Meritocracia vs mediocracia

Al inicio de la película “El poder del dinero” el joven protagonista afirma que les han robado el “sueño americano”. Un sueño que describe como un país en el que si estudias en el instituto consigues ir a una buena Universidad, y si te esfuerzas en la Universidad, conseguirás un buen trabajo. Tras quince (o más) años de esfuerzo, habrás obtenido la recompensa. La película en sí es intrascendente, y la frase es una excusa para lo que le sucederá después al protagonista, pero me parece una clara definición del concepto de una sociedad basada en el mérito y el esfuerzo.
Aun cuando se ha tocado varias veces en este blog el tema de la meritocracia en una sociedad democrática, quisiera hoy volver a incidir en este tema, a raíz de los acontecimientos que siguen copando las portadas de nuestros periódicos. Más allá de la fortaleza e independencia de las instituciones, lo que mejor muestra si un país es o no presa de una élite que se aprovecha de sus ciudadanos, es la capacidad que ese país tiene de ofrecerles oportunidades. La diferencia entre un país en que un ciudadano se hace rico teniendo una buena idea y llevándola al mercado, o teniendo un buen amigo en un puesto de poder, marca la frontera entre la meritocracia y la “mediocracia”. Hoy, en España, seguimos mucho más cerca de la segunda que de la primera.
La educación siempre ha sido la principal fuente de oportunidades para los ciudadanos, y el principal mecanismo de ascenso social. Una buena educación debería proporcionar acceso a buenos trabajos, en función del mérito y el esfuerzo. Por ello no podemos dejar de insistir en la importancia que tiene la buena educación en el funcionamiento y el futuro de un país. Y por ello desconsuela ver que en lugar de debatir sobre las reformas reales que permitirían impulsar nuestra educación, y situar nuestras Universidades en puestos de privilegio, nos desgastamos en debates sobre la religión y la lengua, importantes para los afectados, pero irrelevantes para el futuro de la sociedad. Hoy ninguna universidad española se encuentra entre las 200 mejores universidades del mundo, de acuerdo con el ranking de Shanghai (ver aquí). Aunque pretendan hacernos creer otra cosa, lo cierto es que nuestras universidades son mediocres, y preparan estudiantes mediocres. César Molinas en su libro “Qué hacer con España”, Luis Garicano en “El dilema de España”, y muchos otros, han descrito algunas de las propuestas para cambiar el devenir de la educación en España.
Aun así, uno esperaría que los mejores estudiantes, pudieran acceder a las mejores Universidades, y a los mejores trabajos. Pero hace años que España tomó una deriva donde son otros los factores que priman.  Hoy en España, la sombra de la sospecha se cierne ya sobre las notas de selectividad, donde en no pocas ocasiones se escucha que si tienes los contactos adecuados, puedes conseguir que se modifiquen las notas, para asegurar que accedes a la universidad y la especialidad de tu interés. Verdad o mentira,  lo preocupante en cualquier caso es que sea creíble.
En el acceso a un trabajo, siempre ha primado en España la red de contactos. En épocas de escasez de trabajo, se ha vuelto aún más importante. El mérito y el esfuerzo de los buenos estudiantes corren el riesgo de verse cada vez menos recompensados, lo que pone en riesgo los pilares básicos del funcionamiento de una sociedad. A algunas personas les parece que el hecho de que los mejores estudiantes, y la gente más valiosa y con más talento busque su futuro fuera de nuestro país, no es alarmante, sino enriquecedor. La experiencia de vivir, estudiar o trabajar en el extranjero es sin duda algo que toda persona debería adquirir. El problema es que muchas de estas personas no se van buscando esta experiencia, sino que se van huyendo de unas reglas con las que no quieren jugar, donde sus méritos y sus esfuerzos no se verán recompensados, y pesarán menos que los amigos y los contactos.
En este capitalismo tan particular de nuestro país, donde los buenos negocios precisan de amigos y amistades en el poder, los ciudadanos son reticentes a creer en la cultura del emprendimiento. No sorprende que las encuestas sigan mostrando que muchos jóvenes quieren hacerse funcionarios para garantizar su futuro. Puede entenderse como una cultura de aversión al riesgo, pero en muchos casos lo que los jóvenes ven en la carrera administrativa son unas reglas más claras que premian el esfuerzo y el mérito. La preparación de una oposición, con unos exámenes y tribunales objetivos, abren la puerta a un trabajo y a un futuro mejor sin necesidad de contactos.
Claro que también es sintomático la sombra de la sospecha empiece a cernirse sobre las oposiciones. Si aparecen noticias que cuestionan las plazas obtenidas por determinadas personas (ver aquí), las otrora prestigiosas oposiciones a los altos cuerpos de funcionarios de la Administración pueden verse contaminadas por la sombra de la sospecha. Si es posible influir en los exámenes para un puesto en un hospital desde la Consejería de Salud de Extremadura, ¿qué impide pensar que también será posible hacerlo en las oposiciones de Técnicos Comerciales del Estado o de diplomáticos por ejemplo? La idea de que si tienes buenas relaciones, habrá una plaza reservada para ti, empieza a sobrevolar también el mundo de las oposiciones.
No solo eso; la carrera en la Administración Pública también se resiente a medida que la importancia de los contactos se extiende. La proliferación del uso de la libre designación para la mayoría de los puestos, o al menos para los más deseados, en las carreras profesionales de altos funcionarios del Estado ha dejado la carrera administrativa al arbitrio del poder político. Los cuerpos de altos funcionarios, que deberían velar por el interés general ejerciendo un contrapeso necesario al poder político, son hoy meras piezas al servicio de la dirección política. Todos ellos son conscientes que su carrera profesional solo progresará si se pliegan a las exigencias del poder político, y la mayoría encuentra hoy esta dependencia bastante natural.
No debería sorprender, ya que si se le preguntara por esta cuestión a muchos de los políticos que se sientan en el Congreso de los Diputados encontrarían perfectamente natural que si ellos han ganado las elecciones deben poder poner en todos los puestos críticos de la administración a personas de su confianza. Claro que a medida que han ido pasando los años, los puestos críticos se han extendido a todos los organismos, reguladores, ministerios, consejerías  o direcciones. Quedan ya pocos puestos que no estén sometidos a ese omnipresente poder.
A veces resulta doloroso escuchar a algunos funcionarios afirmar que la Administración de la dictadura era más profesional que la que hoy tenemos en España, y menos sometida al control político. Probablemente son afirmaciones fruto de ese maravilloso mecanismo que tiene el cerebro que nos permite recordar los aspectos más positivos del pasado, y olvidar los más negativos. Pero algo de verdad puede haber cuando los cuerpos de altos funcionarios afirman que la extensión de la politización en todos los niveles de la Administración española no se ha visto antes.  Quizás exagerado, pero en cualquier caso preocupante. Que las reformas propuestas de la Administración pública hablen de muchas cosas, pero nunca de reducir el número de puestos de libre designación o de volver a premiar el mérito, no invita a la esperanza.
En conclusión, acabar con todos los mecanismos de meritocracia que premian el esfuerzo, y ofrecen esperanza de un futuro mejor a todas las capas de la sociedad es un perfecto abono para el populismo y la corrupción. Abandonarse a una sociedad clientelar y corrupta, donde solo los amigos en el poder conducen al éxito en los negocios o en las carreras profesionales, llevará al país a un futuro bastante oscuro. Las recetas para evitar esta situación se han estudiado, debatido, y escrito en multitud de ocasiones. La fabulación que hace Luis Garicano en su libro “El Dilema de España” en su capítulo de conclusiones “¿La Dinamarca del Sur o la Venezuela de Europa?” es una exposición bastante sencilla. Reformar la educación, alejar la sombra de la sospecha de oposiciones y exámenes, y reducir al mínimo los puestos de libre designación en la administración son solo algunos ejemplos. Bien conocidos, y nada complejos. Muchos países lo han hecho antes que España.
La cultura del emprendimiento, las reformas educativas y el fomento de la iniciativa empresarial y de las pymes, requiere que de una forma creíble, los ciudadanos perciban que el modelo ha cambiado y que la meritocracia se abre paso en nuestro país. Hoy esta meta parece aún lejana.