La hora de los valientes: siniestro total institucional y ciudadanos

Ahora que tenemos reciente los datos da última oleada del CIS de mayo de 2012,  e incluso las encargadas por medios nacionales, podemos decir que los españoles no solo estamos en estado de shock o crisis económica total, sino también en estado de shock o crisis institucional.

 

Nuestras instituciones, por diversos motivos que se han ido analizando en este blog y en otros muchos similares – y por supuesto también en otros medios- han dejado de funcionar. O por lo menos no nos sirven, tal y como están, para sacarnos de ésta. De ahí la sensación de desamparo y de irritación que cunde en la ciudadanía, que nos lleva incluso a pensar que mejor los hombres de negro de fuera que los nuestros, sea el que sea el color de sus trajes.

 

De la misma forma, se nos recuerda en muchos comentarios a nuestros posts (la mayoría etiquetados como “crisis económica e institucional” por cierto) y en comentarios personales a los editores que lo que decimos  está muy bien, que el diagnóstico está claro y es compartido, pero que damos pocas soluciones y no hacemos propuestas constructivas. Aunque creo que esta crítica resulta un poco injusta, porque sí que intentamos en la medida de nuestras posibilidades hacerlo, me temo que tampoco nosotros, desde este blog, podemos solos reconstituir nuestras instituciones y convertirlas como por arte de magia en lo que se supone que deberían ser, y lo que dicen nuestra Constitución y nuestras leyes que son. Porque –y hay que insistir en esto- a nuestras normas no les pasa nada. O mejor dicho, les pasa algo tremendo; que se han convertido en una Constitución y unas leyes de papel que pueden incumplirse, al menos por nuestro Gobierno y nuestras Administraciones  sin muchas consecuencias, más allá de los escasos y siempre excepcionales procedimientos penales para los casos más sangrantes.

 

También en mis (pocas) intervenciones públicas (en eventos  organizados con ocasión de la promulgación en un futuro cercano de la Ley de Transparencia , acceso a la información pública y buen gobierno en la que tanta confianza tiene depositada la ciudadanía)  la gente se anima a hacer preguntas del tipo ¿y nosotros qué podemos hacer? ¿qué  puede hacer la sociedad civil? ¿Que podemos hacer todos y cada uno de nosotros si nuestra clase política, nuestras instituciones en general y nuestras Administraciones en particular se han convertido en parte del problema , preocupadas únicamente por su supervivencia y por el corto plazo, y por tanto  incapaces de salvarnos de nada? ¿Cómo exigirles transparencia si no nos la quieren dar? ¿Cómo evitar que se defiendan de nosotros? ¿Cómo conseguir que respondan a nuestros intereses y no a los suyos propios? Y así hasta que se acaba el tiempo.

 

Bueno,  pues se pueden hacer bastantes cosas, pero siempre que nos demos cuenta de que las instituciones somos nosotros. O dándole la vuelta a la frase, que las instituciones sin nosotros no son nada. Y que, con relativamente poco esfuerzo, poco tiempo y poco dinero. se las puede presionar para que empiecen a funcionar, aunque sea a trancas y barrancas, para vuelvan a ser como las definen nuestras leyes. Por eso soy muy poco partidaria de cambios normativos que aclaren cosas del tipo “El Tribunal de Cuentas debe controlar las cuentas de manera efectiva”,  “Los vocales del CGPJ no se pueden dedicar al turismo politico o al pasilleo” ,“los magistrados del TC tienen que ser independientes”, “las televisiones públicas no serán nunca más teles de partido” o “los parlamentarios españoles están para representar a los ciudadanos españoles, y sería conveniente que los plenos no parecieran el patio de un colegio, risitas y pataletas incluidas”.  Si ustedes tienen la santa paciencia de leerse las principales normas de nuestro ordenamiento jurídico que regulan nuestras principales instituciones coincidirán conmigo en que, más allá de una mejor o peor redacción (que también en eso han empeorado con el tiempo) nuestras instituciones, siempre sobre el papel, son más o menos homologables a las de nuestro entorno.

 

En definitiva, hay que molestarse un poco y hay que ser más valiente. Dos cosas a las que la sociedad española  no ha estado dispuesta hasta hace dos días. Pero es que si no las hace la sociedad civil, si no las hacemos nosotros, desengáñense, nadie, ni nuestros Gobiernos estatales o regionales de uno u otro signo, ni la troika, ni los mercados, ni los extraterrestres las van a hacer por nosotros. Nadie nos va a salvar de nosotros mismos, salvo nosotros mismos.

 

El otro día, en una estupenda conferencia en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, D. Victor Pérez- Diez dijo en voz alta algo que yo siempre he pensado: que la sociedad española es muy estoica, es decir, aguanta mucho, y también que tiene un fondo de sensatez y de decencia muy importante. Pues habrá que tirar de este fondo y de este estoicismo, aunque por culpa nuestra hayamos elegido tan mal a nuestras élites que parecen cualquier cosa menos élites, salvo en los privilegios que deberían ir asociados a las responsabilidades (vamos, que si un señor dispone por ejemplo de un avión porque es Presidente del Gobierno no es para actividades que no tengan nada que ver con su cargo).  Y no me refiero solo a los políticos, porque no sería justo. También hay que insistir en que para despertarse como sociedad civil, lo primero es reconocer las cosas que hemos hecho mal como sociedad civil, aunque no seamos los mayores responsables de este siniestro total institucional.

 

Vale, dirán ustedes, todo lo que dice esta señora está muy bien, pero esto ¿Cómo se hace?   Pues el otro día Alberto Gil en este post   daba algunas ideas que me parecen muy interesantes y que están al alcance de todos y cada uno de nosotros. Básicamente, consisten en poner en valor este estoicismo español,  soportando  los necesarios sacrificios que nos va a tocar hacer, pero también esta sensatez y esta decencia,  echándole valor y obligando a nuestros políticos y a nuestras instituciones a adecuarse a lo que dicen nuestras normas que son. Instituciones y políticos de una democracia avanzada, no de un estado bananero de cuarta.

 

Y aquí van algunas sugerencias en la linea de las señaladas por Alberto Gil:

 

a)      Si no nos dicen la verdad nuestros dirigentes o nuestros medios, podemos muy fácilmente informarnos en otro sitio. En la era de Internet incluso sin saber inglés (que es algo que ya deberíamos saber todos a estas alturas) esto es muy fácil. Pero deben de saber que no les creemos ya y  que nos interesa más lo que dice el FT, el WSJ o cualquier blog independiente que sus ruedas de prensa sin preguntas, con preguntas cómodas, o dadas en la intimidad de las sedes de los partidos políticos o en los patios de colegio en que se han convertido nuestros Parlamentos. Muchos de nuestros políticos y periodistas y hasta directores de periódicos están en las redes sociales, y aunque no gestionen ellos mismos sus perfiles (y algunos sí lo hacen) seguro que les llegan los twits o los “no me gusta” especialmente si se cuentan por miles y si tienen nombre y apellidos, es decir, no son anónimos.

 

b)      Siempre que pillemos a nuestros dirigentes o representantes o medios en medias verdades, renuncios, mentiras o directamente cuando digan tonterías sin ninguna base ni soporte documental ni técnico conocido (a lo que están desgraciadamente muy acostumbrados)  se les hace saber rápidamente. Por ejemplo, si alguien calcula así a ojo que una determinada política pública va a crear, no sé, 200.000 empleos pues se les pregunta o se les exige que aporten los informes o los documentos o lo que sea donde se contengan las estimaciones. O se les manda los documentos o los informes que lo desmientan. En fín, les vamos educando. Como he dicho antes, hagánse con una cuenta en twitter, por ejemplo, es facilísimo y permite convertir en “trending topic” asuntos como la querella de Bankia o que el Presidente del Gobierno no comparezca cuando su país sufre un “no rescate”. ¡Y vaya si los políticos y los medios reaccionan a la opinión púbica online! Y no digamos a las peticiones organizadas de la sociedad civil en temas que les afectan directamente. Recuerden que la dimisión de Divar, además del público en general y la opinión pública la pidieron las 4 asociaciones de jueces.

 

c)         Las críticas y denuncias que todos hacemos, cada uno en su entorno, en cafeterías y pasillos, las debemos hacer en voz alta y clara a nuestros jefes, con nuestro nombre y apellidos y DNI,  en todas las oportunidades que tengamos y por todos los medios a nuestro alcance Esto es fundamental. Si no, siempre podrán seguir viviendo con la ilusión de que nos parece bien lo que hacen y dicen hasta que llega la siguiente oleada del CIS.

 

d)       En la línea propuesta por Alberto Gil, no aceptemos cargos,  prebendas o recomendaciones que no nos correspondan por nuestro mérito y nuestra capacidad ya sea en el sector público o en el privado. Tampoco debemos pedirlos.

 

e)      Seamos serios en nuestro trabajo, el que tenga la suerte de tenerlo todavía, paguemos nuestras facturas en plazo, no hagamos trampas.

 

f)       Denunciemos las conductas irregulares, ilegales, inmorales y por supuesto delictivas que nos encontremos con nuestras firmas.

 

g)      Apoyemos a las personas –que las hay- que  defienden lo mismo que nosotros aunque formen parte de las instituciones, incluso si están dentro de un partido político o un sindicato o una organización empresarial. Valoremos la independencia y la honestidad, aunque crezcan en tierra hostil, y agradezcámoslo. Quien sabe, puede que cunda el ejemplo. Y necesitaremos aliados dentro de la fortaleza.

 

h)      Apoyemos a las asociaciones que ya existen y que empiezan a ejercer de sociedad civil o montamos una nosotros si no encontramos ninguna que nos guste. Es muy barato y sencillo.

 

i)        Participemos en las iniciativas que se promueven desde la sociedad civil que nos parezca que defienden nuestros intereses como sociedad –e incluso las iniciativas que se promueven desde dentro del sistema, si ayudan a cambiarlo- ya se trate de plantear o apoyar una petición   o  una querella ciudadana que se presenta en el caso, o la presentada por un partido político  de hacer crowfunding para ayudar a financiar una causa que nos convence, hacer una pregunta incómoda, pero necesaria, colaborar con información o con seguidores para tener información que permita controlar a nuestros representantes asesorando o ayudando técnicamente a quien lo necesite, organizando charlas, conferencias o seminarios, escribiendo documentos  o,  ya puestos a barrer para casa, escribir en este blog o en otros similares para ayudar a entender qué está pasando y proponer soluciones.

 

j)        Si  además pertenecemos o trabajamos en alguna de estas instituciones o entidades que ahora mismo se están desmoronando y no decimos ni hacemos nada sin duda tenemos una responsabilidad adicional sobre el resto de los ciudadanos, no nos engañemos. Nuestra obligación no es con los partidos o los jefes que estén en ese momento dirigiendo la institución, nuestra obligación es con la institución.  Ya sea uno empleado de Caja Madrid, del Ayuntamiento de Madrid, inspector del Banco de España, periodista, auditor, técnico en la CNMV o trabaje en un Defensor del Menor autonómico o  funcionario raso. Debemos denunciar lo que está mal y proponer medidas para arreglarlo. Porque los que están dentro saben mejor que nadie que es lo que no funciona y como solucionarlo. Así, nosotros en el blog no sabemos arreglar la CNMV o una tele autonómica, pero mis coeditores tienen bastante claro como arreglar la DGRN.  Y yo, por ejemplo, si tengo una idea de lo que se podría hacer en materia de transparencia en España.

 

k)      Y claro, si uno es diputado, senador concejal, alcalde, diputado autonómico, etc, se tiene una responsabilidad muchísimo mayor. La responsabilidad no solo es con las instituciones, sino también con los ciudadanos españoles. Si ya sabemos que también está el partido, pero sinceramente, con la que está cayendo, por usar la famosa expresión del diputado Toni Cantó, lo suyo es denunciar en el partido las prácticas no correctas, los privilegios o directamente la corrupción. ¿Qué si se hace así no se vuelve a salir en la foto? Pues puede que como las cosas no cambien ya no haya ninguna foto en la que salir.

 

l)      Y por último, seamos siempre ciudadanos vigilantes, atentos, exigentes. No como hasta ahora. Hay que pedir siempre transparencia, información  de todo y sobre todo, explicaciones. Recuerden que en el caso de la información pública tenemos derecho a saberlo todo, la pagamos con nuestros impuestos. Pero también en el caso de las empresas privadas, si somos clientes o accionistas ¿por qué no exigirla? ¿Por qué no beneficiar a las empresas más transparentes frente a las que lo son menos? ¿Por qué no dejar de comprar ciertos productos o servicios porque no nos gustan las prácticas de las empresas que los prestan y se lo hacemos saber así? Si somos, con razón, sensibles a las empresas que contaminan o a las que emplean trabajo infantil ¿por qué no serlo con las empresas que contaminan nuestras instituciones o colocan a enchufados y tiran de “revolving doors”?

 

¿Qué hacer todo esto nos puede costar caro? Yo diría que no hacerlo ya nos ha costado pero que muy caro. ¿Qué no sirve para nada? Vaya que si sirve. Ya hemos hablado del caso Divar. O de la querella de Bankia. O de la comparecencia de Rajoy. Y tiene que haber más, muchos más.

La hora de los valientes: siniestro total institucional y ciudadanos

Ahora que tenemos reciente los datos da última oleada del CIS de mayo de 2012,  e incluso las encargadas por medios nacionales, podemos decir que los españoles no solo estamos en estado de shock o crisis económica total, sino también en estado de shock o crisis institucional.

 

Nuestras instituciones, por diversos motivos que se han ido analizando en este blog y en otros muchos similares – y por supuesto también en otros medios- han dejado de funcionar. O por lo menos no nos sirven, tal y como están, para sacarnos de ésta. De ahí la sensación de desamparo y de irritación que cunde en la ciudadanía, que nos lleva incluso a pensar que mejor los hombres de negro de fuera que los nuestros, sea el que sea el color de sus trajes.

 

De la misma forma, se nos recuerda en muchos comentarios a nuestros posts (la mayoría etiquetados como “crisis económica e institucional” por cierto) y en comentarios personales a los editores que lo que decimos  está muy bien, que el diagnóstico está claro y es compartido, pero que damos pocas soluciones y no hacemos propuestas constructivas. Aunque creo que esta crítica resulta un poco injusta, porque sí que intentamos en la medida de nuestras posibilidades hacerlo, me temo que tampoco nosotros, desde este blog, podemos solos reconstituir nuestras instituciones y convertirlas como por arte de magia en lo que se supone que deberían ser, y lo que dicen nuestra Constitución y nuestras leyes que son. Porque –y hay que insistir en esto- a nuestras normas no les pasa nada. O mejor dicho, les pasa algo tremendo; que se han convertido en una Constitución y unas leyes de papel que pueden incumplirse, al menos por nuestro Gobierno y nuestras Administraciones  sin muchas consecuencias, más allá de los escasos y siempre excepcionales procedimientos penales para los casos más sangrantes.

 

También en mis (pocas) intervenciones públicas (en eventos  organizados con ocasión de la promulgación en un futuro cercano de la Ley de Transparencia , acceso a la información pública y buen gobierno en la que tanta confianza tiene depositada la ciudadanía)  la gente se anima a hacer preguntas del tipo ¿y nosotros qué podemos hacer? ¿qué  puede hacer la sociedad civil? ¿Que podemos hacer todos y cada uno de nosotros si nuestra clase política, nuestras instituciones en general y nuestras Administraciones en particular se han convertido en parte del problema , preocupadas únicamente por su supervivencia y por el corto plazo, y por tanto  incapaces de salvarnos de nada? ¿Cómo exigirles transparencia si no nos la quieren dar? ¿Cómo evitar que se defiendan de nosotros? ¿Cómo conseguir que respondan a nuestros intereses y no a los suyos propios? Y así hasta que se acaba el tiempo.

 

Bueno,  pues se pueden hacer bastantes cosas, pero siempre que nos demos cuenta de que las instituciones somos nosotros. O dándole la vuelta a la frase, que las instituciones sin nosotros no son nada. Y que, con relativamente poco esfuerzo, poco tiempo y poco dinero. se las puede presionar para que empiecen a funcionar, aunque sea a trancas y barrancas, para vuelvan a ser como las definen nuestras leyes. Por eso soy muy poco partidaria de cambios normativos que aclaren cosas del tipo “El Tribunal de Cuentas debe controlar las cuentas de manera efectiva”,  “Los vocales del CGPJ no se pueden dedicar al turismo politico o al pasilleo” ,“los magistrados del TC tienen que ser independientes”, “las televisiones públicas no serán nunca más teles de partido” o “los parlamentarios españoles están para representar a los ciudadanos españoles, y sería conveniente que los plenos no parecieran el patio de un colegio, risitas y pataletas incluidas”.  Si ustedes tienen la santa paciencia de leerse las principales normas de nuestro ordenamiento jurídico que regulan nuestras principales instituciones coincidirán conmigo en que, más allá de una mejor o peor redacción (que también en eso han empeorado con el tiempo) nuestras instituciones, siempre sobre el papel, son más o menos homologables a las de nuestro entorno.

 

En definitiva, hay que molestarse un poco y hay que ser más valiente. Dos cosas a las que la sociedad española  no ha estado dispuesta hasta hace dos días. Pero es que si no las hace la sociedad civil, si no las hacemos nosotros, desengáñense, nadie, ni nuestros Gobiernos estatales o regionales de uno u otro signo, ni la troika, ni los mercados, ni los extraterrestres las van a hacer por nosotros. Nadie nos va a salvar de nosotros mismos, salvo nosotros mismos.

 

El otro día, en una estupenda conferencia en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, D. Victor Pérez- Diez dijo en voz alta algo que yo siempre he pensado: que la sociedad española es muy estoica, es decir, aguanta mucho, y también que tiene un fondo de sensatez y de decencia muy importante. Pues habrá que tirar de este fondo y de este estoicismo, aunque por culpa nuestra hayamos elegido tan mal a nuestras élites que parecen cualquier cosa menos élites, salvo en los privilegios que deberían ir asociados a las responsabilidades (vamos, que si un señor dispone por ejemplo de un avión porque es Presidente del Gobierno no es para actividades que no tengan nada que ver con su cargo).  Y no me refiero solo a los políticos, porque no sería justo. También hay que insistir en que para despertarse como sociedad civil, lo primero es reconocer las cosas que hemos hecho mal como sociedad civil, aunque no seamos los mayores responsables de este siniestro total institucional.

 

Vale, dirán ustedes, todo lo que dice esta señora está muy bien, pero esto ¿Cómo se hace?   Pues el otro día Alberto Gil en este post   daba algunas ideas que me parecen muy interesantes y que están al alcance de todos y cada uno de nosotros. Básicamente, consisten en poner en valor este estoicismo español,  soportando  los necesarios sacrificios que nos va a tocar hacer, pero también esta sensatez y esta decencia,  echándole valor y obligando a nuestros políticos y a nuestras instituciones a adecuarse a lo que dicen nuestras normas que son. Instituciones y políticos de una democracia avanzada, no de un estado bananero de cuarta.

 

Y aquí van algunas sugerencias en la linea de las señaladas por Alberto Gil:

 

a)      Si no nos dicen la verdad nuestros dirigentes o nuestros medios, podemos muy fácilmente informarnos en otro sitio. En la era de Internet incluso sin saber inglés (que es algo que ya deberíamos saber todos a estas alturas) esto es muy fácil. Pero deben de saber que no les creemos ya y  que nos interesa más lo que dice el FT, el WSJ o cualquier blog independiente que sus ruedas de prensa sin preguntas, con preguntas cómodas, o dadas en la intimidad de las sedes de los partidos políticos o en los patios de colegio en que se han convertido nuestros Parlamentos. Muchos de nuestros políticos y periodistas y hasta directores de periódicos están en las redes sociales, y aunque no gestionen ellos mismos sus perfiles (y algunos sí lo hacen) seguro que les llegan los twits o los “no me gusta” especialmente si se cuentan por miles y si tienen nombre y apellidos, es decir, no son anónimos.

 

b)      Siempre que pillemos a nuestros dirigentes o representantes o medios en medias verdades, renuncios, mentiras o directamente cuando digan tonterías sin ninguna base ni soporte documental ni técnico conocido (a lo que están desgraciadamente muy acostumbrados)  se les hace saber rápidamente. Por ejemplo, si alguien calcula así a ojo que una determinada política pública va a crear, no sé, 200.000 empleos pues se les pregunta o se les exige que aporten los informes o los documentos o lo que sea donde se contengan las estimaciones. O se les manda los documentos o los informes que lo desmientan. En fín, les vamos educando. Como he dicho antes, hagánse con una cuenta en twitter, por ejemplo, es facilísimo y permite convertir en “trending topic” asuntos como la querella de Bankia o que el Presidente del Gobierno no comparezca cuando su país sufre un “no rescate”. ¡Y vaya si los políticos y los medios reaccionan a la opinión púbica online! Y no digamos a las peticiones organizadas de la sociedad civil en temas que les afectan directamente. Recuerden que la dimisión de Divar, además del público en general y la opinión pública la pidieron las 4 asociaciones de jueces.

 

c)         Las críticas y denuncias que todos hacemos, cada uno en su entorno, en cafeterías y pasillos, las debemos hacer en voz alta y clara a nuestros jefes, con nuestro nombre y apellidos y DNI,  en todas las oportunidades que tengamos y por todos los medios a nuestro alcance Esto es fundamental. Si no, siempre podrán seguir viviendo con la ilusión de que nos parece bien lo que hacen y dicen hasta que llega la siguiente oleada del CIS.

 

d)       En la línea propuesta por Alberto Gil, no aceptemos cargos,  prebendas o recomendaciones que no nos correspondan por nuestro mérito y nuestra capacidad ya sea en el sector público o en el privado. Tampoco debemos pedirlos.

 

e)      Seamos serios en nuestro trabajo, el que tenga la suerte de tenerlo todavía, paguemos nuestras facturas en plazo, no hagamos trampas.

 

f)       Denunciemos las conductas irregulares, ilegales, inmorales y por supuesto delictivas que nos encontremos con nuestras firmas.

 

g)      Apoyemos a las personas –que las hay- que  defienden lo mismo que nosotros aunque formen parte de las instituciones, incluso si están dentro de un partido político o un sindicato o una organización empresarial. Valoremos la independencia y la honestidad, aunque crezcan en tierra hostil, y agradezcámoslo. Quien sabe, puede que cunda el ejemplo. Y necesitaremos aliados dentro de la fortaleza.

 

h)      Apoyemos a las asociaciones que ya existen y que empiezan a ejercer de sociedad civil o montamos una nosotros si no encontramos ninguna que nos guste. Es muy barato y sencillo.

 

i)        Participemos en las iniciativas que se promueven desde la sociedad civil que nos parezca que defienden nuestros intereses como sociedad –e incluso las iniciativas que se promueven desde dentro del sistema, si ayudan a cambiarlo- ya se trate de plantear o apoyar una petición   o  una querella ciudadana que se presenta en el caso, o la presentada por un partido político  de hacer crowfunding para ayudar a financiar una causa que nos convence, hacer una pregunta incómoda, pero necesaria, colaborar con información o con seguidores para tener información que permita controlar a nuestros representantes asesorando o ayudando técnicamente a quien lo necesite, organizando charlas, conferencias o seminarios, escribiendo documentos  o,  ya puestos a barrer para casa, escribir en este blog o en otros similares para ayudar a entender qué está pasando y proponer soluciones.

 

j)        Si  además pertenecemos o trabajamos en alguna de estas instituciones o entidades que ahora mismo se están desmoronando y no decimos ni hacemos nada sin duda tenemos una responsabilidad adicional sobre el resto de los ciudadanos, no nos engañemos. Nuestra obligación no es con los partidos o los jefes que estén en ese momento dirigiendo la institución, nuestra obligación es con la institución.  Ya sea uno empleado de Caja Madrid, del Ayuntamiento de Madrid, inspector del Banco de España, periodista, auditor, técnico en la CNMV o trabaje en un Defensor del Menor autonómico o  funcionario raso. Debemos denunciar lo que está mal y proponer medidas para arreglarlo. Porque los que están dentro saben mejor que nadie que es lo que no funciona y como solucionarlo. Así, nosotros en el blog no sabemos arreglar la CNMV o una tele autonómica, pero mis coeditores tienen bastante claro como arreglar la DGRN.  Y yo, por ejemplo, si tengo una idea de lo que se podría hacer en materia de transparencia en España.

 

k)      Y claro, si uno es diputado, senador concejal, alcalde, diputado autonómico, etc, se tiene una responsabilidad muchísimo mayor. La responsabilidad no solo es con las instituciones, sino también con los ciudadanos españoles. Si ya sabemos que también está el partido, pero sinceramente, con la que está cayendo, por usar la famosa expresión del diputado Toni Cantó, lo suyo es denunciar en el partido las prácticas no correctas, los privilegios o directamente la corrupción. ¿Qué si se hace así no se vuelve a salir en la foto? Pues puede que como las cosas no cambien ya no haya ninguna foto en la que salir.

 

l)      Y por último, seamos siempre ciudadanos vigilantes, atentos, exigentes. No como hasta ahora. Hay que pedir siempre transparencia, información  de todo y sobre todo, explicaciones. Recuerden que en el caso de la información pública tenemos derecho a saberlo todo, la pagamos con nuestros impuestos. Pero también en el caso de las empresas privadas, si somos clientes o accionistas ¿por qué no exigirla? ¿Por qué no beneficiar a las empresas más transparentes frente a las que lo son menos? ¿Por qué no dejar de comprar ciertos productos o servicios porque no nos gustan las prácticas de las empresas que los prestan y se lo hacemos saber así? Si somos, con razón, sensibles a las empresas que contaminan o a las que emplean trabajo infantil ¿por qué no serlo con las empresas que contaminan nuestras instituciones o colocan a enchufados y tiran de “revolving doors”?

 

¿Qué hacer todo esto nos puede costar caro? Yo diría que no hacerlo ya nos ha costado pero que muy caro. ¿Qué no sirve para nada? Vaya que si sirve. Ya hemos hablado del caso Divar. O de la querella de Bankia. O de la comparecencia de Rajoy. Y tiene que haber más, muchos más.