El jurista complaciente (o nuestro hombre en el Consejo)

En el post de hoy, amigos lectores, quiero glosar un fenómeno muy nuestro y extraordinariamente castizo: el del jurista complaciente. En pocos países del mundo cabe apreciar con tal pureza de rasgos este espécimen, profundamente imbricado en nuestro hábitat partitocrático. En ¿Hay Derecho? hemos hablado hasta hartarnos de la captura de nuestros organismos reguladores supuestamente independientes por el actual establishment extractivo, y sus perniciosos efectos, pero tal cosa no sería posible sin la entregada colaboración -porque no podemos calificarla precisamente de desinteresada- del jurista complaciente. Para ilustrarlo, vamos a escoger dos ejemplos muy interesantes: el de Vicente Guilarte, actual consejero del CGPJ, y el de Fabio Pascua Mateo, Secretario General de la CNMV.

Vicente Guilarte, Catedrático de Derecho Civil, comenzó su carrera política al fichar como abogado del Colegio de Registradores de la Propiedad. Era el encargado de defender en los juzgados las posturas de la Corporación, impugnando resoluciones de la Dirección General de los Registros cuando convenía o defendiendo de la impugnación calificaciones registrales. Fue una época muy movida corporativamente hablando, pues la Dirección General pensaba, en su ingenuidad, que era el superior jerárquico de los funcionarios a su cargo (notarios y registradores) y que podía sancionarles cuando no obedecían sus mandatos. En fin, recordarlo hoy da casi ternura.

Bueno, el caso es que uno de los muchos sancionados fue nada menos que Enrique Rajoy Brey, un hombre muy implicado en la defensa de los intereses corporativos. El Sr. Guilarte se encarga activamente de la defensa del Sr. Rajoy y consigue levantarle las sanciones en los tribunales. Es el comienzo de una gran amistad. Sin duda complacido por su actuación, el propio Rajoy la recuerda públicamente en esta carta (aquí) enviada a todos sus compañeros en diciembre de 2013, en donde glosa la persecución a la que fue sometido y agradece “el impagable apoyo de Vicente Guilarte Gutierrez”.

Es una carta muy emotiva cuya lectura recomiendo encarecidamente. En su parte final realiza una advertencia que interesa retener por lo que luego veremos y que transcribo seguidamente: “casi nos hemos olvidado de que el riesgo que entonces estuvo a punto de acabar con nuestro status todavía permanece y no sólo permanece sino que se agranda cada día que pasa y, en lugar de aprovechar el tiempo para mejorar nuestro sistema de seguridad jurídica, para modernizarnos, para aumentar nuestra eficiencia y acrecentar así nuestro valor añadido, lo utilizamos para cazar musarañas, proponer cambios tan urgentes y candentes como la pre-horizontalidad y difundir insidiosos e interesados rumores sobre la ruina a que las reformas propuestas por el Ministerio nos abocarían o la ‘contaminación’ que implicarían para nuestra función.”

El caso es que el Sr. Guilarte, poco a poco y sin olvidar sus encargos judiciales, fue promocionado a otros menesteres. El 2012 se le incorpora al consejo de redacción de la revista del Consejo General de la Abogacía en representación de los registradores y desde allí comienza a publicar (en ese y en otros medios) una serie de artículos en defensa de la profesión (tal como él entiende la defensa de una profesión, claro, que es denigrando a las demás). Pueden leer uno de esos interesantes artículos aquí (tampoco tiene desperdicio).

Tantos méritos no podían quedar desatendidos. Si Enrique Rajoy había sido capaz de nombrar medio Ministerio de Justicia, estaba claro que podía ayudar a un amigo (y a la Corporación, claro) colocando al Sr. Guilarte en el CGPJ. Sin duda resultaba muy interesante para todo el mundo (recordemos esa advertencia sobre los riesgos para “nuestro status” y la necesidad de defender las reformas propuestas por el Ministerio). Dicho y hecho, Guilarte es nombrado consejero en la última renovación por la cuota del PP y desde el primer momento se pone manos a la obra, sin por ello dejar sus tareas anteriores, al menos las principales, pues en enero y febrero de 2014 Guilarte sigue firmando un buen número de escritos procesales en representación de los registradores (concretamente escritos de personación, lo que significa que lleva la dirección letrada en su conjunto). Suponemos que sigue cobrando por ello, naturalmente. Quizás la reforma del CGPJ propulsada por el PP -permitiendo compatibilizar la actividad de consejero con el ejercicio profesional- buscaba precisamente esto, quién sabe.

En cualquier caso, el resultado final era el previsible (al fin y al cabo para eso le han nombrado) en un frente y en el otro. En el frente de los Juzgados, ¿se imaginan la presión para un juez de Primera Instancia que tenga que decidir sobre un asunto de interés para los registradores cuando se entere que el abogado de esa parte es un consejero del CGPJ? En el frente del Consejo, se propone él mismo como co-ponente en el informe del CGPJ sobre jurisdicción voluntaria, en el que tanto interés tiene los registradores (en eso sí que se juegan el status y no en la pre-horizontalidad, como nos ilustraba Rajoy) y ya se pueden ustedes imaginar el desenlace: la propuesta de informe deja pequeños a los mismísimos artículos de Guilarte anteriormente mencionados. Y lo que te rondaré, morena. Definitivamente, nuestro hombre en el Consejo (pero todo legal, eh, aunque otra cosa es que ética y estéticamente resulte sencillamente asombroso).

Pasemos ahora al otro caso, que no es menos divertido. Fabio Pascua Mateo es Letrado de las Cortes. Comienza su andadura política en Madrid a la sombra de Elvira Rodríguez, entonces presidenta de la Asamblea de la Comunidad de Madrid, quien le designa Secretario General de la Asamblea. En la siguiente legislatura la Sra. Rodríguez se va al Congreso de diputada y el Sr. Pascua continúa con el nuevo Presidente, Ignacio Echevarría. Pues bien, al poco tiempo estalla el escándalo BFA-Bankia y la oposición, en su ingenuidad y a la vista del desaguisado, quiere debatir las posibles responsabilidades políticas en las que han podido incurrir los gestores autonómicos en una comisión de investigación.

La pretensión sobre el papel parece lógica, puesto que  la Ley 4/2003 de 11 de marzo, reguladora de las Cajas de Ahorro de la Comunidad de Madrid,  establece una serie de responsabilidades administrativas para quienes ostenten cargos de administración y dirección que infrinjan normas de ordenación y disciplina de las entidades de crédito,  correspondiendo la competencia para exigirla y sancionarla a la Consejería de Economía y Hacienda de la Comunidad de Madrid y, en su caso, a su Consejo de Gobierno, aunque en determinados casos se requiere informe del Banco de España.

Quizás sobre el papel de la ley, sí, ¡pero menos mal que tenemos juristas complacientes para interpretarlas! Si no estaríamos perdidos, desde luego. Se encarga urgentemente un informe a la Secretaría General de la Asamblea para que emita su opinión (institucional e imparcial, naturalmente) y el Sr. Pascua se descuelga en mayo de 2012 con uno, que pueden consultar aquí, en donde afirma que la Comunidad de Madrid no tenía ninguna competencia en materia de Cajas de Ahorro.

Como lo leen. Pese a que la Ley de la Comunidad de Madrid establece claramente que  el órgano responsable dentro de la Comunidad de Madrid de ejercer las funciones de disciplina y sanción es la Consejería de Economía y Hacienda, el informe supuestamente independiente, en base a argumentos de tipo formal y temporal, y con abundante retórica, afirma que el único responsable es el Estado y el Banco de España.

El informe cumplió su cometido: por supuesto que no hubo Comisión de investigación –tampoco es que hubiera servido para mucho, visto el paripé que se montó en el Congreso por el mismo tema- pero, sobre todo, el jurista complaciente es en la actualidad Director del Servicio Jurídico y Secretario General de la CNMV, de nuevo bajo las órdenes de su jefa de siempre, Elvira Rodríguez. Estamos seguros de que sus informes en ese órgano serán del mismo tipo al que ya estamos acostumbrados, para tranquilidad de su presidenta… e intranquilidad de los ciudadanos, lamentablemente.

 

“El dilema” de Jose Luis Rodriguez Zapatero, crítica en Revista de Libros de nuestra coeditora Elisa de la Nuez

Tengo que confesar que he cerrado “El dilema” en un estado de perplejidad considerable. José Luis Rodriguez Zapatero, bien es cierto, no presenta su libro como un libro de memorias, sino, y lo cito textualmente,  como un “libro con memoria”. Quizá por ello, no sigue una línea cronológica clara, y las cifras y datos económicos sobre España, la Unión Europa y otros países del mundo (cuadros incluidos), así como citas extensas de economistas, periodistas y políticos,  tiende a romper la continuidad del texto. Ello es especialmente así en el epílogo.
El conjunto resulta por tanto farragoso y escasamente divulgativo, por lo que no alcanza el objetivo anunciado en la introducción: dar una explicación a los ciudadanos sobre los acontecimientos ocurridos en España desde el comienzo de la crisis hasta la pérdida de las elecciones por los socialistas. La opacidad del texto resulta aún más llamativa si se tiene en cuenta que el lenguaje utilizado es muy sencillo, y está plagado del tipo de expresiones pedestres (“saltar a la cancha del hemiciclo”,  “ahí es donde te la juegas”,” el gran drama del paro”)  en que tanto abunda nuestra clase política. En definitiva, todo se mezcla: tecnicismos y obviedades, cuadros macroeconómicos y afirmaciones que parecen extraídas de los llamados “argumentarios”, reflexiones subjetivas (con la inserción de frases tales como “suprimir el cheque bebé era una cicatriz que quedaría grabada en los pliegues, que cada vez se agrietaban más, de mi piel política”)  y citas de Premios Nobel. Este totum revolutum no favorece, ciertamente, el flujo narrativo.
Muchos economistas, a pesar de su formación técnica, han escrito sobre lo mismo de forma más clara, entretenida e iluminadora, en España y fuera de España. ¿Cómo explicarse entonces que resulte tan aburrida una obra redactada por la misma persona que asistió a las múltiples y agónicas reuniones en que estuvo a punto de declararse el “default” de nuestro país, o que contiene noticias importantes, como la publicación de  la famosa carta del BCE, sobre cuya existencia se alimentaban dudas? La pregunta no resulta fácil de contestar, aunque voy a intentarlo en estas líneas.
A mi juicio, el principal problema reside en el enfoque del libro. Como sabemos bien los que, siendo especialistas en alguna materia, escribimos más o menos habitualmente artículos de divulgación, lo fundamental es “encontrar el tono” y construir un relato. Ambas cosas resultan mucho más sencillas si uno tiene claro lo que quiere trasmitir y a quién se lo quiere trasmitir. Sin olvidar que la honestidad intelectual también ayuda, por muchos errores que se puedan cometer en los juicios y en las apreciaciones.
Pues bien, temo que una razón importante para que fallen tanto el tono como la construcción del relato, es que el autor, en vez de ofrecer a los ciudadanos, “por obligación democrática” –son sus palabras-, una explicación sobre la crisis, se dedica, más que nada, a justificar sus decisiones de partido, a sus compañeros de Gobierno y a sus colaboradores en general, a los que cita siempre en términos muy elogiosos y como grandes profesionales. O como diríamos coloquialmente: lo que quiere, es quedar bien. O, por lo menos, no demasiado mal.
Efectivamente, una de las características del libro es la cantidad de reconocimientos y agradecimientos que contiene a diestro y siniestro. NI una palabra amarga, ni un reproche. Todos los personajes que transitan por la obra, desde la ex Ministra de Economía Elena Salgado –considerada por el Financial Times en su momento como una de las peores ministras de la eurozona- hasta los incombustibles representantes sindicales Toxo y Cándido –a los que se describe literalmente así- son un prodigio de buen hacer y de responsabilidad. También justifica Zapatero, cuando no exalta, a los líderes europeos, pese a que exteriorice algunas dudas sobre su capacidad de gestión de la crisis del euro –más que razonablemente, a la vista de los hechos que él mismo narra-. Es incluso más alto su nivel de autocrítica, especialmente en el epílogo.
¿Cómo es posible que siendo tan excelentes los líderes europeos, los gobernantes, ministros, parlamentarios, representantes de la oposición, agentes sociales, instituciones, trabajadores, etc,  hayamos llegado a la dramática situación que el libro describe? Aquí nos encontramos con un dato fundamental: lo más revelador no es tanto lo que el libro cuenta, sino lo que obvia. Si el autor lo contara todo, aparecería bajo una luz más dudosa. Pero no cabe excluir una hipótesis peor: que el ex presidente no haya entendido a estas alturas que el cierre la financiación exterior, detonante de las calamidades subsiguientes,  fue una crisis de credibilidad o confianza. Dicho de otra forma, nuestros acreedores dejaron de pensar que les íbamos a poder devolver el dinero. Pero ¿por qué pensaron eso así, de repente?
En este libro sobre la crisis no hay ni una mención (o solo muy de pasada) a las causas profundas e internas de esta falta de credibilidad, causas  que, como nos han demostrado de forma muy solvente y  amena especialistas como Daniel Lacalle o economistas de primera fila como Luis Garicano o Jesús Fernandez-Villaverde, están estrechamente ligadas a los problemas estructurales de nuestra economía. Problemas inseparables del deterioro de nuestras instituciones y de la mediocridad de nuestra clase política, la cual no supo reconocer el problema en un primer momento para enfrentarse a él de verdad, cambiando el modelo productivo en una segunda instancia. Y en esas estamos todavía, dado que, aunque haya cambiado el partido en el Gobierno, la clase política sigue siendo la misma.
En “El dilema” se habla muy poco del disfuncional mercado laboral español, con una diferencia entre los trabajadores con contrato indefinido y con contrato temporal sin parangón en el mundo entero, así como se soslaya el estancamiento de nuestra educación, reflejada una y otra vez en los sucesivos informes PISA, el aumento tremendo del abandono escolar que provocó el dinero fácil durante la época de la burbuja inmobiliaria, o la ocupación partitocrática de todas y cada una de las instituciones y muy señaladamente las de control y supervisión, las cuales, por lo menos en los casos más evidentes, deberían haber dado alguna voz de alarma. Por el descontrol reinante en las Cajas de Ahorro, ocupadas por los partidos políticos, se pasa por encima, diciendo simplemente que “hubo algunas que habían desarrollado una gestión muy negativa” y que es una suerte que se estén exigiendo responsabilidades, por vía judicial en algunos casos. Ello demuestra que “el Estado de Derecho” funciona. Lástima que la exigencia de estas responsabilidades haya procedido en la práctica totalidad de los casos de personas físicas y jurídicas ajenas a las instituciones y a los viejos partidos.
Tampoco se menciona la corrupción local en el ámbito urbanístico,  luego extendida a prácticamente todas las Administraciones, el capitalismo del palco del Bernabéu o capitalismo castizo, el colapso y la politización de la Administración de Justicia, la falta de unidad de mercado, etc, etc. Es verdad que se habla en el epílogo de la burbuja inmobiliaria, del modelo productivo, del paro y de los problemas del sistema financiero. Ello no obsta, sin embargo, para que tengamos que leer cosas como la siguiente: lo que sucede no es que España haya vivido durante los años de la burbuja por encima de sus posibilidades, sino que  antes lo había hecho por debajo.
En fin, no solo no se menciona la falta de independencia de los organismos como el Banco de España, mudos ante los desequilibrios de la economía española o el desastre de las Cajas de Ahorro, sino que, increíblemente, se invocan los informes de esos mismos organismos para justificar que se creyera que los ajustes en el mercado inmobiliario se iban a hacer “de forma paulatina u ordenada”  o que el sistema financiero español era de los más sólidos del mundo.
Claro está que esto no puede extrañar si se tiene en cuenta que Rodriguez Zapatero se empeñó en negar la existencia de la crisis hasta que ésta le estalló a su Gobierno –y al país- en las manos. Lo más interesante es que, si bien menciona el hecho en la parte final del libro (bajo el epígrafe “Mi tardía utilización de la palabra crisis”), lo reduce a un error de nomenclatura, insistiendo en que, a la vista de los datos de que disponía y de las previsiones de los organismos internacionales, realmente no había ninguna “crisis”.  En el mundo virtual en que viven nuestros políticos, es difícil que nadie asuma una responsabilidad real. ¿Quién no se ha confundido alguna vez de términos?
El capítulo final contiene también otro apartado referido a “la crisis en España. Mi análisis y mi responsabilidad”. Pero el análisis es bastante superficial, pese a la profusión de datos y de tablas, y el reconocimiento de la responsabilidad, igualmente epidérmico. Para justificar que no se pinchara la burbuja inmobiliaria, se aportan cifras económicas orientadas a demostrar que el cambio de modelo productivo no era tan urgente. También se afirma que se invertía mucho en I+D+i o en infraestructuras. Lo último, siendo cierto en términos cuantitativos, elude el análisis (y la responsabilidad) de cómo se gastó el dinero público con ligereza imperdonable, quedando nuestra geografía adornada de aeropuertos fantasmas, palacios de congresos que se caen a pedazos o autopistas por las que no circula nadie y que hay que rescatar con el dinero de los contribuyentes porque sus concesionarias son empresas muy bien relacionadas con la clase política.
Preocupa que a estas alturas siga insistiendo el autor en calificar como logros de su Gobierno políticas sociales que fueron posibles gracias a los ingresos extraordinarios de la burbuja inmobiliaria -añade que las medidas de recorte de mayo del 2010  supusieron en buena medida “la gran paradoja” de “borrar los avances de 2004 a 2009”-; o que se pregunte “qué quedará en la retina de los ciudadanos”, si los grandes logros sociales o su súbita desaparición (junto con la de millones de empleos, podemos añadir). La contestación es fácil de adivinar. En fin, no resulta sencillo evitar la impresión de que solo los mercados impidieron que se siguieran haciendo las mismas políticas. ¿Hemos de extrañarnos? No, habida cuenta de que el Gobierno actual, realizadas más o menos las reformas exigidas por la troika, y garantizada así la financiación necesaria, repetirá modelo.
Dicho eso, también hay que reconocer que a veces la realidad y hasta el sentido común se filtran en el texto, poniendo de manifiesto que algo se ha aprendido, aunque sean cosas básicas. Por ejemplo, que en una crisis de deuda soberana, son los países con más deuda corriente y por tanto con un alto endeudamiento, los que más sufren. Algo es algo.
Bastante más interés tiene la parte del libro dedicado a la exposición de los problemas de gestión de la Unión Europea con ocasión de la crisis de Grecia primero y del euro después, especialmente porque ponen de manifiesto la falta de instrumentos financieros e institucionales adecuados para abordar tales desafíos de forma conjunta y ordenada y hacer frente a los temibles “mercados”. Los que creemos en el proyecto de Europa, nos enfrentamos a un retrato demoledor –pese a las buenas palabras- del caos que se vivió en la eurozona y de los sucesivos intentos de solucionar la crisis en un sinfín de reuniones eternas e inútiles hasta llegar a la decisiva intervención del BCE como prestamista de último recurso y, en el caso de España, la imposición de las condiciones contenidas en la famosa carta.
Resulta también muy aleccionador cómo se cuenta la historia de las subidas y bajadas en pocos días de la prima de riesgo española (y de otros países del Sur de Europa).  Los famosos “animal spirits” quedan bien reflejados, desde el pánico que produjo entre los inversores internacionales la posibilidad de la quiebra de Grecia,  la ruptura del euro  o el contagio a otros países periféricos, hasta los balsámicos efectos de unas pocas palabras del Presidente del BCE. No obstante, este es el mundo global en el que vivimos y esas son sus reglas, por absurdas o volátiles que le puedan parecer a un gobernante como Rodríguez Zapatero. Éste afirma que “se juega a veces el futuro de un país con un rumor o una frase afortunada o desafortunada del presidente del BCE”, pero no repara en que no a todos los países les pasa lo mismo.  Lógicamente “los mercados” tienen muy en cuenta, además de las noticias del FT o del WSJ, lo que los inversores llaman “fundamentales”. El poder de ajustar, pongamos por caso, los gastos a los ingresos.
Dicho de otra forma, si estos “fundamentales“ no están claros o están más bien oscuros, es probable que los inversores presten mucha más atención a declaraciones, noticias y simples rumores.  De ahí la importancia de ser más que de parecer, otra lección que nuestra clase política está tardando mucho en aprender, quizá porque ellos mismos viven en una burbuja política de su propia cosecha.
Porque si otra cosa, bien que involuntariamente, pone de manifiesto este libro, es que el Presidente del Gobierno de España –podría decirse lo mismo del actual- ha vivido encapsulado en una burbuja donde los ecos de la realidad llegaban solo de forma muy amortiguada,  gracias a los aduladores de turno y, lo que es mucho peor, gracias a su propio equipo. De ahí que, al irrumpir de forma desconsiderada, la realidad sea percibida como un terremoto de enorme intensidad –es el símil que Rodríguez Zapatero utiliza-,  es decir, como una catástrofe natural e impredecible. Nadie le había avisado, observa el ex presidente. Es de temer que esto sea verdad.
Quiero hacer por último una reflexión sobre el título mismo del libro, título que llama a error aunque sea un recurso literario. No hubo nunca ningún dilema, en la medida en que Jose Luis Rodriguez Zapatero no podía hacer algo muy distinto de  lo que lo hizo al cerrarse para España la financiación internacional. Se explican así, tanto los recortes anunciados el 12 de mayo de 2010, como la reforma constitucional “express” del art. 135 de la Constitución, efectuada con el fin de tranquilizar a los socios europeos mediante un compromiso de estabilidad presupuestaria   No hubo nunca, a pesar de lo que el autor afirma, un dilema entre “convicciones y responsabilidad”, dos rasgos que brillan por su ausencia en nuestra clase política.