“In God We Trust”

En 1864, durante la Guerra Civil americana, el Congreso de los Estados Unidos aprobó la inclusión de la leyenda In God We Trust en las monedas de dólar. En 1956 (y, según parece, en el contexto de la guerra fría con la descreída Unión Soviética) el Congreso convirtió ese texto en el lema de la nación americana. Un año más tarde se comenzó a imprimir la frase en los billetes. El Congreso ha reafirmado el lema en varias ocasiones, la última de ellas en 2011, con una mayoría aplastante (396 votos favorables, solo 9 negativos).

 

Esta decisión es chocante para un jurista, porque parece poner la religión en el corazón del Estado, rompiendo el principio de laicidad, que no es más que una manifestación del de no discriminación. Un Estado y una Constitución e incluso algo de tan nebuloso valor político y jurídico como el lema o los símbolos nacionales deben pretender representar y apadrinar a todos los ciudadanos. Pero la figura de Dios no es la bandera de los ateos; ni siquiera es la de todos los que profesan una religión, porque las hay, como el budismo, que no son teístas.

 

De hecho, la Primera Enmienda a la Constitución americana, en su primer inciso, la llamada “cláusula de establecimiento”, proclama lo siguiente:

Congress shall make no law respecting an establishment of religion

Y sobre esta base, como era de esperar, se han entablado acciones judiciales para erradicar aquel lema o al menos sacarlo de las monedas y billetes.  Sin embargo, me ha sorprendido también comprobar que los Tribunales americanos siempre han desestimado esas demandas con contundencia.  Remito a la página de Wikipedia sobre el particular para más detalles. En las sentencias más atrevidas se dice que las instituciones del país presuponen la existencia de un Ser Supremo. Otras sencillamente declaran que el concepto de Dios que maneja el lema es una noción “ceremonial” y “secularizada”, que no pugna con la cláusula de establecimiento.

Pues bien, esto último me ha resultado sugerente. ¿Qué puede querer decir ese concepto de Dios “secularizado”? En efecto, el problema cobra una nueva dimensión y se vuelve apasionante si se plantea desde una óptica epistemológica: ¿cuál es la definición correcta de la palabra “Dios”? Bajo esta perspectiva, y suponiendo que diéramos en el clavo alumbrando un concepto que mereciera “adoración” generalizada,  no procedería una declaración de inconstitucionalidad del lema de marras, sino una mera sentencia interpretativa: si se lee bien, si se entiende por God lo que corresponde, el texto es legítimo.

Me he embarcado en esta empresa y a fin de salir airoso de ella, quiero utilizar y ya por última vez en este Blog, para no ser pesado, el “método Cenicienta”. Vengo defendiendo que un concepto se debe construir como una cuerda con dos extremos: la zapatilla y la chica que, por ser capaz de calzársela, demuestra ser una esposa y reina idónea; esto es, un medio y un fin. Ambos son realidades empíricas: una la que es y otra la que queremos que sea. Y entre ambas hay una relación dialéctica: si el fin propuesto es uno, atenderemos a unos datos y no a otros; de igual modo, la realidad de partida es un condicionante que nos obliga reajustar los objetivos en un sentido u otro.

En este caso, presumo que la Cenicienta, el fin, es establecer una norma de conducta, unos mandamientos que den sentido y orientación a la vida. En cuanto a la zapatilla, el instrumento que pone de manifiesto cuál es la voluntad divina al respecto, debemos atender, si queremos -conforme al plan que nos hemos marcado- ser objetivos, a la realidad del mundo. Y ello sin discriminación, considerando el orbe entero, el cual –como es sabido- es un cuadro hecho de luces y de sombras: bestias inmundas, paisajes desoladores y emociones abyectas, a la vez que criaturas amables, imágenes bellísimas y sensaciones sublimes. Este cuadro podría quizá responder a un plan, pero si lo esconde, no nos resulta aparente. Siendo prácticos, podemos aparcar el debate de si todo es fruto de un designio o solo del azar combinado con las leyes de la física y la evolución. Evidentemente, lo único accesible a nuestra razón es esto último, porque un designio latente podrá existir, pero en todo caso no hay quien lo pille: es inescrutable. Así las cosas, dado lo críptica que es nuestra zapatilla, ¿no hay nada en ella que nos ilumine sobre el paradero de Cenicienta, que permita la concreción del fin, que le dé significado a la vida? Pues un poco, un poco sí: al menos está claro que eso es lo que “es” y hay que aceptarlo. Por supuesto, no se debe renunciar a cambiar las cosas perfectibles, pero ello sin hacerse mala sangre. Contra el azar, no puede uno irritarse y contra una voluntad indescifrable, tampoco. Esto debería infundir cierta paz. Además ha de notarse que el teatro del mundo discurre con absoluto desprecio hacia el ego humano, que es un juguete en manos de las olas y los vientos. La evolución nos ha imbuido la idea de que la propia supervivencia es un asunto crucial, pero nada en la realidad que nos circunda confirma esa impresión. Y esta constatación inspira un cierto desapego ante los éxitos y fracasos de nuestras vidas y compasión ante los vaivenes de los demás, al verles cómo se afanan por ganar o perder.

Y no se me ocurre nada más. Yo desde luego, me apresuro a aclarar, no me aplico en absoluto el cuento y carezco de las virtudes y la serenidad que deberían propiciar estas reflexiones. Pero, sobre una base puramente intelectual, creo que este es el concepto jurídicamente admisible de lo divino. Ciertamente, es una idea muy esbelta, pero ahí reside su atractivo. Por esa misma razón debería granjearse la “adoración” que perseguíamos. Se podrá expresar y delimitar mejor, mas en lo esencial, ¿quién puede negar que este concepto de Dios se nutre de hechos adverados y de un sencillo análisis de los mismos? Desde luego, no veo aquí contradicción con el planteamiento ateo: solo he dicho que algo (no alguien) nos gobierna. Y tampoco hay incompatibilidad con los postulados de la mayoría de las religiones: de acuerdo, no hemos personificado a Dios en la figura de un Señor con nombre y apellidos, pero nos ponemos a su servicio, que es lo que cuenta. Recordemos, en este sentido, que Islam significa “rendición”. Jesús dijo “niégate a ti mismo”, no te des tanta importancia. Y los maestros budistas proclaman “no self (no ego), no problem”.

Cuestión distinta es que, extramuros de este core concept, cada cual puede completar la idea con las creencias que juzgue oportunas, sobre la base de revelaciones de profetas o construcciones de las escuelas religiosas o filosóficas. Estas podrán tener la virtualidad que proceda a la hora de dirigir la conducta personal hacia aquí o allá. Lo único que se pide es que, a efectos prácticos, cuando se trata de resolver problemas de convivencia, todos volvamos los ojos al cogollo de lo divino, a lo que, por estar basado en hechos probados y apuntar a una realidad amable, puede concitar el necesario consenso.

Sin embargo, quizá la mayor oposición a la aceptación de este lema, incluso con el contenido destilado que le asigno, venga, curiosamente, del bando ateo. He tenido ocasión de contrastar esta propuesta con mi amigo el Profesor Mesa, ateo combativo (atheist, como dicen los anglosajones), quien ha fruncido el ceño. ¿Para qué llamarle a esto Dios, se dice, si no es más que unos rudimentos de ética?

Hay una primera razón poderosa: para que un concepto tan catalizador de pasiones, juegue a favor del bien y no del mal. Es paradójico que las invocaciones a Dios que hacen las Naciones y los Gobiernos sirven sobre todo para justificar las guerras y las violaciones de derechos humanos. Y lo es más que ambos bandos impetran a la vez el apoyo divino. Los terroristas del 11-S o el 11-M clamaban que cumplían la voluntad de Dios. El Presidente George Bush justificó la Guerra de Irak con esta perla: God told me to end the tyranny in Iraq. También en el plano doméstico Dios es un cajón de sastre que sirve para acusar y condenar a los enemigos sociales o políticos, cuando fallan los demás argumentos. La Inquisición (recordemos: no solo española sino europea) a menudo servía como instrumento de venganza contra rivales políticos o sociales.  Hace poco Irán ahorcaba a un poeta, disidente político, por el delito de ser “enemigo de Dios”. A quienes cometen estos desmanes hay que poder combatirlos cortando la raíz de su ideología: decirles que incurren en un error epistemológico, que no saben lo que hacen, pues una recta interpretación del concepto de Dios reclama otra cosa.

En segundo lugar, creo que este es un concepto necesario porque llena un hueco de nuestros sistemas políticos y sobre todo del sentimiento que late en los debates sociales. La política necesita también de espiritualidad, al menos en este sentido tan humilde, que consiste en pedir que el objetivo último que nos anime, a la hora de organizar la sociedad, al adoptar medidas económicas y al configurar las relaciones con los otros países, no puede ser solo el egoísta de maximizar el propio beneficio, como persona o como nación, pues se podría renunciar a ciertas ventajas  materiales y seguir teniendo un contento que no precisa de ellas.

Evidentemente todo esto es muy difuso y etéreo: no se traduce así como así en recetas concretas. A lo mejor es simplemente un propósito interno, que queda en la conciencia de cada cual, pero que juega también un papel relevante en la arena política. Cuando se da al César lo que es del César, también, de alguna forma, se está dando a Dios lo que es de Dios, y eso habría que tenerlo presente.

Puntos de aprendizaje

 
El frenesí de nuestro tiempo y la saturación  de información   conspiran   contra ese  “pararse a pensar”, siquiera unos minutos al día, que es la manera que tiene la inteligencia humana de aprender individual y colectivamente.  Y de  conducirse a partir de ahí por el bosque  de la realidad, también de la política cuando esta hace aguas como ahora. Son precisamente estas actividades–pensar y aprender- las que distinguen la polis de la caverna platónica en la que  los prisioneros  no salen de la mera impresión de imágenes inmediatas  e inconexas. Pensar, nos enseña Platón, sería entonces un  “salir a ver” que en sí mismo es ya un aprender. Un viaje de comprensión que se aplica también- y en grado sumo-  a la realidad política.  De ahí que uno de los peligros de nuestra crisis sea precisamente no “darla por pensada” sin aprehender de ella personal y socialmente las muchas lecciones que encierra.  A dicho peligro contribuyen  tanto los afanes que consumen al español  medio para  llegar a fin de mes o buscar barojianamente trabajo o ver de no perderlo,  cuanto al inmenso cansancio personal y colectivo desde 2008 a esta parte.
Para conjurar todo ello salgamos de la vorágine que nos ocupa  y alcemos la mirada inteligente para determinar algunos descubrimientos y aprendizajes que nos  deparan  estas horas  nuestras:
1.  La consustancial fragilidad de nuestro sistema político: Pensábamos que nuestro sistema democrático, basado en el “turno”  y en el clientelismo de la Restauración de Cánovas era, como aquella, indeleble y eterno, bien afianzado. Justo el mismo error de apreciación que precipitó su súbita desaparición en 1923. Así,  los primeros deterioros graves de nuestra calidad democrática se achacaron a la tendencia hegemonista y propensa a la corrupción del partido socialista.  Pero se contrarrestaba –al menos en teoría para una gran parte de votantes- con la mayor pureza y liberalidad de nuestro partido conservador.  Mas los graves  affaires de corrupción del Partido Popular-que dejan en anécdota el caso “estraperlo” que hundió al Gobierno Lerroux-  han finiquitado la “estabilidad correlativa” de nuestro sistema. Y ello a falta de lo que los ciudadanos conozcan en breve nuevos escándalos de largo alcance que afectan a la propia jefatura de  la Comunidad de Madrid. La consabida ausencia  de una real división entre  poderes, la falta de los mínimos “checks and balances” de control y transparencia explican el retorno de la  desconexión orteguiana entre la España oficial y la real. No es casual-y sí bien grave-  que un indicador del CIS, el “Indicador de confianza del sistema gobierno/oposición” (que miran con especial atención  los dos grandes partidos  ya que   mide precisamente el grado de  solidez de nuestro sistema) muestre su nivel más bajo desde  las primeras elecciones democráticas (23,7 puntos en enero 2014 frente al 31, 9 de abril 2012).Así de grave es el declive y así de frágil nuestra situación.
2.  Una  errónea presunción sobre la naturaleza humana: Ha subyacido en nuestro país  un error grave que explica parte del colapso al que asistimos: La exaltación en  los últimos decenios de una visión muy superficial sobre  la  humana naturaleza, que era  tan buena que no hacía falta moral alguna. Y por tanto ningún control de lo público.  Al respecto, pocos países han soportado una erosión tan brutal y en  tan breve tiempo de los valores privados y públicos, sin los cuales como señalaba Allport, “no se puede sobrellevar la pesada carga de toda democracia”.  Volviendo a Platón,  hemos pensado que la  polis se podía construir sin virtud,  de la que  quedan exentos  tanto el gobernado cuanto el gobernante.  Así, de aquel  “bon citoyen”  ilustrado hemos pasado aquí a su  caricatura  situada más allá de lo bueno y de lo malo  y  encaramada a nuestras instituciones fundamentales (partidos, sindicatos, magistraturas, parlamentos, realezas, Ibex 35, etc.),  sin inquirirse nadie ni por sus  currículums vitae ni por su  “ethos” moral. Cualquier regeneración del sistema tendrá, pues, que rehabilitar  el concepto  de “naturaleza falible” del ser humano – y por tanto de la arquitectura política –  que está en la base de la sabiduría  de los grandes  pensadores  políticos clásicos, incluidos los más señeros  del siglo XX (Ortega, Voegelin, Arendt y  Strauss, por ejemplo).  Y deducir los mecanismos de control e intervención correspondientes.
3. Una  percepción  ingenua sobre el poder político: Lo anterior no se explica  sin percatarse de  que hemos confiado cándidamente  en el poder de nuestro  partido ante  el que se ha realizado una auténtica  “dejación de funciones” y abdicación de nuestro yo, cayendo  en aquella “mansedumbre lanar”  que denunciaba Ortega. La Crisis está sirviendo  para descubrir, en esta hora de la verdad,  el rostro verdadero de la naturaleza de los poderes políticos instalados y su profunda desconexión del bien común. El ejemplo más palmario y agresivo, amén de la corrupción campante, es el expolio fiscal “sin contemplaciones” con que dicho poder está asolando a la clase media, no digamos a  los autónomos. Todo ello compatible con que ninguno de los partidos nos haya ofrecido relato alguno de cómo y por qué hemos llegado a este estado de bancarrota nacional ante la que  se despacha  un silencio administrativo tan desdeñoso como implacable.  Urge un movimiento de “ciudadanía vigilante” que parta del principio de que el poder no es bueno por naturaleza y necesita de continúa fiscalización. Un poder  que no muestra ninguna intención de irse, acuciado por el miedo a acciones judiciales que explican  muchas de sus resistencias al cambio. Por eso, ante la merma previsible de votos, sea plausible pensar que  en el 2015 se forme una “Gran Coalición” PP-PSOE como  la solución de defensa del statu quo que agoniza.
4. La índole corrosiva de la mentira: Tal vez sea la auténtica “ley de hierro” que hemos de asimilar en este viaje purgativo: Cómo  la muerte de la verdad y veracidad  ponen en peligro la pervivencia misma de todo un sistema democrático y su correlato económico-financiero. Hemos llegado a un punto de nuestra vida pública y económica donde es tal la falta de transparencia – hay tanto que ocultar- que las elites se conducen  según aquella confesión de Maquiavelo: “Llevo algún tiempo en que nunca digo lo que creo y nunca creo lo que digo; y si a veces me ocurre que digo la verdad, la escondo entre tantas mentiras que es difícil hallarla”. Un dato elocuente de esta  “institucionalización de la mentira” es  su aceptación social y jurídica como estrategia de defensa  según comprobamos abochornados en las comparecencias judiciales de nuestros personajes públicos. Ante ello, hay que rehabilitar urgentemente ese “afán de verdad” que  es  inherente a toda democracia.
Todo aprendizaje, Platón nos lo avisó, tiene algo de doloroso. Y a veces de traumático.  Pero solo podremos salir de la caverna oscura en la que nos hallamos poniendo en práctica personal y colectivamente las enseñanzas debidas.  Porque de lo contrario, mucho me temo,  descenderemos  de la caverna  a “la caverna de la caverna”. Por nosotros que no quede.