Desde hace cuatro años la Tercera de ABC del día de Nochebuena no se encomienda a autoridades eclesiásticas sino que la viene haciendo Javier Gomá, filósofo bien conocido y colaborador ocasional de este blog. Creemos interesante su reproducción no tanto por su contenido, con el que quizá no todos los lectores coincidan, sino por lo que tiene de renovador del pensamiento en este campo. Éste es su contenido:

“Hoy celebramos el nacimiento de nuestra esperanza. Quien espera confía en último término sobrevivir a la muerte, auténtico señor del mundo ante el que toda rodilla se dobla. ¿Cuál es el fundamento de una tal esperanza contra toda experiencia? Nada en este mundo nos sugiere la existencia de una prórroga post-mortem a nuestra vida personal. Al final, si esperamos sobrevivir es sólo porque hay alguien, que nos merece todo crédito, que nos lo ha prometido.

Todo destinaba a ese oscuro judío a ser envuelto por la Historia en el manto del olvido, como a tantos otros. De extracción social humilde, ágrafo, ni legislador como Moisés, ni príncipe como Buda, ni estadista como Mahoma, su actividad pública, muy breve, fue interrumpida prematura y trágicamente. Nadie hubiera pronosticado la enormidad excesiva de lo que siguió a su muerte. Porque en ese galileo fracasado de corta vida se concentraron tres hechos que, por separado, habría hecho de él una descollante figura de la Historia universal pero la coincidencia en la misma persona de los tres convierte la cuestión ‒reconozcámoslo‒ en algo verdaderamente intrigante.

Primero, una ejemplaridad de vida y doctrina no sólo extraordinaria sino excepcional, testimoniada en los cuatro Evangelios. Segundo, su elevación a rango divino por sus propios contemporáneos, los mismos que se habían rozado con él en vida, judíos piadosos y obsesivamente monoteístas, educados en el odio a la idolatría y al politeísmo del entorno. Fue arduo el proceso de meditación teológica por el que se hizo compatible la divinización de una personaje histórico reciente con un monoteísmo bíblico que en todo caso se quería preservar. Tercero y último, la fe de los seguidores del galileo, una pequeña y heterodoxa secta del judaísmo, a su vez una subcultura exótica y marginal del Imperio Romano, con el paso del tiempo y contra todo cálculo vino a ser con distancia la religión más extendida en todo el planeta.

Hechos singularísimos los tres ‒súper-ejemplaridad, divinización y propagación universal de su culto‒, pero, concentrados en la misma persona, peraltan la singularidad de ésta a una dimensión objetivamente única. Hasta el punto de que, visto lo anterior, cobra verosimilitud una hipótesis no demostrable pero dotada de elevada capacidad explicativa porque, cual eslabón perdido, otorga sentido a la cadena de los tres hechos históricos y les presta razonabilidad interna: la hipótesis de su resurrección proclamada por sus discípulos. Simplemente ‒se dirían quienes lo vieron viviente tras guardar el cadáver en el sepulcro‒ lo divino no muere. Si esto es así, entonces la realidad no se agota en el colorido mundo de la experiencia que captan nuestros sentidos, sino que se prolonga en un desconocido trasmundo, escenario de nuestra supervivencia. Mundo y realidad no coinciden: esta es nuestra esperanza.

Claro que ser capaz de percibir realidad más allá de lo dado en la experiencia requiere el cultivo de un cierto sensus para las cosas espirituales, aquel que W. James llamó “sentido supernaturalista”. Todo conocimiento, en puridad, demanda una actitud subjetiva específica acorde a la naturaleza de su objeto. Sólo disfruta de una función teatral quien, en términos de Coleridge, suspende su incredulidad y “se cree” lo que está viendo: ¿quién soportaría a su lado a un aguafiestas que le recordase a cada paso que todas las pasiones desatadas en escena son sólo ficción, los personajes actores, y la trama pura fantasía? La verdad poética se esfumaría. Scheler, por su parte, demostró que la filosofía descansa en un previo eros del pensador y que el amante ‒que capta el valor del objeto‒ precede al conocedor. Y mirando las relaciones interpersonales, una disposición de apertura no sólo permite el conocimiento de otro yo sino que condiciona la existencia misma de esa relación, de manera que aquí la fe crea su propia verificación: así la amistad, fundada en la confianza mutua que existe sólo cuando recíprocamente se alimenta; y en cuanto al amor, ya se sabe que el dulce beso amoroso sólo es posible si la pareja cierra los ojos.

Forma parte de la moderna imagen del mundo un positivismo implícito que osadamente, cediendo al esquematismo de la época, establece como cosa sabida y concluida para todos que este mundo visible ostenta el monopolio de la realidad, de suerte que la esperanza en un trasmundo sería siempre sospechosa de oscurantismo o superstición. Ahora bien, la ciencia positiva, instrumento óptimo para conocer las regularidades impersonales de la Naturaleza, ¿qué puede enseñarnos sobre aquellas verdades cuyo conocimiento se basa en la confianza entre personas? Nada. Y menos aún de la realidad de un Dios trascendente, espiritual, que escapa a los fenómenos materiales repetitivos. Sin duda, la esperanza, frente al llano y unidimensional positivismo, introduce mayor complejidad en la realidad. La creencia moderna en Dios ya no se deduce de las leyes causales de este mundo –como todavía pensaba el Tomás de Aquino de las cinco vías‒ sino que se infiere del crédito que nos merece la persona que da testimonio de él, como ocurre con todo aquello que no conocemos por experiencia. Cuando miramos por la ventanilla de un avión en pleno vuelo o contemplamos imágenes del oscuro universo infinito, nada de ese espectáculo de monótona materia nos habla hoy con elocuencia de un Dios personal y compasivo. Sólo nos habla el recuerdo de ese singularísimo judío de Galilea, único precedente creíble de supervivencia: él nos anuncia un Dios amistoso con los hombres y él más que nadie en este mundo es digno de crédito por la súper-ejemplaridad que encarna, literalmente sobrehumana. Concedérselo, anteponiendo la confianza al natural escepticismo, es un cerrar los ojos inteligente, perfectamente razonable.

Ser ciudadano significa no tener señor. Pero ninguna civilización, ni la más desarrollada, nos emancipa de ese último amo siniestro, tirano y usurero que es nuestra muerte. Esta prerrogativa pertenece a la esperanza porque, para quien espera en un Dios de vivos, la muerte pierde su aguijón, relativizada como etapa intermedia dentro de una historia más extensa de lo humano. De manera que esperar no estorba sino, al contrario, perfecciona el ideal de emancipación cívica, porque sólo ese ciudadano esperanzado se halla definitivamente libre de todos los amos.

Esa liberación empezó un día como hoy”.