Una “conferencia de paz”

La “conferencia internacional” celebrada esta semana en San Sebastián con la participación de destacados “mediadores internacionales”, terminó con una declaración posiblemente ya conocida por todos los lectores (se puede consultar aquí). 

En Derecho se habla de mediar cuando un tercero ajeno a un conflicto (y de esa manera no afectado por los prejuicios y las limitaciones tácticas y estratégicas de las partes) interviene a los efectos de acercar posturas y facilitar un acuerdo que esas partes desean, pero que reconocen que por si solas se ven imposibilitadas de conseguir. Esa solicitud de mediación por ambas partes implica, asimismo, un cierto reconocimiento de la legitimidad de la postura de la otra parte, porque si no fuera así nadie tendría que mediar, distribuir, asignar equitativamente. Por eso, que a estas alturas alguien pretenda “mediar” en el “conflicto vasco”, es decir, ayudarnos a superar nuestras “limitaciones” de cara a acercar posturas entre las partes enfrentadas (el Estado y ETA) resulta, no tanto un sarcasmo o un insulto, como algo simplemente ridículo. Este intento del mundo de ETA recuerda vagamente al de Himmler, buscando una paz negociada con los aliados en mayo de 1945. Si en 1940 un Churchill completamente aislado y asediado no quiso negociar con Hitler, precisamente para no cometer el error de reconocerle ninguna legitimidad,  menos aún al final de la guerra. Lo que no implicaba, ni implica, que el enemigo esté derrotado y no pueda seguir haciendo daño. Los nazis siguieron emboscando soldados aliados muchos meses después de la guerra. Pero es obvio que si la decisión de resistir la barbarie y de no llegar a acuerdos fue monolítica en tiempos duros, cuando todo parecía perdido, no podía serlo menos cuando el final estaba a la vista.

Volviendo a nuestra época, otra cosa muy distinta es que las circunstancias políticas aconsejen “ablandar” al sector abertzale más díscolo con el fin de que acepte mejor la medicina de la disolución. Desde esta perspectiva, la “conferencia” no sería tanto una conferencia “de verdad” como una pantomima con la finalidad de vender mejor una burra ya vendida. De ahí toda la retórica empleada por los “mediadores”, incluida esa mención final sugiriendo “que los actores no violentos y representantes políticos se reúnan y discutan cuestiones políticas, así como otras relacionadas al respecto con consulta a la ciudadanía”. En definitiva, todo el montaje no sería mas que una envoltura retórica con la finalidad de facilitar a los terroristas cierto “sentido” (propio, particular e intransferible) a su decisión definitiva de abandonar las armas.

En el año 2005, cuando el final de ETA también parecía próximo, escribí una tribuna en El País sobre este tema (“El terrorista y sus víctimas: personas en busca de sentido”). En ella defendía que puede ser interesante facilitar que los terroristas encuentren ese sentido, pero circunscrito exclusivamente al tema de los presos (al final vino el error de las famosas dos mesas y el proceso se frustró). Sin embargo, proporcionarles sentido a través de la retórica resulta extraordinariamente peligroso.

Quien mejor comprendió siempre este riesgo fue, sin duda, Víctor Kemplerer. Al fin y al cabo se trataba de un lingüista, a mayor abundamiento judío y que pasó toda la Segunda Guerra Mundial en Alemania. Además de sus inmortales diarios, dejó una obrita muy reveladora, denominada LTI (Lingua Tertii Imperii) donde explicaba el uso político del lenguaje por los nazis y hasta que punto tal uso era capaz de pervertir la comprensión de la realidad. Y es que, efectivamente, como tantas veces se ha dicho, el lenguaje no es neutral, sino que transmite ideas, actitudes, emociones, de forma quizá solapada, pero, precisamente por solapada, tremendamente eficaz. Hablamos de “conflicto”, de “mediadores”, de “política”, de “consulta ciudadana”, y creamos de forma casi inconsciente en nuestra mente un marco de comprensión de los hechos reales donde están ausentes el asesinato, la extorsión, los terroristas y la falta de libertad política.

Por eso el sentido no se puede conceder a ese precio, porque luego, alguien, inevitablemente, querrá cobrar la factura y me atrevo a decir que si no la cobra se sentirá estafado. Ya que hemos citado el ejemplo nazi -y alguien muy legitimado ha hablado de que, en realidad, lo que ETA necesita es un Nuremberg histórico- sigamos con la analogía. Los aliados esperaron a valorar las consecuencias políticas en juego y a dar “sentido” a los alemanes (mayoritariamente cómplices en la barbarie) a que la guerra hubiese acabado, y básicamente lo limitaron al tema de los presos nazis. Es verdad de que en el juicio principal de Nuremberg condenaron a los más importantes y los ahorcaron, pero el destino de los miles que fueron juzgados en los juicios posteriores fue mucho más liviano. La mayoría salió de la cárcel a los pocos años. Los aliados consideraban que una Alemania unida y reconciliada, fundamental en la Guerra Fría, así lo exigía. Este argumento del peligro rojo fue insistentemente utilizado por los nazis al final de la guerra con la finalidad de llegar a un acuerdo, especialmente por Himmler, pero nadie lo tuvo en cuenta hasta que ésta hubo acabado. Entonces es cuando pasó a convertirse en una cuestión importante, con todos los dilemas morales que tal cosa implicaba.

La historia está contada de manera insuperable en la película “Un juicio en Nuremberg”, traducida aquí como “Vencedores o vencidos” y dirigida por Stanley Kramer en 1961. En esa película hay dos escenas memorables. La primera protagonizada por el juez de la causa (interpretado por Spencer Tracy) y el abogado defensor (Maximilian Schell). En ella el abogado pronostica al juez, después de conocer la condena a perpetuidad de los acusados, que todos saldrán a los pocos años (como así fue). El juez le responde que tal cosa puede ser útil y conveniente, que él no lo niega, pero ni toda la utilidad y conveniencia del mundo la podrán hacer justa. Pero la segunda escena es todavía más pertinente a nuestros efectos. En la escena final de la película se enfrentan el mismo juez y el acusado principal (un juez nazi interpretado por Burt Lancaster). Cuando el nazi le pide que comprenda que el no participó en el terrible horror de las cámaras de exterminio, Spencer Tracy le rectifica: participó en el momento en que decidió condenar a muerte al primer inocente.

Quizá haya que sacarles de la cárcel -no será justo, lo se- pero quizá sea útil si se hace bien, individualmente y previo cumplimiento de los correspondientes requisitos. Pero lo que a estas alturas no vamos a hacer es condenar, ni siquiera retóricamente, a un inocente. Como señalaba en ese artículo de 2005, mezclar el tema de los presos con cualquier cuestión política, aun limitándola al uso del lenguaje, “sería insoportable para todos, pero especialmente para las víctimas. Sería un atentado existencial injusto y criminal. Criminal, porque justificaría el crimen: sería incluso peor que volver a matar a la víctima, porque le arrebataría hasta el propio sentido de su vida y de su muerte.”

Una “conferencia de paz”

La “conferencia internacional” celebrada esta semana en San Sebastián con la participación de destacados “mediadores internacionales”, terminó con una declaración posiblemente ya conocida por todos los lectores (se puede consultar aquí). 

En Derecho se habla de mediar cuando un tercero ajeno a un conflicto (y de esa manera no afectado por los prejuicios y las limitaciones tácticas y estratégicas de las partes) interviene a los efectos de acercar posturas y facilitar un acuerdo que esas partes desean, pero que reconocen que por si solas se ven imposibilitadas de conseguir. Esa solicitud de mediación por ambas partes implica, asimismo, un cierto reconocimiento de la legitimidad de la postura de la otra parte, porque si no fuera así nadie tendría que mediar, distribuir, asignar equitativamente. Por eso, que a estas alturas alguien pretenda “mediar” en el “conflicto vasco”, es decir, ayudarnos a superar nuestras “limitaciones” de cara a acercar posturas entre las partes enfrentadas (el Estado y ETA) resulta, no tanto un sarcasmo o un insulto, como algo simplemente ridículo. Este intento del mundo de ETA recuerda vagamente al de Himmler, buscando una paz negociada con los aliados en mayo de 1945. Si en 1940 un Churchill completamente aislado y asediado no quiso negociar con Hitler, precisamente para no cometer el error de reconocerle ninguna legitimidad,  menos aún al final de la guerra. Lo que no implicaba, ni implica, que el enemigo esté derrotado y no pueda seguir haciendo daño. Los nazis siguieron emboscando soldados aliados muchos meses después de la guerra. Pero es obvio que si la decisión de resistir la barbarie y de no llegar a acuerdos fue monolítica en tiempos duros, cuando todo parecía perdido, no podía serlo menos cuando el final estaba a la vista.

Volviendo a nuestra época, otra cosa muy distinta es que las circunstancias políticas aconsejen “ablandar” al sector abertzale más díscolo con el fin de que acepte mejor la medicina de la disolución. Desde esta perspectiva, la “conferencia” no sería tanto una conferencia “de verdad” como una pantomima con la finalidad de vender mejor una burra ya vendida. De ahí toda la retórica empleada por los “mediadores”, incluida esa mención final sugiriendo “que los actores no violentos y representantes políticos se reúnan y discutan cuestiones políticas, así como otras relacionadas al respecto con consulta a la ciudadanía”. En definitiva, todo el montaje no sería mas que una envoltura retórica con la finalidad de facilitar a los terroristas cierto “sentido” (propio, particular e intransferible) a su decisión definitiva de abandonar las armas.

En el año 2005, cuando el final de ETA también parecía próximo, escribí una tribuna en El País sobre este tema (“El terrorista y sus víctimas: personas en busca de sentido”). En ella defendía que puede ser interesante facilitar que los terroristas encuentren ese sentido, pero circunscrito exclusivamente al tema de los presos (al final vino el error de las famosas dos mesas y el proceso se frustró). Sin embargo, proporcionarles sentido a través de la retórica resulta extraordinariamente peligroso.

Quien mejor comprendió siempre este riesgo fue, sin duda, Víctor Kemplerer. Al fin y al cabo se trataba de un lingüista, a mayor abundamiento judío y que pasó toda la Segunda Guerra Mundial en Alemania. Además de sus inmortales diarios, dejó una obrita muy reveladora, denominada LTI (Lingua Tertii Imperii) donde explicaba el uso político del lenguaje por los nazis y hasta que punto tal uso era capaz de pervertir la comprensión de la realidad. Y es que, efectivamente, como tantas veces se ha dicho, el lenguaje no es neutral, sino que transmite ideas, actitudes, emociones, de forma quizá solapada, pero, precisamente por solapada, tremendamente eficaz. Hablamos de “conflicto”, de “mediadores”, de “política”, de “consulta ciudadana”, y creamos de forma casi inconsciente en nuestra mente un marco de comprensión de los hechos reales donde están ausentes el asesinato, la extorsión, los terroristas y la falta de libertad política.

Por eso el sentido no se puede conceder a ese precio, porque luego, alguien, inevitablemente, querrá cobrar la factura y me atrevo a decir que si no la cobra se sentirá estafado. Ya que hemos citado el ejemplo nazi -y alguien muy legitimado ha hablado de que, en realidad, lo que ETA necesita es un Nuremberg histórico- sigamos con la analogía. Los aliados esperaron a valorar las consecuencias políticas en juego y a dar “sentido” a los alemanes (mayoritariamente cómplices en la barbarie) a que la guerra hubiese acabado, y básicamente lo limitaron al tema de los presos nazis. Es verdad de que en el juicio principal de Nuremberg condenaron a los más importantes y los ahorcaron, pero el destino de los miles que fueron juzgados en los juicios posteriores fue mucho más liviano. La mayoría salió de la cárcel a los pocos años. Los aliados consideraban que una Alemania unida y reconciliada, fundamental en la Guerra Fría, así lo exigía. Este argumento del peligro rojo fue insistentemente utilizado por los nazis al final de la guerra con la finalidad de llegar a un acuerdo, especialmente por Himmler, pero nadie lo tuvo en cuenta hasta que ésta hubo acabado. Entonces es cuando pasó a convertirse en una cuestión importante, con todos los dilemas morales que tal cosa implicaba.

La historia está contada de manera insuperable en la película “Un juicio en Nuremberg”, traducida aquí como “Vencedores o vencidos” y dirigida por Stanley Kramer en 1961. En esa película hay dos escenas memorables. La primera protagonizada por el juez de la causa (interpretado por Spencer Tracy) y el abogado defensor (Maximilian Schell). En ella el abogado pronostica al juez, después de conocer la condena a perpetuidad de los acusados, que todos saldrán a los pocos años (como así fue). El juez le responde que tal cosa puede ser útil y conveniente, que él no lo niega, pero ni toda la utilidad y conveniencia del mundo la podrán hacer justa. Pero la segunda escena es todavía más pertinente a nuestros efectos. En la escena final de la película se enfrentan el mismo juez y el acusado principal (un juez nazi interpretado por Burt Lancaster). Cuando el nazi le pide que comprenda que el no participó en el terrible horror de las cámaras de exterminio, Spencer Tracy le rectifica: participó en el momento en que decidió condenar a muerte al primer inocente.

Quizá haya que sacarles de la cárcel -no será justo, lo se- pero quizá sea útil si se hace bien, individualmente y previo cumplimiento de los correspondientes requisitos. Pero lo que a estas alturas no vamos a hacer es condenar, ni siquiera retóricamente, a un inocente. Como señalaba en ese artículo de 2005, mezclar el tema de los presos con cualquier cuestión política, aun limitándola al uso del lenguaje, “sería insoportable para todos, pero especialmente para las víctimas. Sería un atentado existencial injusto y criminal. Criminal, porque justificaría el crimen: sería incluso peor que volver a matar a la víctima, porque le arrebataría hasta el propio sentido de su vida y de su muerte.”