HD Joven: Más patriotas

La semana pasada, los editores de HD Joven estuvimos hablando entre nosotros (técnicamente, escribiendo; ya saben que ahora gran parte de la comunicación se produce a través de WhatsApp) sobre la semana del “World Pride” y la oportunidad de escribir al respecto. Aprovechamos nuestra colaboración mensual con Qué Aprendemos Hoy para publicar un serial de artículos sobre la regulación de los derechos del colectivo LGTBIQ+ en España y en el resto del mundo (aquí, aquí y aquí).

El fin de semana acudimos a la celebración del Orgullo y advertimos que, tanto en la manifestación (acto central) como en la posterior algarabía que se extendía por las abarrotadas calles de Madrid, ondeaban banderas de prácticamente todos los países del mundo, salvo la de uno: el anfitrión. Ello nos llevó a plantearnos el que ahora es el tema principal de este post: ¿por qué los ciudadanos españoles somos tan reticentes a enorgullecernos de nuestro país y de nuestra bandera? ¿Será que todavía heredamos la vetusta carga de una guerra y un régimen dictatorial que muchos ni siquiera vivimos? ¿O traerá esto causa en la utilización con fines políticos que se ha venido haciendo de la (no) exhibición de la bandera tanto en un sentido como en el otro?

A muchos, la simple formulación de las anteriores preguntas les bastará para situarnos políticamente en la derecha, sino en la extrema derecha (desgraciadamente, hoy la política está plagada de etiquetas y eslóganes…). Les pedimos por favor que nos dediquen un poco más de tiempo, pues esto no va de partidos políticos, sino de países.

España es el tercer país del mundo que se lanzó a aprobar la Ley de Matrimonio Homosexual (Ley 13/2005); de hecho, incluso antes de aprobarse, la ley ya contaba con un amplio consenso de la ciudadanía (más de dos tercios). Tras la aprobación de ésta y otras normas surgidas en favor del colectivo LGTBIQ+, analizadas en el primer post del serial antes mencionado, nuestro país se ha convertido en el más tolerante con dicho colectivo. Eso debería ser motivo suficiente de #orgullo.

Es cierto que tenemos mucho trabajo por hacer. Todavía hoy, el número de agresiones que sufre este colectivo es alarmante e intolerable, pero ello no obsta para que nos sintamos orgullosos de que nuestro país, al menos a este respecto, haya sido pionero en la regulación de estos derechos. Como decíamos en nuestro serial, es preciso recordar que 73 países aún castigan penalmente las prácticas homosexuales por considerarlas aberrantes y contrarias a la ley (en 10 de los cuales el castigo es la pena de muerte) y que en muchos de los países más avanzados del mundo no existe regulación.

Eso en cuanto al particular asunto del matrimonio entre personas del mismo sexo, pero ¿qué hay de la cuestión de las banderas? Sin pretender abordar un recorrido histórico por los motivos que llevan a ciertos partidos a reivindicar la bandera de la Segunda República, los colores de la actual bandera nacional lo llevan siendo desde finales del siglo XVIII, salvo el referido periodo republicano (1931-1939). Es decir, que ha sido nuestra bandera durante más de 200 años, en los que ha habido diferentes formas de Gobierno: desde la monarquía absolutista, pasando por la dictadura, hasta nuestra actual monarquía parlamentaria.

A nadie se le escapa que fue precisamente la recuperación de la bandera rojigualda que acompañó a la instauración de la dictadura franquista, y durante los casi cuarenta años siguientes, la que provocó que una parte de la ciudadanía la relacionase con dicho régimen y, por ende, con las ideologías fascistas. Así, gran parte de los partidos (de izquierda y, particularmente, de los sectores republicanos) nunca han acabado por asumir los colores de la actual bandera como propios. De hecho, es bastante inusual que en las manifestaciones que se convocan en nuestro país, como la del pasado sábado con motivo del Orgullo, se pueda atisbar a alguno de sus participantes portando nuestra enseña nacional, siendo las banderas republicanas, o incluso otras más polémicas, más habituales.

Resultó bastante polémico para determinados sectores de nuestro país el gesto que tuvo el actual Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez, cuando apareció durante el acto de su proclamación como candidato a la presidencia para las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015 delante de una enorme bandera de España. Gesto que fue, a nuestro modo de ver, uno de los mayores aciertos que tuvo el otrora candidato socialista para desterrar ciertos rechazos que ha tenido tradicionalmente el sector más izquierdista del partido con nuestra enseña.

Para ser justos en el reparto de culpas, no debemos obviar que el origen de esta situación no es por completo ajeno a los sectores sociales y partidos políticos más escorados a la derecha. En este sentido, el excesivo uso por parte de estos grupos de la bandera rojigualda (en cierto modo, haciendo de la misma patrimonio propio y excluyente) ha servido para confirmar en sus creencias a los del otro lado de la trinchera. Los extremos no sólo se tocan (como se suele decir) sino que en ocasiones se retroalimentan.

Comoquiera que sea, a día de hoy, nuestra bandera está estigmatizada por nosotros mismos, igual que nuestro país. Lo peor de todo es que, en efecto, tenemos que atribuir esta situación casi en exclusiva al uso partidista que –por unos y por otros– se ha llevado a cabo. Este hecho, per se, debería ser suficiente para desacreditar cualquier etiqueta. La bandera debe ser un elemento (simbólico) del Estado con carácter neutro y finalidades identitarias que nada tienen que ver con el enaltecimiento de una dictadura, la apología de una ideología conservadora o, en fin, nada que suponga un menoscabo en los derechos alcanzados a este punto no sin esfuerzo. Sólo la ciudadanía puede revertir el uso ilegítimo que de la bandera nacional han hecho los partidos políticos.

Quizás digamos esto porque pertenecemos a esas nuevas generaciones a las que la Guerra Civil les suena como algo terrible, sí, pero muy lejano, por lo que no existe entre nosotros tanto debate sobre qué representa o deja de representar nuestra actual bandera constitucional.

Para nosotros, no hay duda: la enseña nacional que tenemos a día de hoy es la única que representa a todos los ciudadanos españoles y bajo la cual cabe cualquier tipo de ideología y pensamiento. Y es la que debería seguir vigente en el futuro, aún cambiando la forma de gobierno de nuestro país y volviendo –quién sabe– a ser una república.

La excepción, nada baladí, de toda esta historia la encontramos en el deporte. Fernando Alonso, Rafa Nadal, Pau Gasol, Alberto Contador, Javier Gómez Noya, Mireia Belmonte, las selecciones nacionales de fútbol, baloncesto y un largo etcétera llevan años despertando los instintos patrióticos más primarios. Las hazañas deportivas hacen florecer banderas nacionales decorando los balcones, multiplican la venta de camisetas y otros signos representativos de España, provocan desplazamientos y concentraciones de miles de personas y, por supuesto, despiertan sentimientos de todo tipo a lo largo y ancho del territorio nacional.

Esta época de éxitos deportivos concatenados que vivimos desde hace unos lustros pareciera demostrar que el rechazo al símbolo nacional es más deliberado que instintivo y que requiere de una actitud consciente y premeditada de menosprecio a la bandera. ¿Es esa asociación –consciente o asimilada– entre ideología y aceptación o rechazo a la bandera española la que provoca el aparente desapego? Es posible que la militancia doctrinal requiera de asideros más estéticos que reales.

Y es por todo ello que creemos justo reivindicar la neutralidad de nuestra bandera y la recuperación de una suerte de entusiasmo nacional que elimine los prejuicios que sobre ambos arrastramos, sobre todo cuando se trata de prejuicios que, en este caso y en estos tiempos, ni siquiera parecen sustentarse por ninguna razón de peso.

Fue España quien decidió proteger al colectivo LGTBIQ+. Una España de consenso que agrupaba a personas de todos los sectores de la política nacional. Y es la bandera de España la que mejor representa lo que debiera enorgullecernos: que nuestro país es tolerante.

 

Fuente primera imagen: Actuall

Fuente segunda imagen: Javier Ramos

9 comentarios
  1. Vp
    Vp Dice:

    Gracias por tan acertado artículo. Ya habíamos comentado este tema con los amigos e hijos, así que, gracias y totalmente de acuerdo con sus comentarios

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  2. G.P.
    G.P. Dice:

    La derecha más rancia, casposa y liberticida (por no decir cosas peores), ha sido durante generaciones la gran defensora de esta bandera como símbolo propio de su forma de… ¿”pensar”?

    ¿De qué podemos extrañarnos si tras tantos años de tan estrecha relación hay mucha gente a la que le da repelús?

    Incluso hoy en día da que pensar cuando se ve a alguien mostrando en su atuendo la bandera (en el reloj, por ejemplo) ¿será un patriota de hoy, o será… de los de “antes”? El mero hecho de que a uno le puedan confundir con los de “antes” es razón para que mucha gente no la exhiba pese a que no sienta aversión a ella, lo que, cómo no, aún hace más sospechoso al que la lleva…

    En fin, creo habrá que esperar generaciones a que esta desagradable relación con un siniestro pasado se diluya con el tiempo. Paciencia: es el menor de nuestros problemas.

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    • Ignacio Gomá Garcés
      Ignacio Gomá Garcés Dice:

      Personalmente, no es que me extrañe que la gente haga esa relación, pero considero que ya es hora de mirar hacia adelante. ¿Por qué seguir esperando generaciones y generaciones a que esta situación se diluya con el tiempo? ¿Por qué no hacerlo ya?

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      • G.P.
        G.P. Dice:

        “¿Por qué seguir esperando generaciones y generaciones”

        No le entiendo. Son cientos de miles o incluso millones de personas las que siguen viendo esa relación ¿qué quiere hacer? ¿lobotomizarlos? También hay cientos de miles de personas, quizás millones, que ven en esa bandera y en esta monarquía ese negro pasado. No se puede decretar que la gente cambie de opinión a golpe de corneta. Habrá que esperar más…

  3. misael
    misael Dice:

    “La derecha más rancia, casposa y liberticida (por no decir cosas peores), ha sido durante generaciones la gran defensora de esta bandera como símbolo propio de su forma de… ¿”pensar”?”

    Ya se le veían a vd. formas. Pero ahora queda patente.
    Resulta que la bandera constitucional,según vd., la del 1978 no representa a la izquierda.
    Eso, algunos, ya lo sabíamos. No es necesario qué lo jure. ¿ Entonces qué bandera necesitan vds. los progresistas ? ¿ La de la II república ? ¿ La del pillaje, el asesinato y la revolución bolchevique española ? Ya. También les gusta la de la URSS, últimamente la sacan mucho… la URSS, ese paraíso democrático.

    Para vds. todo lo que no sea una España comunista es facherío.
    Así lamentablemente, por personas que piensan como vd., es por lo que se está desestructurando este país. Y para colmo tenemos que aguantarles explicaciones, que muchos de la nueva progresía, aprendieron anteayer mismo, cuando en 1978 aplaudieron a rabiar la CE. Progres sobrevenidos, que imaginan que corrieron delante de los grises.

    Hay que fastidiarse con jota.

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    • G.P.
      G.P. Dice:

      Yo no soy comunista, la bandera actual me vale perfectamente y jamás he corrido delante de la policía. Siento decepcionarle.

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  4. Juan Rafael
    Juan Rafael Dice:

    De la atenta lectura de los comentarios se puede deducir claramente porqué esta bandera da repelús. Durante tantos años secuestrada por la extrema derecha, hoy en día sigue en las muñecas de sus herederos.
    No se trata de generaciones sino de memoria.
    Han intentado que olvidemos muchas cosas, pero no es posible a la vista de que las mentalidades siguen siendo las mismas.

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  5. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    Me ha gustado la pregunta que late en el breve artículo.

    Hoy, en Occidente, están coincidiendo muchas crisis. Muchos intentos de autodestrucción cultural y de nuestras principales instituciones. La familia de una mujer y un hombre con sus hijos en primer lugar. Hemos institucionalizado y legislado la Destrucción de los Arquetipos Sociales. Pero solo de los nuestros, los propios de la civilización occidental.

    Observarán ustedes que los paladines, los vividores, de esta autodestrucción jadean sumisos ante otras culturas. El Islam, por ejemplo. Hay algo patológico y muy edípico en esa forma de deprecar lo propio y sumirse en la más profunda abyección ante lo ajeno.
    Gran parte de este diseño viene de fuera y sus raíces son generales.

    Otras cosas que nos pasan son nuestras.

    Son los instintos autodestructivos del tipo popularizado por Herri Batasuna del “cuanto peor, mejor”. Muy nuestro. En esta etapa de predominio ideológico de la Izquierda –creo que nadie negará que lo que se conoce genéricamente por Derecha está “missing” en la ideología y en el pensamiento–. Hay una cierta alianza de hecho entre el Imperio y la Izquierda. Como decía Brzezinski…………..No nos interesan vasallos demasiado fuertes, los queremos dependientes y divididos. (“The grand chessboard”)

    En este entorno florecen entre nosotros las fuerzas del Cantonalismo, la Taifa y la Fragmentación. Para ellos hay fondos públicos a raudales. Para las tesis contrarias………….cero patatero.

    Hasta leer las solapas de un libro editado en España suele ser patético: Las Novelas actuales destacan el carácter aldeano del autor. No será español, será balear, zamorano, catalán (sin distinguir si es pata negra –del norte del Río Tordera– o catalán advenedizo del sur de dicho río) o vasco (un neologismo inexistente en la historia porque lo que hay que decir es vizcaíno, guipuzcoano o alavés), sevillano, “granaíno” (del olvidado Reino de Granada que no el invento de Andalucía), etc. Cuanto más taifeño, mejor, nos quieren hacer creer.

    Cuando desde fuera de España se leen estos datos biográficos se ven como Indicio de que ignoramos lo más elemental porque muy retrasado hay que ser para no entender que la unión hace la fuerza y que fuera de ella, de la unión, solo hay flaqueza, dependencia y miseria.

    En fin, que como decía en otro post pero pensando en este artículo de HD Joven, vamos a tener que fundar una Izquierda Española, amante de su patria y no una panda de obsesos de la mamandurria “como sea”.

    Necesitamos una izquierda no destructiva y no existe. Creémosla y verán el susto que se lleva Sánchez el “estratega” de la ambigüedad y de la increencia.

    Saludos y gracias por el artículo.

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