Emilio Botín: la necrológica que no va a leer en ninguna otra parte

En un país normal usted no estaría leyendo esta necrológica, básicamente porque no la habríamos publicado. No negamos la aportación que el Sr. Botín ha podido hacer  en beneficio de la internacionalización de la economía española, en su caso, pero esa  no es nuestra materia. En este blog -como entendíamos que era nuestra obligación- hemos criticado duramente el papel que el Sr. Botín ha jugado todos estos años en favor de la erosión de nuestro Estado de Derecho y de nuestras instituciones. Entre otros casos, hemos analizado con detalle el culebrón Alfredo Sáenz y la contratación de Rodrigo Rato por el Banco de Santander. Pero lo cierto es que no considerábamos adecuado insistir en ello precisamente con ocasión de su fallecimiento, que es un acontecimiento luctuoso y triste, se mire como se mire. Ahora bien, dos circunstancias notables nos han llevado a cambiar de opinión: la orgía periodística que su muerte ha provocado –páginas y páginas de los diarios generalistas, con aportaciones singulares de personajes tan emblemáticos para nuestra sociedad como el Sr. Alierta o el Sr. Alfredo Sáenz- y, sobre todo, la designación de doña Ana Patricia Botín como nueva presidenta del Banco. Porque estos acontecimientos singularizan a la perfección el carácter profundamente “castizo” de nuestro capitalismo (que hemos analizado con detalle en nuestro libro) y lo que ello supone de freno a la regeneración del entramado institucional de nuestro país que, como saben ustedes, es nuestra principal preocupación. Los Botines pasan, pero el secular capitalismo español permanece.

El carácter castizo de asunto se revela ya de entrada cuando observamos las extensas loas que el personaje ha recibido en los principales medios (no siempre los más endeudados) en contraposición a los ataques un tanto resentidos que se detectan en las redes sociales. Esta polarización nos indica que algo va mal. Mientras algún importante periodista, en su elogio fúnebre, se vanagloria de no haberle alabado nunca anteriormente por escrito -enorme mérito, sin duda alguna- (tuve que repasar varias veces la frase porque mi cerebro se empeñaba en leer que lo que había hecho era criticarle), Ada Colau le trataba como ladrón y estafador y Willy Toledo aspiraba a que la tierra no le fuese leve… Muy edificante todo.

Que un empresario, por muy banquero que sea, genere esa radicalización extrema en una sociedad, implica que el papel que ha jugado en ella no ha sido neutral, ni el propio de un empresario estándar de tipo anglosajón, por ejemplo, por mucho éxito que haya tenido. La muerte de Steve Jobs generó bastante espacio en los medios, sin duda alguna, pero el análisis giraba en torno a sus muchos aciertos y puntuales fracasos empresariales y resultó bastante homogéneo. Pero es que Steve Jobs era un tiburón en un océano capitalista transparente, en el que el principio “come para no ser comido” tuvo como principal efecto el ipod y el iphone. Mientras que el Sr. Botín, por su parte, era un tiburón que (aunque luego ha saltado a ese otro hábitat) nació y creció en una charca bastante turbia en la que el “come para no ser comido” generó préstamo abundante y competitivo (a veces irresponsable) pero también cesiones de crédito, fondos inmobiliarios trampa, productos tóxicos, prácticas bancarias poco transparentes, patrimonio no declarado en Suiza, acusaciones falsas, utilización espuria de jueces corruptos, abundantes procedimientos judiciales, revolving door, lobby normativo desatado, etc., etc., etc.

Para bien o para mal, se le ha identificado como la referencia principal de una determinada época exuberante, muy exitosa (al menos para algunos) pero con graves daños colaterales; como el máximo representante de una determinada forma de hacer empresa y de hacer política en España, o mejor, de hacer empresa-política y política-empresa, tan frecuente en este país. Se le consideraba el verdadero poder en la sombra, el señor del anillo que los controlaba a todos, y eso tanto por críticos como por partidarios, lo que no deja de ser sorprendente y, por cierto, poco halagüeño para nuestra democracia. En cualquier caso, a la vista de todo ello, es normal que con las reacciones ante su muerte aflore un conflicto profundo, un resentimiento frente al que no podemos cerrar los ojos si queremos comprender verdaderamente nuestro tiempo.

Esto nos conduce a la segunda manifestación de lo castizo. Porque si es verdad que a don Emilio le preocupaba enormemente el efecto Podemos, como indica esta noticia, no lo demostró al regular su sucesión. O quizás no era tan inteligente como se dice. O quizás sí lo era, pero no podía evitar primar sus ambiciones personales por encima de cualquier otra cosa. Ha pasado antes con otros grandes empresarios: han creído posible cuadrar el círculo de una gran empresa abierta e internacional perpetuamente controlada por sus genes inmortales, normalmente con pobres resultados, al menos para uno de esos dos intereses, cuando no para ambos. Pero esta reacción de nuestro más brillante empresario ya nos pone sobre la pista de que nuestro establishment empresarial y financiero no va a actuar inteligentemente frente a la amenaza populista que se nos viene encima. Tampoco, por lo que se ve, nuestro establishment mediático, a la vista de su incontinencia a la hora del elogiar al padre y a la hija y de su racanería para la crítica ponderada. El que confíe en lo contrario, en una reacción inteligente, que vaya abandonando ya toda esperanza, con la misma certidumbre que si lo hubiera visto escrito con caracteres negros sobre el dintel de la puerta del infierno.

La designación como presidenta de la Sra. Botín-Sanz de Sautuola O´Shea, pese a que la familia solamente controle el 0.7% de las acciones, ha generado, según parece, una clara oposición entre los accionistas institucionales del Banco y escasa alegría entre los reguladores. El Sr. Botín siempre fue un adalid en contra de cualquier reforma societaria (como expliqué en uno de los post citados al principio) tendente a facilitar la relación de agencia entre la propiedad de las sociedades y sus gestores, por la cuenta que le traía. Sin duda tuvo éxito, como comprobamos ahora. Pero su empeño en que la sucesora en la presidencia fuese su propia hija, al margen de lo castizo del asunto (más que castizo casi cañí), implica manifestar a las claras y públicamente una concepción de la empresa que se da de tortas con su presunta modernidad, para fomentar la cual tanto dinero del accionista se ha invertido en Formulas uno y foros equivalentes.

Es cierto que la Sra. Botín-Sanz de Sautuola O´Shea manifiesta que nadie le ha regalado nada, pero el hecho de que lo diga reiteradamente en público nos revela que existe un alto porcentaje de probabilidades de que se lo crea sinceramente, lo que sin perjuicio de que psicológicamente sea comprensible, resulta todavía mucho más alarmante. Porque lo que está claro es que ningún ciudadano español, menos aún aquellos que están sufriendo de lo lindo con la crisis, puede creerse que doña Ana Patricia, por muy inteligente y preparada que sea (cosa que yo no dudo en absoluto) habría llegado a ser presidenta del Banco si no tuviese los dos apellidos que tiene. Sospecho que esa disonancia cognitiva no nos va a traer en el futuro nada, pero que nada bueno.

En realidad, la designación de doña Ana Patricia como presidenta es una manifestación más del mismo principio castizo que animó a don Emilio a sostener contra viento y marea al Sr. Sáenz después de haber sido pillado utilizando un juez prevaricador en beneficio del Banco, o a contratar al Sr. Rato pese a ser uno de los personajes más odiados del país: el principio de que la familia, la amistad y la devolución de favores personales está por encima de los intereses de la entidad y de la imagen que una empresa de esta dimensión debería transmitir al conjunto de la sociedad española, especialmente en estos momentos tan difíciles. Todo tan distinto de ese capitalismo anglosajón que es capaz de cesar y prescindir de los íntimos sin que a nadie le tiemble el pulso (“es sólo negocios”): tan frío, pero por otra parte tan edificante y socialmente útil. Ya se sabe que aquí somos mucho más cálidos y afectuosos.

En fin, en cuestión de imagen don Emilio prefirió a lo anterior utilizar la fundación de su tío Marcelino, dedicada a preservar el patrimonio histórico-artístico cántabro (a la que estratégicamente cambió de nombre con la finalidad de no generar confusión), para construir un mausoleo en su memoria en la bahía de Santander bajo la firma de un premio Pritzker, Renzo Piano. Como ocurrió con la mayoría de las grandes pirámides faraónicas construidas con la misma finalidad, no ha podido terminarse a tiempo. Lo que cabe dudar es si, una vez acabada, esa poderosa imagen del poder producirá los mismos beneficios, o si, por el contrario, siendo los tiempos muy otros, no ayudará precisamente a pacificar un futuro que se adivina muy, muy incierto.

 

 

Apotegmas para la resolución alternativa del conflicto catalán

Un apotegma es un dicho breve y sentencioso, generalmente proferido o escrito por un personaje célebre. Vale, no soy célebre, pero es que me apetece titularlo así porque creo útil lanzar una serie de ideas breves que pienso se deberían tener en cuenta a la hora de afrontar la cuestión conflictiva catalana. Ahora bien, mi intención no es ser sentencioso y parcial, sino práctico y breve y a la vez neutral en lo posible, pues la segunda originalidad de este post es que quisiera usar mi afición por la resolución alternativa de conflictos –sobre todo la mediación- para enfocar el problema desde una perspectiva más amplia que la puramente constitucional o legal. Cuidado, no se confundan, el enfocar los problemas desde esta perspectiva no significa que tengamos que olvidarnos de la ley ni de la historia. No, se trata de abordar la cuestión de una manera que nos permita descubrir cuál es el verdadero problema –los verdaderos intereses– más allá de las posiciones que se muestran. Esta es una distinción clave en cualquier conflicto: lo que digo que quiero ¿es lo que realmente necesito? Discutir sobre posiciones produce acuerdos poco aconsejables y pone en peligro una relación preexistente: el ego se identifica con las posiciones y ello impulsa a olvidar los verdaderos intereses, que es lo que realmente queremos y necesitamos.

Pues bien, hagamos el ejercicio de aplicar a este conflicto político las técnicas y fases de los procedimientos de resolución de conflictos, comenzando por preguntarnos: ¿es realmente la independencia lo que quiere Cataluña? ¿Le conviene a España mantener esta situación indefinidamente? En todo planteamiento de este tipo hay varias fases que voy a completar por vía de apotegmas que nos permitan centrar brevemente la cuestión. Son mis apotegmas, claro: seguramente se pueden añadir más o quizá algunos sean falsos, pero vamos allá.

En toda negociación hay, primero, una fase de recogida de información, y ello me sugiere:
Existe una cuestión catalana, y hay que “conllevarla”. Decía Ortega: “Yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar” (Discurso en las Cortes Españolas el 3 de mayo de 1932 )
Bueno, quizá Ortega no hizo el curso de mediación, pero en todo caso hay una realidad que no debemos olvidar: el problema catalán no lo ha inventado Mas, lleva paseando por España mucho tiempo y, aunque es indudable tiene hoy un buen porcentaje de artificial e inducido, no es buen enfoque para solucionarlo negar su existencia.
España existe, mal que pese. Porque, por mucho que alteremos la historia, es muy difícil negar una convivencia secular que genera vínculos mutuos cuya ruptura no puede ser sino traumática. Además, cabe decir que España es el primer estado moderno, sin negar la existencia de particularidades regionales muy importantes, (aunque sin dar lugar un estado como tal en Cataluña). Por ello, cualquier negociación sobre el asunto, debe tener en cuenta esta realidad y que la única interesada en esta cuestión no es sólo Cataluña.
Otra fase es la de identificación de los temas a tratar:
El dinero importa, pero no es lo único. No hace falta pedir la independencia para percatarse de que puede haber demandas lógicas. Si una zona del territorio –Cataluña o la que sea- aporta mucho dinero al común y otras reciben mucho (ya sé que no contribuyen territorios sino personas, pero entiendan la idea) no es ilícito o inmoral plantearse y discutir cuantías e incluso si el uso que otras autonomías hacen es útil y eficiente (eso de bajar los impuestos cuando estás subvencionado). Eso habrá que valorarlo con datos objetivos. Ahora bien, conviene no olvidar que muchas cuestiones que enturbian las relaciones no son materiales, sino sentimentales.
El Título VIII de la Constitución fue una huida hacia adelante. Mucha gente coincidirá en que en la Transición hubo que salir del paso de este problema y se formalizó un diseño híbrido, posteriormente convertido en un “café para todos”, que no convence a nadie y que en la práctica ha supuesto un importante desapoderamiento del Estado y un goteo incesante de competencias a las comunidades más reivindicativas favorecido  por la existencia las mayorías minoritarias en el parlamento español que inducía a buscar apoyos para el gobierno en formaciones nacionalistas, sin que ello apaciguara en absoluto las reivindicaciones de éstas. El sistema es ineficiente y es preciso revisarlo para buscar fórmulas que permitan un encaje mejor, aunque, eso sí, siguiendo el procedimiento legal correspondiente y contando con el concurso de todos los interesados.
Luego hay una fase de generación de alternativas, en la que hay que tener en cuenta algunos límites:
Dura lex, sed lex. Que se aplique la ley es importante: en un Estado de Derecho, como mil veces repetimos en este blog, es una irresponsabilidad prescindir de las reglas, porque eso alienta el caos, y con él, la injusticia. Si se permite incumplir la ley a algunos, cabría pensar que todos estaríamos legitimados para incumplirla cuando nos viniera bien. Por tanto, no se pueden permitir de ningún modo referéndums ilegales, porque eso pone en juego la igualdad de todos ante la ley.
El derecho a decidir lo decidimos todos. La apelación a la democracia o al voto popular no es suficiente, porque esa voluntad popular, caso de haberla, no debe tener relevancia en una democracia avanzada (o sin avanzar) si no se expresa en la forma legalmente establecida, que es lo que la hace válida; no supone excepción la alegación de derechos supralegales como el derecho de autodeterminación, pensado para situaciones coloniales que no se dan en este caso.
Las terceras vías son para los ferrocarriles. En un Estado de Derecho no se debería negociar con una persona concreta, ni tampoco con una autonomía, nación o como quieran llamarlo, sobre la legislación vigente. Ello genera normas “especiales” y con ello desigualdad y desafección en el cumplimiento de las normas. Si hay que generar alternativas, ha de contarse con todos los españoles y con luz y taquígrafos: nada de componendas o de librar a Pujol o tapar otras corrupciones por parar esto. Cojamos el toro por los cuernos.
La ley no soluciona todos los problemas reales. Quizá la actitud silente de Rajoy tenga una virtud: no haber empeorado el problema, lo que no es poco, dada la provocación que supone la dinámica secesionista. Pero no hay que olvidar que el problema es real, y no basta con recursos y leyes: se necesita política, política de la buena.
Ahora bien, en toda negociación hay reducir los elementos emocionales y buscar los datos objetivos:
Los nacionalismos son emociones, a veces patológicas. Querer a tu madre está bien, pero un amor excesivo puede hacernos distorsionar la realidad. Ninguna reforma puede hacerse en un momento de crisis emocional, propiciada por una huida hacia adelante del nacionalismo; si a ello se une el control político que las autoridades autonómicas tienen sobre la educación y los medios, difícilmente podemos entender que haya hoy la serenidad y la información cierta que estas decisiones exigen.
Más vale un dato que mil emociones. Discutamos sobre bases objetivas. Veamos si realmente existen esos deficits y cuál es su entidad, sin olvidar que en una comunidad la solidaridad entre los diversos miembros es obligada. Olvidemos el Espanya ens roba –y lo que se considere equivalente del “unionismo”- y centrémonos en la realidad.
En una negociación es fundamental saber cuál es nuestro BATNA (Best Alternative to a Negotiate Agreement), es decir, cuál es nuestra alternativa a la falta de acuerdo:
En estas rupturas, a corto plazo, probablemente pierden todos. Las pérdidas económicas y de sinergias y la pertenencia a la Unión Europea se deben tenerse muy presentes. Quizá al cabo de un tiempo alguno rehaga su vida y salga ganando, pero hay que estar muy seguro de que la convivencia es imposible y de cuáles son las opciones. Y, cuidado, una independencia puede no corresponder a la configuración actual de Cataluña: quizá partes de ella también quieran decidir.
En todo caso, en la resolución de los conflictos es preciso buscar soluciones que satisfagan a todos y comprobar que la solución es estable:
Si queremos que perdure un acuerdo, hay que abrir la mente. No haremos nada si seguimos con los esquemas de siempre: sólo “conllevar” el problema, tal y como decía Ortega. Y probablemente tenga algo de razón, situaciones complejas exigen soluciones complejas, quizá en un constante reequilibrio. Por ello, quizá lo que hay que replantearse es la organización territorial del Estado, abarcando la posibilidad de una limitación de las autonomías, un estado federal y también una posible independencia.
Al final, si crees en la democracia, es mejor preguntar. Ha ocurrido en Canadá y va a ocurrir en el Reino Unido, y nosotros no somos distintos. Claro que no se trata de preguntar cuando Mas quiera y lo que ERC decida, sino de abrir la posibilidad para que ello ocurra de una manera leal y de buena fe y con la voluntad informada de todos los interesados. Algo semejante a la Ley de la Claridad canadiense que hemos tenido oportunidad de comentar en este blog: reglas claras, momentos establecidos, preguntas no ambiguas, información suficiente y veraz, ausencia de coacción y de sentimientos exaltados.
Hemos recogido información y generado algunas alternativas en un ejercicio que espero que les resulte interesante, aunque quizá sea incompleto o parcial. Ahora, ¿qué soluciones se podrían alcanzar? No es cuestión de sugerirlas yo, pero el sentido común sí me dice que no se puede tolerar la amenaza soberanista, y que hay que utilizar todos los medios para impedirla; pero que tenemos un problema de fondo que hemos de resolver; y que esa resolución tiene que ser democrática, conforme al Estado de Derecho, libre, informada y de buena fe.
Ahora bien, hay un apotegma final: los políticos no ven más allá de cuatro años. Es decir: ¿están preparadas nuestras élites políticas catalanas y españolas en general para enfrentar un problema como este a largo plazo? ¿Son sus verdaderos intereses coincidentes con los de la población a quien sus decisiones van a afectar? Este es el elemento que más me preocupa: si quienes tienen que resolver el problema quieren realmente hacerlo. Pero esto es harina de otro costal.