¿Recuperar la confianza en las instituciones o recuperar la confianza en nosotros mismos?

Hasta el partido del Gobierno admite a estas alturas que tenemos una crisis institucional grave, puesta de manifiesto en la creciente desconfianza ciudadana hacia todas y cada una de nuestras instituciones quizá con la única excepción de la renovada Jefatura del Estado. Dato que demuestra que el cambio generacional funciona, sobre todo si va unido al cambio de actitudes y valores. Pero dada la lógica resistencia de los que todavía ocupan el poder a hacerse el “harakiri” en beneficio de sucesores más jóvenes y con menos hipotecas ¿Existe algún otro mecanismo para recuperar la confianza institucional de forma razonablemente rápida?

A mi juicio la clave es recuperar la confianza antes en nosotros mismos. Es preciso valorar la confianza en el individuo y en la sociedad por encima de la confianza en la “tribu”, ya se encarne en el partido, la familia, los amigos o los compañeros de pupitre. La confianza en personas que uno no conoce es precisamente la característica de los países más avanzados y de las democracias más consolidadas. Se deriva del respeto al Estado de Derecho y a los principios de meritocracia, profesionalidad y neutralidad, que son senciales para el buen funcionamiento de cualquier institución pública (y de muchas privadas). Las buenas noticias son que para conseguir este objetivo no es preciso abordar grandes reformas normativas ni alcanzar pactos de Estado entre las distintas fuerzas políticas: en España nuestras leyes, empezando por la Constitución, ya proclaman la vigencia de la independencia de nuestros organismos reguladores y de supervisión, la del Poder Judicial o la exigencia del mérito y la capacidad para el acceso y la promoción profesional en el empleo público. En cuanto a la neutralidad como requisito esencial para el buen funcionamiento de cualquier organismo público está implícita en el término “interés general” cuya búsqueda es, en definitiva, el fin último que legitima su existencia. El interés general, da un poco de vergüenza tener que recordarlo, no se confunde con el interés del partido gobernante sino que es el interés de todos los ciudadanos.

El problema, para variar, es que si se incumplen estas previsiones –y se incumplen constantemente- no pasa absolutamente nada, porque nosotros lo toleramos y hasta lo consideramos “normal”. Y si la ciudadanía lo consiente, es difícil que los políticos y los gestores públicos entiendan la necesidad de actuar de otra manera, lo que les resultaría bastante más incómodo. Al final siempre es más fácil para un gestor montar un equipo eligiendo amigos, por incompetentes que sean, que eligiendo gente muy preparada pero a la que no se conoce de nada. Sobre todo si al final paga el contribuyente, claro.

Para recuperar la confianza en nosotros mismos creo que es fundamental recuperar dos valores clave: el de la meritocracia (en todos los ámbitos de la vida pública y privada) y el de la de rendición de cuentas. Solo la meritocracia y la rendición de cuentas son capaces de garantizar la neutralidad y la profesionalidad de las instituciones y de las Administraciones Públicas. Y sin meritocracia y sin rendición de cuentas es muy difícil, por no decir imposible, controlar la corrupción y el despilfarro públicos.  Sin criterio técnico, sin independencia y con sensación de impunidad es poco probable que un equipo humano funcione bien, por buenas que sean sus intenciones.

Seamos claros: en España lo que tenemos hoy, cubierto apenas por el manto formal de nuestras normas, es una especie de “spoils system” castizo, de manera que cada partido cuando gana las elecciones se siente legitimado para ocuparlas de personas afines, afiliados, familiares o simpatizantes, aunque a veces el círculo esté limitado a un conjunto de personas que reúnen algunos requisitos particulares (ser funcionarios o pertenecer a un determinado Cuerpo de la Administración por ejemplo). Son personas cuyo principal valor es el de la “confianza” que han depositado en ellas los líderes del partido. Esto provoca el fenómeno del llamado “dilema del techo de cristal del funcionario neutral”: los funcionarios más independientes y más capaces profesionalmente se verán apartados de los puestos más relevantes del sector público a favor de aquellos más próximos a los políticos de turno. Eso cuando los puestos están reservados a funcionarios, que no es siempre ni muchísimo menos.

Porque conviene no olvidar que a los puestos más importantes de las instituciones y de las Administraciones Públicas se accede por sistema de libre designación, lo que implica el libre nombramiento –y el libre cese- de las personas que van a ocuparlos. Las personas que resultan demasiado “incómodas” para sus superiores políticos no lo van a tener fácil para acceder a este tipo de cargos, por relevante que sea su desempeño profesional. Por el contrario, las que estén dispuestas a ser más “flexibles” pueden contar con una promoción rápida, e incluso a veces con el salto a la política. Esto es particularmente grave cuando hablamos de puestos de supervisión y control en el que el controlador pasa a depender del controlado. Peor todavía: tenemos una miríada de organismos públicos de toda índole donde para ocupar puestos directivos –muchas veces mucho mejor remunerados que los de las Administraciones- no se requiere ningún tipo de requisito previo, ni de formación, ni de experiencia, ni de nada. El presidente de la SEPI, por poner ejemplo, no tiene titulación de grado superior, pero si un amplio expediente de servicios al partido que le ha nombrado. Hay muchísimos casos más a todos los niveles.

De la misma forma hoy en España se siguen repartiendo por cuotas partidistas los cargos en los organismos reguladores y supervisores ya se trate de la CNMV, del CGPJ o del Tribunal de Cuentas. Pero hay que empezar a ser conscientes de que llegar a Consejero de un organismo regulador no puede ser un premio para los fieles o la culminación de la carrera política de nadie, por un problema básico de falta de independencia, al que se suele unir el de la falta de competencia profesional para el cargo. Si queremos que no vuelvan a fallar instituciones tan críticas como la CNMV, el Banco de España o el Tribunal de Cuentas tenemos que tomarnos esto en serio. Es imprescindible nombrar a personas independientes con una trayectoria profesional sólida y un prestigio previo en el sector que avale su nombramiento por razones objetivas, con transparencia y en procedimientos de concurrencia abiertos para elegir a los mejores que estén disponibles.

En definitiva, hay que revitalizar de forma decidida el principio de mérito y capacidad, tan de capa caída en nuestro país.

Pero todo esto siendo muy importante no servirá de nada si no hay rendición de cuentas. Una democracia sin rendición de cuentas o en la que la única rendición de cuentas factible es la judicial penal es una democracia de muy baja calidad, que inevitablemente tiende a extremar presión política sobre los jueces y a incrementar la politización de la Justicia, deteriorándola cada vez más en un círculo vicioso muy peligroso. Pero no solo eso, la falta de rendición de cuentas es síntoma seguro de mal gobierno. Aunque consigamos elegir a los mejores, si saben que  nadie les va a exigir ninguna responsabilidad lo que obtendremos será un comportamiento parecido al de los alegres consejeros de Bankia. Claro que siempre habrá personas justas que cumplirán con sus obligaciones por su propia voluntad pero serán la excepción.

Lo que nos lleva de vuelta al principio. Si no hay meritocracia y no hay rendición de cuentas es porque los ciudadanos no hemos confiado suficientemente en estos valores. Hemos pensado que, pese a lo que proclaman las leyes, era más seguro confiar en nuestros contactos a la hora de conseguir contratos o puestos en el sector público (o incluso en el privado) que en nuestras propias capacidades. Y que es mejor no molestar a nadie importante exigiéndole cuentas. Así hemos conseguido que cada vez importe más el contacto y menos el mérito y la profesionalidad, o que los gestores se sientan casi insultados cuando alguien se atreve a exigir responsabilidades. Lo en el fondo, revela una falta de confianza muy notable en nosotros mismos.

 

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8 comentarios
  1. josito
    josito Dice:

    Nunca antes le había leído, pero seguro que después de este artículo no me perderé uno.
    Aunque solo me sirva para seguir creyendo en este país y sobre todo en personas como Vd.

  2. Gonzalo García Abad
    Gonzalo García Abad Dice:

    Buen artículo. La rendición de cuentas y el mérito son dos importantísmos pilares de una sociedad. Yo añadiría una concepción abierta del mérito y la inclusión.
    Por ejemplo, imaginemos un político que hubiese obtenido una licenciatura en la Universidad de Yale y un MBA en la de Harvard, con experiencia en los negocios y algunas responsabilidades políticas importantes. Incluso tiene la suficiente fortaleza personal y el entorno adecuado como para luchar contra el alcoholismo. Se presenta a las elecciones presidenciales americanas y resulta elegido, desarrolla su labor como presidente rindiendo cuentas ante los ciudadanos a través de múltiples cauces y finalmente en las elecciones donde resulta reelegido por abrumadora mayoría. ¿Es el prototipo del mérito? No discuto que tenga muchos méritos, pero me parece exagerado poner a George W. Bush como prototipo. El problema del mérito es que no es directamente observable, sino a través de señales. Esas señales son educativas, experiencias profesionales o políticas, determinadas acreditaciones de destrezas concretas o de superación de circunstancias difíciles. Y en esas señales no sólo influye el propio mérito, sino también los contactos y el entorno económico.
    Creo que el mayor reto en la definición del mérito es que cuando se define de una manera objetiva tiende a replicar las características de los individuos mejor posicionados socialmente, porque por su posición pueden definir qué características habrán de tenerse en cuenta y, a su vez, tendrán mejores posibilidades para alcanzarlas.
    Creo que la clave está en que la sociedad consiga encaminar a cada persona a aquéllo donde puede rendir mejor, donde puede desarrollar los méritos que toda persona posee. Si concebimos el mérito de una forma suficientemente cerrada, podemos estar poniendo las bases para asentar la sociedad del descarte.

    Un cordial saludo.

  3. Teilhard
    Teilhard Dice:

    Desde la mas tierna infancia, cuando se es más vulnerable, se nos repite constantemente que aceptemos que con nuestras fuerzas nada podemos, que somos insignificantes, que no seamos orgullosos si no humildes, que nos humillemos y que sobre ciertas cuestiones no pensemos por nosotros si no que obedezcamos y pertenezcamos. Y ya perteneciendo se prometen todo tipo de recompensas.

    Este esquema sicológico de "esperarlo todo" con solo" pertenecer", viene conformando la sociedad. Por ello la autoestima política nunca ocurrirá si previamente no se conquista la autoestima sicológica y la verdadera libertad de pensamiento. Pero en estas profundidades nadie quiere entrar.

  4. mencia
    mencia Dice:

    Muy bonito, ya lleva repitiendo esto o muy parecido unas cuantas veces, donde se apunta uno para que eso sea como dice, quienes van a conseguir ese funcionamiento tan maravilloso, da gusto leer, es una novela preciosa. pero donde se vota donde esta el poder de decidir que queremos esto, mojese, deje su empresa y presentese, tiene cubierta las espaldas si fracasa vuelve como abogada del Estado en escedencia, y ya esta pero baje del pulpito se remanga y a la plaza, menos sermones y lecciones y mas trigo.

  5. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    Dice Elisa: "Si no hay meritocracia y no hay rendición de cuentas es porque los ciudadanos no hemos confiado suficientemente en estos valores".
    De acuerdo. Completamente. Y con Teilhard. Y con Gonzalo Gª Abad. Con todos. Cómo no estarlo si golpea los ojos en cada instante.

    Podemos incluso ir un pelín más lejos: "Si no hay alguna forma de exigencia de responsabilidad ciudadana y un sistema de incentivos para determinadas conductas, tampoco iremos a parte alguna, gobierne quien gobierne".

    El problema, apreciados conciudadanos, es que Nadie Sale Elegido si plantea exigir Responsabilidades.

    Y el problema, aún más básico, es que si dos cachorros famélicos entran en el ascensor con Caperucita y votan democráticamente, la merienda de Caperucita, por muy buenas notas que haya sacado, no llega al ático donde vive la abuelita.

    Sufrimos tal especie de disonancia, síndrome de negación o empecinamiento en no mirar objetivamente lo que nos rodea, que incluso viendo, nos negamos a ver en el sentido de que nuestras acciones después de ver no son coherentes con las conclusiones del lóbulo frontal.

    No funciona porque no puede funcionar y, además, es imposible.

    ¿O alguien cree que este video que ya vimos ayer es fruto del azar? (Nota 1, abajo)

    Así son las cosas porque "Los objetivos reales de un Sistema se deducen de sus resultados" y un sistema son sus reglas y sus controles.

    Es decir, además de lo que sugiere Elisa (no confiamos suficientemente en estos valores) resulta que las Reglas Constitucionales que en su día nos dieron a Votar, tampoco las consideran. No les hacía falta. De hecho, sería un problema para El Poder.

    Una democracia representativa tiene dos objetivos: El resto es fundamentalmente retórico ornamental.

    1. Un método de Acceso al Poder por el voto de la masa, pueblo o ciudadanía
    2. Un método de Revocación del Poder por el voto de la ídem.

    Nada más. Y el poder es el amo de todo.

    ¿Cómo va a funcionar en un mundo entrópico si además no queremos reconocer la segunda ley de Termodinámica?

    De hecho al planteamiento de Elisa –que todos compartimos– ya respondió John Rawls, el Profeta del Sistema: "El mérito no existe como criterio, es fruto del azar o de la falta de equidad". Escrito a fuego en el libro de Oro de nuestras Democracias Representativas. Es ya un acto reflejo en cada Ley.

    Y, francamente, el único que se ha atrevido a discutírselo muy educadamente ha sido Michael J. Sandel –de joven, naturalmente– en su libro "Liberalism and the limits of justice" Cambridge UP.

    También coincido con Elisa en la necesidad de Recuperar la confianza en Nosotros mismos. Esto se suele conseguir durante las Travesías del Desierto.

    Hace falta mucho compromiso y mucha convicción para ello.
    Y de esto no están hechos los Partidos Políticos. Porque, –como sabemos y comprobamos continuamente–, "si quieren serlo no sirven"

    Un muy cordial Saludo

    Nota 1. https://www.youtube.com/watch?v=tBt3Ftxidlk Esto es el resultado del sistema educativo que nos hemos dado con los partidos que hemos votado. La verdad es que yo también cerré los ojos para no verlo.

    • Jesús Casas
      Jesús Casas Dice:

      La verdad es que últimamente no tengo tiempo ni de comentar. En cuanto al video que cuelga el Sr. Oquendo (hay otros similares) quisiera pensar que hay otros futuros bachilleres, como el Bachillerato de la Excelencia del Instituto San Mateo y otros, pero que entre uno y otro extremo nos queda una gama amplia de jóvenes con ganas de trabajar y aprender. Como profesor universitario puedo hablar de la decadencia progresiva acelerada con la ESO y sigo temiendo que tras todo ello hay un diseño mediocre de País mediocre y dócil al poder, pase lo que pase, como acabamos de ver en Andalucía (o antes en Valencia). Estoy de acuerdo en que todos tenemos una responsabilidad omisiva, salvo, los padres y profesores que no dimiten de su tarea de educar. Podemos es una consecuencia de esto, de la crisis de valores y de formación y exigencia, no de la crisis económica.

  6. O,Farrill
    O,Farrill Dice:

    Elisa: quizá el último párrafo de tu artículo sea suficiente para entender que, lo que ocurre en política, es fruto de lo que ocurre en la propia sociedad. Por eso la política actual es un reflejo de una sociedad acostumbrada a "esperar que le den todo" solamente por "pertenecer" al clan adecuado y tener las relaciones necesarias, tal como muy bien apunta Teilhard. Nos gusta la tutela porque somos una sociedad llena de miedos y paranoias que nos han ido inculcando con la pretensión (muy conseguida) de someternos como ciudadanos. Siempre se nos dice lo que es mejor para nosotros, pero no nos dejan siquiera opinar sobre el asunto manteniéndonos infantilizados e ignorantes. Todos sabemos que, a mayor ignorancia, nos sentimos más felices porque somos menos responsables individualmente. Esa comodidad de las mayorías es lo que ha permitido a unas minorías más espabiladas a tomar las riendas de nuestras vidas. El grito de "vivan las caenas" del pueblo sigue teniendo eco entre nosotros. Desgraciadamente.

  7. Cruz
    Cruz Dice:

    Cuando confiar en "las instituciones" como garantes de algo superior a ellas mismas supone, literalmente, perderlo todo, el planteamiento de la cuestión que sugiere Elisa adquiere una perspectiva diferente: Son las personas, con sus nombres y apellidos, que las componen, les dan vida, deciden y representan cada día, en la realidad, quienes hacen que se confíe (o no) en la institución.

    Y cuando, en la práctica, resulta absolutamente imposible exigirles responsabilidad de ningún tipo, la confianza en uno mismo, aún apoyándose en el Derecho, no sirve de nada. Y habrá casos en los que esa autoconfianza quiebre, pero en muchos otros se fortalece. Si no estaríamos perdidos definitivamente. de hecho,hay mucha gente que lucha, normalmente con exiguos recursos y medios, por cambiar la situación. No es justo, por ello, generalizar con un "nosotros" o "la sociedad" lo toleramos. Ni justo ni cierto.

    Por lo tanto, los primeros que deberían tener confianza en ellos mismos, ser conscientes de la alta responsabilidad que implican sus funciones y tareas, ser exigentes con el cumplimiento de las normas, eficaces, eficientes y saber que el "bien común" es el bien de todos a largo plazo y no el propio, o el del partido, el de algunos, o el de la institución a corto plazo, son los miembros de esas instituciones a todos los niveles. Porque solo de su unión y del convencimiento de que comparten y defienden los intereses de la sociedad en su conjunto será posible transmitir a los ciudadanos que se empeñan por cumplir, que cumplen y que si no, hay consecuencias.

    Lamentablemente no parece existir mecanismo alguno que, en una pretendida democracia, pueda imponer mero sentido común y valentía.

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