Miguel, y empeñé la palabra con los antecitados oficiales en poner en su cuaderno de bitácora breve reseña de lo que en dicha obra, intitulada “¿Hay Derecho?” y subtitulada “La quiebra del Estado de derecho y de las instituciones en España”,  que el meritado Bachiller Carrasco dio a la imprenta en la casa del editor de apellido Península, un día quinto de las kalendas de junio del año de la era duomilésimo y décimo cuarto de la Era de Nuestro SeñorIesu Cristo (amén), y que se compone de un total de 267 páginas repartidas en diez y seis acápites más un epílogo que rinde cuenta de las desventura de cierto Monte de Piedad o Caja de Aforros, fundado en las muy nobles tierras de Segovia y desvalijado por ciertos presuntos asaltantes de caminos más amigos de lo ajenos que el mismo Caco, de tal modo que el mismo Cervantes,(removiéndose por cierto en su tumba doblemente, una por los desafueros que el libro que aquí se comenta relata y otro por las excavaciones que en donde tal tumba se halla realizan en esas mismas kalendas los modernos halladores de huesos ancestrales) hubiera exclamado nuevamente su “!Valame Dios!”.

Dime pues a la lectura de la obra, encontrando la misma deleitosa en las partes donde muestra los mejores y más ácidos humores del autor, y desazonadora en otros pasajes en los que la realidad se expone de forma directa y cruda. En cuanto al estilo, parésceme que es en ocasiones demasiado claro y directo y que por ello ciertos inquisidores y veedores podrán acaso mandar a sus alguaciles prender al bachiller autor, entre otras cosas porque no se usa en este libro una jerga oscura propia de los que las labores jurídicas profesan, sino un lenguaje accesible también legos en Derecho.

Tras dar el escritor las razones que le mueven el ánimo a escribir su “¿Hay Derecho?” pasa a glosar las desventuras por las que pasan los fueros y costumbres del Reyno, aquejado del mal del que ya advirtiesen los sabios romanos, que las muchas leyes lo son en detrimento del buen gobierno de los pueblos y del sentido común, pues si se promulgan tantas normas como hijos de San Luis ni los leguleyos serán capaces no ya de entenderlas sino de llegar a leerlas, siendo como son de pésima factura pues los licenciados en leyes e incluso Doctores han dimitido de su oficio de fazer disposiciones claras, breves y concisas, en detrimento de los ciudadanos que no saben qué deben hacer pero quedan oprimidos y desamparados, en favor de los que cuentan con fortuna para gastar sus reales en escribientes de enrevesadas cartas contractuales y advogados litigadores, que ora prestan sus servicios a las chancillerías del Gobierno ora, cual pasando por puerta que diese vueltas sobre sí propia, los arriendan con pingüe beneficio a las sociedades de mercaderes que reciben del Gobierno mismo las cartas-patentes que les hacen, como a publicanos, con negocios que les dan riquezas sin cuento a costa del contribuyente. De este modo, dice el autor, las leyes se aplican con rigor a unos y se inaplican a otros según la proximidad o lejanía a los cabildeadores y conseguidores.

A tal punto dícese haber llegado la desventura de las Españas que la antedicha Justicia ya no campa por sus fueros, sino por los que, maquinando sobre el nombramiento de los Magistrados, los Secretarios del Gobierno consiguen situar a ciertos peones o alfiles suyos en tales o cuales Audiencias, de modo que la sacrosanta independencia de los Jueces no se vislumbra salvo en unos pocos de heroica conducta que se mantienen incólumes en su sacro oficio de decir y hacer Justicia, aunque ello pese a quienes mandan y aunque con ello sufran injurias u ostracismos en vez de ser ensalzados y puestos de ejemplo de aquello que debe ser fecho . Ítem más, cuando se dicta sentencia, ocurre que la misma llega tan luego que sólo vale decir aquello de “A buenas horas, mangas verdes”, por lo que nuestro sensato bachiller propone a los ciudadanos que busquen remedio y más breves términos en árbitros y amigables componedores o mediadores que, en ejerciendo sus buenos oficios, permitan que las partes entren en razón y hallen concierto en el desacuerdo poniendo amistosamente fin a sus querellas y litigios.

Par no mentar el hecho del que se da cuenta y razón de que los Cabildos, Provincias y Ajuntamientos de las Españas se encuentran en manos de caciques que medran tejiendo redes de intereses y favores, enarbolando pabellones y pendones de este o aquél cantón procurando destruir el Reyno para su propio y particular beneficio, sembrando discordias entre los paisanos de tal o cual sitio, y, aún peor, incumpliendo y faltando a las Leyes que Su Majestad promulga para la sanidad y paz de su pueblo. Situación ésta en la que de nuevo obtienen ganancia, en pérdida de los justos, ciertos mercaderes locales vecinos de los Virreyes y otros cónsules que una vez ganado el favor y voto del pueblo, lo usan torticeramente en su propio y particular beneficio y no en el de sus mandantes y administrados, rodeándose de ministriles, ministrillos y ministros a los que les viene bien la etimología de sus cargos que no es otra que la de “minus”, menos o “minor”, menor pues sus conductas no son las de Magistrados cuyas pesada públicas responsabilidades les hacen merecedores de ese cargo que proviene de “magis” y entronca con “maior”.

Para más inri, parece ser que ciertos veedores y auditores que se nombran para el cuidado de las cosas comunes, a los que con neologismo inaudito llámase modernamente “Reguladores”, y que debieran hacer gala de independencia de criterio, por el contrario abusan de sus oficios por el mismo hecho de ser nombrados por quienes, a la postre, todo lo pretenden controlar y que, a decir del Bachiller Carrasco no son otros que los de siempre: los Verdes y los Azules, los Güelfos y los Gibelinos, los Tirios y los Troyanos, esto es los partidarios y cofrades de aquesta o aquella cofradía que anteponen los intereses particulares de su partido o vecindario a los comunes de la Nación.

En razón de todas las sinrazones que se narran en el libro del que aquí damos cuenta, ocurre que la grey se rebela y amotina y, en vez de protestar legítimamente contra sus pésimos regidores, mancilla las sagradas Leyes por lo mismo que no son de buena factura ni posible comprensión y que los primeros obligados a cumplirlas, es decir, los secretarios y alguaciles de los muchos gobiernos de las taifas ibéricas, las incumplen jactándose pública y notoriamente de ello, de modo tal que uno se encuentra en la tristura de que la ley ya no es igual para todos, sino más igual para unos que para otros y menos igual para el cibdadano de a pie, que es, a la postre, para cuya felicidad y bienestar se concibió todo el entramado y complejo sistema del Derecho.

¿Exagera acaso el Bachiller Carrasco en sus narraciones? A fuer mío que no, porque en aquellos países donde no imperan la Justicia y el Derecho, esto es, la Razón, imperan la iniquidad y la iniquidad y la injusticia, esto es, la sinrazón. Y de esta guisa nos encontramos en las Españas de este siglo nuestro en el que Dios nos ha mandado vivir. Pero propone Don Sansón entonces una solución a ello: no caigamos en el desespero, cambiar las cosas para bien depende de cada uno de nosotros, y, juntos, seremos capaces de enderezar lo torcido y desfacer los entuertos como el Caballero de la Triste Figura hizo sin desfallecer, pasando de loco a héroe al ser reconocido por todos que su idealismo no era de otra textura que la bondad, que nos hace hermanos de nuestros hermanos y en ello se ve que no somos fieras bestias a las que debe sujetarse por el cuello.

Dijo bien en otro lugar el Bachiller autor de esta obra “Mirad Sancho, que los oficios mudan las costumbres, y podría ser que en viéndoos gobernador no conociésedes a la madre que os parió”, como así parece que sucede en nuestra piel de toro.

En fin y a la postre, he tenido nueva y noticia de que el susodicho bachiller Carrasco fízose ayudar en la composición de la obra que se ha aquí reseñado de cinco acreditados jurídicos de nombres,  Elisa de la Nuez, Fernando Gomá, Ignacio Gomá, Fernando Rodríguez y Rodrigo Tena, que ofician no solo de Escribanos del Reyno o Abogados de Su Divina Majestad, sino también de gacetilleros en las muchas horas que roban al sueño y al asueto para dar a la imprenta y a sus conciudadanos noticia de los muchos desaguisados que padece las Leyes y la Justicia en nuestra Patria, de modo que en viéndose uno en malos trances desvalijado y mermado en su persona, honra o herencia por malhechores de calaña diversa, en vez de gritar a voz en grito “!A mí la Justicia!” den ganas de caer en la melancolía o ensillar a Rocinante y marchar para siempre a exilio.

Meresceme pues, en fin, la obra de Carrasco un juicio positivo. Únese a otros libros que en esta época nuestra hacen anamnesis y diagnóstico de nuestros males colectivos para que podamos sanarlos mejor antes que después, no sea que en prolongándolos se vuelvan tan insoportables las iniquidades que acabemos en el enfrentamiento y uniéndonos a la pléyade de naciones que fracasan y se pierden para siempre en las brumas de la Historia.

7 comentarios
  1. de Lege Ferenda
    de Lege Ferenda Dice:

    “La historia nos dice que César temía mucho más los entimemas y apóstrofes de un Senador, que las armas de los lictores de la República Romana, y que en el campo de los Griegos se había atribuido la toma de Troya mas bien a la elocuencia de Ulises, que al valor de Ayax” (Ciencia del Foro – Madrid, 1794)

  2. JJGF
    JJGF Dice:

    Muy original, Jesús, enhorabuena.

    Ahora, el riesgo de caer en la melancolía no nos lo podemos permitir. Pessoa decía que la melancolía es “una nada que duele”. Pero a ti y a muchos más lo que nos duele no es eso -“una nada”-, sino un conjunto de problemas bien ciertos, reales y persistentes en estos últimos lustros.

    Lo que importa no es llorar, sino arreglar esos problemas. Sin olvidar, como dijo Julian Marías, que de nada sirve el
    consenso que no nace de la concordia, y que no hay que intentar contentar a quien nunca se dará por contento (es tiempo perdido).

  3. José Mª Pérez
    José Mª Pérez Dice:

    Enhorabuena Jesús por la recensión y al bachiller Sansón Carrasco por su aportación al debate sobre nuestro devenir como nación. Esperemos que estas reflexiones y otras muchas que por ahí van apareciendo no caigan en saco roto

  4. Horatius
    Horatius Dice:

    A fe mía que a la menguada patria han fecho gran serviçio vuesas mercedes, auctores et commentador!

    ¡Enhorabuena por el libro y por la simpar reseña!

    Horatius non Poeta

  5. Jesús Casas
    Jesús Casas Dice:

    Siento no haber respondido antes, ya que he estado (estoy) en “Germania” sin tiempo de visitar el “blog”. Lo importante es el libro, que aporta una visión crítica pero necesaria de la situación del Derecho y de la Justicia en nuestra España, y el esfuerzo hecho por los autores y editores del blog en su defensa. Creo que hay que dar las gracias a todos los que alzan al menor la voz o, como dijo el poeta “piden la paz y la palabra”, para denunciar las iniquidades. Sólo se mejora aprendiendo.

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