Bunkerización

Es propio de todos los fines de ciclo y épocas de grandes cambios lo que puede calificarse de la “bunkerización” del sistema que se resiste a los mismos. Sucede en todos los ámbitos de la actividad humana, pero muy especialmente en la política. Ya ocurrió en España al final del franquismo.  Hay muchos síntomas de que algo parecido está sucediendo ahora, ya se trate de las tentativas de acallar las voces críticas o los medios desafectos, de los intentos de desmantelar las instituciones de supervisión y control apartando a los funcionarios y técnicos más profesionales e independientes (veáse el reciente caso de la Agencia Estatal de la Administración Tributaria) del reparto sin ningún rubor de cargos, ventajas, y prebendas de todo tipo a los más fieles y complacientes o directamente a los familiares y amigos o del temor que suscitan las manifestaciones y protestas de todo tipo, que se intentan combatir con importantes sanciones económicas. El establishment se defiende con uñas y dientes porque entiende que si no utiliza todos los medios a su alcance para defenderse los cambios que lleguen no le van a ser favorables.

Pero como la ciudadanía se muestra cada vez más levantisca y desafecta -y sin ciudadanos que estén por la labor es difícil mantener la ficción de una democracia ejemplar y avanzada- también se multiplican como en el tardofranquismo las propuestas de cambios y reformas para apaciguarla. Todos los días surgen iniciativas “reformistas” , ya se trate del informe CORA sobre la reforma de las Administraciones Públicas, la ley de Transparencia (que tardará todavía casi un año en entrar en vigor para el Estado y dos para CCAA y Entidades locales), las propuestas de lucha contra la corrupción,  la reforma local,  la reforma fiscal, etc, etc. Lo que ocurre es que todas estas iniciativas son desmentidas todos los días por los hechos que demuestran que no hay la menor intención de ir más allá de las palabras y de los cambios puramente cosméticos.

En resumen, los candidatos en los partidos políticos se siguen eligiendo a dedo, en las listas electorales se sigue primando la obediencia y la fidelidad al líder sobre cualquier otra consideración, el nepotismo y el clientelismo siguen campando a sus anchas en nuestro sector público, las Administraciones se saltan la ley cuando les conviene…es decir, todo sigue igual. Lo único que ha cambiado y de forma muy relevante es la percepción ciudadana muy consciente ya de que no va a haber ningún cambio político real desde arriba por la sencilla razón de que a los únicos capaces de promoverlos no les interesa. A estas alturas ya sabemos que nuestra clase política no va a cambiar voluntariamente la ley electoral, ni va a reformar y democratizar internamente los partidos políticos, ni va a acabar de verdad con su financiación irregular, ni a reformar las Administraciones Públicas, ni a promover la transparencia, ni van a promover la separación de Poderes ni la independencia y profesionalización de los organismos reguladores y la función pública.

Claro está que todo esto públicamente no se puede reconocer. De ahí que o se evite la discusión sobre estos espinosos asuntos reduciéndolo todo a un debate económico (como si la degeneración política e institucional y la economía no tuvieran nada que ver) o se realicen esfuerzos un tanto desesperados por convencer a la ciudadanía de que realmente las reformas van en serio.

Por eso la situación política  recuerda un tanto al famoso “espíritu del 12 de febrero” de Arias Navarro, al principio de la Transición, y su tímida ley de asociaciones políticas que debían respetar “los principios del Movimiento Nacional”. De esta forma se pretendía tranquilizar a los que mandaban entonces, evitando legalizar los partidos políticos cuya sola existencia  se consideraba entonces la piedra de toque de una auténtica democracia (por contraposición a la democracia “orgánica” franquista) procurando contentar a los que reclamaban una democracia homologable con la de los países libres occidentales. Evidentemente, con este tipo de “reformas” solo estaban contentos los que las hacían, dado que las únicas asociaciones compatibles con estos principios eran precisamente las falangistas. Como la realidad es tozuda, la solución no tuvo mucho recorrido, lo mismo que el Gobierno de Arias Navarro y los partidos políticos que concurrieron a las primeras elecciones defendiéndolos.

En mi opinión, y aunque superficialmente parezca lo contrario, lo que está sucediendo ahora en España revela la extremada debilidad del régimen nacido de la Transición, lo que también le convierte en más peligroso, al menos desde el punto de vista de las libertades y derechos de los ciudadanos. Afortunadamente, hemos dejado atrás los tiempos en que las amenazas se referían a derechos como la libertad o la seguridad; ahora se trata más bien de amenazas de tipo económica contra los derechos fundamentales de manifestación y reunión  –veánse las increíbles sanciones económicas que estaban previstas al menos en la primera versión del Anteproyecto de Ley de Seguridad Ciudadana— contra la libertad de expresión –aunque sea mediante vías indirectas pero que pueden suponer la pérdida de importantes cantidades de dinero para los desafectos ya se trate de periodistas, medios, o ciudadanos en general- y de ataques contra la neutralidad y la imparcialidad de empleados y funcionarios públicos e incluso de empresarios privados pero cuyas cuentas de resultados son muy dependientes del sector público.

Lógicamente estas “sanciones” económicas  son el reverso de las ventajas que confiere la proximidad al Poder, ya se trate de mejores retribuciones para los funcionarios complacientes, obedientes,  contratos públicos para empresas próximas, cargos para amigos, rescates para socios en apuros o publicidad institucional para medios afines.  No obstante, conviene recordar que este tipo de sanciones o desventajas, aunque no sean comparables a las que en otros tiempos tenían que soportar los desafectos y los críticos, son muy reales y dolorosas en un contexto de crisis económica como el que padecemos y muy sensibles para la mayoría de los españoles. Y resultan efectivas

Lo más interesante es que hasta hace poco la existencia de este tipo de comportamientos tan poco homologables con los de nuestros socios europeos era negada cuidadosamente. Por eso otra señal inequívoca del fin de régimen es que ahora se están perdiendo las formas y se dice en público lo que antes se comentaba en privado. Se puede vetar en una rueda de prensa de la Moncloa a determinados medios sin dar más justificación que la que de la santísima voluntad, se hacen insinuaciones sobre la situación tributaria de determinados colectivos críticos, o o se destituye sin miramientos y sin explicaciones a los molestos funcionarios que investigan y denuncian caiga quien caiga o se sanciona disciplinariamente -cuando no se expulsa de la carrera como ha ocurrido con algún Fiscal reingresado por vía judicial- a los que osan levantar la voz contra este estado de cosas. Decir la verdad en España es hoy peligroso. Al menos económicamente peligroso.

Por último, otro rasgo sintomático de bunkerización y fin de ciclo es la apelación al miedo del electorado, miedo a lo desconocido, al caos, a la italianización, al populismo,  lo que pueda venir en estos momentos en que, siempre según la versión oficial ya ha empezado la recuperación económica, aunque los ciudadanos todavía no lo perciban en su vida diaria, más bien al contrario. Lo que sí se empieza a percibir con bastante nitidez es la involución democrática.  Ha empezado el partido del gobierno declarando por boca de su  Secretaria General que es “o el PP o la nada”, en feliz expresión que tanto recuerda el famoso chiste de Hermano Lobo en las postrimerías del franquismo en el que un prohombre del Régimen decía algo similar (“O nosotros o el caos”). En los próximos meses seguirán apelando al miedo y las voces se elevarán cada vez más a medida que las encuestas del CIS les resulten más desfavorables. Me imagino que también intentarán meter miedo a los socios y acreedores europeos.

Y sin embargo, si algo han demostrado estos años es la extraordinaria madurez y resistencia de la sociedad española frente a la adversidad. Los españoles nos hemos hecho mayores de edad y estamos preparados, sin ninguna duda, para una democracia de calidad, que es lo que ya toca para los siguientes 40 o 50 años. No hay que tener miedo.

La dicotomía Paidos/Nomos: más educación es más justicia y no a la inversa.

Confieso que llevo demasiado tiempo con este “post” en galeradas. Resumir no es siempre sencillo y el curso del tiempo cambia sucesivamente la idea de base que entroncaba con el reto de refutar las palabras del Prof. José Antonio Marina a las que me referí en este post , ya que nuestro insigne filósofo mantiene en dicho prólogo para no juristas que: “Los griegos, demasiado racionalistas, pensaban que era mejor que las normas fuesen redactadas por una sola persona”. Quería entonces haber expuesto que, como en tantas otras cosas, debemos los conceptos originarios de justicia no a la cultura romana, sino a la griega y pretendía – como allí se dice – apoyarme en “El Derecho Antiguo” de Sumner Maine y en “Paidea” de Werner Jaeger, para demostrar que la Historia del Derecho, con mayúsculas, no puede comprenderse partiendo de Apio Claudio “el ciego”, su escriba Cneo Flavio y el Pontífice Máximo Tiberio Coruncario, para quienes las formas rituarias eran más importantes que el contenido.
Quería entonces sostener la opinión de que fueron los poetas filósofos y legisladores griegosantiguos, desde Hesiodo hasta Platón, pasando porSolón (al que Marina llama “profesional de la redacción de constituciones”, pero que debe ser recordado tanto como sabio cuanto como poeta y legislador, quienes nos llamaron la atención, para siempre, la importancia de la Justicia (“Dike”), como puede verse en el propio el problema de la Justicia se liga no a la norma positiva, sino, a la Educación, entendida como “paideia”, esto es, como “principio mediante el cual la comunidad humana conserva y transmite su peculiaridad física y espirtual” en palabras de Jaeger.
Sin embargo, desde entonces y a lo largo de estos meses, cualquier planteamiento relativo a la educación nos aparta de un debate profundo sobre la diferencia entre “Paidos” y “Nomos” tal y como queríamos plantearlo, es decir, como está planteado desde Grecia: la educación, ad intra, hace poco necesario el Derecho, ad extra. Por tanto tendremos que dejar esa cuestión para otro momento y, al hispánico modo, posponer lo importante en aras de lo urgente, es decir, la importancia crucial de que España alcance, cuando menos, una estabilidad del “sistema educativo”.
Cuando decimos “sistema educativo” en realidad nos alejamos ya de modo notorio de la cuestión fundamental: educar (de ex-ducere, “conducir o llevar hacia fuera” que personalmente he traducido siempre como “extraer las cualidades de la persona”), no es instruir ni enseñar, es mucho más, pero desde luego, no es adoctrinar o indoctrinar. Y tengo para mí que la gran falla de nuestra sociedad actual (y no me refiero sólo a la Española, aunque hablo aquí de nosotros) es, tristemente, la única que podría habernos hecho mejores tras el cambio constitucional de 1978. Hemos perdido más de tres décadas en los que la educación ha sido un campo de batalla político más, en vez de una “res sancta” y como tal fuera del comercio no ya económico (que también) sino especialmente partidario.
Para abordar un problema lo primero que hace falta es saber si existe y, si existe, examinarlo sobre la base de evidencias, de datos. Como no hay espacio suficiente en un “post”, me permito remitir al lector a este post de una web de divulgación científica bastante ilustrativo sobre muchas de las cuestiones del debate abierto sobre “la cuestión educativa” hoy y aquí. En vez de partir de datos y analizarlos sin apriorismos, parece que entre nosotros se parte de un “modelo educativo” determinado para conseguir unos fines no necesariamente comunes, algunos de los cuales son ideológicos y otros simplemente estadísticos.
Así, se lee que España no invierte en educación y a la par que España invierte un 35% más en educación que la media de la OCDE pero se encuentra estancada desde hace una década. Al final, como los que deben no quieren ponerse de acuerdo, imaginamos que presionados por sus respectivos grupos de presión y cabildeo, y la sociedad civil no hace lo que debe, volvemos a los debates de siempre (que si religión o la educación para la ciudadanía, que si la escuela pública o privada, que si la camiseta verde o el alzacuellos…) , si bien nadie se hace preguntas tan simples como: ¿Por qué la tableta o el portátil se da(ban) gratis a los estudiantes pero los libros, los cuadernos y los lápices no?
Entonces, lo que ocurre es que, si acudimos a la historia legislativa española, desde la Ley de 9 de septiembre de 1857 de Claudio Moyano (“Ley Moyano”), salvando algunos Decretos de la Segunda República, pasamos a las Leyes de 1939 y 1953, de ellas a las de 1970 y, desde entonces, se han publicado en el Boletín Oficial del Estado nada menos que ocho Leyes Orgánicas tan peculiares como sus siglas (LOECE, LODE, LOGSE,LOPEG, LOCE, LOE y LOMCE) más las Leyes Universitarias, todo ello seguido de reglamentación nacional y legislación y reglamentación autonómica. Es decir, aquí creemos que la educación se remedia a base de normas cuando son las segundas las que se cumplen e incluso hacen innecesarias a base de la primera.
Así, el BOE de 1 de marzo publica precisamente la ultimísima (por el momento) norma, a saber, el Real Decreto 126/2014, de 28 de febrero, por el que se establece el currículo básico de la Educación Primaria, en desarrollo de la Ley Orgánica 8/2013, de 8 de diciembre (“Ley Wert”), lo que nuestros niños, nuestra única esperanza real de mejorar en un plazo razonable, deberán estudiar. La pugnacidad política anuncia ya que, de producirse cambios electorales, la Ley, y por tanto, las normas que la desarrollan y por tanto los estudios, será modificada por novena vez, a lo que se añade el hecho de que varias Comunidades Autónomas hacen gala públicamente de que no van a cumplir la norma, lo que no es de extrañar tras la radical decisión de inaplicar la LOCE realizada por el primer “Gobierno Zapatero” mediante el Real Decreto 1318/2004, de 28 de mayo.
El marasmo normativo-educativo no es sino prueba del desafecto o del mal inclinado afecto del pueblo español hacia la educación en su sentido más profundo. Afortunadamente ya no hay analfabetos estadísticos, pero les aseguro a Uds., como profesor universitario y profesional en ejercicio, que el número de analfabetos funcionales, de personas incapaces de un sentido crítico razonado es muy elevado y creció exponencialmente con la implantación de la ESO. Lo más triste, castrando las enormes posibilidades de varias generaciones de estudiantes que han contado con más medios que las anteriores y que hemos lanzado a la vorágine del botellón, la vida fácil y la falta de esfuerzo, cuando pueden verse en ellos cualidades preciosas como las de cualquier nueva generación.
Ante tal estado de cosas, leemos día tras día propuestas de todo tipo, desde las más radicales (por ambos lados, güelfos y gibelinos) hasta las de todos aquellos que, como algunos colaboradores de este Blog  o el propio Marina en su reciente artículo de “El Mundo” de 4 de diciembre de 26/02/13, ven con preocupación la aceleración de los conocimientos y del aprendizaje en el mundo actual y consideran necesario subirse a ese tren de alta velocidad. En palabras de Fernández-Villaverde y Garicano “¿Qué cabe hacer? La verdad es que no tiene mucho secreto: mover a la mayor cantidad de gente posible del segundo grupo (los perdedores) al primero (los ganadores). La clave, más que nunca, es la educación en habilidades abstractas, analíticas y de creativas, es decir, justo lo que no estamos haciendo en España (aquí lo explicamos)” (conviene leer su artículo de “El País”, incluso aunque no se esté de acuerdo en todo su enfoque).
La cuestión de base sobre este tema es si existe o no un consenso de la sociedad civil, de la amplia clase media española, sobre la importancia esencial de alcanzar un acuerdo estable que la ponga a la Educación, en su más amplio sentido, en el epicentro de nuestros esfuerzos de mejora, como el único remedio, la única medicina, que puede devolvernos las riendas de nuestro futuro colectivo, con hechos, no con declaraciones, aunque estas ayudan. Tengo dudas.
Por ejemplo: En el ámbito de la Unión Europea, tanto el Consejo como el Parlamento y el Comité Económico y Social hablan de “un nuevo concepto de educación” y creo yo que en lo esencial coindicen con los colaboradores antes citados de “¿Hay Derecho?” y con el propio Marina y otros muchos. Para empezar, la página de la Comisión sobre políticas educativas ni siquiera está disponible en Español (sólo inglés, idioma en el que la Comisaria Vassiliou, chipriota educada en Gran Bretaña, suponemos estará cómoda), lo que constituye un disparate burocrático. Si alguna información debiera estar disponible en todos los idiomas de la Unión, cueste lo que cueste la traducción, es la de las políticas de Educación y Justicia. Mi pregunta es, ¿cuando se habla de una educación para el futuro en la Agenda Europea 2020 (sólo faltan 14 años para llegar a la estación final) o en cualquier trabajo al respecto, se piensa más bien en la integración laboral de los educandos, o se piensa en su formación integral?
Porque, verbigracia, no veo cómo una persona adquiere una mayor libertad de pensamiento aprendiendo inglés o alemán que aprendiendo latín y griego clásicos y haciendo de aquél la lingua franca realmente neutral de la Unión Europea, sin ventajas para ningún Estado Miembro. ¿Hablamos de matemáticas y física, economía y derecho (además, visto éste como una ciencia auxiliar de la economía, tal y como lo ven gran parte de los economistas docentes y prácticos), o hablamos de arte – incluyendo música, evidentemente -, historia y literatura también? ¿Hablamos de formar gente capaz para “encontrar un empleo cualificado” o hablamos de gente capaz, incluyendo en el términos a los discapacitados, por supuesto? ¿Hablamos de formación práctica o hablamos de formación? Porque, verán Uds. sin aprender teoría es imposible que las cosas funcionen en la práctica.
Un tal Sr. Renzi, del que incluso quienes viajamos con frecuencia a Italia habíamos oído hablar más bien poco hasta hace unas semanas, declaraba el 15 de noviembre de 2013, en la apertura del curso académico de la Universidad de la ciudad de la que era alcalde, Florencia: “Es necesario, sin embargo, recuperar los valores de la propia identidad y de la propia comunidad. Se sale de la crisis invirtiendo en educación, cultura, investigación y universidad. Puede sembrar un elemento de locura, pero en mi opinión es el único camino para salir de la fase de dificultad”. Este mismo señor, al solicitar la confianza del Senado dijo: “Que conste en acta que la escuela es nuestro punto de partida. Cada miércoles estaré en una escuela del País: partiré de Trieste”. Parece que ya estuvo en Treviso , pero ya veremos si sigue y si es de verdad o es populismo y si Italia aborda las reformas educativas imprescindibles y similares a las que debe emprender España, pero partiendo de un gran acuerdo social que sirva para lo poco que queda de siglo XXI. Un hombre educado no es necesariamente un escéptico, pero no da por cierto nada que no pueda comprobarse y en el campo de la política poco hay roca firme y mucha arena movediza.
Lo que el Sr. Renzi considera necesario en Italia es igualmente necesario en España, pero no para hacer que las futuras generaciones sean más productivas, manejen mejor internet o los ordenadores, sino y además de eso, para que puedan elegir libre y dignamente su futuro con igualdad de oportunidades, para que elijan si quieren ser, el palabras del Sr. Garicano, Dinamarca o Venezuela, pero mejor aún para que sepan quienes somos y hemos sido nosotros mismos y, acaso, prefieran no se bálticos ni caribeños y elijan conscientemente ser, simple y llanamente, españoles, cultivando las muchas virtudes que nos empeñamos en empañar con nuestros tantos defectos, pero que nos ponen en una situación razonable para formar a nuestras nuevas generaciones en la “tercera cultura”, esa para la que no hay distinción entre ciencias y letras, sino entre saber e ingnorancia, y en la que la formación del hombre íntegro e integral, la “paideia” es un fin en sí mismo, y no un medio para conseguir un fin impuesto por no se sabe quién desde no se sabe dónde con no se sabe qué intereses, que no son, desde luego, los que libérrimamente se fija a sí mismo un hombre debidamente instruido y educado.
Si al hablar de educación Uds. entienden lo mismo que la Comisión el Parlamento Europeo  o incluso el Comité Económico y Social Europeo, entonces nos entendemos bastante a medias. Si al hablar de educación Uds. entienden que es la forja y tradición (de traditio, entrega) del espíritu individual y colectivo, la transmisión de ciertos valores comunes e intangibles forjados generación a generación tras decenas y decenas de generaciones, al punto de que esa educación hace que los ciudadanos alcancen el convencimiento interior y libre sobre tales principios y valores comunes, puede que estemos hablando de lo mismo y, si vemos que en España no somos capaces de ponernos de acuerdo sobre la importancia intrínseca y no extrínseca de la “paidea” entonces creo que podremos llegar a algunas conclusiones de por qué nos pasa lo que nos pasa, porque tal vez el enfermo no es sólo la clase (“la casta”, volviendo a la Península Itálica) política, sino la sociedad civil a la que representa y que todos nosotros, la amplia clase media que tiene alguna instrucción, que mantiene aspiraciones y no necesita quemar contenedores (con su IVA incluido) tengamos también que ser diagnosticados, como mínimo por lo fácil que resulta culpar al otro por acción mientras nosotros nos declaramos inocentes por omisión.
 

La dicotomía Paidos/Nomos: más educación es más justicia y no a la inversa.

Confieso que llevo demasiado tiempo con este “post” en galeradas. Resumir no es siempre sencillo y el curso del tiempo cambia sucesivamente la idea de base que entroncaba con el reto de refutar las palabras del Prof. José Antonio Marina a las que me referí en este post , ya que nuestro insigne filósofo mantiene en dicho prólogo para no juristas que: “Los griegos, demasiado racionalistas, pensaban que era mejor que las normas fuesen redactadas por una sola persona”. Quería entonces haber expuesto que, como en tantas otras cosas, debemos los conceptos originarios de justicia no a la cultura romana, sino a la griega y pretendía – como allí se dice – apoyarme en “El Derecho Antiguo” de Sumner Maine y en “Paidea” de Werner Jaeger, para demostrar que la Historia del Derecho, con mayúsculas, no puede comprenderse partiendo de Apio Claudio “el ciego”, su escriba Cneo Flavio y el Pontífice Máximo Tiberio Coruncario, para quienes las formas rituarias eran más importantes que el contenido.

Quería entonces sostener la opinión de que fueron los poetas filósofos y legisladores griegosantiguos, desde Hesiodo hasta Platón, pasando porSolón (al que Marina llama “profesional de la redacción de constituciones”, pero que debe ser recordado tanto como sabio cuanto como poeta y legislador, quienes nos llamaron la atención, para siempre, la importancia de la Justicia (“Dike”), como puede verse en el propio el problema de la Justicia se liga no a la norma positiva, sino, a la Educación, entendida como “paideia”, esto es, como “principio mediante el cual la comunidad humana conserva y transmite su peculiaridad física y espirtual” en palabras de Jaeger.

Sin embargo, desde entonces y a lo largo de estos meses, cualquier planteamiento relativo a la educación nos aparta de un debate profundo sobre la diferencia entre “Paidos” y “Nomos” tal y como queríamos plantearlo, es decir, como está planteado desde Grecia: la educación, ad intra, hace poco necesario el Derecho, ad extra. Por tanto tendremos que dejar esa cuestión para otro momento y, al hispánico modo, posponer lo importante en aras de lo urgente, es decir, la importancia crucial de que España alcance, cuando menos, una estabilidad del “sistema educativo”.

Cuando decimos “sistema educativo” en realidad nos alejamos ya de modo notorio de la cuestión fundamental: educar (de ex-ducere, “conducir o llevar hacia fuera” que personalmente he traducido siempre como “extraer las cualidades de la persona”), no es instruir ni enseñar, es mucho más, pero desde luego, no es adoctrinar o indoctrinar. Y tengo para mí que la gran falla de nuestra sociedad actual (y no me refiero sólo a la Española, aunque hablo aquí de nosotros) es, tristemente, la única que podría habernos hecho mejores tras el cambio constitucional de 1978. Hemos perdido más de tres décadas en los que la educación ha sido un campo de batalla político más, en vez de una “res sancta” y como tal fuera del comercio no ya económico (que también) sino especialmente partidario.

Para abordar un problema lo primero que hace falta es saber si existe y, si existe, examinarlo sobre la base de evidencias, de datos. Como no hay espacio suficiente en un “post”, me permito remitir al lector a este post de una web de divulgación científica bastante ilustrativo sobre muchas de las cuestiones del debate abierto sobre “la cuestión educativa” hoy y aquí. En vez de partir de datos y analizarlos sin apriorismos, parece que entre nosotros se parte de un “modelo educativo” determinado para conseguir unos fines no necesariamente comunes, algunos de los cuales son ideológicos y otros simplemente estadísticos.

Así, se lee que España no invierte en educación y a la par que España invierte un 35% más en educación que la media de la OCDE pero se encuentra estancada desde hace una década. Al final, como los que deben no quieren ponerse de acuerdo, imaginamos que presionados por sus respectivos grupos de presión y cabildeo, y la sociedad civil no hace lo que debe, volvemos a los debates de siempre (que si religión o la educación para la ciudadanía, que si la escuela pública o privada, que si la camiseta verde o el alzacuellos…) , si bien nadie se hace preguntas tan simples como: ¿Por qué la tableta o el portátil se da(ban) gratis a los estudiantes pero los libros, los cuadernos y los lápices no?

Entonces, lo que ocurre es que, si acudimos a la historia legislativa española, desde la Ley de 9 de septiembre de 1857 de Claudio Moyano (“Ley Moyano”), salvando algunos Decretos de la Segunda República, pasamos a las Leyes de 1939 y 1953, de ellas a las de 1970 y, desde entonces, se han publicado en el Boletín Oficial del Estado nada menos que ocho Leyes Orgánicas tan peculiares como sus siglas (LOECE, LODE, LOGSE,LOPEG, LOCE, LOE y LOMCE) más las Leyes Universitarias, todo ello seguido de reglamentación nacional y legislación y reglamentación autonómica. Es decir, aquí creemos que la educación se remedia a base de normas cuando son las segundas las que se cumplen e incluso hacen innecesarias a base de la primera.

Así, el BOE de 1 de marzo publica precisamente la ultimísima (por el momento) norma, a saber, el Real Decreto 126/2014, de 28 de febrero, por el que se establece el currículo básico de la Educación Primaria, en desarrollo de la Ley Orgánica 8/2013, de 8 de diciembre (“Ley Wert”), lo que nuestros niños, nuestra única esperanza real de mejorar en un plazo razonable, deberán estudiar. La pugnacidad política anuncia ya que, de producirse cambios electorales, la Ley, y por tanto, las normas que la desarrollan y por tanto los estudios, será modificada por novena vez, a lo que se añade el hecho de que varias Comunidades Autónomas hacen gala públicamente de que no van a cumplir la norma, lo que no es de extrañar tras la radical decisión de inaplicar la LOCE realizada por el primer “Gobierno Zapatero” mediante el Real Decreto 1318/2004, de 28 de mayo.

El marasmo normativo-educativo no es sino prueba del desafecto o del mal inclinado afecto del pueblo español hacia la educación en su sentido más profundo. Afortunadamente ya no hay analfabetos estadísticos, pero les aseguro a Uds., como profesor universitario y profesional en ejercicio, que el número de analfabetos funcionales, de personas incapaces de un sentido crítico razonado es muy elevado y creció exponencialmente con la implantación de la ESO. Lo más triste, castrando las enormes posibilidades de varias generaciones de estudiantes que han contado con más medios que las anteriores y que hemos lanzado a la vorágine del botellón, la vida fácil y la falta de esfuerzo, cuando pueden verse en ellos cualidades preciosas como las de cualquier nueva generación.

Ante tal estado de cosas, leemos día tras día propuestas de todo tipo, desde las más radicales (por ambos lados, güelfos y gibelinos) hasta las de todos aquellos que, como algunos colaboradores de este Blog  o el propio Marina en su reciente artículo de “El Mundo” de 4 de diciembre de 26/02/13, ven con preocupación la aceleración de los conocimientos y del aprendizaje en el mundo actual y consideran necesario subirse a ese tren de alta velocidad. En palabras de Fernández-Villaverde y Garicano “¿Qué cabe hacer? La verdad es que no tiene mucho secreto: mover a la mayor cantidad de gente posible del segundo grupo (los perdedores) al primero (los ganadores). La clave, más que nunca, es la educación en habilidades abstractas, analíticas y de creativas, es decir, justo lo que no estamos haciendo en España (aquí lo explicamos)” (conviene leer su artículo de “El País”, incluso aunque no se esté de acuerdo en todo su enfoque).

La cuestión de base sobre este tema es si existe o no un consenso de la sociedad civil, de la amplia clase media española, sobre la importancia esencial de alcanzar un acuerdo estable que la ponga a la Educación, en su más amplio sentido, en el epicentro de nuestros esfuerzos de mejora, como el único remedio, la única medicina, que puede devolvernos las riendas de nuestro futuro colectivo, con hechos, no con declaraciones, aunque estas ayudan. Tengo dudas.

Por ejemplo: En el ámbito de la Unión Europea, tanto el Consejo como el Parlamento y el Comité Económico y Social hablan de “un nuevo concepto de educación” y creo yo que en lo esencial coindicen con los colaboradores antes citados de “¿Hay Derecho?” y con el propio Marina y otros muchos. Para empezar, la página de la Comisión sobre políticas educativas ni siquiera está disponible en Español (sólo inglés, idioma en el que la Comisaria Vassiliou, chipriota educada en Gran Bretaña, suponemos estará cómoda), lo que constituye un disparate burocrático. Si alguna información debiera estar disponible en todos los idiomas de la Unión, cueste lo que cueste la traducción, es la de las políticas de Educación y Justicia. Mi pregunta es, ¿cuando se habla de una educación para el futuro en la Agenda Europea 2020 (sólo faltan 14 años para llegar a la estación final) o en cualquier trabajo al respecto, se piensa más bien en la integración laboral de los educandos, o se piensa en su formación integral?

Porque, verbigracia, no veo cómo una persona adquiere una mayor libertad de pensamiento aprendiendo inglés o alemán que aprendiendo latín y griego clásicos y haciendo de aquél la lingua franca realmente neutral de la Unión Europea, sin ventajas para ningún Estado Miembro. ¿Hablamos de matemáticas y física, economía y derecho (además, visto éste como una ciencia auxiliar de la economía, tal y como lo ven gran parte de los economistas docentes y prácticos), o hablamos de arte – incluyendo música, evidentemente -, historia y literatura también? ¿Hablamos de formar gente capaz para “encontrar un empleo cualificado” o hablamos de gente capaz, incluyendo en el términos a los discapacitados, por supuesto? ¿Hablamos de formación práctica o hablamos de formación? Porque, verán Uds. sin aprender teoría es imposible que las cosas funcionen en la práctica.

Un tal Sr. Renzi, del que incluso quienes viajamos con frecuencia a Italia habíamos oído hablar más bien poco hasta hace unas semanas, declaraba el 15 de noviembre de 2013, en la apertura del curso académico de la Universidad de la ciudad de la que era alcalde, Florencia: “Es necesario, sin embargo, recuperar los valores de la propia identidad y de la propia comunidad. Se sale de la crisis invirtiendo en educación, cultura, investigación y universidad. Puede sembrar un elemento de locura, pero en mi opinión es el único camino para salir de la fase de dificultad”. Este mismo señor, al solicitar la confianza del Senado dijo: “Que conste en acta que la escuela es nuestro punto de partida. Cada miércoles estaré en una escuela del País: partiré de Trieste”. Parece que ya estuvo en Treviso , pero ya veremos si sigue y si es de verdad o es populismo y si Italia aborda las reformas educativas imprescindibles y similares a las que debe emprender España, pero partiendo de un gran acuerdo social que sirva para lo poco que queda de siglo XXI. Un hombre educado no es necesariamente un escéptico, pero no da por cierto nada que no pueda comprobarse y en el campo de la política poco hay roca firme y mucha arena movediza.

Lo que el Sr. Renzi considera necesario en Italia es igualmente necesario en España, pero no para hacer que las futuras generaciones sean más productivas, manejen mejor internet o los ordenadores, sino y además de eso, para que puedan elegir libre y dignamente su futuro con igualdad de oportunidades, para que elijan si quieren ser, el palabras del Sr. Garicano, Dinamarca o Venezuela, pero mejor aún para que sepan quienes somos y hemos sido nosotros mismos y, acaso, prefieran no se bálticos ni caribeños y elijan conscientemente ser, simple y llanamente, españoles, cultivando las muchas virtudes que nos empeñamos en empañar con nuestros tantos defectos, pero que nos ponen en una situación razonable para formar a nuestras nuevas generaciones en la “tercera cultura”, esa para la que no hay distinción entre ciencias y letras, sino entre saber e ingnorancia, y en la que la formación del hombre íntegro e integral, la “paideia” es un fin en sí mismo, y no un medio para conseguir un fin impuesto por no se sabe quién desde no se sabe dónde con no se sabe qué intereses, que no son, desde luego, los que libérrimamente se fija a sí mismo un hombre debidamente instruido y educado.

Si al hablar de educación Uds. entienden lo mismo que la Comisión el Parlamento Europeo  o incluso el Comité Económico y Social Europeo, entonces nos entendemos bastante a medias. Si al hablar de educación Uds. entienden que es la forja y tradición (de traditio, entrega) del espíritu individual y colectivo, la transmisión de ciertos valores comunes e intangibles forjados generación a generación tras decenas y decenas de generaciones, al punto de que esa educación hace que los ciudadanos alcancen el convencimiento interior y libre sobre tales principios y valores comunes, puede que estemos hablando de lo mismo y, si vemos que en España no somos capaces de ponernos de acuerdo sobre la importancia intrínseca y no extrínseca de la “paidea” entonces creo que podremos llegar a algunas conclusiones de por qué nos pasa lo que nos pasa, porque tal vez el enfermo no es sólo la clase (“la casta”, volviendo a la Península Itálica) política, sino la sociedad civil a la que representa y que todos nosotros, la amplia clase media que tiene alguna instrucción, que mantiene aspiraciones y no necesita quemar contenedores (con su IVA incluido) tengamos también que ser diagnosticados, como mínimo por lo fácil que resulta culpar al otro por acción mientras nosotros nos declaramos inocentes por omisión.