Lecturas recomendadas: “El retorno de los chamanes”, de Victor Lapuente

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En esta época singularmente crítica que atraviesa nuestra democracia todos nos preguntamos de vez en cuando cómo podemos ayudar a mejorarla. Sabemos que votar es imprescindible, pero que no es suficiente. ¿Qué más podemos hacer? Bien, el último libro de Victor Lapuente -reputado profesor en el Instituto de Calidad de Gobierno en la Universidad de Gotemburgo- lo explica perfectamente: contribuyamos a construir un discurso público mejor. A primera vista parece poco, pero no creo que haya en este momento nada más importante.

Practiquemos nosotros, desde luego, cada vez que hablemos de la cosa pública, pero sobre todo exijámoslo a los creadores de opinión -a los intelectuales, blogueros, periodistas- y a nuestros representantes políticos. Porque solo cuando los problemas se articulan a través de un discurso adecuado tienen alguna posibilidad de resolverse. Los países que son capaces de construir una retórica pública sobre presupuestos correctos prosperan mucho más y mucho más rápidamente que el resto.

Muy bien, perfecto, pero ¿qué es un discurso adecuado? Un discurso adecuado es aquel pegado a la realidad concreta, aquel que huye de los prejuicios y de las ideas preconcebidas, de las apelaciones emocionales, de los conceptos abstractos y de las grandes cosmovisiones. Es un discurso que no da nada por sentado y está abierto a examinarlo todo. Es el discurso de la exploradora, imprescindible en sociedades tan complejas como las actuales. Sin embargo, cualquier observador imparcial de la realidad española convendrá conmigo en que este no es el discurso dominante en nuestro país.

Hagamos una prueba: yo digo una palabra y usted examina sus sensaciones. Comencemos por “copago”. Si inmediatamente después de oír esta palabra le surgen ideas (no digo que las comparta) como desmantelamiento de la sanidad pública, políticas neoliberales, desigualdad social o derrota electoral inapelable, entonces usted vive en un país dominado por el discurso del chamán. Para estar completamente seguro repita el experimento con “cheque escolar”. No, tranquilo, usted no tiene la culpa -o quizás sí- simplemente ha reaccionado como el perro de Pavlov después de escuchar la campana. Está habituado a ello y no hay forma de evitarlo.

Por supuesto, podemos escoger cualquier otra palabra o conjunto de palabras localizadas en el otro lado del espectro político, como, por ejemplo, “educación para la ciudadanía”. Si las ideas que le surgen espontáneamente son, adoctrinamiento, vulneración de la libertad de educación, laicismo, totalitarismo, etc., entonces podemos asegurar sin equivocarnos que los chamanes controlan el debate público en su integridad. Lo que, por otra parte, como explica Victor Lapuente, es casi inevitable. Si al chamán no se le desacredita de inmediato, termina por dominar la plaza pública, porque la seducción que despierta exige ser combatida con su propia medicina.

El autor nos demuestra de forma muy convincente los despropósitos a los que conduce la retórica del chamán y los beneficios que disfrutan los países que han sido capaces de arrinconarla y desarrollar en su lugar el discurso crítico y las virtudes de la exploradora: calma frente a indignación, ajustes incrementales frente a grandes revoluciones, escepticismo frente a fe, consenso frente a conflicto, persuasión frente a victoria, confiar en los funcionarios y empleados públicos frente a dirigirlos, pensar más en los efectos que en la raíz de los problemas, etc.

A través de abundantes ejemplos históricos destruye de manera muy convincente las consabidas explicaciones culturalistas sobre la superioridad natural de unos países sobre otros, que puedo sintetizar en la nefasta y socorrida -para no hacer nada- anécdota del campo del golf (sí, esa en la que un japonés se acerca a Saint Andrews, pregunta cómo puede crear en su país un green semejante y le contestan que es fácil, basta coger las mejores semillas, plantarlas y cuidarlo diariamente con cariño durante doscientos años).

En absoluto. Al igual que un país puede perder el rumbo rápidamente (como por ejemplo le ocurrió a Suecia en la década de los setenta) puede corregirlo con igual velocidad. Y mucho de ello depende de la calidad de su discurso público. Otra cosa, claro, son los efectos benéficos de un buen rumbo incrementalista; para notarlos hay que tener un poquito de paciencia, pero desde luego llegarán bastante antes que los anunciados por el chamán: porque para estos los doscientos años del green son pocos, hacen falta más años.

Estamos hablando, en consecuencia, de un libro de lectura imprescindible para todos aquellos que quieran ir a votar con conocimiento de causa el próximo 20-D. La obra liquida muchas ideas preconcebidas, lo que no gustará a los chamanes de uno y otro signo, ya sean estatistas o neoliberales, nacionalistas o centralistas, inmovilistas o partidarios de la democracia directa, pero les dejo que se sorprendan ustedes solos. Y empiecen rápido porque tiene más de 300 páginas.

Ahora bien, como todo libro provocador –y este lo es en grado sumo- presenta sus inevitables flaquezas en forma de simplificaciones, lo que paradójicamente es un vicio propio de chamanes. El autor es perfectamente consciente del riesgo y no deja de advertirnos de que está utilizando las categorías de chamán y exploradora como tipos ideales, en el sentido weberiano del término. En definitiva, reconoce que en la realidad diaria de partidos y personas es inevitable encontrar ambas cosas bastante mezcladas.

Sin embargo, los tipos ideales plantean el conocido problema de que a veces no son estables ni siquiera desde el punto de vista teórico, y algo parecido ocurre con estos. Ciertas reformas incrementales exigen plantearse la raíz de los problemas con el fin de evitar en la medida de lo posible esforzarse en vano combatiendo síntomas (¿es o no ir a la raíz considerar como presupuesto básico para cualquier avance incremental mejorar el funcionamiento de nuestros partidos políticos?); en otras ocasiones es preciso indignarse a la vista de que con la templanza no se erosionan las poderosas resistencias existentes (pensemos en el caso del sobreendeudamiento hipotecario). Considerado el asunto desde esta perspectiva, quizás más que de chamanes y exploradoras cortados de una pieza, habría que reflexionar sobre los riesgos de la demagogia y de la retórica vacua en una democracia. Sí es así, el tema de fondo que plantea Victor Lapuente es un tema muy muy antiguo, que –curiosamente- afecta a la propia raíz de la política democrática: hasta qué punto la democracia es compatible con la verdad. Al fin y al cabo, un chamán –según la RAE un hechicero al que se supone dotado de poderes sobrenaturales para sanar a los enfermos e invocar a los espíritus- basa su poder en la mentira.

Precisamente por eso resulta una completa aberración calificar a Platón como un filósofo chamán, cuando precisamente fue el primero que planteó este crucial problema de la verdad amenazada por la retórica vacía (es descorazonador comprobar cuánto daño ha hecho Karl Popper para una adecuada comprensión del filósofo). Sobre este tema resulta muy recomendable acudir a Foucault y a su profundo análisis de la parrhesía  (“decir veraz”) que comenté no hace mucho en este mismo blog (aquí).

Pero estos puntuales excesos y otros pequeños errores (Calvo Sotelo nunca fue el líder de la oposición parlamentaria) no desmerecen la crucial aportación de esta obra, que es precisamente demostrar a través de un análisis riguroso que es perfectamente posible construir una retórica exitosa que compatibilice la verdad con la democracia. Refuta, o al menos ataca con mucho fundamento, el escepticismo de Platón y de Foucault, y eso, señoras y señores, no solo no es poca cosa, sino que resulta bastante esperanzador….

4 comentarios
  1. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    Muchas gracias por la referencia.

    Una de las variantes actuales sobre el "chamanismo" es el incipiente debate entre "regeneracionismo" y "estructuralismo".
    Comienzan a proliferar artículos y libros en pro del primero como si de repente una señal de alarma hubiese circulado por las neuronas del poder estructural. Por otra parte mucho populismo, –incapaz de resolver nada y capaz de empeorarlo todo–se apunta al discurso más hueco de lo estructural.

    Como, en paralelo, estamos ya en fase……….."Re-Constituyente" este será o deberá ser el primer escollo a evitar por parte de aquellos que prefieran seriamente cualquiera de ambos enfoques.

    Es un tema muy importante para todos.

    Personalmente prefiero siempre medidas del tipo "mínimo cambio", de no tocar "las cosas de comer" y retrasar al máximo lo "estructural" que siempre trastoca las cosas y genera situaciones difícilmente previsibles y caóticas.

    Pero también me ha enseñado la vida que a veces hay momentos en los que es necesario preparar las cosas para producir y conducir cambios estructurales imprescindibles para garantizar la supervivencia de una organización o preparar el camino para los supervivientes tras su desaparición.

    Por ello, frente al cuasi "chamanismo" del lo Regenerativo, trato a veces de oponer el quizás también cuasi "chamanismo" de lo Estructural.
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    Muchos problemas no son estructurales y puede ser abordados eficazmente dentro de la "estructura". Este proceso es lo que entendemos por Regeneración que puede ser espontánea –como la del sistema inmune– o requerir actuaciones conscientes y muy estudiadas — mejorar el rendimiento escolar o reducir la tasa de suicidio–

    Para entender un problema también es necesario ver su relación con la estructura. Lo normal es que al hacerlo la Naturaleza Observada del Problema cambie mucho y su diagnóstico y soluciones sean otras.

    Por ejemplo: en una curva hay muchos accidentes.

    Se puede abordar "regenerativamente" bajando la velocidad con medidas que van desde señales a badenes, cámaras, multas disuasorias, retirada de carné y hasta código penal. Más controles.

    Otra, estructural, es hacer un viaducto para cruzar el valle y el río evitando así esa curva y todas las demás en ambas laderas. Menos controles son necesarios.

    Recordemos que los controles tienen un coste individual y social. Es decir, no son gratis. Su coste es acumulativo y genera una superestructura social que es un coste entrópico (camuflado por los intereses creados) que paulatinamente se adhiere a la estructura, la debilita y termina par derribarla.

    Elegir entre unas y otras es cuestión de Dimensiones, Costes y Resistencias asociados al problema y a su solución.

    Por esto en muchas ocasiones los problemas son estructurales pero hay resistencias a resolverlos de dicho modo.

    En el caso del viaducto podrían ser negativas de los ecologistas o resistencias de los propietarios a la expropiación que nos obligan a quedarnos en la "Regeneración".

    Esto es el pan nuestro de cada día en cualquier gestión de organizaciones. Desde las celulares más básicas a las familias, empresa, países e imperios.
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    En este momento "parece" a muchísima gente que una de las causas de la profundidad y duración de esta crisis es el agotamiento de las acciones "Regeneradoras" y que probablemente hacen falta cambios "Estructurales" de calado.

    Cuando esto se plantea hay muchas resistencias que hacen el cambio difícil o imposible.
    Thomas Kuhn lo sintetizó bastante bien cuando alertó de que un Paradigma no solo es una estructura de Conocimiento sino un lugar mental ………..del cual se vive. Y que las personas que viven del paradigma actual, lógicamente, propenden –todos propendemos– a preservar su circunstancia.

    Por esta razón muchos cambios, que debieran ser estructurales, no se pueden acometer por resistencias y se resuelven o se intentan resolver con guerras y otras formas de violencia y coacción. Está pasando ahora mismo.

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    El caso es que casi todo lo Estructural pasa por lo Constitucional y que se está levantando la Veda

    Una estructura constitucional sana debe ser sólida y estable. Esto quiere decir que sus materiales y formas tienen capacidad para operar con incidencias recuperando tras ellas su forma y su función original –"fit and function", en ingeniería–. Hay muchos que creen y argumentan que las Constituciones deben afectar solamente a aquellas zonas de Unanimidad. Otro asunto no ,menor que ni siquiera nos planteamos y que es crucial.

    Sobre esto trataré de aportar algo en otro momento porque creo que si vamos a tocar la Constitución, como parece, deberíamos de hacerlo al menos tras dos cosas.

    1. Un serio debate de lo Estructural. Aunque nos sobrepase no podemos no ser conscientes de su existencia y de sus efectos.

    2. Un reconocimiento explícito, al menos a nivel intelectual, de la situación del Marco legal de Entorno (Por encima del Estado y de su Constitución)

    Ambas reflexiones en y desde la Sociedad Civil. Naturalmente en frío y, como dice Rodrigo, sin "Chamanismos".

    Saludos cordiales.

  2. O,Farrill
    O,Farrill Dice:

    El "chamán" es una figura tribal con una función específica: ayudar a la comunidad. Otra cosa es que acierte o se equivoque con sus fórmulas, pócimas y ritos y, en lugar de ayudar, obtenga un resultado desastroso. El nuestro se basa en dos términos que se pretenden antagónicos pero que, en realidad, sirven para mantener el sistema que los maneja: "izquierda" y "derecha" siguen siendo las palabras rituales en las ceremonias de lo político-mediático ya que, lo demás, por "no controlado" (de momento), es peligroso ya que nace desde la libertad personal. Esa libertad que puede materializarse en la simple abstención cuando no se está por la labor de jugar con las fichas marcadas (injusta ley electoral) y seguir manteniendo el artificio democrático, tal como parece reconocer uno de los autores de la norma reconociendo que se hizo para mantener las mayorías del gobierno (hay un comentario en este mismo blog al respecto). Los chamanes, incluso los mejor intencionados, deben ser vistos con la natural desconfianza crítica de cada uno y siempre desde la duda de los resultados.

  3. Juan Ciudadano
    Juan Ciudadano Dice:

    No crea que el único filósofo del siglo XX que asoció el pensamiento político de Platón al totalitarismo comunista fue Popper.
    Por ejemplo, Bernard Henri-Levy y Glucksmann, que cita El Político (293d): «Y aunque tengan que matar, o exiliar a éste o aquel para purgar y sanear la ciudad, exportar a colonias como se diezma a las abejas para hacerla más pequeña o importar a gente del extranjero o crear nuevos ciudadanos para hacerla más grande, mientras se apoyen en la ciencia y en la justicia para mantenerla y de mala la conviertan en la mejor posible, queda definido por términos parecidos que una constitución debe ser para nosotros la única constitución recta…»
    Bertrand Russell también pensaba lo mismo en 1920, cuando decía que la Unión soviética tendía a organizarse según el modelo de la República de Platón.

  4. Carlos
    Carlos Dice:

    No sé en qué términos lo plantea el libro (que, sin duda, habrá que leerlo), pero bien se puede considerar a Calvo Sotelo como líder de la oposición, aun siendo dirigente de un partido minoritario, por prestigio personal y por la repercusión de sus intervenciones parlamentarias.

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