“El dilema” de Jose Luis Rodriguez Zapatero, crítica en Revista de Libros de nuestra coeditora Elisa de la Nuez

Tengo que confesar que he cerrado “El dilema” en un estado de perplejidad considerable. José Luis Rodriguez Zapatero, bien es cierto, no presenta su libro como un libro de memorias, sino, y lo cito textualmente,  como un “libro con memoria”. Quizá por ello, no sigue una línea cronológica clara, y las cifras y datos económicos sobre España, la Unión Europa y otros países del mundo (cuadros incluidos), así como citas extensas de economistas, periodistas y políticos,  tiende a romper la continuidad del texto. Ello es especialmente así en el epílogo.

El conjunto resulta por tanto farragoso y escasamente divulgativo, por lo que no alcanza el objetivo anunciado en la introducción: dar una explicación a los ciudadanos sobre los acontecimientos ocurridos en España desde el comienzo de la crisis hasta la pérdida de las elecciones por los socialistas. La opacidad del texto resulta aún más llamativa si se tiene en cuenta que el lenguaje utilizado es muy sencillo, y está plagado del tipo de expresiones pedestres (“saltar a la cancha del hemiciclo”,  “ahí es donde te la juegas”,” el gran drama del paro”)  en que tanto abunda nuestra clase política. En definitiva, todo se mezcla: tecnicismos y obviedades, cuadros macroeconómicos y afirmaciones que parecen extraídas de los llamados “argumentarios”, reflexiones subjetivas (con la inserción de frases tales como “suprimir el cheque bebé era una cicatriz que quedaría grabada en los pliegues, que cada vez se agrietaban más, de mi piel política”)  y citas de Premios Nobel. Este totum revolutum no favorece, ciertamente, el flujo narrativo.

Muchos economistas, a pesar de su formación técnica, han escrito sobre lo mismo de forma más clara, entretenida e iluminadora, en España y fuera de España. ¿Cómo explicarse entonces que resulte tan aburrida una obra redactada por la misma persona que asistió a las múltiples y agónicas reuniones en que estuvo a punto de declararse el “default” de nuestro país, o que contiene noticias importantes, como la publicación de  la famosa carta del BCE, sobre cuya existencia se alimentaban dudas? La pregunta no resulta fácil de contestar, aunque voy a intentarlo en estas líneas.

A mi juicio, el principal problema reside en el enfoque del libro. Como sabemos bien los que, siendo especialistas en alguna materia, escribimos más o menos habitualmente artículos de divulgación, lo fundamental es “encontrar el tono” y construir un relato. Ambas cosas resultan mucho más sencillas si uno tiene claro lo que quiere trasmitir y a quién se lo quiere trasmitir. Sin olvidar que la honestidad intelectual también ayuda, por muchos errores que se puedan cometer en los juicios y en las apreciaciones.

Pues bien, temo que una razón importante para que fallen tanto el tono como la construcción del relato, es que el autor, en vez de ofrecer a los ciudadanos, “por obligación democrática” –son sus palabras-, una explicación sobre la crisis, se dedica, más que nada, a justificar sus decisiones de partido, a sus compañeros de Gobierno y a sus colaboradores en general, a los que cita siempre en términos muy elogiosos y como grandes profesionales. O como diríamos coloquialmente: lo que quiere, es quedar bien. O, por lo menos, no demasiado mal.

Efectivamente, una de las características del libro es la cantidad de reconocimientos y agradecimientos que contiene a diestro y siniestro. NI una palabra amarga, ni un reproche. Todos los personajes que transitan por la obra, desde la ex Ministra de Economía Elena Salgado –considerada por el Financial Times en su momento como una de las peores ministras de la eurozona- hasta los incombustibles representantes sindicales Toxo y Cándido –a los que se describe literalmente así- son un prodigio de buen hacer y de responsabilidad. También justifica Zapatero, cuando no exalta, a los líderes europeos, pese a que exteriorice algunas dudas sobre su capacidad de gestión de la crisis del euro –más que razonablemente, a la vista de los hechos que él mismo narra-. Es incluso más alto su nivel de autocrítica, especialmente en el epílogo.

¿Cómo es posible que siendo tan excelentes los líderes europeos, los gobernantes, ministros, parlamentarios, representantes de la oposición, agentes sociales, instituciones, trabajadores, etc,  hayamos llegado a la dramática situación que el libro describe? Aquí nos encontramos con un dato fundamental: lo más revelador no es tanto lo que el libro cuenta, sino lo que obvia. Si el autor lo contara todo, aparecería bajo una luz más dudosa. Pero no cabe excluir una hipótesis peor: que el ex presidente no haya entendido a estas alturas que el cierre la financiación exterior, detonante de las calamidades subsiguientes,  fue una crisis de credibilidad o confianza. Dicho de otra forma, nuestros acreedores dejaron de pensar que les íbamos a poder devolver el dinero. Pero ¿por qué pensaron eso así, de repente?

En este libro sobre la crisis no hay ni una mención (o solo muy de pasada) a las causas profundas e internas de esta falta de credibilidad, causas  que, como nos han demostrado de forma muy solvente y  amena especialistas como Daniel Lacalle o economistas de primera fila como Luis Garicano o Jesús Fernandez-Villaverde, están estrechamente ligadas a los problemas estructurales de nuestra economía. Problemas inseparables del deterioro de nuestras instituciones y de la mediocridad de nuestra clase política, la cual no supo reconocer el problema en un primer momento para enfrentarse a él de verdad, cambiando el modelo productivo en una segunda instancia. Y en esas estamos todavía, dado que, aunque haya cambiado el partido en el Gobierno, la clase política sigue siendo la misma.

En “El dilema” se habla muy poco del disfuncional mercado laboral español, con una diferencia entre los trabajadores con contrato indefinido y con contrato temporal sin parangón en el mundo entero, así como se soslaya el estancamiento de nuestra educación, reflejada una y otra vez en los sucesivos informes PISA, el aumento tremendo del abandono escolar que provocó el dinero fácil durante la época de la burbuja inmobiliaria, o la ocupación partitocrática de todas y cada una de las instituciones y muy señaladamente las de control y supervisión, las cuales, por lo menos en los casos más evidentes, deberían haber dado alguna voz de alarma. Por el descontrol reinante en las Cajas de Ahorro, ocupadas por los partidos políticos, se pasa por encima, diciendo simplemente que “hubo algunas que habían desarrollado una gestión muy negativa” y que es una suerte que se estén exigiendo responsabilidades, por vía judicial en algunos casos. Ello demuestra que “el Estado de Derecho” funciona. Lástima que la exigencia de estas responsabilidades haya procedido en la práctica totalidad de los casos de personas físicas y jurídicas ajenas a las instituciones y a los viejos partidos.

Tampoco se menciona la corrupción local en el ámbito urbanístico,  luego extendida a prácticamente todas las Administraciones, el capitalismo del palco del Bernabéu o capitalismo castizo, el colapso y la politización de la Administración de Justicia, la falta de unidad de mercado, etc, etc. Es verdad que se habla en el epílogo de la burbuja inmobiliaria, del modelo productivo, del paro y de los problemas del sistema financiero. Ello no obsta, sin embargo, para que tengamos que leer cosas como la siguiente: lo que sucede no es que España haya vivido durante los años de la burbuja por encima de sus posibilidades, sino que  antes lo había hecho por debajo.

En fin, no solo no se menciona la falta de independencia de los organismos como el Banco de España, mudos ante los desequilibrios de la economía española o el desastre de las Cajas de Ahorro, sino que, increíblemente, se invocan los informes de esos mismos organismos para justificar que se creyera que los ajustes en el mercado inmobiliario se iban a hacer “de forma paulatina u ordenada”  o que el sistema financiero español era de los más sólidos del mundo.

Claro está que esto no puede extrañar si se tiene en cuenta que Rodriguez Zapatero se empeñó en negar la existencia de la crisis hasta que ésta le estalló a su Gobierno –y al país- en las manos. Lo más interesante es que, si bien menciona el hecho en la parte final del libro (bajo el epígrafe “Mi tardía utilización de la palabra crisis”), lo reduce a un error de nomenclatura, insistiendo en que, a la vista de los datos de que disponía y de las previsiones de los organismos internacionales, realmente no había ninguna “crisis”.  En el mundo virtual en que viven nuestros políticos, es difícil que nadie asuma una responsabilidad real. ¿Quién no se ha confundido alguna vez de términos?

El capítulo final contiene también otro apartado referido a “la crisis en España. Mi análisis y mi responsabilidad”. Pero el análisis es bastante superficial, pese a la profusión de datos y de tablas, y el reconocimiento de la responsabilidad, igualmente epidérmico. Para justificar que no se pinchara la burbuja inmobiliaria, se aportan cifras económicas orientadas a demostrar que el cambio de modelo productivo no era tan urgente. También se afirma que se invertía mucho en I+D+i o en infraestructuras. Lo último, siendo cierto en términos cuantitativos, elude el análisis (y la responsabilidad) de cómo se gastó el dinero público con ligereza imperdonable, quedando nuestra geografía adornada de aeropuertos fantasmas, palacios de congresos que se caen a pedazos o autopistas por las que no circula nadie y que hay que rescatar con el dinero de los contribuyentes porque sus concesionarias son empresas muy bien relacionadas con la clase política.

Preocupa que a estas alturas siga insistiendo el autor en calificar como logros de su Gobierno políticas sociales que fueron posibles gracias a los ingresos extraordinarios de la burbuja inmobiliaria -añade que las medidas de recorte de mayo del 2010  supusieron en buena medida “la gran paradoja” de “borrar los avances de 2004 a 2009”-; o que se pregunte “qué quedará en la retina de los ciudadanos”, si los grandes logros sociales o su súbita desaparición (junto con la de millones de empleos, podemos añadir). La contestación es fácil de adivinar. En fin, no resulta sencillo evitar la impresión de que solo los mercados impidieron que se siguieran haciendo las mismas políticas. ¿Hemos de extrañarnos? No, habida cuenta de que el Gobierno actual, realizadas más o menos las reformas exigidas por la troika, y garantizada así la financiación necesaria, repetirá modelo.

Dicho eso, también hay que reconocer que a veces la realidad y hasta el sentido común se filtran en el texto, poniendo de manifiesto que algo se ha aprendido, aunque sean cosas básicas. Por ejemplo, que en una crisis de deuda soberana, son los países con más deuda corriente y por tanto con un alto endeudamiento, los que más sufren. Algo es algo.

Bastante más interés tiene la parte del libro dedicado a la exposición de los problemas de gestión de la Unión Europea con ocasión de la crisis de Grecia primero y del euro después, especialmente porque ponen de manifiesto la falta de instrumentos financieros e institucionales adecuados para abordar tales desafíos de forma conjunta y ordenada y hacer frente a los temibles “mercados”. Los que creemos en el proyecto de Europa, nos enfrentamos a un retrato demoledor –pese a las buenas palabras- del caos que se vivió en la eurozona y de los sucesivos intentos de solucionar la crisis en un sinfín de reuniones eternas e inútiles hasta llegar a la decisiva intervención del BCE como prestamista de último recurso y, en el caso de España, la imposición de las condiciones contenidas en la famosa carta.

Resulta también muy aleccionador cómo se cuenta la historia de las subidas y bajadas en pocos días de la prima de riesgo española (y de otros países del Sur de Europa).  Los famosos “animal spirits” quedan bien reflejados, desde el pánico que produjo entre los inversores internacionales la posibilidad de la quiebra de Grecia,  la ruptura del euro  o el contagio a otros países periféricos, hasta los balsámicos efectos de unas pocas palabras del Presidente del BCE. No obstante, este es el mundo global en el que vivimos y esas son sus reglas, por absurdas o volátiles que le puedan parecer a un gobernante como Rodríguez Zapatero. Éste afirma que “se juega a veces el futuro de un país con un rumor o una frase afortunada o desafortunada del presidente del BCE”, pero no repara en que no a todos los países les pasa lo mismo.  Lógicamente “los mercados” tienen muy en cuenta, además de las noticias del FT o del WSJ, lo que los inversores llaman “fundamentales”. El poder de ajustar, pongamos por caso, los gastos a los ingresos.

Dicho de otra forma, si estos “fundamentales“ no están claros o están más bien oscuros, es probable que los inversores presten mucha más atención a declaraciones, noticias y simples rumores.  De ahí la importancia de ser más que de parecer, otra lección que nuestra clase política está tardando mucho en aprender, quizá porque ellos mismos viven en una burbuja política de su propia cosecha.

Porque si otra cosa, bien que involuntariamente, pone de manifiesto este libro, es que el Presidente del Gobierno de España –podría decirse lo mismo del actual- ha vivido encapsulado en una burbuja donde los ecos de la realidad llegaban solo de forma muy amortiguada,  gracias a los aduladores de turno y, lo que es mucho peor, gracias a su propio equipo. De ahí que, al irrumpir de forma desconsiderada, la realidad sea percibida como un terremoto de enorme intensidad –es el símil que Rodríguez Zapatero utiliza-,  es decir, como una catástrofe natural e impredecible. Nadie le había avisado, observa el ex presidente. Es de temer que esto sea verdad.

Quiero hacer por último una reflexión sobre el título mismo del libro, título que llama a error aunque sea un recurso literario. No hubo nunca ningún dilema, en la medida en que Jose Luis Rodriguez Zapatero no podía hacer algo muy distinto de  lo que lo hizo al cerrarse para España la financiación internacional. Se explican así, tanto los recortes anunciados el 12 de mayo de 2010, como la reforma constitucional “express” del art. 135 de la Constitución, efectuada con el fin de tranquilizar a los socios europeos mediante un compromiso de estabilidad presupuestaria   No hubo nunca, a pesar de lo que el autor afirma, un dilema entre “convicciones y responsabilidad”, dos rasgos que brillan por su ausencia en nuestra clase política.

 

 

Alternativa para un debate social sobre transparencia

Está a punto de ver la luz  un libro que pretendo convertir en una alternativa que contribuya a  generar el profundo debate que los habitantes de esta piel de toro  necesitamos, creo que perentoriamente, acerca de si queremos tener transparencia de verdad o si optamos por seguir como hasta ahora.
Implementar transparencia resulta más fácil y posible de lo que parece: tenemos que estar dispuestos, todos (y todas), a  dar pasos hacia el cambio para gozar de transparencia tanto de decisiones como de actos.
Veo la transparencia como un ave alicorta, mal  alimentada,  lo le ha generado ser obesa, torpe, con problemas de oxigenación. No tener  fuerzas para volar. ¿Queremos que las tenga?
Titulo el libro “Alas para la transparencia. El S.A.N.T. Por un nuevo contrato social”. Critico la falta de transparencia tanto pública como privada  y  voy un poco más allá proponiendo  la adopción del  S.A.N.T.,  o  Sistema por unas Alas Nuevas para la Transparencia.
Este país está, afortunadamente, bien surtido de especialistas en estudios psicológicos, sociológicos o estadísticos cuyas foto-fijas del país son tan realistas que ni por asomo me atrevo a cuestionar o completar. Por eso, planteo mi trabajo como una suerte de reto; un  método que bebe de tres fuentes:
1, la Norma ISO de la Calidad;
2, la Responsabilidad, tanto  corporativa como  social; y
3, el SIEMENS Integrity Sistem  que sacó a la multinacional del agujero negro en que se sumió a causa de malas prácticas comerciales sostenidas en el tiempo.
Soy consciente de que dentro del mundo empresarial se considera que la norma ISO ya está superada, que puede verse como una especie de antigualla obsoleta. Pero sólo me ciño al espíritu que creó  las tres alternativas.
Opino que son los partidos políticos y, en general, el sistema de la Transición, los que han estado alimentando mal al ave de la transparencia.  No creo que de mala fe (¿?).
Sin embargo, los índices de confianza en los políticos actuales viven sus horas más oscuras; la corrupción es endémica; faltan  explicaciones convincentes para casi todo;  en  demasiadas ruedas de prensa  no se admiten preguntas;  no se conocen ni el germen ni la razón de las decisiones que nos afectan…y suma y sigue.  Lo hace el gobierno o el partido que lo sustenta y lo hacen todos, dependiendo de su cuota de poder.
No deberíamos  ser ajenos a que la ultraderecha y el populismo se están empezando a hacer  hueco en muchas  personas de bien, hartas de que les tome el pelo la llamada clase o casta política. Ambas descripciones enmarcan bien  el abismo entre mandatarios y mandantes.
No debemos instalarnos, como sociedad civil, en la pasividad. En ver pasar el tren como las vacas, espantando las moscas con el rabo.  Porque de ahí a los liderazgos visionarios hay pocos pasos, y nuestra memoria no parece lo suficientemente sólida para prevenir sus riesgos a la hora de votar. Recordemos el democrático modo en que Adolf  Hitler accedió al poder, y cómo el Partido Popular fue aupado por mayoría absoluta en base a un programa hoy incumplido sistemáticamente. Lo estamos llevando casi sin rechistar.
Soy laico y de izquierdas desde que tengo uso de razón. Mi educación entre los 7 y los 17 años fue con los jesuitas. De ellos (más de mi familia) me quedaron espíritu crítico y afán de conocimiento y cultura que aún no me han abandonado y que, a mis años, no creo que lo hagan. Reivindico, pues, la educación recibida aunque no comparta muchas de las cosas que se me enseñaron.
Me declaro crítico y contrario a la denominada  Ley de Transparencia, Acceso a la información Pública y Buen Gobierno que ha visto la luz el pasado mes de Noviembre de 2013. Me asombra (sí, a mis años hay cosas que me siguen asombrando) que el  gobierno haya necesitado todo ese articulado, tantas letras, para promulgar un texto aprobado en la más absoluta soledad política. Y al que los demás grupos se han opuesto por razones no siempre comprensibles. De hecho,  me pregunto si los que se han opuesto  habrían apostado por opciones como el silencio administrativo positivo o la información en origen y no a demanda.
No puedo dejar de preguntarme, aunque sé que es lo que se hace, cómo es posible que sea necesaria una ley de transparencia para que haya transparencia. Del mismo modo, podría haber  leyes  que obligasen a poner bocado a las monturas o freno a los coches, pero no las hay porque es algo que dicta la lógica de las cosas. ¿Y la transparencia no es algo de cajón? Pues no, parece ser que no.¡ Malo!
Hay una salida, y me permito formularla. Propongo hacer de la transparencia el único modo de estar y hacer en política. Instalar un método en forma de código deontológico más allá de la declaración de intenciones.  Una serie de reglas de conducta, una guía de comportamiento, una extensión de la política 2.0 realmente participativa, trazabilidad para  los acuerdos, las decisiones, su génesis incluso. Y limitar el ejercicio personal de la política a  un máximo de 10 años.
Este libro, en suma, propone recorrer  a lomos del Sistema por unas Alas Nuevas para la Transparencia (S.A.N.T.) un cambio de rumbo hacia la calidad democrática en pos de un Nuevo Contrato Social.  Una alternativa nacida para ser debatida.