Pero… ¿la Ley de Emprendedores no era para quitar obstáculos?

Es pronto para hacer ni siquiera un juicio somero de la ley 14/2013 de apoyo a los emprendedores. Lo impiden sus casi cien páginas de artículos, casi todos de inmediata  entrada en vigor, pero muchos de ellos de difícil comprensión, y algunos de imposible armonización con el resto del ordenamiento jurídico.

Pero en estos poquísimos días de vigencia he tenido varias experiencias relacionadas directamente con el emprendimiento que nos pueden dar una idea del “apoyo” que pueden esperar de ella nuestros empresarios.

La primera es de un amigo que con otros dos socios va a poner en marcha una pequeña editorial, para la cual piensan constituir una Sociedad Limitada. La normativa anterior a la ley ya permitía la constitución prácticamente en 24 horas y, si se hacía con los estatutos tipo del Ministerio de Justicia, con un coste total de notaría y registro de 100 euros y con exención de pago de las tasas del BORME. Para evitar el desembolso del capital inicial de 3000 euros, les aconsejé aportar a la sociedad los ordenadores, impresoras y programas de software que tienen previsto utilizar en su actividad. Por tanto, con el sistema anterior, cualquier persona podía crear una sociedad en un tiempo y coste mínimos.

El sistema, tenía sin embargo algunos fallos de mero procedimiento pero importantes. El primero, que las sociedades que no se acogieran a los estatutos tipo no estaban exentas de las tasas del BORME (80 euros). El segundo, la absurda obligación de presentación a liquidación de documentos exentos impedía en la práctica la presentación telemática de estas escrituras, salvo que se hiciera a través de la plataforma CIRCE,  lo que a su vez exigía acudir previamente a otra oficina (los puntos de asesoramiento empresarial o PAIT). Para solucionar estas cuestiones hubieran bastado unas reformas muy sencillas: dar a los notarios la condición de PAIT  y suprimir la necesidad de previa liquidación de documentos exentos y la anacrónica y entorpecedora tasa del BORME (lo que agilizaría y abarataría además todas las presentaciones telemáticas al registro Mercantil).

¿Es esto lo que hace la ley? El art. 13 hace referencia a los notarios como PAIT (ahora llamado PAE) pero como el CIRCE todavía no ha habilitado la posibilidad de acceso a los notarios estamos igual que antes. Y en todo lo demás, estamos, increíblemente, mucho peor. En un alarde de bolchevismo, se ha preferido destruir el sistema anterior antes de construir el nuevo (el derecho transitorio, ¿qué era?): la ley 14/2013 ha derogado el Real Decreto-ley 13/2010 que regulaba la constitución telemática de sociedades, al tiempo que la nueva norma se remite a un posterior desarrollo de los estatutos “standardizados”, que no sabemos si son los mismos estatutos tipo de la orden 386/2010 u otra cosa (y la DA 10  a ulteriores desarrollos en relación con la escritura). La lógica y la responsabilidad nos indica que notarios y registradores deberíamos seguir aplicando los aranceles y los estatutos del procedimiento derogado a las nuevas constituciones telemáticas, pero desde luego la ley no lo hace, con la inseguridad jurídica que eso va a suponer. Pero lo peor es que no solo no se ha eximido de tasas del BORME  a todas las sociedades nuevas, sino que  al derogar la norma anterior se ha suprimido la exención que existía, por lo que el coste de la constitución super abreviada casi se va a duplicar. Tampoco parece que el registrador, hasta que se produzca el desarrollo reglamentario, esté obligado a calificar en los brevísimos plazos que prevé la ley, ni en los de la anterior ley derogada. Es decir que la con la nueva ley el procedimiento es ahora más largo, más caro, y con más incertidumbre que hace pocos días.

El segundo caso es el de una persona con empleo a jornada completa pero con  grandes dificultades para pagar su hipoteca, que para completar su sueldo (y tras hacer un curso a su costa) va a dedicar vacaciones y fines de semana a encuadernar protocolos notariales con otra compañera de oficina.  Uno de los problemas fundamentales es que es para ello tienen que darse de alta como autónomo con un coste mensual de 255 euros (cada una). Esto supone una duplicidad de cotización pues ya su empleador –y ellas- pagan por su trabajo, pero sobre todo absorbe una parte importantísima de los beneficios que van a obtener de este pluriempleo. Pero para eso está –en teoría- la Ley de Emprendedores, cuyo art. 28 justamente trata de evitar la excesiva penalización (palabras de la EM) de personas en situación de pluriactividad: personas trabajadoras y honestas que están dispuestas a hacer dos trabajos y a pagar impuestos y seguridad social por las dos en vez de cobrar en negro. En realidad las ventajas de la ley son más bien modestas: en vez de una cotización cuasi-nominal, que sería lo lógico ya que cotizan a tiempo completo en su trabajo, se concede una bonificación del 50% sobre la cuota. Menos da una piedra, dirán. Pues sí, pero poco menos, porque esa bonificación  dura 18 meses, y después hay otros 18 meses con una reducción de solo el 25%. Pero si leemos con más cuidado resulta que  una piedra le da a la trabajadora lo mismo que la ley: nada. Porque la ley exige que la trabajadora causa alta “por primera vez” en el régimen especial de autónomos. Como se trata –como dije- de una persona trabajadora y cumplidora de la ley, estuvo dada de alta hace años como autónomo para otra actividad, así que tiene pagar la cuota entera – o trabajar en negro…- .

Pero volvamos a mis amigos los editores, que parece que con la colaboración de notario y registrador van a conseguir inscribir la dichosa sociedad, aunque con mayor coste de tiempo de dinero que antes. Uno de los socios está en paro y va a ser su administrador y tratará de obtener financiación (de los propios escritores y  a través de crowdfunding). Aunque no va a cobrar nada, como administrador ha de darse de alta como autónomo y pagar la cuota dichosa. Pero para él tiene la ley el art. 29 sobre “reducciones a la seguridad social aplicables a los trabajadores por cuenta propia”, ya que tiene la “suerte” de ser mayor de 30 años, como exige este artículo. Es cierto que las reducciones menguan más que el increíble hombre menguante pues en un año pasará la reducción del 80% al 30%, para desaparecer  a los 18 meses, pero menos da una piedra. ¿Menos? No, de nuevo la piedra da exactamente lo mismo que la ley, porque ésta solo reduce la cotización a quién no haya estado cotizando como autónomo en los cinco años anteriores.  Y da la casualidad que este señor creó otra empresa de la que fue administrador y que tuvo que disolver por no poder pagar, entre otras cosas, su cuota de autónomo…

La esperanzadora Exposición de Motivos de la Ley habla de la necesidad de un “cambio de mentalidad” en la sociedad,  y de que “el fracaso no cause un empobrecimiento y una frustración tales que inhiban al empresario de comenzar un nuevo proyecto, y pase a ser un medio para aprender y progresar”.  Pero está claro que la que no cambia la mentalidad es la administración, que niega la bonificación a quien ha fracasado en un proyecto en los cinco años anteriores. Parece que ha de purgar ese fracaso durante ese tiempo (condenado a trabajar en la economía sumergida, se supone) hasta poder hacerse acreedor de nuevo de la bonificación. No parece la manera de favorecer el emprendimiento ni de reducir el fraude, ni, por tanto, de aumentar la recaudación.

El emprendedor es el moderno Sísifo

La prioridad de la administración evidentemente no es el apoyo al emprendedor sino mantener la asfixiante presión fiscal y administrativa sobre los contribuyentes. Basta ver el esquelético contenido del capítulo sobre “Simplificación de cargas administrativas”. Ocupa solo 2 paginas de las 96 de la Ley, y de sus seis artículos, solo hay tres que se dedican a simplificar  -mínimamente-  algunas de las infinitas obligaciones  (riesgos laborales, libro de visitas de la autoridad laboral y estadística: lean lo de la estadística, da risa ). El primero (art. 36) es una simple declaración de intenciones, el último (art. 41) regula un incomprensible sistema de otorgamiento de poderes del que lo único bueno que se puede decir es que es inaplicable (ya comentado en este blog). Pero nada como el art. 37: bajo el título “simplificación de caras administrativas”, dice “que las administraciones que establezcan nuevas cargas administrativas eliminarán al menos una de coste equivalente”. Es decir, que para la administración simplificar cargas administrativas no es reducirlas sino no aumentarlas. Lo malo es la falta de respeto a la verdad y al lenguaje, lo peor que es otra norma programática que no se va a cumplir, y cuyo cumplimiento es imposible de exigir.

Aunque desde luego la ley merece un análisis más detallado, la primera depresión, perdón,  impresión,  es que el poder sigue estando lejos de las verdaderas necesidades de los emprendedores y que la ley se queda, como mucho, a medio camino. Es imposible favorecer el emprendimiento y reducir el fraude si no hay una verdadera decisión de reducir las cargas administrativas (tasas del BORME, autoliquidaciones inútiles) y el exorbitante coste de seguridad social de los autónomos.  Esperemos que las reformas sigan.

Para entender lo que nos pasa. “El sentido reverencial del dinero” de Ramiro de Maeztu

Pocas veces hallará el lector   una obra tan sorprendentemente oportuna y esclarecedora  para nuestras críticas  circunstancias como esta de Ramiro de Maeztu (Vitoria, 1875-Aravaca, 1936).  Oportuna por  cumplir el imperativo orteguiano de procurar saber a qué  atenerse,  al interrogarnos   por las causas últimas de lo que nos está pasando en estos graves momentos. Y  esclarecedora desde su título  al  ser  un   libro-candil capaz de iluminar  nuevos cursos de acción  en medio de tantas perplejidades  económicas que nos embargan.   Pues  no conviene olvidar  que en el origen de esta  gran crisis española, subyace  una quiebra  financiera en su triple dimensión bancaria,  estatal y familiar  que proviene en última instancia de un determinado sentido y  concepción de lo que el dinero  representa  y significa entre nosotros.

 
Y es esto- la posibilidad de una crisis tal y cómo evitarla-  lo que   Maeztu nos  anticipa con pasmosa exactitud en estos  artículos  escogidos  de entre los  escritos  en torno a la cuestión dineraria, financiera y laboral   entre 1922 y 1931.    Sólo por ello  merecería  considerársele,  con   Unamuno y Ortega, como lo que realmente es: uno de los  grandes avisadores nuestros, más allá de las controversias que su figura, pensamiento y acción puedan suscitar en algunas de sus polifacéticas vertientes.   Y es que pocas veces como en las páginas presentes  se cumple lo que  el pensador vitoriano postulaba como el verdadero quehacer intelectual: el  pensar alerta como la forma más inteligente, honesta  y generosa de instalarse en la vida individual y colectiva.
 
Claro que esta joya  del pensamiento   estaba sepultada   en este país de desdenes -Larra dirá “de anomalías”- en el  gran sepulcro nacional  de   la ignorancia culpable como si pudiéramos  permitirnos tal coste de oportunidad. Baste indicar al respecto  que todavía carecemos de las Obras Completas de Maeztu, por mucho que fuera el  mentor y miembro del “Grupo de los tres” con Azorín y Baroja y conspicuo integrante de la Generación del 98. Y la persona además  a quien Ortega le dedica como maestro y  en fraternal amistad   la edición primera de  Meditaciones del Quijote con independencia de los posteriores distanciamientos.
 
A su biografía debe Maeztu connaturalidad con el mundo financiero y empresarial que recorre el  libro y le permite  examinar con tanta agudeza   los trasfondos de  la vida económica y empresarial  occidental,  junto a  la circunstancia financiera y laboral  española en particular.  De hecho nadie en España como él,  ni siquiera Ortega, alcanzó un  conocimiento tan hondo de la realidad europea y americana,  del Norte y del Sur,  al menos  desde el comienzo de  la  Gran Guerra. Y es que  Maeztu llevaba el mundo en su cabeza como comprueba quien lea  hoy esa otra obra suya tan decisiva como es La crisis del Humanismo (1916), humeantes todavía los campos de Verdún,  y  que supone el comienzo de su madurez intelectual.
 
Tan relevante como esos hitos biográficos fue que en  1905 se trasladara como corresponsal a  Londres de diversos periódicos nacionales, donde permanecerá catorce años de gran intensidad vital e intelectual. Instalado en la City materna, centro financiero mundial, aprende a fondo  lo que es el negocio bancario y sus mejores prácticas  al tener contacto periódico y  profesional  con las entidades más emblemáticas de Lombard Street,  tales como Barclays, LLoyds y Halifax,  entre otras.  Fue precisamente tal  acumulación de conocimientos sobre el  funcionamiento de los mercados financieros  cuanto su profundización en Weber, Sombart, los economistas ingleses y los últimos hallazgos de la filosofía alemana, lo que le permitió diseccionar como pocos en Europa la crisis financiera de finales de 1919 que asoló  nuestro continente y país como corolario  de los excesos prestatarios de la posguerra.  Y así surgirán las reflexiones financieras tan lúcidas como las presentes acompañadas de una concepción del ser humano –el hombre natural frente al hombre espiritual– que  Maeztu dedujo de la lección que sobre la naturaleza humana habían dado los millones de cadáveres de la Gran Guerra.   Había entendido como pocos el significado  último de la contienda con  las enseñanzas filosóficas y antropológicas que encerraba.
 
De este modo, diseccionando  la mencionada crisis financiera deduce el pensador vitoriano que  en última instancia caben dos percepciones opuestas  sobre el dinero, Hay, así,  un  “sentido sensual del dinero” que lo considera como  mero medio al servicio de nuestros placeres. La riqueza es pues y meramente posibilidades de placer y su dimensión de uso es, por decirlo así,   lo instantáneo: no sabe del largo plazo. Su divisa, tan común entre nosotros, es aquella de que el dinero es redondo porque está hecho para que ruede.   A ello se   le opone como  antítesis  un “sentido reverencial del dinero” que lo entiende  como  poder, esto es, como  posibilidad de realizar diferentes bienes que –en cuanto potencialidades- son futuros.  Por eso inspira respeto y se atiene a las consecuencias de su uso que implica, de paso,  que nuestra actividad económica  no queda separada del resto de  la vida.   Y que permite al Estado planificar a largo plazo y a la empresa pensar y anticiparse al futuro,  justo lo que hoy no sucede y menos –de forma tan dramática- en nuestras cada vez más menguantes  instituciones financieras.   Congruentemente,  al  hombre  meramente carnal (u “hombre natural” en la terminología maeztuana)  le corresponde un uso sensual –o cínico- del dinero,  en tanto que al hombre de espíritu, fortalecido de sus impulsos instintivos, le corresponde un uso reverente. Y aquí nos encontramos con la primera gran  paradoja: El espíritu sensual conduce a  la miseria en tanto que el espíritu reverencial produce la prosperidad y bienestar materiales.
 
Sólo hace falta fijar la vista en  la naturaleza de nuestra crisis  actual  aflorada bajo el concepto de dinero fácil  y mostrenco- sea estatal,  bancario  o familiar-  para dar razón  de la  actualidad del análisis   maetzuano[3]. Pocas veces, si alguna,  ha predominado en nuestro país y en sus élites político-económicas  el hombre cínico o  sensitivo. Y pocas veces, también, añadimos nosotros, hace urgentísima  falta  un grupo  de profesionales de diversa índole  cuya misión primordial sea instaurar  una gestión político-económica  privada y estatal que se base en una dimensión reverente del dinero.
 
Siendo así las cosas, queda  claro – añadirá el discurso argumental de  Maeztu  en el apartado IV del libro dedicado a las entidades financieras – que donde más se conoce si se posee o no un sentido reverencial del dinero es en la inversión que de él se hace cuando llega a la Caja de Ahorros o al Banco en cuestión. Por eso, la función del banquero  es al mismo tiempo que la más noble, la más compleja y delicada.  No olvidemos que  la banca trabaja, como su materia prima, con depósitos ajenos que de por sí son –deberían  ser- sagrados. Ha de concentrar los ahorros de una generación para preparar el trabajo de la generación siguiente, gestionando provechosa y cautelosamente los capitales que se le confían. El corolario que de todo ello saca Maeztu resulta bien palmario: los directores de la vida financiera de una sociedad, han de ser espíritus formados y educados en el sentido reverencial del dinero pues si no el desastre está asegurado. Al banquero sólo le cabe la ascética de la prudencia que implica un dominio del yo y sus pasiones.  Mayor vigencia, como se  ve, imposible.
 
Porque de lo contrario sucede lo que  anticipaba ya en 1873 Bagehot, aquel economista inglés autor de Lombard Street. Una descripción del mercado monetario,   cuya obra   tan bien conocía Maeztu y que cita oportunísimamente en su artículo incluido  “Los Banqueros” (1925) Un gran banco es precisamente el sitio donde una persona vana y superficial, si es hombre metódico, como ocurre a menudo, puede hacer infinito daño en corto tiempo y antes de que se le descubra. Si tiene la suerte de empezar en tiempos de bonanza, es casi seguro que no se le sorprenderá hasta que llegue la hora de las dificultades, y entonces harán falta cifras muy elevadas para contar el mal que ha hecho.” Donde escribe  Bagehot “gran banco” añada nuestro lector   “o  caja de ahorros”, tanto da, para confirmar la honda   verdad que encierra el texto y comprender cabalmente    la descomposición moral y funcional  de nuestro entero  Sistema Financiero,  que comenzó en agosto del  2007 con  el drama de Bearn Stearn  para proseguir luego con Lehman Brothers, banca islandesa e irlandesa, UBS en Suiza y un largo etcétera hasta hoy mismo.
 
Pero entre nosotros- que no éramos excepción alguna,  bien al  contrario- la debacle de nuestro Sistema Financiero se ha encarnado de manera  mucho más virulenta   con  la devastación  de  varias Cajas, las ayudas encubiertas a las demás instituciones financieras, la degradación del antaño ejemplar  Banco de España,   el atropello  de las  preferentes,  el escándalo Bankia, o la impunidad  de consejeros delegados  indultados de gravísimos delitos,  como situados   más allá del bien y del mal. Pero lo pavoroso  del caso actual y que confiere un carácter inédito a nuestra crisis, es algo que Bagehot no podía prever pero  sí en cambio el pensar alerta de Maeztu: a saber, que el hombre con un sentido cínico  del dinero  pasara  de ser una excepción  más o menos comprensible   en las entidades financieras dada la debilidad humana, a convertirse en el prototipo directivo de nuestras élites bancarias.  No otra cosa se deduce al leer con estupefacción el contenido de los mails incriminatorios de los  traders de Barclays en el  reciente affaire del Libor. O al conocer el perfil profesional (su ausencia más bien) de tantos y tantos consejeros de nuestras Cajas y rectores a su cabeza. O la falta de prudencia directiva-y  por lo tanto moral-  entre los altos cargos de en esos otros nuestros bancos en apariencia- solo eso, mera apariencia – sólidos que afrontarán ahora despidos masivos
 
Para quien tenga la desgracia de conocer  nuestras actuales  élites financieras  españolas–y poder  compararlas con las de la generación anterior mismamente- nada hay más desolador que comprobar cómo el sentido reverencial del dinero se ha visto trastocado por otro sensual donde la apetencia del bonus ha predominado  sobre el respeto sacro hacia los depósitos de los clientes.  O hacia la Obra Social de las Cajas, por citar un  ejemplo insuperable en  tristeza y simbolismo.   Pocas veces tan  pocos han hecho tanto daño a tantas personas y logros civilizatorios.
 
No menos perentorio para salir de esta crisis nacional   me resulta rehabilitar – y me parece un acto además  de pura justicia cuanto  que muchos se han nutrido de ella sin  dignarse a citar su origen- la concepción que del trabajo tiene Maeztu, a lo que dedica el apartado III, entendido, con espléndido neologismo,  como concienciosidad.
 
Solo con una concepción de “concienciosidad” cree Maeztu  posible  romper el desdoblamiento que se produce en nuestro mundo hispánico entre el yo funcionario y el yo caballero. O entre  el yo negociante del yo creyente.   Así,  en el cumplimiento del deber profesional se juega uno su destino último tal como relata Maeztu  en su artículo “Las dos maneras de considerar el trabajo” (1926) tratando  de  injertar en nuestro idiosincrasia  unas gotas de la aportación sajona a la civilización:
 
Para un país como el nuestro – intervenido de facto-   cuyo porvenir económico y competitivo pasa por unos servicios orientados realmente  al cliente y  a la calidad y   una mejora neta de nuestra productividad e investigación me parece urgente recuperar el sentido maeztuano  del trabajo  y hacer pedagogía nacional de él a sabiendas de que como señalaba Ortega el principal problema político que sigue teniendo  España es  el pedagógico.
Coda final: un llamamiento generacional
 
Hasta aquí Maeztu, su figura y sus hallazgos tan  lúcidamente  oportunos. Mas dada la gravedad de la  situación nacional en estas horas crepusculares que piden como en la crisis de la Restauración nuevas formas de hacer las cosas, habrá que   apelar a  un cambio  de nuestras élites político-financieras ante el colapso  en torno y  la corrupción ambiente.
 
Lo que supone  convocar   a esas minorías serias y calladas,   cuya abdicación hemos pagado tan caro, a la  misión  de  detener la hemorragia española – de una España convertida en el enfermo de Europa- y rescatar el  país  en su dignidad, justicia y estima. Y ello, si  no me equivoco, solo podrá hacerse   desde  una profunda regeneración democrática y económica, en cuya base esté precisamente un riguroso sentido reverencial del dinero tanto  en su uso como  en su  control.
 
Y ante un reto de tal calibre, no cabe sino  invitar al lector a leer serenamente    esta obra que es fiel a la   admonición de Horacio: De te fabula narratur: “La historia (en este caso el texto)  habla de ti”.  De modo que bien pudiera servir   como  un catalizador de una  abnegada  Generación del 12 -que se está pidiendo a voces-, cuyo pensar alerta perciba que sus textos tan  penetrantes  están dirigidas precisamente  a ella. Y, ya puestos,  no dejar entrar en  una  Generación tal   a nadie que no posea un sentido reverencial del dinero. No creo  por todo ello  que pueda haber mayor elogio a un avisador de la talla de Maeztu, ni mejor  fidelidad a los retos de la hora presente. De nobis fabula narratur, estimado lector.



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