D. José Barea y las malas prácticas de responsabilidad fiscal

En un reciente homenaje a D. José Barea en la Real Academia de las Ciencias Morales y Políticas se recordaba su labor en la Oficina Presupuestaria del Gobierno entre 1996 y 1998 como supervisor de la política fiscal que permitió cumplir con los criterios de convergencia para formar parte de la Unión Económica y Monetaria en 1999. No obstante, tras alcanzar esta meta, el Gobierno dejó de lado la senda de la responsabilidad fiscal y, de nuevo, el viejo profesor, tras abandonar su cargo público, hubo de advertir repetidamente que la mala praxis fiscal amparada en las burbujas económicas nos llevarían a una nueva crisis de las finanzas públicas. Como es conocido, sus cautelosas advertencias se vieron claramente cumplidas a partir de 2008.

Como si fuese un maldición bíblica, parecemos condenados a repetir este camino, y tras tan solo dos ejercicios de una política de consolidación fiscal que ha respetado sustancialmente los objetivos de déficits programados y los instrumentos de gobernanza creados legalmente, en el recientemente cerrado ejercicio 2014 se ha producido, como han tenido ocasión de denunciar numerosos analistas (v. gr., John Müller desde su tribuna de El Mundo o Ignacio Conde-Ruiz y Juan Rubio Ramírez en Nada es Gratis), una auténtica derogación tácita de los mecanismos de seguimiento y control de la Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria. En primer lugar, se ha dejado en letra muerta la aplicación de las medidas preventivas y correctivas previstas en el capítulo IV de la citada norma, desde la casi generalizada aprobación tardía a finales de diciembre de los Planes Económico-Financieros para 2014 necesarios para rectificar las desviaciones del ejercicio anterior, la no adopción de medidas preventivas desde el momento que en los primeros trimestres del año se observó claramente el incumplimiento fiscal de muchas Administraciones autonómicas, e inclusive la falta de aprobación por parte del Departamento de Hacienda del informe de seguimiento del único plan aprobado en plazo de la Comunidad Autónoma de Aragón. Como estrambote final, por parte del Gobierno central se ha anunciado la creación de los nuevos Fondos de Financiación Autonómica y Local que convierten en ordinario un instrumento extraordinario y temporal con el que se puede considerar derogado de facto el principio de responsabilidad fiscal individual de cada Administración Pública establecido en el artículo 8 de la Ley Orgánica.

Desgraciadamente, ya no contamos en el Gobierno con la insobornable independencia de D. José Barea que nos recuerde la irresponsabilidad de volver a incurrir en malas prácticas fiscales. No obstante, ante la falta de una figura tan ejemplar, en el pasado ejercicio ha surgido una institución que, como reza su denominación, asume la misión de ser la Autoridad Independiente que debe velar por la Responsabilidad Fiscal. Desde luego que es arduo el trabajo que debe acometer, pues los gobernantes públicos han demostrado en este año preelectoral la facilidad con que esquivan su responsabilidad fiscal, lo que sin duda no augura que vuelvan a retomarla en este nuevo ejercicio repleto de convocatorias legislativas. No obstante, conviene recordar dos de los principales retos que se deberían afrontar para no desviar el rumbo de la consolidación fiscal. Por una parte, la aprobación en plazo de los Planes Económico-Financieros de las Administraciones Públicas que no hayan cumplido con los objetivos de déficit del ejercicio 2014 y la adopción de medidas preventivas incluso con antelación para aquellas Comunidades Autónomas cuyos nuevos presupuestos ya resultan indicativos de la imposibilidad de su cumplimiento, en línea con lo que han advertido los informes y opiniones de la AIREF de 30 de julio y 16 de diciembre de 2014. Por añadidura, no se puede volver a obviar que la normativa de la estabilidad presupuestaria no sólo establece la obligación de dictar medidas correctoras cuando se observen claros indicios de desviación en los objetivos de déficit, sino que sanciona como falta muy grave en el artículo 28 de la Ley de Transparencia la no elaboración en plazo o la falta de puesta en marcha de los planes económico-financieros, por lo que las autoridades competentes deberían valorar si su aprobación a finales del ejercicio no ha supuesto una vulneración de facto del cumplimiento de la norma.

Nos decía Juan Velarde en 2007 con motivo de un homenaje, aún en vida, a D. José Barea, que “mil veces me planteo qué hubiese sucedido, en el último medio siglo en nuestra economía, si no se hubiese dispuesto de un José Barea”. Es de esperar que aún no pudiendo contar ya con sus maestras advertencias, nuestros gobernantes por sí mismos o instados por las recomendaciones de la nueva autoridad independiente, retomen la senda de las buenas prácticas de responsabilidad fiscal y no volvamos a recaer en el viejo vicio de esperar a que un nuevo repunte de la crisis se encargue de recordarnos las virtudes que garantizan unas cuentas públicas saludables y sostenibles.

3 comentarios
  1. Gonzalo García Abad
    Gonzalo García Abad Dice:

    Un artículo muy necesario. Hay un problema claro de concienciación. No alcanzo a entender cómo pero hay una sensación extendida entre mucha gente de que el déficit público nos sacaría de la crisis pero la malvada Angela Merkel no nos lo permite. Es absurdo, pero creo que se basa en la idea de que hay una solución netamente política a la crisis, cuando la Historia nos demuestra (y la teoría también) lo infructuosas que son las políticas que intentan sacar a un país de la crisis. La estabilidad presupuestaria para mucha gente es un mal y apenas tiene quien la defienda. Ya ni hablemos de defender los mecanismos establecidos para el control de la estabilidad presupuestaria.
    Lo triste de lo que sucedió años atrás es que España creció unos años por encima de su potencial. No debemos confundir la estabilidad presupuestaria con no tener déficit. En un marco de estabilidad presupuestaria es completamente normal tener déficit mientras se está en crisis. El problema es que los mismos políticos que se comprometen con la estabilidad presupuestaria lo hacen con la boca pequeña, y en este campo España no es una excepción. En épocas de bonanza hay una tendencia irrefrenable en el político a incurrir en un déficit pequeño, por debajo de algún objetivo marcado, pero no a tener superávit. Esa política fiscal expansiva produce inflación. pérdida de competitividad, desequilibrios exteriores y endeudamiento. Aquí la pregunta clave es cómo apartar a los políticos de la tentación de incurrir en déficit en períodos próximos a las elecciones. Es muy complicado. Pero no olvidemos que esos gastos y rebajas fiscales de época electoral suelen tener beneficios muy concentrados alrededor de aquellas personas que el político espera que le voten y los recortes que traerán esos incumplimientos seguramente serán para todos, o casi todos. Creo que más allá de mecanismos, el verdadero garante de la estabilidad presupuestaria es la concienciación ciudadana, que la gente sea cada vez más consciente de su importancia.

    Un cordial saludo.

    • O,Farrill
      O,Farrill Dice:

      Gonzalo, tu pregunta de ¿cómo apartar a los políticos de la tentación del déficit? creo que tiene una fácil respuesta: haciéndoles responsables personalmente de las decisiones que ocasionen algún perjuicio a los presupuestos públicos y ¿qué mayor perjuicio que el endeudamiento de los ciudadanos para décadas? Ajustando los proyectos plurianuales a sistemas de control que eviten el endeudamiento. Evitando que puedan sacar “deuda” a los mercados desde espacios regionales o autonómicos (para mí es lo mismo). Resolviendo de una vez por todas el régimen autonómico que permite financiarse más allá de lo que les corresponde para el mantenimiento de servicios públicos. Control previo del gasto público en definitiva y eso ya estaba inventado hasta que el PSOE se lo llevó por delante porque todo tenía justificación desde la política.

  2. O,Farrill
    O,Farrill Dice:

    Posiblemente D. José Barea haya sido uno de los activos más importantes en la política española de la Transición y uno de los más “incómodos” críticos con todo lo que vino después en el control (descontrol) del gasto público y las políticas fiscales. Al moverse se quedó sin posibilidad de “salir en la foto” (Guerra). Todo lo que vino después ya estaba al servicio de intereses de todo tipo pero, sobre todo, al servicio del poder por el poder. Hemos perdido siempre a los mejores porque eran eso: auténticos en lugar de vendidos a causas espúreas. ¿Qué pasa con las instituciones académicas actuales con sus brillantes académicos? Se han adaptado al sistema para su propia supervivencia. Miran para otro lado, se lamentan en privado y procuran no estorbar. En todo caso no se posicionan casi nunca.

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