Crónicas del nacionalismo subvencionado: camas por embajadas

Habrá quien piense que la tengo tomada con el nacionalismo, pero quien piense así también creerá que solo existe una forma de expresar la singularidad, la que llevan practicando los últimos años en España PNV, CiU, Esquerra y Batasuna… y no es verdad. Pueden mirar fuera a cualquier Estado federal pero también, si lo prefieren, pueden recordar que existía la visión de Tarradellas (expulsado injustamente por los pujolistas) o la de los tradicionalistas de Marcelino Oreja Elósegui (ver la excelente autobiografía de su hijo Memoria y Esperanza) asesinado probablemente por ser moderado y razonable. Y es que en España, especialmente en aquellos territorios que presumen de no ser españoles, se castiga la mesura y se premian los excesos. Pero volvamos al tema que nos ocupa estos días: ¿realmente el nacionalismo sirve para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos? Porque lo demás, son discursos grandilocuentes que tratan de disfrazar lo que de verdad importa.

El president Mas ha dicho que la culpa de los recortes es (¿cómo no?) de Madrid, y que “nos quieren cada vez más folklóricos y menos nacionalistas”. Históricamente (cuando no gobernaban “estos” nacionalista) Cataluña había ejercido su singularidad dentro de España tratando de demostrar que tenían la mejor economía, la mejor clase empresarial, la sociedad más culta y abierta a Europa. Hoy, tras treinta años ininterrumpidos de gobiernos nacionalistas (porque el tripartito fue más nacionalista que el que más) tiene una economía en declive, una clase política más corrupta de lo deseable (en lo del 3% es vox populi que tenía razón Maragall) y al mismo tiempo de las mejores pagadas de España, un sistema educativo a la cola de Europa en resultados, unas empresas en huida (miren incluso a Planeta), la segunda deuda pública de España, una cultura que se mira al ombligo, una prensa complaciente y sumisa… Incluso pueden presumir de tener a los estudiantes españoles que peor hablan el español, idioma por cierto que cuenta en el mundo globalizado para encontrar trabajo…

Y es que los nacionalistas han conseguido que autonomía sea sinónimo de muchas cosas (ver mi anterior post): independencia, gasto ilimitado, ausencia total de controles…, sí, de muchas, salvo de una: responsabilidad y rendición de cuentas. Para evitar eso ya está el recurso victimista de echar la culpa a Madrid a la que también se acude curiosamente para evitar tomar decisiones (“lo del co-pago lo debe decidir Madrid”). Porque seamos serios ¿por qué se recorta en sanidad o en gastos sociales? Pues porque los gobiernos catalanes, en ejercicio de su autonomía de gasto, han hecho opciones de políticas públicas y en lugar de apostar por privilegiar el crear y mantener un sistema de salud y de protección social de calidad y eficiente, que les diera prestigio (real) en España y en Europa, han preferido optar por el folklore: comprando lanzas tribales, subvencionado la enseñanza del catalán en países latinoamericanos o abriendo costosas embajadas (folklóricas) embajadas cuya utilidad práctica es cercana al cero cuando no al ridículo ya que la protección consular sólo puede ser ejercida legalmente por el Estado español, ¿alguien cree que se fomenta la inversión extranjera clamando que Cataluña no es España? Bonita seguridad jurídica la que ofrecen. Con esta política no es de extrañare que la inversión extranjera en Cataluña en el último año sea cero (vean las estadísticas). A ello se unen organismos inútiles, caros o redundantes, junto a un fenomenal aparato de propaganda: la televisión catalana con tres canales autonómicos (y tres más locales), un presupuesto de 383 millones, otros 49 millones de Catalunya Ràdio (incluidos canales de música clásica, ¿en catalán?) y con una plantilla de 1.874 trabajadores en la televisión (más que las plantillas de Antena 3 y Tele 5 juntas) y 421 en la radio; todo ello sin contar las numerosas subvenciones a la prensa ¿privada? local. ¿Más folklore que esto? No, lo que les queremos es cada vez más responsables de sus actos y menos manipuladores.

Por supuesto que es legítimo tomar unas opciones u otras, pero no lo es no responder por ello ante los ciudadanos disfrazando (una vez más) malas políticas con el recurso (del eterno adolescente) de echar la culpa a los demás, decir que no había alternativa, o disfrazando errores envolviéndose en banderas de exaltación nacionalista. Si quieren ser nacionalistas que lo sean, pero si para ello necesitan (tras más de treinta años ininterrumpido de poder) emplear cuantiosas, crecientes y permanentes subvenciones, si para ello tienen que echar a enfermos de sus camas (los recortes han llevado a cerrar el 30% de las camas y el 40% de los quirófanos), o ancianos de sus residencias, entonces ese nacionalismo es artificial y tiene un coste que hay que explicar a los ciudadanos, pues pudiera ser que estos ante tal inacostumbrado ejercicio de transparencia decidieran que para ese camino no hacían falta alforjas. Si han decidido que importa más la bandera que la salud de los ciudadanos que lo digan claramente y que lo pongan en su programa, pero que no nos tomen el pelo.

Hace años, hablado con un dirigente de la Administración catalana, le pregunté que por qué era nacionalista. Primero me dijo que por la lengua, pero entonces le respondí que había naciones que compartían lenguas extranjeras sin problemas (toda América) y que otras, como la India, tenían más de cien lenguas sin que ello supusiera conflicto. Entonces me dijo que por la historia, pero entonces le recordé que todavía no nos habíamos puesto de acuerdo en redactar una historia oficial de España y lo cierto y verdad es que, con todos los matices que quisiera, llevábamos más de 500 años juntos y España era considerada en Europa una de sus naciones más antiguas. Finalmente exclamó: ¡porque es un sentimiento profundo y como todos los sentimientos no se pueden ni se necesitan explicar!  En eso tuve que darle la razón, pero le apostillé: “pues tened cuidado, que los sentimientos son manipulables, y como vienen se van. Yo que vosotros, si queréis sobrevivir y por si acaso, apostaría por mejorar la calidad de vida de los ciudadanos catalanes, eso no falla nunca”. Se ve que no me escuchó. Y luego se quejan.

 

Crónicas del nacionalismo subvencionado: camas por embajadas

Habrá quien piense que la tengo tomada con el nacionalismo, pero quien piense así también creerá que solo existe una forma de expresar la singularidad, la que llevan practicando los últimos años en España PNV, CiU, Esquerra y Batasuna… y no es verdad. Pueden mirar fuera a cualquier Estado federal pero también, si lo prefieren, pueden recordar que existía la visión de Tarradellas (expulsado injustamente por los pujolistas) o la de los tradicionalistas de Marcelino Oreja Elósegui (ver la excelente autobiografía de su hijo Memoria y Esperanza) asesinado probablemente por ser moderado y razonable. Y es que en España, especialmente en aquellos territorios que presumen de no ser españoles, se castiga la mesura y se premian los excesos. Pero volvamos al tema que nos ocupa estos días: ¿realmente el nacionalismo sirve para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos? Porque lo demás, son discursos grandilocuentes que tratan de disfrazar lo que de verdad importa.

El president Mas ha dicho que la culpa de los recortes es (¿cómo no?) de Madrid, y que “nos quieren cada vez más folklóricos y menos nacionalistas”. Históricamente (cuando no gobernaban “estos” nacionalista) Cataluña había ejercido su singularidad dentro de España tratando de demostrar que tenían la mejor economía, la mejor clase empresarial, la sociedad más culta y abierta a Europa. Hoy, tras treinta años ininterrumpidos de gobiernos nacionalistas (porque el tripartito fue más nacionalista que el que más) tiene una economía en declive, una clase política más corrupta de lo deseable (en lo del 3% es vox populi que tenía razón Maragall) y al mismo tiempo de las mejores pagadas de España, un sistema educativo a la cola de Europa en resultados, unas empresas en huida (miren incluso a Planeta), la segunda deuda pública de España, una cultura que se mira al ombligo, una prensa complaciente y sumisa… Incluso pueden presumir de tener a los estudiantes españoles que peor hablan el español, idioma por cierto que cuenta en el mundo globalizado para encontrar trabajo…

Y es que los nacionalistas han conseguido que autonomía sea sinónimo de muchas cosas (ver mi anterior post): independencia, gasto ilimitado, ausencia total de controles…, sí, de muchas, salvo de una: responsabilidad y rendición de cuentas. Para evitar eso ya está el recurso victimista de echar la culpa a Madrid a la que también se acude curiosamente para evitar tomar decisiones (“lo del co-pago lo debe decidir Madrid”). Porque seamos serios ¿por qué se recorta en sanidad o en gastos sociales? Pues porque los gobiernos catalanes, en ejercicio de su autonomía de gasto, han hecho opciones de políticas públicas y en lugar de apostar por privilegiar el crear y mantener un sistema de salud y de protección social de calidad y eficiente, que les diera prestigio (real) en España y en Europa, han preferido optar por el folklore: comprando lanzas tribales, subvencionado la enseñanza del catalán en países latinoamericanos o abriendo costosas embajadas (folklóricas) embajadas cuya utilidad práctica es cercana al cero cuando no al ridículo ya que la protección consular sólo puede ser ejercida legalmente por el Estado español, ¿alguien cree que se fomenta la inversión extranjera clamando que Cataluña no es España? Bonita seguridad jurídica la que ofrecen. Con esta política no es de extrañare que la inversión extranjera en Cataluña en el último año sea cero (vean las estadísticas). A ello se unen organismos inútiles, caros o redundantes, junto a un fenomenal aparato de propaganda: la televisión catalana con tres canales autonómicos (y tres más locales), un presupuesto de 383 millones, otros 49 millones de Catalunya Ràdio (incluidos canales de música clásica, ¿en catalán?) y con una plantilla de 1.874 trabajadores en la televisión (más que las plantillas de Antena 3 y Tele 5 juntas) y 421 en la radio; todo ello sin contar las numerosas subvenciones a la prensa ¿privada? local. ¿Más folklore que esto? No, lo que les queremos es cada vez más responsables de sus actos y menos manipuladores.

Por supuesto que es legítimo tomar unas opciones u otras, pero no lo es no responder por ello ante los ciudadanos disfrazando (una vez más) malas políticas con el recurso (del eterno adolescente) de echar la culpa a los demás, decir que no había alternativa, o disfrazando errores envolviéndose en banderas de exaltación nacionalista. Si quieren ser nacionalistas que lo sean, pero si para ello necesitan (tras más de treinta años ininterrumpido de poder) emplear cuantiosas, crecientes y permanentes subvenciones, si para ello tienen que echar a enfermos de sus camas (los recortes han llevado a cerrar el 30% de las camas y el 40% de los quirófanos), o ancianos de sus residencias, entonces ese nacionalismo es artificial y tiene un coste que hay que explicar a los ciudadanos, pues pudiera ser que estos ante tal inacostumbrado ejercicio de transparencia decidieran que para ese camino no hacían falta alforjas. Si han decidido que importa más la bandera que la salud de los ciudadanos que lo digan claramente y que lo pongan en su programa, pero que no nos tomen el pelo.

Hace años, hablado con un dirigente de la Administración catalana, le pregunté que por qué era nacionalista. Primero me dijo que por la lengua, pero entonces le respondí que había naciones que compartían lenguas extranjeras sin problemas (toda América) y que otras, como la India, tenían más de cien lenguas sin que ello supusiera conflicto. Entonces me dijo que por la historia, pero entonces le recordé que todavía no nos habíamos puesto de acuerdo en redactar una historia oficial de España y lo cierto y verdad es que, con todos los matices que quisiera, llevábamos más de 500 años juntos y España era considerada en Europa una de sus naciones más antiguas. Finalmente exclamó: ¡porque es un sentimiento profundo y como todos los sentimientos no se pueden ni se necesitan explicar!  En eso tuve que darle la razón, pero le apostillé: “pues tened cuidado, que los sentimientos son manipulables, y como vienen se van. Yo que vosotros, si queréis sobrevivir y por si acaso, apostaría por mejorar la calidad de vida de los ciudadanos catalanes, eso no falla nunca”. Se ve que no me escuchó. Y luego se quejan.