Post de nuestra coeditora Elisa de la Nuez en Vox Pópuli: ¿No nos representan? Pues puede ser que no

Hace unas semanas, el catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos y miembro de Transparencia Internacional, Manuel Villoria, en una conferencia en Valencia nos recordaba con unos datos muy expresivos la distancia que media hoy entre nuestros representantes políticos y la ciudadanía, y no solo en España aunque quizá aquí el fenómeno, por lo brusco y relativamente reciente, sorprende más. Sobre todo a la clase política. El caso es que de las encuestas del CIS resulta nada más y nada menos que tres de cada cuatro españoles creen que el Parlamento no les representa, el 80% desaprueba el trabajo del Congreso y el 85% consideran que los diputados no trabajan con honestidad.  Vamos, que no nos representan.

Pero quizá lo más curioso es comparar estos resultados con los de otra encuesta (que sirvió de base a un estudio del CIS del año 2005) hecha a los propios diputados. Resulta que es otro mundo. El 93% de los diputados contestaron que tenían en cuenta bastante o mucho la opinión de los ciudadanos de su circunscripción al tomar sus decisiones (frente a un 38,8 % de ciudadanos que pensaba así) y el 85,8% afirmaron que sí tenían en cuenta bastante o mucho la opinión pública a la hora de tomar sus decisiones (solo un 34% de los ciudadanos pensaba así). Eso sí,  el 83% de los diputados reconocía que tenían en cuenta bastante o mucho la opinión de los miembros de sus partidos al tomar las decisiones. Por el contrario y de forma harto sorprendente, los ciudadanos solo pensaban así en un 50%.

Vistos estos datos (probablemente de repetirse ahora la encuesta arrojaría todavía una divergencia todavía mayor) a nadie le puede sorprender que nuestros representantes anden tan despistados a la hora de planificar sus campañas electorales. O lo que es casi peor; parece que lo único que le preocupa de verdad es la confección de las listas, confirmando así el sentir ciudadano de que  los políticos y los partidos van “a lo suyo” (es decir, a repartirse cargos y puestos más o menos lucrativos) y que “pasan” de los problemas que agobian a los ciudadanos. Véase el caso de la reciente decisión sobre el adelanto de las elecciones catalanas donde las grandes discusiones han versado sobre lista conjunta sí o lista conjunta no. Hasta “el procés” parecía algo secundario frente a la urgencia de saber a cuantos escaños se toca. Así las cosas, parece complicado venderle a la gente que los políticos se interesan de verdad por los intereses generales, o que están dispuestos a reflexionar y a debatir con seriedad sobre las grandes cuestiones que van a marcar nuestro futuro, ya se trate de paro, educación, sanidad, corrupción, organización territorial, etc, etc.

El problema es que debatir con honestidad y rigor sobre estas cuestiones no es tarea fácil. De entrada hay que hacer un diagnóstico que supone reconocer la parte correspondiente de responsabilidad. Y luego hay que ponerse a buscar gente preparada, que sepa del tema y que proponga soluciones realistas, y estos perfiles no abundan en nuestros partidos, para qué nos vamos a engañar. Así que es bastante más sencillo reducir las discusiones a quien va a ir de candidato y en qué puesto. Lo de menos es qué piensa o qué dice el candidato sobre estos grandes temas; probablemente porque ni dice ni piensa nada más allá del argumentario que tenga a bien proporcionarle el partido

Es verdad que hasta hace relativamente pocos años las épocas electorales, pese a todo, daban lugar a una cierta reflexión en el seno de los partidos – incluso con colaboración de expertos externos e independientes- sobre  temas importantes, reflexiones que se volcaban normalmente en un programa electoral más o menos sesudo. Pero ya hemos comprobado que a la hora de gobernar los programas electorales son papel mojado  para el líder político que se enfrenta con la dura realidad -con la que la parecer no se contaba cuando se realizaban esos ejercicios teóricos- como explicó nuestro actual Presidente del Gobierno antes de tirar el suyo a la basura. Así  no hay que extrañarse de que la gente desconfíe de programas y promesas electorales. Así que previsiblemente el periodo electoral se centrará más en las personas que en las ideas.

No parece muy difícil entender entonces que haya pocos ciudadanos (más allá de los afectados directamente, claro está, y de los periodistas de salón a los que les gustan las intrigas cortesanas) que estén interesados en esta laboriosa tarea de elaborar las listas electorales dado que, aparte de votarlas o no, no se puede gran cosa con unas listas bloqueadas y cerradas. Las ideas sobre qué hacer con España, que diría Cesar Molinas, dan bastante más de sí pero suponen también un riesgo, especialmente para los que no las tienen o para los que incluso teniéndolas temen que las suyas no coincidan con las del líder de cuyo dedo dependen.

Los motivos por los cuales nuestros viejos partidos están tan lejos de las preocupaciones de la ciudadanía son múltiples y variados y van desde la falta de la democracia interna hasta su conversión en agencias de colocación a costa de las instituciones, pasando por la falta de mecanismos de participación de afiliados y simpatizantes, la falta de transparencia y la financiación irregular. Pero a mi juicio es en su incapacidad para servir como cauce de participación y de reflexión política sobre los grandes temas que tanto nos preocupan donde encontramos el síntoma más preocupante de su creciente falta de representatividad.

No en vano en su magnífico libro “Ruling the void”  (subtitulado “The hollowing of western democracy”)  su autor Peter Mair, ya desaparecido, subraya que el fracaso de los partidos políticos es el propio fracaso de las modernas democracias representativas.

Lucha de castas

El conflicto es la base de la evolución (el pez grande devora al chico) y al mismo tiempo parte esencial del gran teatro del mundo calderoniano, donde todo debe cambiar (lampedusianamente) para que todo siga igual.

Mucho ha llovido desde que un todavía joven Marx anunciara al mundo que la realidad era consecuencia de una lucha de clases, donde los unos, que dominaban los medios de producción, explotaban a los otros, que trabajaban alienados para ellos. Aunque antes que Marx algunos otros (por ejemplo, Maquiavelo) habían detectado ya este fenómeno, según su extraña profecía cuando acabara esa lucha de clases, tras un “breve y necesario” paso por la dictadura del proletariado, acabarían todos los males. Sin embargo, ni la dictadura del proletariado fue breve ni del proletariado, ni las clases desaparecieron, simplemente cambiaron. En unos casos los ricos fueron sustituidos por la nomenclatura, en otros la clase media llegó a ser la dominante.

Mucho ha llovido, pero la tierra mojada nos presenta hoy una nueva realidad que suena ya a vieja. La ilusión de la igualdad se ha quedado en simple ilusión, más formal que real: para unos un eslogan con el que esconder sus verdaderas intenciones, para otros algo imposible o tal vez incluso indeseable. En los últimos decenios, bajo una sociedad formalmente solidaria y un Estado del bienestar que parecía potente, en realidad los más y los menos (todos) buscaban acumular privilegios. De eso se trataba y de eso se sigue tratando, aunque no nos diéramos cuenta.

Se hablaba de “derechos” (que son por esencia para todos) pero en realidad se buscaban privilegios (solo para algunos). Es entonces cuando las clases tradicionales se transmutan en diferentes castas: la casta económica-financiera, la casta política, la casta sindical, la casta nacionalista, la casta universitaria, la casta de los subvencionados… La diferencia entre las castas está en el tamaño y cantidad de sus privilegios, y en los costes que tienen en conseguirlos y en mantenerlos. Pero a fin de cuentas todos buscan lo mismo: adquirir e incrementar sus privilegios. Los que eran ricos buscaban seguir siéndolo, y los que no lo eran buscaban serlo y seguir siéndolo después, los que tenían poder buscaban seguir teniéndolo, y los que no lo tenían buscaban conseguirlo y luego seguir teniéndolo después.

Bajo el paraguas de la igualdad y la libertad, en realidad de lo que se trataba era de entrar en alguna de esas castas para obtener su protección y sus ventajas. Desde esa óptica tan “progresista” se negociaron, por ejemplo en nuestro país, la recuperación de los fueros vascos y navarros, ante la comprensión de otras castas: no importa que unos aumenten sus privilegios si nosotros también podemos incrementar los nuestros. O se comprende la actuación de algunos sindicatos en el sector público.

Si además uno o una podía pertenecer a más de una casta entonces el negocio era perfecto. Por ejemplo, si se era miembro de la casta política y además se era nacionalista, ¡bingo! doble privilegio. Si se era de la casta nacionalista, seguramente al mismo tiempo se estaría en la casta de los subvencionados, y si no, siempre le quedaba al afectado el consuelo de formar parte de un grupo dominante que podía mirar por encima del hombro a los descastados (por ejemplo los no nacionalistas en su territorio). Si se era parte de la casta universitaria, y además se podía entrar en política pues ¡bingo!, doble privilegio…, y así en el resto.

Lo que tienen en común las castas es que los requisitos de entrada suelen ser laxos, lo más importante es hacer favores o tener relaciones, pero una vez dentro es como si se perteneciera a una hermandad o a una secta: es para siempre. Pueden pelearse entre ellos, pero en realidad es mucho más lo que tienen en común que defender. Suelen ser más agresivos con los que amenazan sus privilegios desde fuera que con el resto de castas, con las que al final pueden llegar siempre a formalizar algún tipo de acuerdo.

La novedad del contexto actual es que las castas comienzan a pelearse entre ellas porque el sistema ya no puede sostener el continuo incremento de los privilegios de todos. No es que a la casta universitaria le importen mucho los problemas reales de la gente. La prueba es que solo se han movilizado cuando “los recortes” han afectado directamente a sus propios privilegios, en los que cómodamente venían instalados hasta entonces.

Como casi siempre ocurre en la historia no son los desposeídos (o descastados) los que logran vencer a los poderosos, sino otros poderosos con la habilidad para encabezar el descontento popular. Hoy la lucha se produce (tal vez) entre las castas política y económica, por un lado, y la casta universitaria y la de los subvencionados, por otro. Si ganan estos habrá una nueva nomenclatura que asumirá nuevos privilegios, como han venido haciéndolo siempre, solo que antes era en pequeña escala, ahora lo harán a lo grande. Y mientras los descastados asistirán a una nueva frustración por creerse que una casta era mejor que otra.

Tal vez sea imposible un mundo sin clases o sin castas, pero al menos deberíamos intentar lograr que en este país los privilegios fueran la excepción y no la regla, y solo para quien se los merezca, y solo mientras se los merezca. Para ello, la casta-clase media, la de la gente que trabaja, se esfuerza y paga impuestos, debe tomar de nuevo el poder. Ésta es la auténtica revolución. La de volver a ser gente sensata, honrada y normal.

Lucha de castas

El conflicto es la base de la evolución (el pez grande devora al chico) y al mismo tiempo parte esencial del gran teatro del mundo calderoniano, donde todo debe cambiar (lampedusianamente) para que todo siga igual.

Mucho ha llovido desde que un todavía joven Marx anunciara al mundo que la realidad era consecuencia de una lucha de clases, donde los unos, que dominaban los medios de producción, explotaban a los otros, que trabajaban alienados para ellos. Aunque antes que Marx algunos otros (por ejemplo, Maquiavelo) habían detectado ya este fenómeno, según su extraña profecía cuando acabara esa lucha de clases, tras un “breve y necesario” paso por la dictadura del proletariado, acabarían todos los males. Sin embargo, ni la dictadura del proletariado fue breve ni del proletariado, ni las clases desaparecieron, simplemente cambiaron. En unos casos los ricos fueron sustituidos por la nomenclatura, en otros la clase media llegó a ser la dominante.

Mucho ha llovido, pero la tierra mojada nos presenta hoy una nueva realidad que suena ya a vieja. La ilusión de la igualdad se ha quedado en simple ilusión, más formal que real: para unos un eslogan con el que esconder sus verdaderas intenciones, para otros algo imposible o tal vez incluso indeseable. En los últimos decenios, bajo una sociedad formalmente solidaria y un Estado del bienestar que parecía potente, en realidad los más y los menos (todos) buscaban acumular privilegios. De eso se trataba y de eso se sigue tratando, aunque no nos diéramos cuenta.

Se hablaba de “derechos” (que son por esencia para todos) pero en realidad se buscaban privilegios (solo para algunos). Es entonces cuando las clases tradicionales se transmutan en diferentes castas: la casta económica-financiera, la casta política, la casta sindical, la casta nacionalista, la casta universitaria, la casta de los subvencionados… La diferencia entre las castas está en el tamaño y cantidad de sus privilegios, y en los costes que tienen en conseguirlos y en mantenerlos. Pero a fin de cuentas todos buscan lo mismo: adquirir e incrementar sus privilegios. Los que eran ricos buscaban seguir siéndolo, y los que no lo eran buscaban serlo y seguir siéndolo después, los que tenían poder buscaban seguir teniéndolo, y los que no lo tenían buscaban conseguirlo y luego seguir teniéndolo después.

Bajo el paraguas de la igualdad y la libertad, en realidad de lo que se trataba era de entrar en alguna de esas castas para obtener su protección y sus ventajas. Desde esa óptica tan “progresista” se negociaron, por ejemplo en nuestro país, la recuperación de los fueros vascos y navarros, ante la comprensión de otras castas: no importa que unos aumenten sus privilegios si nosotros también podemos incrementar los nuestros. O se comprende la actuación de algunos sindicatos en el sector público.

Si además uno o una podía pertenecer a más de una casta entonces el negocio era perfecto. Por ejemplo, si se era miembro de la casta política y además se era nacionalista, ¡bingo! doble privilegio. Si se era de la casta nacionalista, seguramente al mismo tiempo se estaría en la casta de los subvencionados, y si no, siempre le quedaba al afectado el consuelo de formar parte de un grupo dominante que podía mirar por encima del hombro a los descastados (por ejemplo los no nacionalistas en su territorio). Si se era parte de la casta universitaria, y además se podía entrar en política pues ¡bingo!, doble privilegio…, y así en el resto.

Lo que tienen en común las castas es que los requisitos de entrada suelen ser laxos, lo más importante es hacer favores o tener relaciones, pero una vez dentro es como si se perteneciera a una hermandad o a una secta: es para siempre. Pueden pelearse entre ellos, pero en realidad es mucho más lo que tienen en común que defender. Suelen ser más agresivos con los que amenazan sus privilegios desde fuera que con el resto de castas, con las que al final pueden llegar siempre a formalizar algún tipo de acuerdo.

La novedad del contexto actual es que las castas comienzan a pelearse entre ellas porque el sistema ya no puede sostener el continuo incremento de los privilegios de todos. No es que a la casta universitaria le importen mucho los problemas reales de la gente. La prueba es que solo se han movilizado cuando “los recortes” han afectado directamente a sus propios privilegios, en los que cómodamente venían instalados hasta entonces.

Como casi siempre ocurre en la historia no son los desposeídos (o descastados) los que logran vencer a los poderosos, sino otros poderosos con la habilidad para encabezar el descontento popular. Hoy la lucha se produce (tal vez) entre las castas política y económica, por un lado, y la casta universitaria y la de los subvencionados, por otro. Si ganan estos habrá una nueva nomenclatura que asumirá nuevos privilegios, como han venido haciéndolo siempre, solo que antes era en pequeña escala, ahora lo harán a lo grande. Y mientras los descastados asistirán a una nueva frustración por creerse que una casta era mejor que otra.

Tal vez sea imposible un mundo sin clases o sin castas, pero al menos deberíamos intentar lograr que en este país los privilegios fueran la excepción y no la regla, y solo para quien se los merezca, y solo mientras se los merezca. Para ello, la casta-clase media, la de la gente que trabaja, se esfuerza y paga impuestos, debe tomar de nuevo el poder. Ésta es la auténtica revolución. La de volver a ser gente sensata, honrada y normal.