La Educación de un Economista (II)

Explicaba ayer cómo mi columna de EL PAÍS con Luis Garicano y Tano Santos, No Queremos Volver a la España de los 50, había representado el final de una etapa de evolución personal sobre la situación política y económica de España.

El origen de la famosa columna (aun sale en Google bien arriba cuando una la busca y de la que se sigue hablando en la prensa incluso hoy) fue sencillo. Yo estaba visitando por una semana el departamento de economía de UCL (en Londres). Como Luis trabaja en LSE pensamos en quedar a tomar un café y hablar sobre la situación de España. Al final resultó que no pudimos (vidas ajetreadas las nuestras) pero si que estuvimos un buen rato en el teléfono. Gracias a ello y, después de añadir a Tano a la conferencia, escribimos casi de un tirón la columna.

De muchas fuentes me llegaba que desde posiciones oficiales se coqueteaba abiertamente y enfrente de mucha gente con la salida del Euro. Se iba por ahí diciendo que si salíamos del Euro no pasaba nada y que nuestros socios europeos mejor nos trababan bien o las cosas irían mal para todos (una especia de “opción Sansón” a la española). Esto era, obviamente, una posición de política peligrosísima, no solo por los horribles efectos que salirse del Euro hubiera tenido sobre la economía sino por sus consecuencias políticas de “Peronización” de España. Lo que Luis, Tano y yo nos dimos cuenta hablando –y eso quizás haya sido una de nuestras mejores intuiciones- es que más de un político no veía la “Peronización” como un peligro sino como una oportunidad de incrementar sus rentas. Había que decir estas cosas y había que decirlas cuanto antes.

Cuando enviamos la columna a EL PAÍS le pedimos al periódico que fuera cuidadoso y que solo pusiera nuestras afiliaciones universitarias. La columna la escribíamos nosotros tres solos, a nivel individual y sin citar a ninguna otra institución española. De hecho, y de manera contraria a nuestra costumbre, no lo colgamos en el blog en el que escribíamos por aquellas fechas, precisamente para no confundir a nadie. Solo unos días después, y ante la tremenda reacción creada, escribimos una entrada explicando, de nuevo, que la columna era únicamente nuestra opinión personal.

De poco nos sirvió. Unos nos criticaron por “esconder” el que éramos de FEDEA. Otros nos culpaban de no desvincularnos lo suficiente de FEDEA (nadie en la fundación había visto la columna antes de que la enviásemos a EL PAÍS y no habíamos firmado con tal afiliación, así que sinceramente no entiendo cómo podíamos habernos desvinculado más). Unos nos atacaban por ser de izquierdas. Otros, por ser de derechas. Incluso, de manera muy cómica, se nos acusó de intentar articular un golpe de estado.  En general esto me dejó contento. Es como cuando te llegan las evaluaciones de clase. Si la mitad de los estudiantes te dicen que vas muy rápido y la mitad que vas muy lento es que más o menos el curso lo diste a la velocidad correcta.

No Queremos Volver a la España de los 50 tuvo dos efectos en mi. El primer efecto fue darme cuenta de que muchísimos comentaristas en España prefieren la teoría conspiratoria a ninguna otra explicación. En vez de entrar en el fondo del asusto (¿cuál es el riesgo para España de salirse del Euro? ¿Funciona la Unión Europea como un mecanismo de limitación de la arbitrariedad de nuestros políticos?), estos comentaristas se limitaban a hacernos cómplices de oscuras maquinaciones

Me imagino que esto es culpa de dos cosas: el que en España muchos escriben al dictado y que es más fácil emplear la teoría conspiratoria que pensar. Lo primero remunera bien. Lo segundo es muy cómodo. Pero, por otra parte, si alguien de lo único que te acusa es ser parte de una conspiración, sabes que la victoria intelectual es tuya: no tienen un mejor argumento.

El segundo efecto fue el hacerme saltar definitivamente al campo de los que creían que los problemas españoles eran institucionales y no meramente económicos. Mejor tarde que nunca.

A partir de ese momento mis entradas en internet cambiaron de manera radical. Empecé a hablar de instituciones siempre que pude. Por ejemplo, aquí alababa a John Roberts y Ben Bernanke como dos grandes servidores del estado. John Roberts ha liderar a la Corte Suprema de Estados Unidos por caminos muy difíciles (como todo el tema de Obamacare: cuanto más lo pienso más convencido estoy que su decisión de defender la constitucionalidad del mandato como un impuesto -“the saving construction”- fue la mejor posible). Ben Bernanke contribuyó de manera decisiva a que la crisis en Estados Unidos no fuera a peor y que su impacto fuera menor que en Europa.

Esa entrada me motivó a hablar del acceso a la función pública en España aquí y aquí (con Pablo Ibañez Colomo, de LSE), pues ni Roberts ni Bernanke, a pesar de sus indudables méritos, podrían haber nunca haber llegado a donde han llegado en Estados Unidos en España.

Estas entradas sobre el acceso a la función pública generaron mucha reacción entre ciertos grupos (incluyendo, de nuevo, acusaciones francamente divertidas). Pero el proceso de escribirlas me ha llevado a reflexionar sobre estos sistemas de acceso y a aprender en mayor detalle acerca de los sistemas alternativos existentes en otros países. Como expliqué en esas entradas (y a lo que volveré en su día), creo que buena parte de nuestros problemas vienen del sistema de acceso a la función pública y de su interrelación con la política. No es sano que básicamente todo el actual gobierno sea funcionario de carrera. Menos sano aún es el sistema de excedencias especiales indefinidas que convierten a la carrera política en una apuesta para los funcionarios en la que solo se puede ganar.

Otras entradas fueron sobre instituciones incluyeron esta, esta y esta, pero quizás la que mas eco tuvo fue esta sobre Elvira Rodríguez. Este nombramiento fue para mi la gota que colmó el vaso y que me hizo abandonar toda esperanza con el actual gobierno. Claramente Elvira Rodríguez no estaba preparada para ese puesto y su vinculación partidista era obvia. Pero el verdadero problema era que, si había un cargo donde el PP podía encontrar a alguien bien preparado, razonablemente independiente y afín a su proyecto político era en el mundo financiero. Como dicen en Estados Unidos (y perdón por el anglicismo): “they did not even try”. El gobierno puso a mala persona a llevar la CNMV a posta. Punto.

Lo único positivo es que fue justo antes de mi famosa conferencia en ICADE, lo que me permitió incluir un ejemplo que llegó a mucha gente (junto con mi crítica del alcalde de Majadahonda: curiosamente nadie me acusó de querer ser alcalde).

Después, de Octubre de 2012 a Septiembre de 2013 escribí muy poco por una serie de motivos. El primero era que estaba muy ocupado con mi vida profesional. Por ejemplo, escribí un artículo sobre la economía política de la burbuja que salió en el Journal of Economic Perspectives y que, a pesar de no ser matemático, me llevo mucho tiempo pensar. El segundo, que estaba aún más ocupado leyendo sobre economía política. En mis clases en la universidad le dediqué mucho tiempo a explicar estos temas (no se si para alegría o tristeza de mis estudiantes). Y durante los fines de semana, a recuperar lo poco que sabía de derecho (cinco años de carrera un tanto olvidados).

Como recordarán los editores de este blog un buen día les empecé a preguntar sobre manuales de derecho administrativo. Realmente quería entender los detalles de los cambios regulatorios, en especial del uso del suelo. Cuando mi mujer me vio llegar a casa con los tres volúmenes del manual de Ramón Parada Vázquez, la pobre poco podía salir de su asombro. El que me pasara el siguiente fin de semana sin levantarme de la mesa leyendo un buen trozo del susodicho manual probablemente le hizo preguntarse acerca de mi salud mental. Pero ese esfuerzo era necesario.

Mi última entrada en mi antiguo blog fue precisamente producto de esas lecturas: Controles y Contrapesos, en el que comentaba esta nueva columna en EL PAÍS. Como decía, en este caso hablando sobre los nombramientos de la nueva CNMC:

“necesitamos una CNMC vigorosa y vigilante. Y esto requiere de dos cosas: conocimiento técnico e independencia del poder. En otras palabras: el saber qué hacer y el querer hacerlo. La lista de los consejeros nombrados nos dice que la CNMC no va a cumplir con su misión.”

Y añadíamos:

“sí que sabemos que en España existen decenas de candidatos mucho mejor preparados para este puesto que los economistas seleccionados como consejeros. Quien dude de ello, solo ha de poner el nombre de los consejeros en Google Académico (esa prueba del algodón que no engaña) y comprobará la casi total ausencia de citas relevantes de los mismos. A la vez, poniendo el nombre de muchos otros posibles candidatos verá que estos tienen muchísimas más citas (y con mayor índice de impacto) en las áreas de competencia y regulación.”

Ya desvinculado de mis anteriores afiliaciones, en Enero publiqué una nueva columna que fue también mi bautismo aquí en ¿Hay Derecho?, en la que ya analizaba de manera muy explícita la economía política de los nombramientos políticos:

“En resumen: la selección de directivos en nuestras instituciones públicas no es un accidente. Es una respuesta estructural dados los incentivos existentes. Los gobiernos no quieren ser controlados, unos políticos de mala calidad necesitan de salidas económicas personales y los mecanismos de control no operan.”

Culminaba así la educación de un economista. España ha sufrido una gravísima crisis económica. Pero lo que nos ha pasado no es una casualidad: es el producto de la conjunción de unas fuerzas exteriores (el Euro, la caída de los tipos de interés mundiales) con nuestra situación política. No se puede hablar de economía en España sin entrar en la economía política. Si Bankia se hundió fue por un pacto entre PP y CC.OO. que politizó CajaMadrid, por el control por la Comunidad Valenciana de Bancaja, por fusionar malas entidades para crear una nueva “too big to fail” a propósito, por nombrar a Rodrigo Rato –una persona sin experiencia profesional en la banca y que había dejado un pésimo recuerdo en el FMI- para que el banco fuera intocable.  Si la gente esta cansada con el sistema es porque nadie entiende porque Moreno Bonilla puede mentir sobre su CV y que no pase nada o que Cesar Alierta siga siendo Presidente de Telefónica cuando esta probada su participación en un uso privilegiado de información confidencial.

La crisis y la pobre recuperación actual es el producto de un sistema político creado en la transición y que ha llegado al final de su ciclo vital. El problema es que muchos o no lo han entendido o no lo han querido entender e intentarán prolongar su vida todo lo que puedan. El desenlace puede ser repentino o puede que nos lleve tres décadas, como durante el declive de la restauración. La dos grandes claves en el corto plazo serán cómo se gestione el tema de Cataluña y que coaliciones sean posibles después de las siguientes elecciones generales.

Mientras tanto, yo seguiré escribiendo sobre la economía política de España. Una cosa que quiero hacer es comentar libros y artículos que he leído sobre temas de economía política, derecho constitucional e instituciones (alguno de los cuales, sinceramente, me han encantado). Un par de docenas se me han acumulado encima de la mesa. Espero que los lectores de este blog me otorguen su confianza y sigan con cierto interés mis disquisiciones.  Quizás nos ayuden a entender lo que pasa.

La Educación de un Economista (I)

 

En unos días daré una serie de charlas (en Estados Unidos y en Madrid) sobre la situación económica y política de España. Por ello, estas semanas últimas y en vez de escribir, he dedicado tiempo a pensar sobre nuestras tesituras. No solo esto me ha permitido delinear los temas sobre los que hablaré, sino que también me sirve para enfocar algunos de los aspectos en los que me gustaría construir argumentos más solidos.
Quizás no sea una sorpresa para aquellos que han leído mis columnas y mis entradas en internet, especialmente desde que me mudé a las más acogedoras páginas de este blog, que estas reflexiones me alejen de aspectos meramente económicos y me lancen contra los peligrosos arrecifes de la economía política de España.[1] En particular, contra las rocas de nuestro maltrecho estado de derecho, nuestro decadente sistema de partidos y nuestras doloridas instituciones.
Esta evolución es consecuencia de años de frustración ante la gestión de nuestra crisis económica. Cuando, en 2008, España entró en una profunda recesión disponíamos de amplios márgenes de maniobra. Nuestra deuda pública era reducida, el sector financiero contaba con ciertas reservas y, desde nuestra entrada en la Unión Europa, habíamos acumulado un amplio capital de credibilidad con nuestros socios.
La reacción del gobierno de Zapatero ante la crisis fue decepcionante. Primero se negó que la crisis fuera objeto de mayor preocupación (“no llegaremos a 4 millones de parados”). Luego se pretendió salir de ella a golpe de talonario público. Finalmente, se habló de unos brotes verdes que nunca existieron.
Este comportamiento del gobierno no me sorprendió. Nunca había tenido a Zapatero en mucha consideración. Intelectualmente no era más que un ejemplo de esos políticos superficiales que producen las sociedades modernas. Políticamente, su llegada al poder había sido producto de unos acontecimientos excepcionales en los que él solo había jugado un papel secundario. Entre sus asesores más cercanos, unos votaban al PSOE fruto de nuestras peculiaridades históricas pero poco tenían que ver con el resto del partido. Otros habían sido catapultados a posiciones de influencia muy por encima de sus capacidades fruto del reducido banquillo del partido. España estaba malgastado siete años y medio en días de vino y rosas.
Pero, si Zapatero únicamente cumplía con mis limitadas expectativas, para mi sorpresa, el comportamiento de Rajoy en la oposición cada vez me preocupaba más. El 21 de Diciembre de 2010, cuando ya estaba claro que el PP iba a ganar las elecciones, escribí con Luis Garicano:
“Ante la necesidad imperativa de llevar a cabo estas profundas reformas, y las enormes dificultades para hacerlo que suponen sindicatos, baronías regionales, etc., nos ha sorprendido la evolución aparentemente inexorable del principal partido de la oposición de popular a populista. Cada día, al leer el periódico, vemos noticias que cuentan como el PP vota en contra de la congelación de las pensiones o de la reducción de sueldo de los funcionarios, no apoya el incremento de la edad de jubilación o tiene una actitud cuando menos equívoca con los desmanes de los controladores aéreos.”
Y:
“Pero no solo es la posición con respecto a las pensiones la que nos parece incomprensible. Miremos aquellas situaciones donde el PP tiene un poder de decisión más directo. ¿Se entiende la lista de 11 consejeros, todos ellos más o menos políticos, que Cajamadrid propone para el consejo del banco del SIP con Bancaja y otras entidades? ¿Se entiende la demanda contra los administradores del Banco de España en la CCM? ¿Se entiende el nivel de endeudamiento del Ayuntamiento de Madrid o de la Comunidad Valenciana? Todas estas medidas nos hacen temer que la demagogia de las pensiones sea la prueba de una enfermedad mucho más seria que el electoralismo cortoplacista: el populismo, el todo es gratis, el vayamos despreocupadamente por el camino más fácil, el la culpa la tienen los demás, usted no tiene que hacer nada costoso.”
Esa columna no sentó demasiado bien. Una persona con razones para saberlo me comentó que Rajoy y su entorno no olvidaban este tipo de artículos en la prensa y que tendría que vivir con las consecuencias de mis palabras. Obviamente, tal amenaza me importó bastante poco (las ventajas de no querer nada del poder, ¿o se cree nadie que si yo hubiese tenido otras ambiciones –como se nos ha acusado en decenas de casos- hubiese escrito eso?).
Sin embargo, lo que no terminé de ver lo suficientemente claro es que lo que Luis y yo apuntábamos como una posibilidad (“una enfermedad mucho más seria que el electoralismo cortoplacista”), era una triste realidad. Que había un problema estructural con nuestro sistema político mucho más profundo que el que Zapatero fuera un mal guiño del destino o que Rajoy sufriese de veleidades populistas.
Cuando llegó el PP al poder tenía fundados temores sobre los dilemas a los que se enfrentaba y sobre la voluntad de atajarlos. Como escribí el 11 de Noviembre de 2011, el día antes de las elecciones (en un post que más de uno me criticó por no “respetar” esa institución infantil de la jornada de reflexión):
“No sé quién se paseará por la calle de Alcalá en Madrid en unas semanas, pero no le envidió en absoluto. Hagamos lo que hagamos, el 2012 y 2013 solo podrán moverse entre lo horrible y lo realmente horrible. Incluso la mejor política posible, que pasa muy a mi pesar por grandes sacrificios para todos, solo podrá aspirar a salvar los muebles lo mejor que podamos. Y lo realmente aterrador: si no seguimos esa política, los resultados serán aún más nefastos.”
A la vez, y quizás en un ejercicio de ingenuo optimismo, durante el verano y el otoño de 2011 pensaba que el gobierno del PP corregiría algunos de los peores defectos del PSOE. Tenía una idea más o menos clara de a quién Rajoy iba a poner en su equipo económico. Había hablado con ellos en muchas ocasiones y, si bien no siempre compartía sus diagnósticos o prioridades, si que esperaba una gestión relativamente competente aun si tuviesen que cumplir ciertas promesas demagógicas. Mis temores se centraban más en que fuera demasiado tarde para corregir la situación, en que -siendo todos ellos funcionarios- carecieran de la imaginación para acometer reformas radicales que España necesitaba y en que el resto del partido no les dejase márgenes de maniobra.
Además, y de manera egoísta, en el otoño de 2011, esperaba poder dejar de hablar de la crisis por una temporada. Como concluía, con cierta tristeza, en ese mismo post que cité anteriormente: “Yo me apunté a esto del blog para hablar del último modelo de aversión a la ambigüedad y de lo que acabábamos de descubrir sobre como computar verosimilitudes en paralelo.” Tras un par de años muy metido en la conversación de política económica, me apetecía volver a mis cosas. Trabajar en una universidad americana rica tiene muchas ventajas pero ninguna mayor que el poder vivir muy tranquilo dedicándose a leer lo que a uno le apetezca en cada momento y sin darle explicaciones a nadie.
Por ello, durante los siguientes Diciembre y Enero no comenté nada (o casi nada) sobre el nuevo gobierno y me dediqué a hablar de cosas raras como la política industrial en Corea o sobre las aventuras de Niall Ferguson (una serie de tres entradas que me hicieron mucha gracia: una, dos y tres).
Mi primeras sospechas de que mis temores de la columna en El Confidencial de Diciembre de 2010 eran fundados fue el anteproyecto Ley de Estabilidad Financiera (otra serie de tres entradas –una, dos y tres– en el que, con bastante esfuerzo, hice lo que nadie más hizo en España: leerse el anteproyecto en detalle y explicarlo en público). El anteproyecto desvirtuaba todo el objetivo de la reforma constitucional al eliminar cualquier mecanismo de control independiente de la situación fiscal. Pero incluso a finales de Febrero de 2012 aun me quedaba un residuo del optimismo de 2011 acerca de la posibilidades del nuevo gobierno.
Fue durante Marzo y Abril de 2012 que mi visión de los objetivos del gobierno cambió radicalmente. Se iba por ahí diciendo cosas peligrosas sobre el Euro que a muchos asustaban. Las reformas no se hacían. Y, en general, no avanzábamos. Esta evolución culminó en la famosa columna de EL PAÍS con Luis Garicano y Tano Santos, No Queremos Volver a la España de los 50. Pero esto lo dejamos para mañana.



[1] “Economía política” es una expresión que se utiliza en diferentes sentidos según el contexto. Aquí la empleo como el área que estudia la interacción entre la economía, el sistema político y el ordenamiento jurídico. Piso disculpas a los lectores que prefieran otros usos.