El Duque de Palma, ¿nobleza obliga?

Nadie sabe si la reciente imputación judicial de varios delitos al Duque de Palma acabará en una sentencia firme condenatoria. Sin embargo, incluso si su ejecutoria como intermediario o contratista con las Administraciones Públicas, prevalido inevitablemente de su condición “real”, pudiera ser lícita, no es ni ética ni estéticamente presentable. Ni para él, ni para su despistada esposa, que con seguridad no se habrá enterado por la prensa de cómo se ganaba la vida su consorte, y menos aún siendo ella su socia al cincuenta por ciento.

En mi opinión, la trascendencia jurídica o criminal del asunto no es tan relevante como su dimensión moral. Tanto marido como esposa venían obligados –precisamente por su condición “real”- a no permitir ni sombra de duda sobre el modo en que se ganaban la vida. Y a hacerlo por vías más honorables, más decorosas, y menos cuestionables que las aireadas en la prensa, con independencia de que éstas últimas se terminen demostrando lícitas (¡¡que todo puede ser con la justicia en este país!!.).

Y es que, como se suele decir, ¡¡nobleza obliga!! Y si algo se opone a la vida noble -“ejemplar” (por usar la expresión de la propia Casa del Rey)- es la vida vulgar. La evolución del Duque de Palma, desde su etapa como deportista olímpico hasta estos últimos años, es prueba de ese contraste.

Como deportista que fue de alta competición, el Sr. Urdangarín se sometía a duras exigencias, a entrenamientos continuos (entrenamiento traduce lo que en griego se llamaba “ascesis”, que tiene que ver con ascensión, con elevación sobre el nivel de la vulgaridad). Disciplina y sacrificios que se imponía al servicio de un fin noble: vencer limpiamente al rival, defender a la selección española. Entonces no era duque, pero llevaba una vida noble, al menos en su actividad pública conocida.

Fue contraer matrimonio con la Infanta Cristina y sucumbir, poco a poco, a la vulgaridad. El modo en que empezó a hacer dinero, como contratista con las administraciones públicas, o como comisionista con entidades benéficas, prevalido de su condición “real”, ilustra el cambio de vida. De la autoexigencia al desenfreno. De la vida ascética del deportista al descontrol, y a la orgía del dinero fácil. Que su conducta reciba o no reprobación penal es relevante pero no decisivo.

Lo decisivo es que alguien de quien -por su lugar de preeminencia en la escala social y por su cercanía a la Corona (cuya única legitimidad verdadera es servir de ejemplo)- cabía esperar un comportamiento noble, en vez de servir a fines nobles (culturales, científicos, filantrópicos), aprovecha su condición para servirse sin recato. No para dar, no para servir, sino para recibir.

Qué diferente el ideal de nobleza encarnado por el Duque de Palma (y su despistada socia y esposa) de los ideales que están en el origen de algunas de las casas ducales más importantes de España.

“Dar es señorío y recibir servidumbre”, reza la divisa de los Duques del Infantado desde el siglo XV. Acaso Urdangarín entendió ese lema, pero al revés.

Alfonso García Valdecasas, que conoció de primera mano el servicio multisecular de los Infantado a favor de la cultura y de la ciencia españolas, dice en “El hidalgo y el honor” que la verdadera nobleza es la de la virtud, la de las costumbres, no la del parentesco (sola virtus nobilitas est). Y que el honor nunca se cifra en el éxito (de lo que se logra o se posee), sino en el esfuerzo al servicio de una causa noble. La cultura del éxito es villana; la del esfuerzo, hidalga.

Es un pensamiento constante entre nuestros clásicos el de que la nobleza, ante todo, es –o, mejor dicho, debe ser- una fuente de deberes. No de privilegios. Ortega, en un sentido parecido, decía que el caballo de pura raza (es decir, noble) tiene la obligación de correr y de resistir más que el caballo vulgar. Y es que “noblesse obligue”.

He aquí un arquetipo moral y su antítesis. La excelencia y la vulgaridad. El honor y el deshonor.

El Duque de Palma, ¿nobleza obliga?

Nadie sabe si la reciente imputación judicial de varios delitos al Duque de Palma acabará en una sentencia firme condenatoria. Sin embargo, incluso si su ejecutoria como intermediario o contratista con las Administraciones Públicas, prevalido inevitablemente de su condición “real”, pudiera ser lícita, no es ni ética ni estéticamente presentable. Ni para él, ni para su despistada esposa, que con seguridad no se habrá enterado por la prensa de cómo se ganaba la vida su consorte, y menos aún siendo ella su socia al cincuenta por ciento.

En mi opinión, la trascendencia jurídica o criminal del asunto no es tan relevante como su dimensión moral. Tanto marido como esposa venían obligados –precisamente por su condición “real”- a no permitir ni sombra de duda sobre el modo en que se ganaban la vida. Y a hacerlo por vías más honorables, más decorosas, y menos cuestionables que las aireadas en la prensa, con independencia de que éstas últimas se terminen demostrando lícitas (¡¡que todo puede ser con la justicia en este país!!.).

Y es que, como se suele decir, ¡¡nobleza obliga!! Y si algo se opone a la vida noble -“ejemplar” (por usar la expresión de la propia Casa del Rey)- es la vida vulgar. La evolución del Duque de Palma, desde su etapa como deportista olímpico hasta estos últimos años, es prueba de ese contraste.

Como deportista que fue de alta competición, el Sr. Urdangarín se sometía a duras exigencias, a entrenamientos continuos (entrenamiento traduce lo que en griego se llamaba “ascesis”, que tiene que ver con ascensión, con elevación sobre el nivel de la vulgaridad). Disciplina y sacrificios que se imponía al servicio de un fin noble: vencer limpiamente al rival, defender a la selección española. Entonces no era duque, pero llevaba una vida noble, al menos en su actividad pública conocida.

Fue contraer matrimonio con la Infanta Cristina y sucumbir, poco a poco, a la vulgaridad. El modo en que empezó a hacer dinero, como contratista con las administraciones públicas, o como comisionista con entidades benéficas, prevalido de su condición “real”, ilustra el cambio de vida. De la autoexigencia al desenfreno. De la vida ascética del deportista al descontrol, y a la orgía del dinero fácil. Que su conducta reciba o no reprobación penal es relevante pero no decisivo.

Lo decisivo es que alguien de quien -por su lugar de preeminencia en la escala social y por su cercanía a la Corona (cuya única legitimidad verdadera es servir de ejemplo)- cabía esperar un comportamiento noble, en vez de servir a fines nobles (culturales, científicos, filantrópicos), aprovecha su condición para servirse sin recato. No para dar, no para servir, sino para recibir.

Qué diferente el ideal de nobleza encarnado por el Duque de Palma (y su despistada socia y esposa) de los ideales que están en el origen de algunas de las casas ducales más importantes de España.

“Dar es señorío y recibir servidumbre”, reza la divisa de los Duques del Infantado desde el siglo XV. Acaso Urdangarín entendió ese lema, pero al revés.

Alfonso García Valdecasas, que conoció de primera mano el servicio multisecular de los Infantado a favor de la cultura y de la ciencia españolas, dice en “El hidalgo y el honor” que la verdadera nobleza es la de la virtud, la de las costumbres, no la del parentesco (sola virtus nobilitas est). Y que el honor nunca se cifra en el éxito (de lo que se logra o se posee), sino en el esfuerzo al servicio de una causa noble. La cultura del éxito es villana; la del esfuerzo, hidalga.

Es un pensamiento constante entre nuestros clásicos el de que la nobleza, ante todo, es –o, mejor dicho, debe ser- una fuente de deberes. No de privilegios. Ortega, en un sentido parecido, decía que el caballo de pura raza (es decir, noble) tiene la obligación de correr y de resistir más que el caballo vulgar. Y es que “noblesse obligue”.

He aquí un arquetipo moral y su antítesis. La excelencia y la vulgaridad. El honor y el deshonor.