Reflexión sobre la reforma educativa de Wert

Teniendo en cuenta la naturaleza de este blog, voy a empezar citando la que debería ser la base de cualquier ley educativa que se promulgue: el artículo 27 de la Constitución Española. Soy consciente de que la Constitución de 1978 se ve hoy día ampliamente cuestionada desde diversos ámbitos de la sociedad, y cada vez son más los colectivos que piden su reforma, pero lo cierto es que, hoy por hoy, es la que tenemos, y si no nos basamos en ella, nos quedamos sin suelo bajo los pies.

 

El artículo 27 dice en sus dos primeros apartados:

1. Todos tienen el derecho a la educación. Se reconoce la libertad de enseñanza.

2. La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales.”

 

El primer apartado garantiza la universalidad de la educación, y el segundo define su objetivo. Centrándonos en este segundo apartado, merece la pena reflexionar sobre el objetivo que se expresa: el pleno desarrollo de la personalidad humana. Parece claro que este propósito excede a la mera preparación para el desarrollo de un oficio o profesión, o a un cierto “baño de cultura general”. Por el contrario, este derecho a la educación tiene una orientación mucho más global, y pretende desarrollar a la persona en un contexto de democracia, derecho y libertad.

 

Con esta premisa, podemos echar un  vistazo a las asignaturas troncales de la nueva reforma electoral propuesta por el ministro Wert. Cabría esperar que dichas asignaturas, que no son opcionales y deben estar presentes en los planes educativos de todos los centros del país, debieran por sí solas garantizar los objetivos expresados en la Constitución. Si miramos las correspondientes a segundo de bachillerato, encontramos:  Historia de España, Lengua Castellana y Literatura y Primera Lengua Extranjera, a las que se añaden Matemáticas,  Latín o Fundamentos del Arte, dependiendo de la modalidad escogida por el alumno. ¿Es la enseñanza de la historia de España, de la lengua y literatura castellanas y de una lengua extranjera, suficiente para garantizar el pleno desarrollo de la personalidad humana? Yo creo que no, e intentaré explicar por qué.

 

El artículo 27 apartado 2 nos habla de democracia, derecho y libertad. Ninguna de las asignaturas que he mencionado en el párrafo anterior está centrada en estos temas. Sin duda, al enseñar la historia de España se hablará de democracia (sobre todo, de su ausencia), y del derecho y la libertad a lo largo del tiempo, pero el objetivo de la historia es conocer qué pasó, y dar las claves de por qué pasó; sin duda la asignatura de historia de España no se centrará en las fuentes del derecho, el desarrollo de la libertad ni, en definitiva, el origen y la evolución de la democracia.

 

Para encontrar la asignatura que se ocupa del que, según la Constitución, es el principal objetivo de la educación, tenemos que irnos al bloque de “asignaturas específicas”, donde nos encontramos con la Historia de la Filosofía, que debe competir con otras como Dibujo Técnico, Imagen y Sonido o Análisis Musical.

 

Llegado a este punto, no puedo evitar hacer una reflexión: yo soy ingeniero industrial; a esas alturas de la educación secundaria, mi vocación estaba clara, de modo que, de haber tenido que estudiar bajo este plan educativo, mi elección hubiera recaído necesariamente en las asignaturas de Dibujo Técnico, Tecnología Industrial y Tecnologías de la Información. Es decir, hubiera tenido que excluir la que sin duda fue la asignatura más importante de mi etapa escolar,  que abrió a mis ojos un mundo fascinante que sigo descubriendo.

 

La historia de la filosofía es la que explica el origen de la democracia: cómo nace en Grecia, cómo evoluciona tras la Revolución Francesa, cómo progresa o degenera hasta llegar a los diferentes tipos de “democracias liberales” que existen hoy día o a las pocas “democracias populares” que van quedando. La historia de la filosofía nos muestra las fuentes del derecho desde los primeros códigos de la antigüedad hasta el derecho romano, que sustenta los sistemas legales europeos en la actualidad. Y la historia de la filosofía nos habla del hombre, de sus inquietudes, de sus valores, de su defensa de la libertad y de como el pensamiento de unos pocos pudo vencer el fanatismo, la ceguera o la opresión a lo largo de los siglos.

 

Si hay una asignatura que puede contribuir al pleno desarrollo de la personalidad humana, esa es la Historia de la Filosofía, no solo por su temario, sino porque abre la puerta a un territorio sin límites, y acompaña al alumno en sus primeros pasos en las distintas corrientes del pensamiento, mostrándolas en toda su diversidad y ayudándole a escoger las que más le convenzan. Sin duda, muchos pasarán de largo sin siquiera asomarse a esa puerta (aunque algo les quedará: algo siempre queda), pero otros aceptarán la invitación.

 

Con esta reforma, la historia de la filosofía desaparecerá del currículo de la mayoría de los alumnos. Es más, desaparecerá incluso de aquellos centros docentes donde no haya un número suficiente de alumnos que la escojan. Los futuros ciudadanos que concluyan sus estudios sin haber oído hablar de Sócrates, de Aristóteles, de San Agustín, de Descartes o de Heidegger, podrán ser excelentes médicos, arquitectos o economistas, pero no estarán bien formados en los principios democráticos de convivencia y los derechos y libertades fundamentales. Para ellos, el Estado habrá fracasado en sus objetivos constitucionales.

 

Reflexión sobre la reforma educativa de Wert

Teniendo en cuenta la naturaleza de este blog, voy a empezar citando la que debería ser la base de cualquier ley educativa que se promulgue: el artículo 27 de la Constitución Española. Soy consciente de que la Constitución de 1978 se ve hoy día ampliamente cuestionada desde diversos ámbitos de la sociedad, y cada vez son más los colectivos que piden su reforma, pero lo cierto es que, hoy por hoy, es la que tenemos, y si no nos basamos en ella, nos quedamos sin suelo bajo los pies.

 

El artículo 27 dice en sus dos primeros apartados:

1. Todos tienen el derecho a la educación. Se reconoce la libertad de enseñanza.

2. La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales.”

 

El primer apartado garantiza la universalidad de la educación, y el segundo define su objetivo. Centrándonos en este segundo apartado, merece la pena reflexionar sobre el objetivo que se expresa: el pleno desarrollo de la personalidad humana. Parece claro que este propósito excede a la mera preparación para el desarrollo de un oficio o profesión, o a un cierto “baño de cultura general”. Por el contrario, este derecho a la educación tiene una orientación mucho más global, y pretende desarrollar a la persona en un contexto de democracia, derecho y libertad.

 

Con esta premisa, podemos echar un  vistazo a las asignaturas troncales de la nueva reforma electoral propuesta por el ministro Wert. Cabría esperar que dichas asignaturas, que no son opcionales y deben estar presentes en los planes educativos de todos los centros del país, debieran por sí solas garantizar los objetivos expresados en la Constitución. Si miramos las correspondientes a segundo de bachillerato, encontramos:  Historia de España, Lengua Castellana y Literatura y Primera Lengua Extranjera, a las que se añaden Matemáticas,  Latín o Fundamentos del Arte, dependiendo de la modalidad escogida por el alumno. ¿Es la enseñanza de la historia de España, de la lengua y literatura castellanas y de una lengua extranjera, suficiente para garantizar el pleno desarrollo de la personalidad humana? Yo creo que no, e intentaré explicar por qué.

 

El artículo 27 apartado 2 nos habla de democracia, derecho y libertad. Ninguna de las asignaturas que he mencionado en el párrafo anterior está centrada en estos temas. Sin duda, al enseñar la historia de España se hablará de democracia (sobre todo, de su ausencia), y del derecho y la libertad a lo largo del tiempo, pero el objetivo de la historia es conocer qué pasó, y dar las claves de por qué pasó; sin duda la asignatura de historia de España no se centrará en las fuentes del derecho, el desarrollo de la libertad ni, en definitiva, el origen y la evolución de la democracia.

 

Para encontrar la asignatura que se ocupa del que, según la Constitución, es el principal objetivo de la educación, tenemos que irnos al bloque de “asignaturas específicas”, donde nos encontramos con la Historia de la Filosofía, que debe competir con otras como Dibujo Técnico, Imagen y Sonido o Análisis Musical.

 

Llegado a este punto, no puedo evitar hacer una reflexión: yo soy ingeniero industrial; a esas alturas de la educación secundaria, mi vocación estaba clara, de modo que, de haber tenido que estudiar bajo este plan educativo, mi elección hubiera recaído necesariamente en las asignaturas de Dibujo Técnico, Tecnología Industrial y Tecnologías de la Información. Es decir, hubiera tenido que excluir la que sin duda fue la asignatura más importante de mi etapa escolar,  que abrió a mis ojos un mundo fascinante que sigo descubriendo.

 

La historia de la filosofía es la que explica el origen de la democracia: cómo nace en Grecia, cómo evoluciona tras la Revolución Francesa, cómo progresa o degenera hasta llegar a los diferentes tipos de “democracias liberales” que existen hoy día o a las pocas “democracias populares” que van quedando. La historia de la filosofía nos muestra las fuentes del derecho desde los primeros códigos de la antigüedad hasta el derecho romano, que sustenta los sistemas legales europeos en la actualidad. Y la historia de la filosofía nos habla del hombre, de sus inquietudes, de sus valores, de su defensa de la libertad y de como el pensamiento de unos pocos pudo vencer el fanatismo, la ceguera o la opresión a lo largo de los siglos.

 

Si hay una asignatura que puede contribuir al pleno desarrollo de la personalidad humana, esa es la Historia de la Filosofía, no solo por su temario, sino porque abre la puerta a un territorio sin límites, y acompaña al alumno en sus primeros pasos en las distintas corrientes del pensamiento, mostrándolas en toda su diversidad y ayudándole a escoger las que más le convenzan. Sin duda, muchos pasarán de largo sin siquiera asomarse a esa puerta (aunque algo les quedará: algo siempre queda), pero otros aceptarán la invitación.

 

Con esta reforma, la historia de la filosofía desaparecerá del currículo de la mayoría de los alumnos. Es más, desaparecerá incluso de aquellos centros docentes donde no haya un número suficiente de alumnos que la escojan. Los futuros ciudadanos que concluyan sus estudios sin haber oído hablar de Sócrates, de Aristóteles, de San Agustín, de Descartes o de Heidegger, podrán ser excelentes médicos, arquitectos o economistas, pero no estarán bien formados en los principios democráticos de convivencia y los derechos y libertades fundamentales. Para ellos, el Estado habrá fracasado en sus objetivos constitucionales.