Frente a la mentira, democracia: las elecciones alternativas de la Justicia española

Un piloto de fórmula uno conduciendo una apisonadora. Ese es nuestro Ministro de Justicia. Al volante de su mayoría absoluta, se ha resuelto a laminar todos y cada uno de los obstáculos que se interponen en su carrera, ya sea nuestro proceso criminal o la planta judicial.

¿Y qué tiene que decir el Poder Judicial al respecto? En realidad, nadie lo sabe. El programa electoral ha sido violado, de tal suerte que el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), máximo órgano de gobierno de la judicatura, será escogido en su totalidad por los grupos políticos. Así lo impone la última reforma de la LOPJ. Curiosa situación esa en que el representante carece de mandato de sus representados. Pero hay más: la aludida reforma de la ley de Planta prevé la supresión de los partidos judiciales y con ellos, de los decanos, hasta ahora elegidos democráticamente por los propios jueces. Serán reemplazados por unos presidentes designados por el propio Consejo.

Metódicamente se van aplastando las estructuras representativas que permitían a los jueces expresarse democráticamente como colectivo unitario. Pero no son sólo los miembros de la carrera judicial los afectados. Un Poder Judicial débil deja inermes a los ciudadanos frente los abusos de la casta política: no olvidemos que ese CGPJ politizado el que determina la composición del Tribunal Supremo, corte de casación en nuestro país, última palabra en los asuntos más importantes, los que afectan a la vida, hacienda y libertad de cada uno de nosotros.

Especial cuidado se pone en que no exista ningún cauce para que los jueces hagan saber su opinión en su conjunto, de tal suerte que sean siempre otros los que hablen por ellos: el Ministerio, el Consejo, los grupos parlamentarios…cualquier con tal de que el cuerpo judicial permanezca desmembrado, comprimido y oprimido bajo el peso aplastante del poder político.

El pueblo español tiene derecho a saber quiénes son sus jueces. No debe mirar a esos políticos-togados que adeudan su cargo al generoso dedo del mandamás de turno, como tampoco a los gustosamente que van allanando el camino a la máquina trituradora del absolutismo parlamentario. Antes bien, sus componentes más representativos son los que trabajan día a día en sus juzgados, al margen de las componendas de los poderosos, lidiando codo a codo con abogados, secretarios, procuradores…Gran sorpresa sería saber qué piensan todos ellos, debatiendo libremente mediante un simple principio: un juez/un voto.

El nuevo Consejo General del Poder Judicial nacerá de una mentira originaria, del incumplimiento del programa electoral. Frente a esta farsa, ha surgido una iniciativa entre más de trescientos cincuenta jueces que, comunicados entre sí por el correo electrónico, han decidido organizar unas elecciones simbólicas para elegir a doce representantes alternativos. Es sólo un gesto sin valor legal, pero que salva la dignidad de la Justicia ante una ciudadanía harta de la mentira sistemática de aquellos que infringen el pacto social convirtiendo en papel mojado el programa electoral.

Es un movimiento espontáneo, desvinculado de cualquier partido político, sindicato, grupo empresarial, periodístico, asociación o cualesquiera intereses ideológicos o económicos. En noviembre de 2012 y febrero de 2013 promovió la creación de una “Asamblea General de Jueces”, un espacio donde expresarse democráticamente, según el elemental principio de “un juez/un voto”. El siguiente paso son las elecciones alternativas, un proceso que comenzó el 16 de septiembre de ese año y que culmina el próximo 16 de octubre con la proclamación de los candidatos más votados en los comicios virtuales.

Es un acto de protesta pero, sobre todo, una llamada de auxilio de unos jueces que han tomado partido, no por los poderosos, sino por su pueblo, el pueblo de una España cansada de tanta mentira.

 

Verdad y Regeneración: Artículo de nuestro colaborador Ignacio García de Leaniz Caprile en “El Mundo”

 

Cuando en El proceso su protagonista, K., duda ante las contradicciones del guardián, el sacerdote le replica lapidariamente: «No hay que considerar que todo es verdadero, sólo hay que considerarlo como necesario». Lo cual parece a K. en su fuero interno –y no sin razón– «una sombría opinión». Y acto seguido añade Kafka una de las más desoladoras palabras del siglo XX que anticiparon el final de tantas realidades valiosas: «Y de este modo la mentira se convierte en orden universal».
El descubrimiento de K. es desde luego el fin de la política en su uso mínimamente democrático que siempre implica un «afán de verdad». No es de extrañar que, al poco, la concepción totalitaria anidase en el corazón de Europa y tras los Urales, llegando a ser el propio partido quien fabrique la verdad –esto es, lo tenido por real– hasta el punto de acabar, como decía Hannah Arendt, «mintiendo la verdad misma».
Imaginemos ahora que el ciudadano K. nos visitara como testigo en ese otro proceso de degradación que está sufriendo nuestro país en relación con la mentira y la derrota de la veracidad. Creo que volvería a sentir esa misma «perversión epistemológica» que le oprimía durante el relato kafkiano, al contemplar cómo la mentira –no el error, sino la voluntad de mentir– ha ido tejiendo por los repliegues de nuestra política nacional, autonómica y local las mismas telarañas que carcomían el olmo machadiano. Tanto que al director de este periódico no le ha quedado otro remedio que pedir formalmente una Comisión para la Verdad y la Regeneración. Y a una colaboradora como Elisa de la Nuez, proponer una Comisión Nolan en el Parlamento.
Y es que esta frecuencia tan intensa del mentir en nuestra vida política, ya irrespirable, no significa otra cosa que los dos grandes partidos nacionales han reavivado aquella fórmula que hace años acuñó Julián Marías: «Vivir contra la verdad». En tanto que los partidos nacionalistas parecen desde su origen mismo instalados en ella. Basta atender al casoBárcenas como al caso EREAndalucía y la embestida prevista en Cataluña ante el tricentenario de la Diada para hacernos cargo del amplio espectro del engaño, bien por ocultamiento, bien por falsificación y falso testimonio, bien- en la forma más refinada de mendacidad- por determinados «silencios elocuentes».
Hubo dos experiencias previas que catalizaron el descaro de la mentira en que nos hallamos. Una fue la negación de la crisis económica y la campaña electoral de 2007 del PSOE cuyo slogan fue «por el pleno empleo», –lo que era rigurosamente mentira–, y, por otro, la réplica posterior de la campaña del PP en 2011, basada en promesas fiscales y económicas que también se sabían escrupulosamente falsas. Habrá que estudiar un día la formalización metódica y refinada del mentir que ambos comicios supusieron en la historia política española.
Ahora bien, el elemento a mi juicio más novedoso de la exaltación de la mentira en nuestra política ha sido sin duda la abdicación de la veracidad por parte de nuestro partido conservador, como revelan los ejemplos Gürtel-Bárcenas y la campaña del 2011. Para ello hay que tener presente que, por un lado, la mentira propia de nuestro partido socialista tiene su explicación en el concepto de realidad que anima la ideología misma de la izquierda. Su falta de respeto a la verdad viene dada en origen por su discrepancia con el concepto clásico de esta como «adecuación a la realidad». La acción política no será tanto supeditarse a lo real como transformarlo. De ahí su carácter mesiánico y utópico. La verdad no es ya propiedad de la inteligencia sino de la imaginación: la acción política genuina –«verdadera»– consiste, al fin y al cabo, en transformación. Por eso hablaba muy en serio Rodríguez Zapatero cuando declaró siendo presidente que «la verdad no nos hacía libres, sino que la libertad nos hacía verdaderos». La veracidad quedaba desplazaba por la autenticidad y la mentira no era ya una cuestión moral y mucho menos una de las más grandes cuestiones, personal y colectivamente.
Contrariamente a ello, el pensamiento liberal-conservador descansaba a modo de dique en un ajuste a lo real, a lo verdadero en su sentido clásico. La inteligencia política suponía un gran dosis del orteguiano «estar a las cosas», a ras de tierra, donde el mentir no estaba bien considerado.
Precisamente porque en el ámbito de lo irreal todo es posible, incluso la revolución o el aniquilamiento de la democracia, fomentar la irrealidad era ciertamente irresponsable. En cierta manera, ser conservador o liberal es poner un cierto freno a la imaginación, en pro del ser de las cosas. Además, si la realidad se inventa –o se desprecia u oculta– sobreviene en la vida colectiva algo francamente peligroso: la desafección de la democracia, precisamente por «no democrática». Por eso una de las motivaciones centrales del votante clásico de nuestro centroderecha era precisamente ese refugio en la presunta veracidad de su partido frente a la mendacidad más o menos connatural del partido socialista.
Y es a esta tradición a lo que renunció el Partido Popular en el 2011, en una decisión ciertamente histórica. La tentación era bien grande, difícilmente resistible: combatir la entonces vigente impostura del partido socialista con otra campaña igualmente falaz, por grave razón de estado. O dicho con otras palabras: refutar la mentira, mintiendo. Borges diría aquello de terminar con los caníbales comiéndonoslos. Además, ya se había sentado un precedente fatal años atrás con el casoGürtel que alentaba el camino de lo falso del poema de Parménides. (Y Gürtel, no lo olvidemos, está íntimamente ligado al casoNoos.)
Pero caer en aquella tentación tuvo un precio siniestro: una vez que se ha mentido tan a sabiendas, tan deliberada y fríamente el dios de la mentira –que es tremendamente celoso– te atrapa exigiéndote cada día mayores sacrificios de la verdad. Tanto la actitud del partido ante el juez Ruz –y los casos que se avecinan– como los ocultamientos e imposturas continuas del Ejecutivo no son sino hitos de ese «vivir contra la verdad» de que hablábamos.
Y esta revolución copernicana sucedida en el PP –no atenerse a la verdad, sino crearla– es lo que ha acabado de sumir la vida política nuestra en una situación bien crítica, manca ya de una reserva de lo veraz. Y provocado en un gran número de sus votantes –especialmente en la franja de edad superior a los 60 años– una amarga decepción, como es siempre el despertar de una falsa ilusión. En este caso que «nosotros también mentimos». Pero los despertares de una ilusión son ciertamente crueles como Freud sabía muy bien: especialmente para quienes la hayan inducido, y si no al tiempo, tanto de las elecciones como de los jueces.
En 1931 Ortega impulsó la Agrupación al Servicio de la República. Uno se conformaría hoy –al hilo de la propuesta del director–con que hubiera una Agrupación al Servicio de la Verdad, que seguro no quedaría huérfana de votos. Y no encuentro mejor lema para ella que aquella bella expresión de Camus, ya centenario, de la cual tanto hablaba y vivía: la «verdad transparente».