Durmiendo en Asiria (con ocasión de la Diada catalana)

Decía hace unos años el actual Presidente del Tribunal Constitucional que “varias generaciones de catalanes han sido ya educadas en el desprecio a la cultura española”, se supone que a través de la difusión en esa Comunidad Autónoma de una información (especialmente de una historia) falseada y tergiversada. Pienso que con estas palabras el Presidente se hizo eco de un sentimiento, aunque quizás no mayoritario, sí al menos compartido por un gran número de españoles. Sin embargo, no sé si esta crítica acierta exactamente en su destinatario. Hay que reconocer que este fenómeno de la manipulación informativa, mayor o menor, es tan corriente que resulta extraño sorprenderse por ello. Es más, es algo que ocurre en casi todos los lares y en todos los tiempos, desde la Antigüedad hasta nuestros días, y que por eso mismo habría que dar por descontado.

Quizás al Presidente del TC le sorprenda saber que el ejemplo más formidable y exitoso de tergiversación histórica es, sin duda alguna, la Sagrada Biblia. Redactada, o al menos recopilada y manipulada, en el siglo VII a.C. en Jerusalén por un grupo de funcionarios al servicio del rey Josías, su principal finalidad era apuntalar las pretensiones expansionistas del reino de Judá (el reino del sur) como único legitimado para liderar al pueblo judío tras la debacle del reino de Israel (el reino del norte). Pese a todas sus tergiversaciones y falsedades históricas, realmente muy abundantes,[1] su éxito fue formidable. Es cierto que no evitó a corto plazo el exilio a Babilona (algo parecido a lo que sería ahora salir de la UE) ni la destrucción del Templo (semejante a un Camp Nou fuera de la liga española), pero a largo plazo sirvió de piedra fundadora nada menos que de tres religiones universales de enorme importancia, consiguió mantener unido al pueblo judío pese a los terribles sufrimientos acaecidos en una interminable diáspora y, por último, como premio final, sirvió para apuntalar lo que es hoy, dos mil quinientos años después, la magnífica realidad del Estado de Israel.

Desde entonces esta pauta ha sido repetida infinitas veces, aunque no siempre con tanto éxito, naturalmente, y siendo omnipresente en las dictaduras,  no ha dejado de afectar a los Estados más democráticos de la tierra. Así, por ejemplo, Estados Unidos explica la invasión de Filipinas como una liberación y no como una sucia y sangrienta guerra colonial, Inglaterra no cuenta a sus colegiales sus matanzas en Africa y la India y los niños belgas no saben qué hizo en el Congo el rey Leopoldo. Y ello con efectos muy productivos desde el punto de vista de la cohesión nacional, todo hay que decirlo.

Pero el que las tergiversaciones y adulteraciones produzcan indudables réditos, lo que explica su amplia utilización y difusión, no significa que tengan derecho a no ser discutidas. Es cierto que quizás la historia del pueblo judío hubiera sido diferente si siempre se hubiera sabido que las peripecias de los patriarcas y la primacía de Judá fueron una creación literaria de los funcionarios del rey Josías, que no hubo huida de Egipto, que no hubo éxodo ni travesía del Sinaí, que la casa de David nunca gobernó sobre Israel -entonces se llamaba así sólo al reino del norte- sino únicamente sobre la marginal Judá, que de hecho David era un simple líder tribal y que Salomón no construyó apenas nada (ni siquiera era sabio ni rico). Sin duda el resultado final hubiera sido menos espectacular, pero aun así los reyes y funcionarios del reino de Israel hubieran tenido pleno derecho a discutir semejante manipulación. Si no lo hicieron no fue por falta de ganas, sino porque habían sido deportados a Asiria, donde se perdió su rastro.

Por ello, cuando reflexionamos sobre el “problema” catalán, lo primero que habría que reconocer es que el problema –estrictamente hablando- no lo tiene el sector de esa sociedad que ha impuesto su particular visión de la historia y de la realidad presente, sino los que, no estando deportados en Asiria, parece como si lo estuvieran.

El que la élite política y social catalana difunda su visión de la realidad, con la comprensible intención de apuntalar su propia influencia y poder, es perfectamente lógico, y resultaba a todas luces previsible. Ocurre en todas partes. También pasa en el resto de España con relación a otros temas, desde la “deuda histórica” de Andalucía, hasta los relatos de por qué entramos en la guerra de Irak, pasando por el apoyo a la candidatura olímpica de Madrid. Lo que hace singular al caso catalán es que nadie se ha organizado mínimamente para discutir esos planteamientos y para abrir, al margen de las tertulias de café, un debate nacional -serio, riguroso y científico- sobre anomalías históricas, despojos económicos y, especialmente, sobre el coste de la no España.

Existe un discurso oficial que lamentablemente no cuenta con suficiente contrapeso en Cataluña como consecuencia de nuestro régimen clientelar, tan genuinamente español, que convierte a los medios de comunicación y a los principales interlocutores sociales  en correas de transmisión de las correspondientes élites políticas. Pero siendo esto hasta comprensible, ese contrapeso no ha existido tampoco en el resto del país, lo que sí resulta asombroso. Y ésta es una responsabilidad enorme que ese resto de España ha contraído con los muchos catalanes no independentistas, que no sé si estaremos todavía a tiempo de solventar. La prensa nacional de mayor calidad ha mantenido en este tema una actitud absentista -o quizás “prudente”-  poco justificable, que a quién hace daño sobre todo es precisamente a la función de la prensa como controladora del poder y como galvanizadora de inquietudes sociales. Sólo algunos escasos intelectuales se han hecho notar en este incómodo debate, ya sea en la prensa generalista cuando les han dado oportunidad para ello, o en publicaciones de alcance desgraciadamente muy minoritario (véase el magnífico último número de Claves de Razón Práctica).

Pero si de los interlocutores sociales pasamos al Gobierno de la nación, que sería el principal interesado en impulsar este debate, entonces el panorama es desolador. En comparación, Asiria parece cerca. Desde ese foro lo único que se escuchan son ocasionales exabruptos rodeados de un ominoso silencio.  Pero hay algo todavía peor: que cuando se dice que se va a hablar sobre el tema, se aclara inmediatamente que lo que se va a hacer es negociar en secreto, se supone que una nueva serie de contraprestaciones con la ingenua aspiración de desactivar la amenaza. Esto es como pretender negociar con Josías sin impugnar la Biblia: absolutamente estéril. Y eso es lo que han hecho los sucesivos Gobiernos españoles desde hace ya demasiado tiempo. Por ese motivo, antes a que a nadie, el Presidente del Tribunal Constitucional debería criticar especialmente al partido en el que ha estado afiliado estos años de manera tan discreta.

Como ciudadano español, esta política me parece lamentable. A mí lo que me gustaría es vivir en un país donde las graves cuestiones de interés nacional se debatan en foros importantes con la máxima difusión posible, donde intervengan todas las voces que tengan algo que decir y dónde se dé la máxima participación a los ciudadanos de todas las tendencias. Quizás después de discutirlo todo y de ver las cosas en profundidad, las soluciones posibles sean menos traumáticas de lo que ahora parecen. Y si aun así, después de un debate racional (no meramente emocional) se llega a la conclusión de que no hay solución posible para los problemas realmente existentes (y no para los construidos o imaginados) entonces podremos emprender un camino que nos lleve de la ley a la ley, con todas las cautelas y garantías necesarias, y terminar votando. Pero sólo tras dar a todos las mismas oportunidades de expresión e información, y no antes. Creo que ha llegado la hora de volver cuanto antes de Asiria.

 



[1] Al lector interesado en este apasionante tema le recomiendo vivamente el clásico de Israel Finkelstein y Neil Silberman, The Bible Unearthed.

Madrid 2020: el fin de un mal sueño

Fue un mal sueño, del que, por suerte, nos hemos despertado. El triunfo de Tokio para organizar los juegos olímpicos impidió que culminara la hipnosis colectiva que un conjunto de dirigentes políticos nos querían inducir con Madrid 2020. Ellos codiciaban eximirse de sus responsabilidades por la grave crisis económica y política a través de una euforia colectiva seducida por un evento deportivo que, como maná venido del exterior, todo lo tapará y de todo les salvara. Los oscuros miembros del COI, que tanto habían agasajado, les han dejado sin su caramelo y mostrado la cruda realidad de nuestro país.
El triunfalismo que vendía la candidatura de la ciudad de Madrid, sobre todo, en los últimos meses, es una muestra de cómo gran parte de nuestra clase política ha perdido el sentido de la realidad y desconoce o prefiere ignorar en su provincianismo qué opina el resto del mundo de España en estos momentos. Un mundo exterior que ve cómo hemos desaprovechado la oportunidad de construir un país sólido institucional y económicamente durante el periodo de bonanza y que se encuentra encenagado en graves casos de corrupción, conflictos institucionales que afectan incluso a su integridad territorial, un bajo nivel educativo y una profunda crisis económica que, tras cinco años, ha dejado duras consecuencias en términos de empleo y renta.
El desnortamiento y la ceguera de esos dirigentes españoles, que ha inducido a muchos ciudadanos a creer que los JJ.OO. estaban en el bolsillo y que eran lo que más nos convenía para salir de la crisis, se ha visto ayudado por la complacencia de una sociedad civil débil y un periodismo que en su mayoría se ha comportado en este asunto más como un hooligan que como un informante veraz e imparcial. Una sociedad civil más fuerte y menos influenciable hubiera exigido más transparencia y que los recursos siempre limitados se dedicaran a otros fines más esenciales: educación, sanidad y reforma de nuestras instituciones.
La prensa también ha fallado. Sea porque se haya dejado llevar por un patrioterismo mal entendido o por sus propios intereses –unos juegos podrían suponer dinero en publicidad y más audiencia- o por ambas cosas, no ha cumplido con su función. No han informando sobre la realidad del estado de realización de la candidatura, que no tenia el 80 por ciento de las infraestructuras construidas; tampoco han sabido contextualizar la actual situación española en el mundo y relatar como se ve el país desde fuera; o explicar el coste de oportunidad que la concesión de los juegos implicarían para el país, por tener que renunciar a otras políticas más provechosas. En suma, han hecho suyo acríticamente el lema de que Madrid y España necesitaba los juegos, siguiendo la juerga a un poder político que era quién realmente los necesitaba para ocultar su mala gestión del país.
Ha quedado claro que la apuesta por Madrid 2020 fue equivocada, aunque pocos fueron los que se opusieron a ella desde el principio –UPyD lo hizo con mociones e intervenciones en el Ayuntamiento y la Asamblea de Madrid-. Lo lógico hubiera sido que el año pasado, como Monti hizo con la candidatura de Roma, el presidente Rajoy hubiera obligado a la endeudada ciudad de Madrid a retirarla. Se habría evitado la decepción de muchos ciudadanos, que no se merecían otra más; someter a España de nuevo a hacer manifiesta su debilidad internacional; y gastos inútiles. Aunque hay que reconocer también que ha tenido un efecto positivo: descorrer el velo ante muchos ciudadanos de la forma en que en España se maquilla y oculta la verdad. Viendo la actuación de sus dirigentes habrán podido darse cuenta de su falta de ambición por el país y de cómo antepusieron sus intereses a corto plazo a los de los ciudadanos. Un retrato que afecta especialmente a los políticos madrileños del Partido Popular.
El momento postolímpico no pude ser sólo un rasgarse las vestiduras. Es hora de actuar responsablemente y de que los cargos públicos del Ayuntamiento y de la Comunidad de Madrid empiecen a dar cuentas del coste que han supuesto las tres candidaturas fracasadas y de la solvencia de los informes que encargaron para avalar la última. Quedan muchas preguntas por resolver. Entre ellas por qué la delegación española en Buenos Aires era con mucho la más numerosa. Un símbolo del despilfarro al que se nos tienen acostumbrado.
Pero como a veces no hay mal que por bien no venga, la ducha de realidad a la que nos han sometido quizás nos permita, por fin, centrarnos en nuestros principales problemas para mejorar la vida de los ciudadanos y tener de nuevo crédito internacional. Resolverlos no es tarea fácil: exige tesón, capacidad y verdad. Podemos afrontarlos todos juntos. Si lo hacemos, tendremos un mejor futuro.