Comentario a la sentencia 648/2015 de la Sala de lo Militar del TS (o el “lenguaje cercano” del Ejército español)

La historia militar nos demuestra que los ejércitos más efectivos en el campo de batalla son aquellos que logran una mayor complicidad entre mandos y tropa. En este aspecto el ejército israelí es paradigmático. Según Raful Eitan, que participó en la guerra de la independencia y terminó como General en Jefe del Estado Mayor (A Soldier’s Story: The Life and Times of an Israeli War Hero) las relaciones entre oficiales y soldados en el ejército israelí han sido siempre especialmente estrechas. Señalaba que la mayor parte de los ejércitos modernos no fomentan esas relaciones de confianza mutua y respeto, lo que en su opinión constituía un grave error, al menos para los ejércitos que aspiran a ser operativos en el campo de batalla. El oficial debe escuchar a sus subordinados, comprenderles, asistirles y saber jugar el papel de educador y motivador. El resultado es una relación de camaradería informal que choca a cualquiera que proceda de otra tradición.

No es ni el primer ni el único caso. Por citar otro localizado en las antípodas (y creo que más en las antípodas no puede estar): el ejército nazi. William Shirer (¿ha existido alguna vez un cronista mejor?), en la entrada del 27 de junio de 1940 de su legendario Berlin Diary, destacaba que uno de los factores decisivos que explicaban el fulgurante triunfo alemán en el Oeste era el espíritu de camaradería entre soldados y oficiales y, especialmente, la sorprendente relación de igualdad y respeto entre unos y otros, única en los ejércitos de la época. Con sus propias palabras:

“There is a sort of equalitarianism. I felt it from the first day I came in contact with the army at the front. The German officer no longer represents — or at least is conscious of representing — a class or caste. And the men in the ranks feel this. They feel like members of one great family. Even the salute has a new meaning. German privates salute each other, thus making the gesture more of a comradely greeting than the mere recognition of superior rank. In cafes, restaurants, dining-cars, officers and men off duty sit at the same table and converse as men to men. (…) The respect of these ordinary soldiers for their colonel would be hard to exaggerate. Yet it was not for his rank, but for the man. Hitler himself has drawn up detailed instructions for German officers about taking an interest in the personal problems of their men.”

Hemos visto la opinión de Raful Eitan y de William Shirer sobre una de las razones principales que convirtieron esos ejércitos en leyenda (en cuanto a su eficacia militar, al menos, que es para lo que los países suelen tener ejércitos). Comprobemos ahora la opinión del Capitán Erasmo (o quizás mejor -sin exagerar prácticamente nada- la opinión de la Justicia Militar española).

El capitán Erasmo, según nos dice la sentencia del Tribunal Militar Territorial Quinto, “en la creencia de que al hacerlo así era más fácil la compresión de sus instrucciones, al utilizar un lenguaje más cercano a sus subordinados”, solía dirigirse a ellos, “con una finalidad pedagógica” y “sin distinción de empleo ni de sexo”, con expresiones del tipo: “deja de hacerte pajas”, “no te hagas pajas mentales”, “no tienes ni puta idea”, “inútil”, “espabila”, “ponte las pilas”, “solo sabes que la pieza está pintada de verde”, “no quiero gordos ni gordas en mi Batería”, “menos abrir la nevera”, “estás gordo”, “vergüenza os debería dar poner la mano al final de mes para cobrar”, “¿os gusta ir al cajero y tener dinerito por la cara?”

En el caso concretamente estudiado en la sentencia, originado en base a una denuncia de una sargento de su unidad, ante una pregunta formulada por esta, contesta: “deja de hacerte pajas; no, mejor, como tú eres mujer deja de hacerte dedillos y piensa”; en otro contexto: “inútil, no tienes ni puta idea, ponte las pilas, ¿para qué coño te quiero, si no sabes ni siquiera alinear una formación?”; tras sufrir la sargento un accidente con un camión en el resultó lesionada: “eres una inútil, no te da vergüenza lo que estás haciendo, eres peor que un soldado renegado de Infantería, no me importa que estés grabando”, “¡lo que faltaba, la Batería tiene una sargento que se cae de los camiones y que encima le dan ataques de ansiedad!”; al poco tiempo “volvió a preguntarle de nuevo si estaba rebajada, cuestionando ante el personal que estuviera lesionada, diciéndole que se dejase de inventar cosas y de traer papelillos del acupuntor”, y otra serie de lindezas semejantes que omito, durante un periodo prolongado de tiempo.

En cualquier caso, el Tribunal Militar absuelve al capitán Erasmo, con todos los pronunciamientos favorables, del delito de abuso de autoridad del art. 106 del Código Penal Militar, cuyo tenor es el siguiente:

“El superior que tratare a un inferior de manera degradante o inhumana será castigado con la pena de tres meses y un día a cinco años de prisión.”

Parece deducirse de la sentencia de instancia que la absolución se fundamenta en que la conducta enjuiciada no reviste el mínimo de gravedad necesario, pues el trato del capitán a sus subordinados es indiscriminado, “sin distinción de empleo ni de sexo”, lo que en definitiva prueba no tanto una voluntad de humillar a la sargento, sino su “creencia de que al hacerlo así era más fácil la compresión de sus instrucciones, al utilizar un lenguaje más cercano a sus subordinados”. En definitiva, que el que humilla a todos, no humilla realmente a ninguno.

La Sala de lo Militar del TS confirma la sentencia (aquí) después de dedicar tres cuartas partes de su contenido a explicar lo difícil que es, conforme a la jurisprudencia de TEDH, casar una sentencia absolutoria y condenar a continuación (pues exige revisar exhaustivamente las pruebas con audiencia al procesado y respeto de los principios de inmediación y contradicción). Dado que el Tribunal de instancia ha hecho una valoración en base a una extensa prueba testifical, no procede revisarla de nuevo, pese a reconocer que la citada doctrina jurisprudencial no es de aplicación a los casos en que, manteniéndose los hechos probados, se discute únicamente su subsunción en la norma a través de un debate meramente jurídico.

Precisamente sobre este último punto empieza el único voto particular discordante a triturar la opinión de la mayoría. Si hay un caso en que es posible condenar sin repetir las pruebas es precisamente este, en el que los hechos están suficientemente probados y se discute únicamente su subsunción en el tipo. Apunta seguidamente que la intención con la que se realiza el trato degradante es completamente irrelevante, como ha señalado el propio TEDH, por lo que no es necesario sobre este punto ninguna nueva valoración de prueba. En cuanto al argumento de que el capitán trataba a todo el mundo igual (de mal), es obvio que esa circunstancia no puede constituir una eximente. Lo que esa generalidad excluye es la discriminación por sexo, no el trato degradante. Termina señalando que si un comportamiento semejante no se puede admitir en el ámbito civil, menos aun en el militar, donde los principios de jerarquía y disciplina no exigen nada parecido.

Es terrible darse cuenta de que hasta Hitler (véase la cita de Shirer) hubiera estado de acuerdo en este punto (aunque fuese por motivos exclusivamente operativos). No, sin embargo, un Tribunal Militar de un país democrático.

Pero con independencia de este voto particular, hay un punto de la sentencia del TS que merece reflexión: si es tan difícil casar una sentencia absolutoria, resulta absolutamente prioritario reflexionar sobre el funcionamiento y composición de nuestros Tribunales Militares. Si los que juzgan ostentan una mayor proximidad con los mandos que con los suboficiales y soldados (por diferentes motivos) tenemos un problema muy serio a la hora de condenar los abusos de todo tipo cometidos por los primeros. ¿Qué opinaríamos si los conflictos entre las sociedades cotizadas y sus accionistas los juzgasen una clase de jueces insaculados entre los consejeros de las sociedades cotizadas? Pueden ser muy honestos, ¿pero no apreciaríamos cierto sesgo un tanto peligroso? (Véanse, en cuanto a la composición de estos tribunales, los arts. 46 y ss de la Ley Orgánica 4/1987 de competencia y organización de la jurisdicción militar).

Mientras tanto el capitán Erasmo regresa a su Batería. Aunque el TS de una manera un tanto huera termina afirmando que la absolución no excluye que su conducta pueda ser “objeto de valoración en la vía disciplinaria propia de las Fuerzas Armadas, por si hubiera lugar a extraer consecuencias sancionadoras de estos hechos”, sus subordinados ya saben a qué atenerse. Cabe imaginar la relación de camaradería, confianza y respeto mutuo que reinará en esa unidad. Ahora solo hay que esperar a la prueba del fuego real. Quizás Eitan y Shirer estén equivocados.

Artículo en Voz Pópuli de Elisa de la Nuez: Meritocracia y competencia: una asignatura pendiente en las Administraciones Públicas españolas

A estas alturas es difícil que alguien niegue que una Administración Pública meritocrática, profesional e independiente es algo esencial para nuestro futuro como país. Los estudios realizados por el Instituto para la Calidad del Gobierno de la Universidad de Gotemburgo, dirigidos por el profesor Bo Rothstein, y donde trabaja el experto nacional Victor Lapuente, son suficientemente elocuentes cuando relacionan positivamente la meritocracia con la calidad del Gobierno y con la lucha contra la corrupción. En definitiva, los datos nos dicen que sin una Administración meritocrática y neutral no es posible un buen gobierno y una democracia de calidad.

Es verdad que nuestros políticos, especialmente los del PP, suelen presumir de meritocracia (“el gobierno de los más preparados”) pero la realidad se empeña en llevarles la contraria. Demasiadas veces lo de “bien preparados” no es más que un eufemismo. Los hechos nos demuestran que los candidatos se eligen por razones de afinidad o de proximidad, más que de competencia y profesionalidad. Una vez elegido, lo que se trata es de adornar el cv lo más posible, aunque esto exija inventarse algún título o algún máster por el camino o plagiar alguna tesis doctoral. Claro que a  veces ni de esa forma hay manera de adecentar una trayectoria de “apparatchik” pura y dura –sobre todo si no se tiene alguna oposición- pero eso tampoco representa un gran problema. Así tenemos casos como los de Ana Mato o Leire Pajín, por poner un ejemplo de de cada partido, ascendidas al Ministerio de Sanidad por sus muchos servicios a la organización y cuyos méritos y competencia para ocupar el puesto eran sencillamente inexistentes. 

Bueno, dirán ustedes, pero estos puestos son al fin y al cabo de políticos y para políticos. Nadie pretende que un Ministro o un Consejero autonómico sepa nada de nada. Pues la verdad es que yo debo de ser un tanto especial, porque a mí me parece que para ocupar un cargo público hay que saber bastantes cosas, o por lo menos algunas tan básicas como hablar bien en público, tener capacidad de liderazgo, saber gestionar un equipo y elegir con criterio a los colaboradores directos. Tampoco me parece mucho exigir, ya puestos,  algún conocimiento previo del sector que les toque en suerte. Así quizás nos evitaríamos pasar vergüenza ajena cuando abren la boca en un acto público. Si hay que recompensar a alguien que carece de esas mínimas competencias por los servicios prestados a un partido político (o a su líder) mejor que no sea con un Ministerio, una Consejería o un cargo público importante ¿no les parece?

Pero es que lo que ocurre es que un cargo público de estas características, que no sabe donde se mete, tiende a rodearse de un equipo donde priman las consideraciones de lealtad sobre las de competencia profesional y mérito, entre otras cosas porque alguien que no ha hecho una carrera meritocrática en un sector determinado es muy difícil que sea capaz de identificar correctamente la competencia y el mérito. En este punto conviene recordar algo muy importante: los puestos directivos de la Administración se eligen todos por libre designación y sobre todo de libre cese. No estamos hablando de los famosos asesores que se pueden nombrar libremente entre amigos y familiares, que son cargos de confianza y que constituyen el “botín” a repartir por los partidos que ganan las elecciones por lo que resultan tan difíciles de limitar incluso en épocas de crisis. Nos estamos refiriendo a puestos de funcionarios, que también han empezado a convertirse estos últimos años en otro botín a repartir, eso sí entre los funcionarios afines.

En definitiva, estamos ante lo que la doctrina ha llamado “el dilema del techo de cristal del funcionario neutral”. El funcionario profesional, independiente y neutral tiene un problema cada vez mayor en las Administraciones españolas para llegar a los puestos más altos de su carrera profesional, porque son puestos de libre designación, y allí salvo honrosas excepciones se prefiere a “gente de confianza”. Estas personas de confianza pueden ser, además, personas muy capaces profesionalmente pero el problema es que no están ahí por ese motivo, ellos lo saben y sus jefes políticos también. En esas circunstancias no es fácil oponerse a las órdenes o incluso los deseos de los superiores, incluso aún cuando se trate de órganos de supervisión y control. Máxime cuando estamos hablando de los puestos mejor retribuidos y los que dan acceso a ventajas tales como viajes, dietas, charlas y en último término a la posibilidad de saltar en buenas condiciones a una empresa privada.  Porque la famosa “revolving door” solo funciona para los cargos públicos que tienen buenas relaciones políticas, no nos engañemos. Ninguna empresa regulada tiene interés en alguien muy competente pero que se ha peleado con el político de turno.

En definitiva, en las Administración española cada vez es más difícil tener una carrera profesional meritocrática, salvo en los escalones inferiores o para cubrir plazas no demasiado relevantes. Para alcanzar puestos directivos importantes, aquellos que son sensibles para los políticos, hay otros criterios que se valoran bastante más que la experiencia profesional, el mérito, la competencia y la independencia. Esto es un secreto a voces, pero conviene empezar a decirlo públicamente para que no nos engañemos demasiado cuando nuestros gobernantes nos hablen de mérito y capacidad. Y los que pagan este estado de cosas no son solo los funcionarios neutrales, son sobre todo los ciudadanos españoles. Porque una Administración politizada y desprofesionalizada equivale, pura y simplemente, a más corrupción y peor gobierno.