Endogamia, omertá y corrupción en la Universidad

Mi buen amigo Rodrigo Tena comenzaba su entrada del pasado día 9 de diciembre afirmando que “en este blog no hemos conseguido nunca que un profesor de una universidad pública española escriba, con su nombre y apellidos, sobre cómo se contrata –de verdad, no sobre el papel- al profesorado y también, de paso, al personal administrativo o personal auxiliar de servicios, más conocido como PAS.” Inmediatamente me hice la pregunta que nos hacemos, al menos, los prudentes: ¿se lo digo o no se lo digo? ¿Me vuelvo a tirar a la piscina? La duda me duró poco. Así nació esta entrada. Sí, soy culpable, he publicado un artículo, no en este blog (lo que ahora corrijo), exponiendo un caso concreto, el que a mí me sucedió, sobre el cómo se proveen las plazas de profesores en las Universidades españolas. Mi caso combina lo normal con lo anormal; lo normal, entendido como lo más frecuente, que se convoque una cátedra para que gane el candidato local, el de casa, el dueño de la plaza. Y lo anormal, lo poco frecuente, que “el de fuera”, el “usurpador”, se presente a realizar las pruebas. Una vez te comunican, como fue mi caso, quién va a ser el ganador, el dueño de la plaza, la certeza del resultado hace que muchos decidan no presentarse a realizar las pruebas. Te evitas participar en un espectáculo grotesco, pero cruel, de destrucción y denigración del ladrón. Azuzado por el público entregado que pide sangre y jalea, aplaude y vitorea. En mi caso, rompí esta regla. Muchas razones me empujaron. Una, la más importante, fue la del hartazgo frente a la arbitrariedad más descarnada, sostenida por la mediocridad y la inmoralidad convertida en parámetros para la selección y contratación del profesorado. Me presté al espectáculo. Al circo. Los gritos y los aplausos siguen resonando como el sonido de la miseria. El tiempo transcurrido no apacigua la indignidad.

La incursión de este blog y de otros medios en el mundo universitario viene propiciada por un cambio general que se está produciendo en España de rechazo a la corrupción. En el último Barómetro del CIS, noviembre de 2014, la corrupción ha escalado al segundo problema grave de la situación de España, así considerado por el 63 por 100 de los encuestados. Las Universidades no son ajenas a este mal. Los medios de comunicación se están haciendo eco. Así, merece destacarse, la serie de artículos que está publicando el diario El País. He leído algunos y las columnas de opinión publicadas. Se ha abierto la veda. La denuncia de los escándalos se suceden. El último, por ahora, el de las tarjetas black de alguna Universidad. Y, más cosas que deberían salir. Muchísimas más. La Universidad desarrolla sus funciones de servicio público, el de la educación superior, en régimen de autonomía; la que, incluso, el Tribunal Constitucional, integrado mayoritariamente por catedráticos, ha considerado como un derecho fundamental (art. 27 CE). La autonomía sin control sólo puede tender al exceso y a la arbitrariedad. Forma parte de la naturaleza de las cosas, como la ley de la gravedad. La autonomía con el dinero ajeno aún más. Se es autónomo para gastar y para interpretar cuáles son exigencias económicas que se necesitan para dar satisfacción al servicio público de la educación superior encomendada. Autonomía para gastar y para pedir, sin control. Sin racionalidad. No nos puede extrañar los casos de nepotismo denunciados en alguna Universidad, como se ha hecho eco este blog. Me temo que no es una excepción. No hay racionalidad, sólo poder sin control. Y arbitrariedad.

La afirmación de Rodrigo hizo despertar los viejos fantasmas que habitan en mí. En noviembre de 2012 publiqué un artículo en la revista El Cronista en el que comentaba lo que me había sucedido con ocasión de mi participación en el concurso para la provisión de la plaza de catedrático de Derecho administrativo convocado por la Universidad Carlos III de Madrid en septiembre de 2009 y cuyas pruebas se celebraron el día 14 de diciembre del mismo año. El resultado ya me lo habían anunciado unas semanas antes: la plaza será para el candidato local. Aún así, participé. Y el resultado fue el anunciado. Mi experiencia la conté en el artículo [ver aquí]. Me atreví a romper el silencio. La endogamia se beneficia, como señala Rodrigo, de la “omertá”. Todo el mundo calla. En primer lugar, los más directamente afectados; coaccionados por un ambiente en el que el crítico corre el riesgo de ser calificado de loco, de chalado, cuando todo el mundo decide callar; el silencio cómplice. España no es una nación cómoda para el disidente. Al contrario. Es acomodaticia: “por qué me voy a molestar”; “se lo habrá buscado”. En mi caso, claro que me lo busqué. Tuve la osadía de concursar. El resultado ya estaba anunciado. Me lo habían advertido. Advertido. Sí.

Es el silencio del medio; el temor a los castigos. No es mi caso. Soy catedrático desde hace más de 11 años y cuando concurrí ya lo era desde hacía 6 años. Disfruto de una situación que me permite denunciar lo sucedido sin temor a que las represalias no pasan de una mera molestia o, incluso, chistosa, como las que me han aplicado. Entiendo que cualquier otro, en otra situación, no podría hacerlo. Se enfrenta al sistema y tiene el temor de que nunca será catedrático. Estás muerto. No es mi caso.

La endogamia se mantiene porque, dentro del sistema universitario, es más el número de los beneficiados que los perjudicados. Tiene una lista muy pequeña de perjudicados y otra inmensa de beneficiados. Todos aquéllos que saben que, con tiempo, serán catedráticos en la Universidad en la que comenzaron sus estudios. La virtud a cultivar es la de la paciencia. La de la competencia es el mayor de los pecados. El sistema los empuja y, poco a poco, lo conseguirán. La endogamia está pensada para contentar al mayor número de personas al asegurarles que, más tarde o más temprano, serán catedráticos de “su” Universidad. La Universidad para quién se la trabaja. La finca universitaria para “sus” trabajadores que tienen el legítimo derecho a que se les premie por su dedicación … a la gestión. La investigación es proporcionalmente secundaria. Hay que hacer mucha gestión. Sobreponderada en los sistema de acreditación.

Para qué cambiar un sistema que beneficia a tantos y perjudica a unos pocos. Para qué. No hay interés. Y menos, desde el Gobierno. No hay nada que ganar y mucho, muchísimo que perder. ¿Hay algún ministro de educación que quiera soportar las protestas de los universitarios “progresistas” denunciando la reforma “autoritaria” dirigida a promocionar la competitividad? Se afirmará que se quiere privatizar la Universidad. Claro. El mérito y capacidad son privados. Son lo único que tenemos todos los ciudadanos. El único patrimonio. El que pueden disfrutar, incluso los pobres, para prosperar en la vida. El mérito y la capacidad no son populares. No pueden serlo. Para qué. Competir con otros buscando la excelencia. Esto no da votos. Puede dar “botos”, pero no votos. Nadie lo hará. Hay demasiados beneficiados. Que perjudica al interés general de España y de los españoles, ¡que se fastidien!.

En definitiva, soy el raro espécimen que concursé a cátedra cuando no era “mía”, sino del candidato local, y así lo denuncié en el artículo que enlazo. Mi buena amiga Lourdes, que también sufrió un episodio como el aquí contado, me recuerda que yo ahora, cinco años después, formo parte del “sistema”. En efecto, formo parte de la Comisión de acreditación de catedráticos de Ciencias Sociales y Jurídicas de la ANECA. Algún comentarista, como Francesc de Carreras, publicaba un artículo en El País, dentro de la serie que comento, en el que incluía el procedimiento de acreditación entre los males del sistema universitario. Desde esta perspectiva, no sólo formo parte del “sistema”, sino de sus males. Confieso que cuando me propusieron formar parte de la Comisión dudé si aceptar. Y ante la duda, lo mejor es informarse y estudiar los asuntos. La acreditación certifica que los que aspiran a ocupar una plaza de catedrático o de profesor titular reúnen un mínimo de calidad (en investigación, docencia y gestión) que los califica como adecuados para participar en los procedimientos dirigidos a seleccionar a aquél que ha de ocupar la plaza correspondiente. El gran error de los que escriben sin conocer bien el asunto es que confunden acreditación con provisión de la plaza. La acreditación sólo valora las cualidades mínimas para participar en los procedimientos de selección para ocupar las plazas. No provee plazas. Es como lo que sucede con el permiso de conducir. Para manejar un vehículo, necesitamos un permiso de conducir y un coche. La acreditación es la que facilita el permiso de conducir, pero será cada Universidad la que deberá convocar la plaza, o sea, seleccionar quién de los que tienen la acreditación es el mejor para manejar el coche (la plaza) de la Universidad. Así planteado, el procedimiento de acreditación introduce un control añadido y de ámbito nacional por unas Comisiones integradas, en mi caso, por 10 miembros, todos Catedráticos de distintas áreas de conocimiento y Universidades, asistidas por expertos de cada especialidad que elaboran los informes individuales de cada solicitante. La falta de rigor llega hasta el extremo de afirmarse, para alimentar a los conspiranóicos, que somos nombrados por el Ministerio de Educación, cuando lo somos, tras un sorteo, por el Consejo de Universidades integrado por los rectores. No está libre de defectos, algunos muy graves, como el de la conexión con el procedimiento de evaluación de la calidad de la investigación (los conocidos sexenios) que premia, incluso a los malos o muy malos investigadores pero que han conseguido los cuatro sexenios, con una vía rápida para acceder a la acreditación.

La endogamia se produce en la provisión de la plaza, o sea, la selección de quién ocupará la plaza convocada. Está completamente en manos de las Universidades. Y la utilizan para premiar a su candidato. Aquí vale todo, desde elegir a los amigos, incluso aquéllos que no forman parte del ámbito científico de la plaza, por ejemplo, catedráticos de Geografía que participan en una comisión de Derecho, hasta introducir perfiles a la plaza como el título de la tesis doctoral del candidato local. Cualquier sistema vale para cerrar el paso a la competencia. Al concurso para la provisión de la plaza pueden participar todos los que ya son catedráticos (porque ya ocupan una plaza en otros Universidad española) y los que han obtenido la acreditación por parte de la ANECA (la Comisión de la que formo parte). Si el procedimiento fuese limpio, abierto, competitivo, riguroso y no arbitrario, haría posible que la selección del mejor por parte de Comisiones independientes, elegidas por sorteo, resultaría de la competencia entre un amplio elenco de candidatos. Como los rectores tienen que beneficiar a su clientela, invierten el sistema para cerrarlo al máximo, para que, como la fruta madura, sólo caiga del lado de su postulante, el que ha controlado todo el proceso desde el primer minuto, incluidas las bases y los miembros del Tribunal. Cuando leía el Auto del Magistrado Ruz, en el asunto de la Gürtel y cómo describía la mecánica de la corrupción, me sorprendí preguntándome qué pensaría si conociera que lo mismo que él califica como delictivo es la práctica habitual en la provisión de las plazas. El candidato local influye decisivamente en todo el procedimiento sobre “su” plaza. Es corrupción cuando se trata de un contrato de 10.000 euros para organizar un evento en el que asiste la Presidenta de la Comunidad, pero cuando se trata de la adjudicación de una plaza de catedrático es … endogamia.

En definitiva, la endogamia es el fruto de una regulación que entrega a la autonomía universitaria el procedimiento de provisión de las plazas de profesores, lo que permite que personajes como los que comento pueden campar a sus anchas haciendo realidad la arbitrariedad más absoluta. Si fueran políticos diríamos que se trata de prácticas corruptas. En el mundo universitario, todo es más sutil, más delicado, más intelectual. Lo que para los políticos es corrupción, para los universitarios es discrecionalidad técnica. Que no haya ninguna Universidad española entre las 200 del mundo, es un daño colateral. Insignificante. Ridículo. Así nos va.

“Los reyes magos son los padres”: reflexiones sobre lo que ofrece Podemos

Los periódicos se han llenado de análisis y referencias al nuevo partido, Podemos, capaz hoy de cuestionar la victoria en las elecciones autonómicas del 2015, e incluso amenazar la victoria en las elecciones generales. El análisis de este éxito se ha repetido muchas veces: un diagnóstico acertado de lo que ha llevado a España a la actual situación, y un hartazgo de los ciudadanos al asistir cada día a un nuevo caso de corrupción que afecta a los partidos que han protagonizado la vida política en España desde la Transición.

Podemos no solo ha sido capaz de transmitir un mensaje de regeneración convincente, ha sido también capaz de transmitir una imagen diferente. No puede sorprender la demanda de la sociedad española de una propuesta regeneracionista, pero sí sorprende la aceptación de la propuesta económica de este nuevo partido. En un análisis trivial podríamos considerar que algunas de sus propuestas económicas son atrevidas, y otras simplemente disparatadas. Los datos muestran que un 40% de su intención de voto son personas que consideran sus propuestas económicas irrealizables, pero prefieren apostar por un modelo diferente, o por un voto de castigo a las propuestas tradicionales. Aún bajo estas premisas, la aceptación y la ilusión que estas medidas generan en un porcentaje importante de la sociedad merecen un análisis diferente, ¿por qué es tan atractivo el mensaje de Podemos?

La caída del muro de Berlín parecía ofrecer una clara oportunidad para sacar conclusiones definitivas sobre los dos modelos económicos que se habían impuesto tras la segunda guerra mundial: el modelo capitalista y el modelo socialista. Un país como Alemania había quedado dividido en dos, y cada mitad había aplicado un modelo. Tras 28 años, podían compararse los resultados. El fracaso del modelo socialista fue bastante evidente. Si la caída del muro de Berlín parecía vaticinar el final de la utopía socialista, el desarrollo del Estado del Bienestar en Europa, y en especial el éxito del modelo en los países nórdicos ha mantenido viva la esperanza de un modelo que permita generar riqueza, y al tiempo ofrecer una seguridad a todos los ciudadanos basada en la socialización y en la solidaridad. Hoy, 25 años después de la caída del muro,  muchas de las propuestas de la utopía socialista que representa Podemos siguen manteniendo su atractivo y su vigencia … a pesar de sus reiterados fracasos.

La entrevista de Jordi Évole a Pablo Iglesias en el programa Salvados (ver aquí), sin duda tuvo algunos momentos realmente interesantes. Uno de los que más me llamó la atención es el momento en que Jordi le pregunta sobre cómo se nacionaliza una empresa. La respuesta de Pablo Iglesias es inapelable: “Con un decreto”.  Es tan atractivo pensar que las dificultades de la vida se superan con una ley. Es tan atractivo pensar que la solución a todos nuestros problemas económicos es una “ley de emprendimiento”, o una “ley de la felicidad”. Otra de las propuestas estrella del programa de Podemos es la creación de nuevas plazas de funcionarios. Nada hay más sencillo que luchar contra el paro creando puestos de funcionarios. Que el salario de esos funcionarios deba salir de unos impuestos que alguien debe pagar, nos despierta del sueño de la sencillez de la propuesta, pero no siempre queremos despertar. Es tan sencillo pensar que basta la intervención del Estado para solucionar todos nuestros problemas. Para responder a la difícil pregunta del origen del dinero que debe pagar el sueldo de los nuevos funcionarios, la renta básica universal, o las nuevas pensiones, siempre nos gusta pensar que la lucha contra el fraude fiscal o los impuestos a los ricos serán la solución. En otro momento de la entrevista de Jordi Evole, plantea a Pablo Iglesias la “dificultad” de cuadrar esas cuentas basadas en el fraude fiscal, incluso en supuestos muy generosos. En la respuesta Pablo Iglesias no se desanima. El descuadre no es un inconveniente, solo es preciso tener fe en la solución propuesta.

Quizás la explicación que mejor define el éxito del modelo socialista de partidos como Podemos es el miedo al futuro. Todos sentimos vértigo al futuro. Todos necesitamos pensar que si todo va mal, que si la vida se pone difícil, el Estado siempre estará ahí para ayudarnos y sacarnos adelante. Incluso el lenguaje muestra como las personas percibimos el futuro. Hablamos de “por-venir”, para referirnos a ese futuro que siempre nos atemoriza. Preferimos pensar en un futuro que vendrá, y nosotros solo tenemos que esperarlo, y reclamar nuestra cuota de felicidad. Si el Estado reparte la felicidad aplicando el principio del igualitarismo, a nosotros nos tocará nuestra parte, pase lo que pase. Ese es el gran atractivo de las propuestas de partidos como Podemos.

La realidad es que deberíamos hablar del futuro como un “por-hacer”. Un futuro que tenemos que construir cada uno de nosotros. Pero eso infunde más temor. “Hacer” exige esfuerzo y entraña riesgos.  Como señalaba José Antonio Zarzalejos en un reciente artículo sobre las consecuencias del retroceso de la clase media en España (ver aquí) el miedo al futuro nos lleva a pedir seguridad a cambio de libertad, nos lleva a primar la socialización en vez del mérito y el emprendimiento; y la cerrazón en vez de la apertura.

La economía es una disciplina poco intuitiva. En gran medida es muy contra-intuitiva. Los economistas nunca han tenido demasiado éxito intentado explicar por qué un despido más barato ayuda a crear más empleo, o por qué unas prestaciones sociales demasiado generosas pueden dificultar el crecimiento económico, o por qué políticas proteccionistas para los productos locales no son las más apropiadas, o por qué los “impuestos a los ricos” no suelen ser la respuesta a la falta de ingresos fiscales. Los debates sobre los “mitos de la economía” o sobre los “sofismas de la economía” han sido una de las constantes de las últimas décadas. De las muchas y brillantes muestras, este artículo (ver aquí) es un buen aperitivo para los no iniciados. Quizás no todos compartan los sofismas planteados, pero ofrece una idea clara de cómo conceptos económicos que percibimos como intuitivos son considerados por muchos economistas no solo erróneos, sino nocivos. A veces es necesario recordar que la idea misma de la bondad de la “competencia” en los mercados no se abre camino hasta bien entrado el siglo XIX, y antes los monopolios siempre fueron considerados la mejor opción. El liberalismo en los mercados es una idea compleja y nada intuitiva.

El debate no es sencillo. Defender que es mejor educar a un niño en el egoísmo que en el igualitarismo y la solidaridad sería tachado de despropósito por la mayoría de nosotros. Y sin embargo, lo que muchos economistas nos intentan transmitir es que el mérito no premiado conduce a la desilusión y a la apatía, y por ello el igualitarismo conduce a la pobreza. Difícil tarea.

El debate sobre liberalismo o intervencionismo han llenado páginas y libros. Solo queda lamentarnos que adentrándonos en el siglo XXI seguimos sin verdades irrefutables y concluyentes. Lo que debe contar en el debe de los economistas. En el artículo reseñado anteriormente María Blanco recuerda la afirmación del economista Bastiat, economista del XIX y considerado uno de los mejores divulgadores del liberalismo de la historia, que afirmaba que los intervencionistas siempre parten con ventaja, porque defender la libertad es más difícil. La tentación de dejarnos llevar por el intervencionismo es casi irresistible, porque muestra un mundo mucho más sencillo. Esa es la promesa de partidos como Podemos que siempre han aparecido a lo largo de la historia en momentos de crisis y deslegitimación de la clase política. Un mundo sencillo en que el Estado nos resolverá todos nuestros problemas aplicando los sencillos e intuitivos principios del igualitarismo y la solidaridad.

Los modelos económicos pretenden transmitir incentivos correctos a la sociedad. Es de las verdades inapelables que muestra la economía. Las personas responden a los incentivos. Si estos son correctos, son las personas las que generarán riqueza y bienestar para toda la sociedad. Si son incorrectos es seguro el fracaso. Un gobierno que no promueva el mérito y el emprendimiento siempre ha terminado en fracaso. La utopía igualitaria promovida desde la demagogia siempre ha terminado en fracaso y pobreza.

El verdadero desafío es encontrar ese modelo económico que promueva un equilibrio entre el premio al riesgo, al mérito y al emprendimiento, y la cobertura social para todos aquellos que lo precisan, sin que ello desincentive la búsqueda de un futuro mejor. Lástima que los economistas sigan fracasando en sus intentos de ofrecer respuestas concluyentes y definitivas. Mientras, las crisis económicas siempre vendrán acompañadas de propuestas de soluciones sencillas e intuitivas, basadas en la utopía igualitaria. La historia se repite y el final nunca fue feliz.