Intrajusticia (sobre el profesor Juan Iglesias)

El día 21 de marzo de 2013 (esto es, el primer día de Primavera de este infausto año de la Era), se inauguró una recóndita pero hermosa calle en Madrid en memoria de D. Juan Iglesias Santos, maestro de juristas (y de aspirantes de tales que nunca llegaremos a serlo). Dicha calle se encuentra al Oeste de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, precisamente donde él aparcaba su automóvil (un sencillo y viejo Renault-12).
 
Han tenido que pasar casi diez años desde su fallecimiento para que este merecido homenaje se hiciera efectivo en la Facultad que él inauguró como Decano, tras el cierre gubernamental de la Central de San Bernardo. Pero estas líneas no serán una glosa del sencillo acto que tuvo lugar en la Sala de Juntas de la Facultad, ni un panegírico de mi maestro, porque no sería ni necesario ni conveniente. Quien quiera saber un poco de Iglesias, puede visitar la Web que mantiene abierta una de sus once hijas e hijos  (www.juaniglesias.org)  donde se rinde cumplida cuenta de su vida y obra. Hay algunos profesores que dejan de ser una persona no sólo para convertirse en una leyenda sino, y sobre todo, para convertirse en un libro. Ya no se dice el Profesor tal o cual, sino “el Iglesias”, “el Castán”, el “Garrigues”, el “García Gallo”…
 
Tampoco corresponde transmitir aquí sensaciones personales, salvo, acaso, una: ¿Saben no ya los estudiantes, sino los juristas de presunto reconocido prestigio, qué nos enseñó verdaderamente Iglesias? Ahora que con los instrumentos que la tecnología pone al alcance de nuestra mano podemos simplemente pasar días enteros paseando y leyendo las biografías de las personas a las que se ha dedicado una calle, ¿algún estudiante de “mi” Facultad, al ver el cartel de la fotografía, tecleará el nombre para saber quién fue, qué dijo, qué enseñó, con qué grado de rectitud, simplicidad y honestidad vivió ese hombre sabio y, a la vez, erudito? Tengo dudas. Los estudiantes de Derecho no saben quién es el titular de esa calle.
 
Estoy en falta con los editores de este Blog, a quienes he prometido unas líneas sobre el concepto radical de Justicia: en Grecia, como brindis a todos los que han podido pensar que nuestras reflexiones en los “Quae tangi non possunt” se referían a cuestiones demasiado modernas (sólo unos dos milenios de antigüedad) cuando la idea de “diké” y su significado tienen, como casi todo el pensamiento occidental, origen griego y se encuentran en los poetas y los filósofos y no en juristas.  Sinceramente, estoy asustado de tantos posts sobre la corrupción, las artimañas de la partitocracia y todo lo demás. Vivimos en un tiempo lleno de normas pero sin Derecho ni Justicia, pero, cuando pasen los siglos, de la misma manera que en la Bolonia del Siglo X al XI se desempolvaron las “Pandectae”, algunas personas egregias, algunos poetas del Derecho, volverán su vista atrás y se percatarán de que no hay “nomos” posible sin “paidos”, y que es preferible la educación a la norma. En palabras de Gimferrer tan recientes como del 17 de enero de este año: “La poesía es una herramienta moral”.
 
Tengo en mi mano derecha la décima edición del “Iglesias” y en mi mano izquierda la última (que yo sepa), la 18ª. La décima revisada es de 1990 (Ariel), la primera de 1958, la Décima octava, que actualizó como las anteriores el hijo del maestro, también romanista, data de 2010 (Sello Editorial). La Décima cuenta con 703 páginas y mucho latín, la 18ª sólo con 466 y menos latín, adaptada a las necesidades del guion del nivel intelectual presente de las Facultades de Derecho en las que, empero, todavía se inscriben poetas para tratar de entender el “misterium fascinans” que es el Derecho.
 
En el Capítulo I, “Conceptos Fundamentales” de la décima Edición, el Profesor Iglesias dice: “Ningún hombre es él solo. Cada uno de nosotros somos con otros. Cierto que mi yo es algo mío. Es lo más mío, pero no por obra toda mía”.
 
El mismo Capítulo de la décima octava edición comienza igual, pero, su hijo y editor dice:
Una de las lecciones que dejan a las claras su concepción del Derecho, queda resumida en estas palabras: Solo una cosa puede ser el Derecho. Solo puede ser el arte de lo bueno y de lo justo, tal y como lo entendían los romanos. Y a las preguntas ¿qué es el Derecho?¿Qué es la Justicia?, ¿qué es la libertad?, no se les da contestación adecuada si no se sabe qué es el hombre.” Sí, porque el Profesor Iglesias era no sólo un humanista, sino humano.
 
Acto seguido, en el prólogo propiamente dicho el Prof. Marina, uno de los más ilustres filósofos españoles vivos, porque acabamos de perder a Trías, dice: “Pues bien, el Derecho es la poesía de la razón práctica, la que intenta humanizar una naturaleza hostil, feroz a ratos. Me lo enseñó un gran especialista en Derecho romano, Rudolf von Ihering, que definía el derecho como “la poesía del  carácter”. Por eso me indigno cuando veo explicarlo o vivirlo como una aburrida colección de códigos o como una técnica para pleitear”. Trataremos de refutar (con modestia, claro) otras cosa que dice el filósofo sobre el Derecho en Grecia en su “Prólogo para no Juristas” el “Iglesias” cuando alcancemos a escribir sobre la “diké” de la mano de Sumner Maine y de Werner Jaeger.
 
De todas las palabras que aprendí  de Iglesias, una memoria, un manual, una calle, hay una, de raíz unamuniana y salmanticense, como creo haber dicho aquí antes, que lo resume todo: “intrajusticia”. Quien tenga oídos, que entienda.
 
Ya que me es dado asomarme a esta ventana, lo repito: leed a Iglesias, aunque no sea en su Manual, sino en su “Arte del Derecho” en su “Iter Iuris” en sus “Miniaturas Jurídicas” en sus Estudios en su “Espíritu del Derecho Romano”, leed a Ihering, leed a Carnelutti, os aprovechará mucho más que leer el Boletín Oficial del Estado, si queréis llegar a ser jurisprudentes. Podréis decir luego, con Homero, aunque tengáis un coche viejo, cuando llegue la hora de poner las monedas en vuestros ojos, para el barquero, “esta es mi vida, esto es lo que he sido” mirando el ocaso desde la calle del Profesor Juan Iglesias, junto a los estudiantes que acaso deseen saber qué es la justicia, qué es el derecho.

Intrajusticia (sobre el profesor Juan Iglesias)

El día 21 de marzo de 2013 (esto es, el primer día de Primavera de este infausto año de la Era), se inauguró una recóndita pero hermosa calle en Madrid en memoria de D. Juan Iglesias Santos, maestro de juristas (y de aspirantes de tales que nunca llegaremos a serlo). Dicha calle se encuentra al Oeste de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, precisamente donde él aparcaba su automóvil (un sencillo y viejo Renault-12).

 

Han tenido que pasar casi diez años desde su fallecimiento para que este merecido homenaje se hiciera efectivo en la Facultad que él inauguró como Decano, tras el cierre gubernamental de la Central de San Bernardo. Pero estas líneas no serán una glosa del sencillo acto que tuvo lugar en la Sala de Juntas de la Facultad, ni un panegírico de mi maestro, porque no sería ni necesario ni conveniente. Quien quiera saber un poco de Iglesias, puede visitar la Web que mantiene abierta una de sus once hijas e hijos  (www.juaniglesias.org)  donde se rinde cumplida cuenta de su vida y obra. Hay algunos profesores que dejan de ser una persona no sólo para convertirse en una leyenda sino, y sobre todo, para convertirse en un libro. Ya no se dice el Profesor tal o cual, sino “el Iglesias”, “el Castán”, el “Garrigues”, el “García Gallo”…

 

Tampoco corresponde transmitir aquí sensaciones personales, salvo, acaso, una: ¿Saben no ya los estudiantes, sino los juristas de presunto reconocido prestigio, qué nos enseñó verdaderamente Iglesias? Ahora que con los instrumentos que la tecnología pone al alcance de nuestra mano podemos simplemente pasar días enteros paseando y leyendo las biografías de las personas a las que se ha dedicado una calle, ¿algún estudiante de “mi” Facultad, al ver el cartel de la fotografía, tecleará el nombre para saber quién fue, qué dijo, qué enseñó, con qué grado de rectitud, simplicidad y honestidad vivió ese hombre sabio y, a la vez, erudito? Tengo dudas. Los estudiantes de Derecho no saben quién es el titular de esa calle.

 

Estoy en falta con los editores de este Blog, a quienes he prometido unas líneas sobre el concepto radical de Justicia: en Grecia, como brindis a todos los que han podido pensar que nuestras reflexiones en los “Quae tangi non possunt” se referían a cuestiones demasiado modernas (sólo unos dos milenios de antigüedad) cuando la idea de “diké” y su significado tienen, como casi todo el pensamiento occidental, origen griego y se encuentran en los poetas y los filósofos y no en juristas.  Sinceramente, estoy asustado de tantos posts sobre la corrupción, las artimañas de la partitocracia y todo lo demás. Vivimos en un tiempo lleno de normas pero sin Derecho ni Justicia, pero, cuando pasen los siglos, de la misma manera que en la Bolonia del Siglo X al XI se desempolvaron las “Pandectae”, algunas personas egregias, algunos poetas del Derecho, volverán su vista atrás y se percatarán de que no hay “nomos” posible sin “paidos”, y que es preferible la educación a la norma. En palabras de Gimferrer tan recientes como del 17 de enero de este año: “La poesía es una herramienta moral”.

 

Tengo en mi mano derecha la décima edición del “Iglesias” y en mi mano izquierda la última (que yo sepa), la 18ª. La décima revisada es de 1990 (Ariel), la primera de 1958, la Décima octava, que actualizó como las anteriores el hijo del maestro, también romanista, data de 2010 (Sello Editorial). La Décima cuenta con 703 páginas y mucho latín, la 18ª sólo con 466 y menos latín, adaptada a las necesidades del guion del nivel intelectual presente de las Facultades de Derecho en las que, empero, todavía se inscriben poetas para tratar de entender el “misterium fascinans” que es el Derecho.

 

En el Capítulo I, “Conceptos Fundamentales” de la décima Edición, el Profesor Iglesias dice: “Ningún hombre es él solo. Cada uno de nosotros somos con otros. Cierto que mi yo es algo mío. Es lo más mío, pero no por obra toda mía”.

 

El mismo Capítulo de la décima octava edición comienza igual, pero, su hijo y editor dice:

Una de las lecciones que dejan a las claras su concepción del Derecho, queda resumida en estas palabras: Solo una cosa puede ser el Derecho. Solo puede ser el arte de lo bueno y de lo justo, tal y como lo entendían los romanos. Y a las preguntas ¿qué es el Derecho?¿Qué es la Justicia?, ¿qué es la libertad?, no se les da contestación adecuada si no se sabe qué es el hombre.” Sí, porque el Profesor Iglesias era no sólo un humanista, sino humano.

 

Acto seguido, en el prólogo propiamente dicho el Prof. Marina, uno de los más ilustres filósofos españoles vivos, porque acabamos de perder a Trías, dice: “Pues bien, el Derecho es la poesía de la razón práctica, la que intenta humanizar una naturaleza hostil, feroz a ratos. Me lo enseñó un gran especialista en Derecho romano, Rudolf von Ihering, que definía el derecho como “la poesía del  carácter”. Por eso me indigno cuando veo explicarlo o vivirlo como una aburrida colección de códigos o como una técnica para pleitear”. Trataremos de refutar (con modestia, claro) otras cosa que dice el filósofo sobre el Derecho en Grecia en su “Prólogo para no Juristas” el “Iglesias” cuando alcancemos a escribir sobre la “diké” de la mano de Sumner Maine y de Werner Jaeger.

 

De todas las palabras que aprendí  de Iglesias, una memoria, un manual, una calle, hay una, de raíz unamuniana y salmanticense, como creo haber dicho aquí antes, que lo resume todo: “intrajusticia”. Quien tenga oídos, que entienda.

 

Ya que me es dado asomarme a esta ventana, lo repito: leed a Iglesias, aunque no sea en su Manual, sino en su “Arte del Derecho” en su “Iter Iuris” en sus “Miniaturas Jurídicas” en sus Estudios en su “Espíritu del Derecho Romano”, leed a Ihering, leed a Carnelutti, os aprovechará mucho más que leer el Boletín Oficial del Estado, si queréis llegar a ser jurisprudentes. Podréis decir luego, con Homero, aunque tengáis un coche viejo, cuando llegue la hora de poner las monedas en vuestros ojos, para el barquero, “esta es mi vida, esto es lo que he sido” mirando el ocaso desde la calle del Profesor Juan Iglesias, junto a los estudiantes que acaso deseen saber qué es la justicia, qué es el derecho.