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HD Joven: Reflexiones de una experiencia fronteriza

Con motivo de la vuelta de las vacaciones, desde HD Joven hemos pensado que una buena forma de enfrentarse al mes entrante es gozar de una lectura sencilla, fluida y agradable. La situación política aburre, como los diputados en el Congreso y sus bostezos en el Debate de Investidura, y el panorama jurídico está en stand by como los juzgados en agosto. Disfruten de este relato corto:

Me encuentro escribiendo estas líneas echado en la cama de mi habitación de hotel, en una ciudad por la que nunca presté el más mínimo interés, sin duda, por el reciente conocimiento que hubo en mí sobre su existencia.

Tal es la impresión que despertó en mí Tumbes, Perú, que lo que había estado postergando hasta quién sabe cuándo –darle rienda suelta a la pluma- encuentra aquí comodidad suficiente para su recreo.

Todo empezó por una afección que padece todo europeo al viajar fuera de la zona de confort de la región y que, después de cuatro meses de estancia en el Perú, tuvo su manifestación en mi persona. No fue más –ni menos- que depositar mi plena confianza para tramitar la regularización de mi calidad migratoria en quien se supone era un profesional consagrado en la materia. Este estudio de abogados no solo se permitió el lujo de cometer un error de principiante en la tramitación del proceso, sino que el ocultismo en la narración de la verdad era su tónica habitual. Pero esto es otro asunto. Después de la inoperancia y falta de profesionalidad local, lamentablemente extendida en este país, me encontraba con un proceso migratorio para la obtención de la residencia denegado, y un visado de turista vencido por veintiún días, siendo mi situación en el país irregular. Al menos yo llegué en avión en el año 2016, no en nao o carabela en el Siglo XVI. Quien sabe qué hubiera pasado de ser el caso.

Aterricé en Tumbes un 26 de agosto en un aeropuerto –siendo generoso- cuyo tráfico aéreo lo componía únicamente la aeronave de la que me apeé.

Yo había hecho gala de mi prudencia el día anterior a mi viaje y allí me encontré con el taxista enviado por el hotel que sujetaba una hoja de papel con mi nombre escrito, donde se podía leer la ya habitual “s” al final de mi primer apellido a la que había terminado por resignarme.

Un síntoma claro del miedo a lo desconocido es la propensión a la afabilidad en exceso hacia el recién conocido. En mi caso, aparte de un comportamiento sintomático, fue premeditado. Ese hombre tenía que convertirse en mi compadre porque, en lugar de limitarse a llevarme hasta el hotel y olvidarse de mí, el bueno de Eric, en contra de lo que se pensaba, se iba a convertir en mi compañero de batallas; el personaje secundario, ese Watson indispensable o, más acertadamente, el Sancho Panza que se encarga de guiar al despistado.

Debe tener algo de verdad aquello que me comentaba un abogado peruano en una recepción en la residencia del Embajador británico en Perú, señalándome que tenía una habilidad especial para romper el hielo, ya que no salimos aún del aeropuerto cuando Eric, mi taxista, ya había consentido en acompañarme a cruzar la frontera.

Sí. Así es. Quien haya leído hasta aquí cuando menos intuirá que para regularizar mi condición migratoria tenía que cruzar la frontera con Ecuador, pagar la multa por los días de estancia en Perú que hayan excedido de los días concedidos en mi primera entrada, y volver a entrar en el país para que me concedan de nuevo un visado de turista por otros noventa días.

Mientras nos dirigíamos al control fronterizo en territorio ecuatoriano, el bueno de Eric me hablaba de banalidades mil que, sinceramente, eran parcialmente percibidas por mi intelecto, aunque fuéramos yo y mis preguntas los responsables de su diatriba. La mitad de su jerga escapa a mi comprensión y la otra mitad las desechaba, pues mis pensamientos estaban dedicados a mi misión: conseguir mis papeles. En éstas estábamos cuando un control policial estacionado en el arcén de la autopista hace un gesto a mi conductor y éste frena hasta detenerse al tono de “pucha que mierda…” Yo volteo mi cabeza y Eric mira por el retrovisor. No reaccionan. Les toca el claxon. Nos hacen aspavientos para que prosigamos nuestro camino. “Eric, dicen que continuemos”. Continuamos. Antes de llegar al control, mi escudero –aunque más bien tendríamos que invertir los papeles- me comenta algo que esta vez sí capta toda mi atención: los respectivos gremios del taxi peruano y ecuatoriano no tenían precisamente una relación distendida. Tenían suscrito un acuerdo tácito por el que el servicio de taxi cuando existía cruce de frontera sólo era permitido con viaje de ida. Así, mi fiel compañero me abandonaría a mi suerte en Ecuador y tendría que buscarme un nuevo transporte de nacionalidad ecuatoriana para volver al Perú. Sin embargo, a riesgo de que “estos monos” (por lo de la producción platanera del país) pudieran pinchar las ruedas del vehículo de Eric o, peor aún, “se agarraran a golpes”, mi compañero decidió esperarme escondido a que terminara mi trámite.

Me habían advertido que, además de la sanción consistente en una multa de un dólar americano por día excedido según mi visado -21 días, US$ 21 dólares-, cabría la posibilidad de tener que invitar a un refrigerio al agente de aduanas cuyo precio no sería en absoluto asequible ni asumible para el ciudadano medio peruano. Es decir, con sus palabras, les tendría que dar “unos solsitos pa’ la gaseosa”. De modo que cuando me dispuse a desembolsar mis veintiún días de ilegal, la señorita, haciendo el cálculo en su computadora, me sorprende –en realidad no me sorprendió en absoluto- con que mi multa asciende a cincuenta y dos dólares. La miro. Me mira. Sonrío. Me desafía. Me resigno y suelto mi dádiva. Pagaría, pero la chica tendría que aguantar el tipo:

  • ¿Cuánto es la multa por día?- le pregunté.
  • Un dólar por día.
  • ¿Excedí en 52 días lo concedido en mi visado?
  • Sí- Me aparta la mirada.

Continuamos en silencio y ahora sí no me lo esperaba cuando la agente me dice riendo que la disculpara porque había incurrido en un error de cálculo en la suma de mi multa y que el monto correcto era de veintiún dólares.

  • Usted no me dijo nada…- Me acusó.
  • Ya, me resultó raro pero tampoco lo había calculado- Mentí.

Salí de los mostradores y pude decir que la primera fase de mi misión fue concluida con éxito.

Ya estuve acechando a Eric desde la ventana mientras tenía lugar la tentativa de cohecho y noté que ya no se encontraba donde lo dejé. O se escondió muy bien o finalmente fue expulsado por “los monos”. Cuando pisé la calle fue él quien me encontró y me narró cómo había sido hostigado con el fin de que su pasajero –quien narra esta historia- abandonara el control ecuatoriano llevado por un taxista local. Le pedí diez soles a mi “Robbin” porque andaba corto de “sencillo” y no pensaba darles ni un sol más de lo necesario a estos necrófagos que se benefician del mal ajeno. La situación fue bastante cómica. Monté en el taxi de la competencia mientras Eric nos escoltaba en su vehículo a pocos metros por detrás. No condujimos más de un kilómetro –salir del control fronterizo hasta la carretera principal- cuando bajé de un transporte para subirme al que ya era de confianza. “Eric”, le dije, “vaya situación surrealista”. Rio.

En fin, solo quedaba volver al Perú a que me sellaran en mi pasaporte el nuevo visado de turista por otros noventa días. Afortunadamente, aquél ya era el territorio de mi compadre y, después de esperar una larga cola de ingresantes al Perú, nos dirigimos directos al hotel de Tumbes por aquella Panamericana Norte rodeada de arrozales que, por un momento, me trajeron a la memoria las marismas de mi Sevilla.

Suciedad, desorden, insalubridad, bullicio, informalidad, inseguridad, pero colores, muchos colores. Estos fueron los adjetivos que me evocaron la, dos semanas antes, desconocida ciudad. Era peor de lo que me esperaba. Las “mototaxis” iban y venían cargadas de las mercancías más variadas, no sólo personas. Plátanos, garrafas de gasolina, tablas de madera, familias enteras… Incurrían con su ágil movilidad al frenetismo de la ciudad. Los puestos de comida en las aceras no ayudaban con los olores. La arquitectura, al estilo peruano, no seguía ningún patrón y las construcciones inacabadas, con fachadas sucias y ruinosas, difícilmente alcanzaban su objetivo primario: servir de cobijo a las personas. Los cables del tendido eléctrico se enredaban en postes sin orden alguno y colgaban de acera a acera contribuyendo a la funesta imagen de la ciudad. Gran parte de la población se reunía en la plaza principal (Plaza de Armas) y la Catedral, donde un estrambótico escenario servía de altar para juegos y actividades nada interesantes.

Cumplí e hice lo que cualquier persona que visita un nuevo lugar tiende a hacer, ya sea por obligación moral o por interés real, y me lancé a la calle. Movido por el primer caso, fui a comer al restaurante que me habían recomendado en tres ocasiones y tuvo lugar el único evento provechoso para el viajante que decide escalar en Tumbes. Me comí un ceviche de lenguado de categoría, con su correspondiente “Cusqueña” fresquita. Después del refrigerio deambulé un rato por el lugar, vestido previamente con un atuendo lo menos escandaloso posible –como si viniera de cortar el césped un domingo- y el dinero repartido por los bolsillos y el calcetín. El teléfono móvil, por supuesto, se quedó en la habitación de hotel.

Habiendo visto lo que escasamente merecía la pena ver en una ciudad que desde luego no invitaba al paseo, me dirigí al hotel a esperar la noche, dormirme y volver al aeropuerto con el risueño Eric.

Me viene a la memoria, justo al final de este relato, la historia que mi compadre me contó cuando regresé al coche con mi pasaporte sellado para dirigirnos por fin al hotel. El recepcionista del hotel lo había llamado preguntándole por mí, que ya debería estar allí. Eric le respondió que estaba esperándome a que saliera de “Las Gatitas”, que “venía cargao el español y recién bajó del avión dijo que le llevara”. Reímos mucho. Quizás sea el humor la única vía de escape de estas gentes. Bueno, el humor y “Las Gatitas”, según lo que el recepcionista respondió a Eric: “¡Cuidao con el español que le gusta más que a ti!”

Alejado uno de España (pero alejado de verdad, a diez mil kilómetros, y no a los dos mil quinientos de Dinamarca…), recuerda uno frases como “no hay justicia” e irremediablemente provoca una mueca de media sonrisa. Uno recuerda las calles limpias y organizadas de su tierra y la nostalgia toma presencia. Por no hablar del funcionamiento de las instituciones: ¿quién no ha despotricado –me incluyo- acerca de la ineptitud de tal o cual funcionario que le hace dilatar su procedimiento con trabas sin sentido? Pero no quiero hacer demagogia, para los que ya estaban a punto de empalarme en la arena del foro. Si pretendo algo con este relato no es defender irracionalmente nuestra España ante las críticas –merecidas- por la ausencia de Gobierno y el funcionamiento de las instituciones, sino sacar una reflexión clara que ayude a seguir mejorando. Siendo el caso, no puedo más que mencionar el artículo escrito en este blog por uno de sus editores, Ignacio Gomá Lanzón, inspirado por la lectura del libro “Por qué fracasan los países” (pulse aquí). En él se explica la tesis de que, “la razón de las desigualdades entre naciones es el proceso político, porque éste determina bajo qué instituciones económicas se vivirá, al influir en el comportamiento de los sujetos y sus incentivos.” El Perú es un país con una tasa de corrupción lamentablemente notable. Los focos de poder se reparten en un muy pocas manos y la deficiencia en los mecanismos de toma de decisiones para la implementación de políticas de progreso, si se me permite la expresión, hace que, lo que para nosotros debe funcionar correctamente porque resultar ser a lo que estamos acostumbrados, para ellos suponga ser un ejercicio de gestión casi imposible. Siguiendo con el ejemplo comentado: “los países fracasan cuando tienen instituciones económicas extractivas apoyadas en instituciones políticas extractivas que impiden o bloquean el crecimiento económico.” Utilicemos la reflexión comparativa del Perú para “evolucionar” a un país con mayor “inclusividad”, para lo que todavía nos queda camino.

4 comentarios
  1. O'farrill
    O'farrill Dice:

    Mis felicitaciones al autor por el relato de su aventura sudamericana que, con lugares variaciones, podría ser traspuesto a cualquier otro lugar del mundo, incluido el occidental (no es preciso recordar los formularios de entrada o visado para el estado más avanzado).
    Durante algunos años, cuando las circunstancias me lo permitían, he pasado por países africanos y asiáticos donde, en muchos casos, sólo cabe encomendarse a la suerte para no pasar por cualquier pesadilla burocrática o administrativa que se nos escapa (hace poco recuperaba una antigua autorización para hacer fotografías en un país africano, previo pago de "tasas", esas que aquí también nos cobran pero con medios más sofisticados).
    Voy a destacar algo que explicaría su relato: las costumbres locales o nacionales son diferentes y es esa misma diferencia lo que nos anima a los viajeros a conocerlas y, a ser posible, poder contarlas luego. En ellas, el fenómeno de la "corrupción" se da en todas partes y en todas partes tiene un sesgo diferente. Incluso en el mundo occidental se viste muchas veces de la "ilusión financiera" que el profesor Puviani denunciaba. Para unos es habitual, lógica y normal (mundo cristiano) mientras que, para otros, hay que revestirla de "interés público" (mundo anglosajón) pero, en todas los sitios los "incentivos" suelen ser parecidos y tienden a rendir a quien tiene en ese momento el "poder" (de poner un sello de visado, de avalar técnicamente una obra o de pagar por ella).
    Lo que ocurre es que siempre pensamos que la mejor tortilla de patatas es la que hace mi madre. Un saludo.

  2. G.P.
    G.P. Dice:

    Decíamos ayer…

    >>los países fracasan cuando tienen instituciones económicas extractivas apoyadas en instituciones políticas extractivas que impiden o bloquean el crecimiento económico.<<
    No. Los países fracasan cuando su pueblo (insisto: SU PUEBLO) es peor que el de los países que tienen éxito. Y es peor porque es el pueblo el que crea esas instituciones extractivas, el que las mantiene y el que no quiere que cambien.
    Hoy sabemos que el ex-ministro Soria, un sinvergüenza más de los tantos que forman el pueblo español, ha sido premiado con un sillón en el Banco Mundial y más de 200.000 euros (libres de impuestos) al año (más dietas y bla bla bla). Y si mañana hubiera elecciones, siete millones de corruptos (como mínimo) avalarían ese premio con su voto.
    Exactamente igual que millones de corruptos del otro bando avalan premios a sus sinvergüenzas en cuanto tienen ocasión. Pueblo de corruptos.
    Por lo menos en Grecia la mayoría del pueblo intentó un cambio sacando del gobierno a sus antiguos "dueños". Está claro que <España no es Grecia>: nosotros no llegamos ni a eso. La mayoría sigue amando a sus viejos amos y, como pollo sin cabeza, corre gritando que necesitamos urgentemente ¡YA! al poderoso macho alfa que nos domine.
    Cuando vuelvo a España y empiezo a enterarme bien de lo que pasa, me ocurre como cuando me subo a un barco y se pone a navegar: me produce arcadas.
    En fin, como en los barcos, se pasa con el tiempo.
    Bienvenidos a todos. Espero que hayan disfrutado de sus vacaciones.

    • Manu Oquendo
      Manu Oquendo Dice:

      Realmente, apreciado GP, el mareo a bordo como de verdad se evita es en cubierta, cara al viento con un ojo en el horizonte y otro en el borde de ataque del génova.

  3. antonio
    antonio Dice:

    ''La mayoría sigue amando a sus viejos amos''
    Si unos son siervos (que lo son) de sus amos (que lo son sin duda), NO PUEDEN tener la misma corrupción, no pueden 'disfrutar' de la misma corrupción siervos y amos, no se les puede señalar como corruptos del mismo modo. Tira usted, en su comentario, a 'todo lo que se mueve' y no todos cobran lo mismo, entre otras graves distinciones. Repase, además, los conceptos de Alienación y el de Grado.

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