Apalancamiento

¿Acaso puede resultar extraño que el sentido común identifique el término apalancamiento con la figura del funcionario? En términos generales, los funcionarios solemos apalancarnos (acomodarse en un sitio sin querer moverse de él) a partir de haber alcanzado la cada vez más codiciada condición de tal. Diríase que el apalancamiento no es más que la manifestación “natural” de un esfuerzo personal previo de mayor o menos intensidad y de mayor o menor sufrimiento (obtener la condición de Registrador, Notario, Abogado del Estado, Juez o Catedrático de Universidad, por ejemplo, no es lo mismo que obtener la condición de Conserje o Técnico de Administración General de una Comunidad Autónoma) a la hora de alcanzar un medio de trabajo garantizado –de momento, claro- hasta la fecha de jubilación. A esta situación de apalancamiento contribuyen, sin duda, diversas razones, pero una de carácter fundamental es la tendencia ínsita en la mayoría de los seres humanos a permanecer en el territorio –incluso en la misma ciudad- en que se ha nacido, vivido, estudiado o simplemente conocido a la persona amada.
 
​En la medida en que la oferta de plazas de funcionarios se ha diversificado como consecuencia del proceso mismo de la descentralización del Estado, la movilidad de antaño propia del sistema de Cuerpos Nacionales ha ido de manera paulatina quebrándose a favor de Cuerpos Autonómicos que agudizan la tendencia al apalancamiento, y por qué no decirlo, al más puro y duro localismo.  En el campo específico de los funcionarios docentes universitarios, el fenómeno descrito ha sido, en mi opinión, una auténtica desgracia para la Universidad española. Cuando no existían las Comunidades Autónomas, se opositaba a profesor adjunto o catedrático de Universidad en una oposición de ámbito nacional, y ello derivaba en la necesidad de participar luego en un concurso de traslado que obligaba a los nuevos funcionarios a solicitar destino allí donde hubieren plazas vacantes. Se criticaba el sistema aduciendo que el mismo favorecía la figura del profesor “ave de paso”, toda vez que el mismo aprovechaba la primera oportunidad que se le presentara para pedir traslado a su lugar de origen o a las Universidades de Madrid o Barcelona. Sin embargo, con el paso de los años y visto lo visto, uno se percata de que era altamente beneficioso para las Universidades de provincia contar con “aves de paso”, puesto que al fin y al cabo dejaban muchas veces como rastro un pozo de conocimiento e incluso eran capaces de crear Escuela.  Como en una ocasión me comentó el profesor Matías Cortés en una visita a la Universidad de La Laguna, los nuevos catedráticos y profesores titulares de la Universidad “democrática” son funcionarios territorializados: nacen, viven, estudian, opositan y se apalancan (si pueden hasta la muerte en su condición de eméritos) en su Universidad de “nacimiento-padecimiento”. Como puede fácilmente colegirse, no parece que el sistema tenga como resultado un enriquecimiento de la institución universitaria. De aves migratorias hemos pasado a gallinas y gallos de corral.
 
​Pero la palabreja apalancamiento tiene también otro significado totalmente distinto al apuntado hasta aquí. En la jerga de los economistas, el apalancamiento es un término que está hoy muy de moda. No, no se trata de ese otro significado que también tiene el término de forzar a lo bestia una puerta o ventana con una barra de hierro, sino de endeudarse con créditos bancarios con el fin de financiar operaciones productivas,  especulativas o simplemente vitales. Pero de este tipo de apalancamientos y de sus consecuencias jurídicas hablaremos otro día. De momento permítanme seguir disfrutando de mi apalancamiento presente.

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