Cerrando el círculo (el Imperio contra el ciudadano productor).

Transcurría la primavera del año 2010 y en varios despachos de la Castellana habían tocado arrebato. Aquel invento de que se permitiese producir a cualquier “mindundimediante tecnología solar se había salido de madre y había que ponerle freno. Unos meses antes ya se habían encargado de contratar a cortadores de hierba de primera división (varios ex presidentes, ministros, consejeros de comunidad, ….), y voceros sin muchas ganas de contrastar las informaciones ya se habían ocupado de difamar, asegurando que los pequeños ciudadanos productores eran unos sinvergüenzas aprovechados que, además, ponían generadores de gasoil por las noches.

Pues bien, había llegado la hora de cortarles las piernas con las afiladas hojas del Boletín Oficial del Estado. Aquel Ministro que le daba igual lo que dijese su partido y que no se molestaba en enviar sus borradores a la Comisión de Secretarios y Subsecretarios antes de presentarlos al Consejo de Ministros, se había sacado de la manga el primer “hachazo a las renovables”. Sucede que, avatares del destino, un grupillo de “miserables”, tuvieron un casual conocimiento de lo que iba a pasar y se gastaron unas perras en publicar en un periódico nacional una esquela donde se anunciaba el enterramiento fotovoltaico, lo que causó inquietud aquella mañana de viernes, donde el entonces líder ZP, acabó dando un papirotazo a su egocéntrico ministro y diciéndole que arreglase esas cosillas antes de llevarlas ante el Sumo Sacerdote.

A partir de entonces, la inquina ya no tuvo fin. En la Navidad de ese año, se consumó el atropello, en forma de recorte del 30% de su retribución. El mensaje a transmitir era claro: España no se podía permitir el pago de las renovables. Era imprescindible que todo el mundo hablase de eso, y así nadie se preguntaría por las decenas de miles de millones de euros que se pagaban de más por las plantas nucleares o hidroeléctricas, por los pagos por capacidad, por los pagos por disponibilidad, por los Costes de Transición a la Competencia, por la distribución, por los contadores, por la subasta del CESUR, moratoria nuclear…

Sucede que el destino es caprichoso y a veces, juega a favor de los ciudadanos. Resultó que el boom fotovoltaico fue tan extraordinario a nivel mundial, que bajó los precios de los paneles hasta un 70% en tan solo unos años. Así, pese al recorte de aquel caprichoso caballero, la gente siguió instalando pequeñas plantas de producción. Había que detener a aquellos “insensatos”, que ya habían llegado al número de 62.000.

Al anterior Ministro, le sucedió otro nuevo. Distintas caras, idénticas voluntades. Ante un escenario donde por primera vez en la historia se podían construir plantas de tecnología fotovoltaica sin necesidad de prima y se construían ciclos combinados de gas por todo el país, el nuevo gobierno tomaba su primera medida energética: el RDL 1/2012, la moratoria a las renovables prohibía la construcción de nuevas plantas.

Las huestes imperiales entendían que el problema quedaría cerrado. Por si acaso, siguiendo el axioma de “al enemigo ni agua”, a los pequeños productores se les modificaba el índice de actualización de su recortada retribución, se les instauraba un peaje, un nuevo impuesto, se les hizo cofinanciadores del déficit, se les volvió a modificar el sistema de retribución teniendo en cuenta retribuciones pasadas, a los que hubiesen recibido algún tipo de subvención (fuera cuando fuese) se les hacía devolverla por la vía de la compensación futura. Todo esto, (y alguna cosa más), en tan solo cinco años. No parecía que se les pudiesen escapar por ningún lado, ¿quién iba a osar producir más kWs allende el oligopolio?

Como tantas veces a lo largo de la historia, el Poder subestimó la capacidad de la masa. Cuando a principios del año 2013, se empezaban a escuchar las primeras noticias de insectos subversivos que se aventuraban a instalar mecanismos de generación fotovoltaica en sus casas para su propio autoconsumo, los orcos de las cavernas tuvieron que volver a salir al monte para que el figurante ministerial de turno amenazase con un borrador de real decreto que aseguraba la posibilidad de tributar por el uso del sol (¡Dios mío! ¡Cuánto dinero podíamos haber sacado a las suecas que venían a tostar sus pechos a Benidorm!)

Como cabía de esperar, la mofa mundial fue de consideración. Daba igual, el objetivo de mantener el castillo era lo principal. La excusa era clara: ya que por la noche no había sol, era preciso que los autoconsumidores fotovoltaicos pagasen “a precio de oro” el respaldo que les daba la red por la noche. Sin querer valorar que había otras posibilidades mucho más sensatas, la realidad es que les bastó anunciar tamaño delirio para que el ciudadano de a pie, se amedrentase ante la posibilidad de autoproducir energía en su casa.

En éstas estábamos cuando Silicon Valley entró en nuestras vidas. La compañía Tesla, aseguraba desde California que iba a comercializar un sistema de baterías domésticas, a un precio muy competitivo que permitiría a los ciudadanos producir su energía de día y almacenarla para consumirla incluso por la noche. A alguno se le iba a caer el chiringuito.

En un sprint final por cerrar el círculo, el valido del actual Ministro se puso manos a la obra y remasterizó aquel primer borrador de real decreto para lanzar a la plaza pública otro distinto si cabe aún más sorprendente. Ahora, el autoconsumidor fotovoltaico sobrepagará la energía que produce “por los costes asociados al sistema”. Parece ser que alguien le dijo: “señor, que por ese motivo ya pagan el término fijo de potencia”; pues entonces, hagamos que la norma sea lo más inteligible posible para que así a los críticos les dé pereza entenderla y explicarla.

Y en su delirio, introdujo disposiciones transitorias que desaconsejaban la acumulación de las baterías, complicaba el acceso al autoconsumo a los consumidores más vulnerables, incorporaba medidas administrativas que extenuaban al consumidor, obligaba a regalar a las comercializadoras de toda la vida la energía producida y no consumida, igualaba el régimen sancionador de un pequeño autoconsumidor doméstico a cualquier otro operador energético (por ejemplo, una enorme planta de generación nuclear)…

En fin.

Nos encontramos ante una escalera de atropellos contra la posibilidad de que los ciudadanos puedan convertirse en productores de energía desplazando de su zona de confort al oligopolio más importante del país. Los primeros escalones los sufrieron los productores pioneros, que se fiaron de su país e invirtieron sus ahorros en las primeras instalaciones. Los últimos los estamos viendo en la actualidad. Es difícil averiguar cuál será el último peldaño, pero como no acostumbro a dejar a medias mis opiniones, me decanto por asegurar que este último en forma de Real Decreto, no tendrán tiempo de fraguarlo los actuales arquitectos de la escalera.

Vivimos tiempos de cambios y espero que el energético no sea una excepción.

Cerrando el círculo (el Imperio contra el ciudadano productor).

Transcurría la primavera del año 2010 y en varios despachos de la Castellana habían tocado arrebato. Aquel invento de que se permitiese producir a cualquier “mindundimediante tecnología solar se había salido de madre y había que ponerle freno. Unos meses antes ya se habían encargado de contratar a cortadores de hierba de primera división (varios ex presidentes, ministros, consejeros de comunidad, ….), y voceros sin muchas ganas de contrastar las informaciones ya se habían ocupado de difamar, asegurando que los pequeños ciudadanos productores eran unos sinvergüenzas aprovechados que, además, ponían generadores de gasoil por las noches.

Pues bien, había llegado la hora de cortarles las piernas con las afiladas hojas del Boletín Oficial del Estado. Aquel Ministro que le daba igual lo que dijese su partido y que no se molestaba en enviar sus borradores a la Comisión de Secretarios y Subsecretarios antes de presentarlos al Consejo de Ministros, se había sacado de la manga el primer “hachazo a las renovables”. Sucede que, avatares del destino, un grupillo de “miserables”, tuvieron un casual conocimiento de lo que iba a pasar y se gastaron unas perras en publicar en un periódico nacional una esquela donde se anunciaba el enterramiento fotovoltaico, lo que causó inquietud aquella mañana de viernes, donde el entonces líder ZP, acabó dando un papirotazo a su egocéntrico ministro y diciéndole que arreglase esas cosillas antes de llevarlas ante el Sumo Sacerdote.

A partir de entonces, la inquina ya no tuvo fin. En la Navidad de ese año, se consumó el atropello, en forma de recorte del 30% de su retribución. El mensaje a transmitir era claro: España no se podía permitir el pago de las renovables. Era imprescindible que todo el mundo hablase de eso, y así nadie se preguntaría por las decenas de miles de millones de euros que se pagaban de más por las plantas nucleares o hidroeléctricas, por los pagos por capacidad, por los pagos por disponibilidad, por los Costes de Transición a la Competencia, por la distribución, por los contadores, por la subasta del CESUR, moratoria nuclear…

Sucede que el destino es caprichoso y a veces, juega a favor de los ciudadanos. Resultó que el boom fotovoltaico fue tan extraordinario a nivel mundial, que bajó los precios de los paneles hasta un 70% en tan solo unos años. Así, pese al recorte de aquel caprichoso caballero, la gente siguió instalando pequeñas plantas de producción. Había que detener a aquellos “insensatos”, que ya habían llegado al número de 62.000.

Al anterior Ministro, le sucedió otro nuevo. Distintas caras, idénticas voluntades. Ante un escenario donde por primera vez en la historia se podían construir plantas de tecnología fotovoltaica sin necesidad de prima y se construían ciclos combinados de gas por todo el país, el nuevo gobierno tomaba su primera medida energética: el RDL 1/2012, la moratoria a las renovables prohibía la construcción de nuevas plantas.

Las huestes imperiales entendían que el problema quedaría cerrado. Por si acaso, siguiendo el axioma de “al enemigo ni agua”, a los pequeños productores se les modificaba el índice de actualización de su recortada retribución, se les instauraba un peaje, un nuevo impuesto, se les hizo cofinanciadores del déficit, se les volvió a modificar el sistema de retribución teniendo en cuenta retribuciones pasadas, a los que hubiesen recibido algún tipo de subvención (fuera cuando fuese) se les hacía devolverla por la vía de la compensación futura. Todo esto, (y alguna cosa más), en tan solo cinco años. No parecía que se les pudiesen escapar por ningún lado, ¿quién iba a osar producir más kWs allende el oligopolio?

Como tantas veces a lo largo de la historia, el Poder subestimó la capacidad de la masa. Cuando a principios del año 2013, se empezaban a escuchar las primeras noticias de insectos subversivos que se aventuraban a instalar mecanismos de generación fotovoltaica en sus casas para su propio autoconsumo, los orcos de las cavernas tuvieron que volver a salir al monte para que el figurante ministerial de turno amenazase con un borrador de real decreto que aseguraba la posibilidad de tributar por el uso del sol (¡Dios mío! ¡Cuánto dinero podíamos haber sacado a las suecas que venían a tostar sus pechos a Benidorm!)

Como cabía de esperar, la mofa mundial fue de consideración. Daba igual, el objetivo de mantener el castillo era lo principal. La excusa era clara: ya que por la noche no había sol, era preciso que los autoconsumidores fotovoltaicos pagasen “a precio de oro” el respaldo que les daba la red por la noche. Sin querer valorar que había otras posibilidades mucho más sensatas, la realidad es que les bastó anunciar tamaño delirio para que el ciudadano de a pie, se amedrentase ante la posibilidad de autoproducir energía en su casa.

En éstas estábamos cuando Silicon Valley entró en nuestras vidas. La compañía Tesla, aseguraba desde California que iba a comercializar un sistema de baterías domésticas, a un precio muy competitivo que permitiría a los ciudadanos producir su energía de día y almacenarla para consumirla incluso por la noche. A alguno se le iba a caer el chiringuito.

En un sprint final por cerrar el círculo, el valido del actual Ministro se puso manos a la obra y remasterizó aquel primer borrador de real decreto para lanzar a la plaza pública otro distinto si cabe aún más sorprendente. Ahora, el autoconsumidor fotovoltaico sobrepagará la energía que produce “por los costes asociados al sistema”. Parece ser que alguien le dijo: “señor, que por ese motivo ya pagan el término fijo de potencia”; pues entonces, hagamos que la norma sea lo más inteligible posible para que así a los críticos les dé pereza entenderla y explicarla.

Y en su delirio, introdujo disposiciones transitorias que desaconsejaban la acumulación de las baterías, complicaba el acceso al autoconsumo a los consumidores más vulnerables, incorporaba medidas administrativas que extenuaban al consumidor, obligaba a regalar a las comercializadoras de toda la vida la energía producida y no consumida, igualaba el régimen sancionador de un pequeño autoconsumidor doméstico a cualquier otro operador energético (por ejemplo, una enorme planta de generación nuclear)…

En fin.

Nos encontramos ante una escalera de atropellos contra la posibilidad de que los ciudadanos puedan convertirse en productores de energía desplazando de su zona de confort al oligopolio más importante del país. Los primeros escalones los sufrieron los productores pioneros, que se fiaron de su país e invirtieron sus ahorros en las primeras instalaciones. Los últimos los estamos viendo en la actualidad. Es difícil averiguar cuál será el último peldaño, pero como no acostumbro a dejar a medias mis opiniones, me decanto por asegurar que este último en forma de Real Decreto, no tendrán tiempo de fraguarlo los actuales arquitectos de la escalera.

Vivimos tiempos de cambios y espero que el energético no sea una excepción.

Semana temática del 29/6 al 5/7 de 2015: los “whistle-blowers”

Muchos casos de corrupción en España salen a la luz gracias a los medios de comunicación. Otras veces existen claras evidencias de delito que hacen que se inicie una investigación, o el caso es denunciado por algún grupo político de la oposición, por ejemplo. Lo que no ocurre tan a menudo como sería deseable es que una persona destape un caso de corrupción “desde dentro”.

Nosotros creemos que esto tiene que ver con la total desprotección que sufren en España los denominados whistle-blowers, delatores o reveladores de secretos, figura de gran relevancia en el mundo anglosajón. Personas, en muchos casos de la Administración Pública, que denuncian comportamientos irregulares, convirtiéndose en piezas fundamentales de los sistemas democráticos y del Estado de Derecho. Personas como Ana Garrido, la empleada del Ayuntamiento de Boadilla del Monte que destapó la trama Gürtel en dicho municipio madrileño.

Con el fin de fomentar el debate en torno a esta figura y su protección en nuestro país,  queremos dedicar nuestra segunda Semana Temática a los whistle-blowers, y queremos hacerlo a través de los siguientes artículos:

“El whistle-blower como estándar ético”, por Enrique Dans (enlace)

“Denuncia… si te atreves”, por Elisa de la Nuez (enlace)

“Hablemos claro, ¿y si forzamos la apertura? Protección para los whistle-blowers”, por Antoni Gutiérrez-Rubí (enlace)

“El precio de enfrentarse a Estados Unidos”, por Julia Tena (enlace)

“Buscando al topo desesperadamente: necesitamos urgentemente la protección del “whistleblower””, por Elisa de la Nuez (enlace)

Semana temática del 29/6 al 5/7 de 2015: los “whistle-blowers”

Muchos casos de corrupción en España salen a la luz gracias a los medios de comunicación. Otras veces existen claras evidencias de delito que hacen que se inicie una investigación, o el caso es denunciado por algún grupo político de la oposición, por ejemplo. Lo que no ocurre tan a menudo como sería deseable es que una persona destape un caso de corrupción “desde dentro”.

Nosotros creemos que esto tiene que ver con la total desprotección que sufren en España los denominados whistle-blowers, delatores o reveladores de secretos, figura de gran relevancia en el mundo anglosajón. Personas, en muchos casos de la Administración Pública, que denuncian comportamientos irregulares, convirtiéndose en piezas fundamentales de los sistemas democráticos y del Estado de Derecho. Personas como Ana Garrido, la empleada del Ayuntamiento de Boadilla del Monte que destapó la trama Gürtel en dicho municipio madrileño.

Con el fin de fomentar el debate en torno a esta figura y su protección en nuestro país,  queremos dedicar nuestra segunda Semana Temática a los whistle-blowers, y queremos hacerlo a través de los siguientes artículos:

“El whistle-blower como estándar ético”, por Enrique Dans (enlace)

“Denuncia… si te atreves”, por Elisa de la Nuez (enlace)

“Hablemos claro, ¿y si forzamos la apertura? Protección para los whistle-blowers”, por Antoni Gutiérrez-Rubí (enlace)

“El precio de enfrentarse a Estados Unidos”, por Julia Tena (enlace)

“Buscando al topo desesperadamente: necesitamos urgentemente la protección del “whistleblower””, por Elisa de la Nuez (enlace)

Ada Colau y el respeto a la Ley

Mi intención primera era que este artículo versara sobre la costumbre de ciertos cargos electos (cada vez más) de prometer la Constitución “por imperativo legal”, pero resulta que se me han adelantado… ¡cuatro años nada menos! Ignacio Gomá escribió ya una excelente entrada en este blog aquí y, como cabría esperar, la única aportación que me queda por hacer al respecto es recomendaros encarecidamente que lo leáis.

Como quiera que ya me he sentado freente al ordenador con ánimo de escribir, y además le he prometido a mi amigo Fernando un artículo, voy a centrarme en un comunicado de doña Ada Colau, cuyas declaraciones suelen dar bastante juego (ya tuve la oportunidad de comentar en este blog algunas observaciones de la Sra. Colau, aquí).

El comunicado al que me refiero fue publicado por la propia Colau en su muro de Facebook (puede leerse completo aquí) y hacía una encendida defensa de su correligionario Guillermo Zapata, Concejal del Ayto. de Madrid y recientemente imputado por unos tuits sobradamente conocidos, que renuncio a reproducir para no resultar reiterativo ad nauseam.

Personalmente, opino que los tuits del también concejal Pablo Soto, con sus continuas referencias a la guillotina, resultan más preocupantes que los de Zapata, pero la opinión pública ha sido más sensible a los “chistes” sobre las víctimas del Holocausto o de ETA que a las llamadas a torturar y asesinar ministros. La opinión pública es como es.

Pero volvamos a la Sra. Alcaldesa de Barcelona: en su comunicado nos dice “¿Es Guillermo Zapata antisemita? ¿Es Guillermo Zapata insensible al sufrimiento de las víctimas? Y la respuesta es: absolutamente NO. Su activismo lo avala , su lucha al lado de la gente que sufre, su energía y empuje por cambiar las cosas, su entrega a la nueva política que tiene, no lo olvidemos nunca, un único objetivo: mejorar la vida de la gente.”  Diría que nos encontramos ante una forma peculiar de falacia de autoridad: el sr. Zapata no puede ser insensible al sufrimiento ajeno porque el sr. Zapata es un activista, y “su activismo le avala”. Es decir, según doña Ada, los activistas son inmunes a la insensibilidad, no pueden albergar pensamientos ni ideas crueles, y quienes les acusen de tal cosa yerran porque ignoran el aval que supone su activismo.

Pero el título de este artículo hace referencia al “respeto a la ley”, así que, más que centrarme en las falacias, tan frecuentes en los mensajes de la “nueva política”, me gustaría entrar en el fondo del asunto. La Sra. Colau no hace la menor referencia al delito que se imputa a su correligionario. Sí que manifiesta que “Con su persecución absurda, PP y Fiscalía harán el ridículo. Porque la gente no es tonta y sabe juzgar.” No es el juicio de los magistrados lo que interesa a doña Ada, sino el juicio de “la gente”. Y da por sentado que “la gente” absolverá al acusado, porque la gente no es “tonta” (¡qué pasión por la falacia!). En una entrevista a El País (http://ccaa.elpais.com/ccaa/2015/05/31/catalunya/1433095687_171375.html ), declaró “Si hay que desobedecer leyes injustas, se desobedecen.” No podemos sorprendernos pues del desinterés de la alcaldesa por el delito que se imputa al sr. Zapata.

En lugar de centrarse en el delito, el comunicado se centra en el imputado, y esto es, en mi opinión, lo más preocupante. El imputado es inocente porque es una gran persona: es un activista, tiene energía, empuje, lucha al lado de la gente que sufre. Si hizo algo mal fue porque era “joven”, “gamberro”, “irreverente”, e incluso estas condiciones son más positivas que negativas: “suerte que lo éramos. Si no llega a ser por los irreverentes de este mundo, triunfarían el conformismo y el miedo.” A una persona así no se la debe juzgar, no se la puede condenar. Por el contrario, “todos aquellos que, a pesar de ser los verdaderos responsables de tanto sufrimiento, nunca dimiten”, esos sí merecen que caiga sobre ellos la condena de “la gente”, que es la que importa.

Es una constante en las ideologías totalitarias juzgar a la persona en su totalidad, más que a sus actos. En el 1984 de Orwell, los condenados se declaraban culpables de todos los delitos posibles, porque el delito en sí no importa: el disidente es culpable porque es disidente, y por lo tanto, sus actos son malvados por definición. En cambio el activista, el que lucha por la causa, es bueno por definición, y si algunos de sus actos pudieran llegar a ser criticables, no serían más que efectos colaterales de unos medios necesarios para alcanzar el fin: “mejorar la vida de la gente”. Y ese fin supremo, por supuesto, justifica cualquier medio.

Para las ideologías totalitarias, el respeto a la ley se subordina al respeto a la “justicia”, a su idea de justicia, y esa justicia va de identificar buenos y malos, y actuar en consecuencia.

Ada Colau y el respeto a la Ley

Mi intención primera era que este artículo versara sobre la costumbre de ciertos cargos electos (cada vez más) de prometer la Constitución “por imperativo legal”, pero resulta que se me han adelantado… ¡cuatro años nada menos! Ignacio Gomá escribió ya una excelente entrada en este blog aquí y, como cabría esperar, la única aportación que me queda por hacer al respecto es recomendaros encarecidamente que lo leáis.

Como quiera que ya me he sentado freente al ordenador con ánimo de escribir, y además le he prometido a mi amigo Fernando un artículo, voy a centrarme en un comunicado de doña Ada Colau, cuyas declaraciones suelen dar bastante juego (ya tuve la oportunidad de comentar en este blog algunas observaciones de la Sra. Colau, aquí).

El comunicado al que me refiero fue publicado por la propia Colau en su muro de Facebook (puede leerse completo aquí) y hacía una encendida defensa de su correligionario Guillermo Zapata, Concejal del Ayto. de Madrid y recientemente imputado por unos tuits sobradamente conocidos, que renuncio a reproducir para no resultar reiterativo ad nauseam.

Personalmente, opino que los tuits del también concejal Pablo Soto, con sus continuas referencias a la guillotina, resultan más preocupantes que los de Zapata, pero la opinión pública ha sido más sensible a los “chistes” sobre las víctimas del Holocausto o de ETA que a las llamadas a torturar y asesinar ministros. La opinión pública es como es.

Pero volvamos a la Sra. Alcaldesa de Barcelona: en su comunicado nos dice “¿Es Guillermo Zapata antisemita? ¿Es Guillermo Zapata insensible al sufrimiento de las víctimas? Y la respuesta es: absolutamente NO. Su activismo lo avala , su lucha al lado de la gente que sufre, su energía y empuje por cambiar las cosas, su entrega a la nueva política que tiene, no lo olvidemos nunca, un único objetivo: mejorar la vida de la gente.”  Diría que nos encontramos ante una forma peculiar de falacia de autoridad: el sr. Zapata no puede ser insensible al sufrimiento ajeno porque el sr. Zapata es un activista, y “su activismo le avala”. Es decir, según doña Ada, los activistas son inmunes a la insensibilidad, no pueden albergar pensamientos ni ideas crueles, y quienes les acusen de tal cosa yerran porque ignoran el aval que supone su activismo.

Pero el título de este artículo hace referencia al “respeto a la ley”, así que, más que centrarme en las falacias, tan frecuentes en los mensajes de la “nueva política”, me gustaría entrar en el fondo del asunto. La Sra. Colau no hace la menor referencia al delito que se imputa a su correligionario. Sí que manifiesta que “Con su persecución absurda, PP y Fiscalía harán el ridículo. Porque la gente no es tonta y sabe juzgar.” No es el juicio de los magistrados lo que interesa a doña Ada, sino el juicio de “la gente”. Y da por sentado que “la gente” absolverá al acusado, porque la gente no es “tonta” (¡qué pasión por la falacia!). En una entrevista a El País (http://ccaa.elpais.com/ccaa/2015/05/31/catalunya/1433095687_171375.html ), declaró “Si hay que desobedecer leyes injustas, se desobedecen.” No podemos sorprendernos pues del desinterés de la alcaldesa por el delito que se imputa al sr. Zapata.

En lugar de centrarse en el delito, el comunicado se centra en el imputado, y esto es, en mi opinión, lo más preocupante. El imputado es inocente porque es una gran persona: es un activista, tiene energía, empuje, lucha al lado de la gente que sufre. Si hizo algo mal fue porque era “joven”, “gamberro”, “irreverente”, e incluso estas condiciones son más positivas que negativas: “suerte que lo éramos. Si no llega a ser por los irreverentes de este mundo, triunfarían el conformismo y el miedo.” A una persona así no se la debe juzgar, no se la puede condenar. Por el contrario, “todos aquellos que, a pesar de ser los verdaderos responsables de tanto sufrimiento, nunca dimiten”, esos sí merecen que caiga sobre ellos la condena de “la gente”, que es la que importa.

Es una constante en las ideologías totalitarias juzgar a la persona en su totalidad, más que a sus actos. En el 1984 de Orwell, los condenados se declaraban culpables de todos los delitos posibles, porque el delito en sí no importa: el disidente es culpable porque es disidente, y por lo tanto, sus actos son malvados por definición. En cambio el activista, el que lucha por la causa, es bueno por definición, y si algunos de sus actos pudieran llegar a ser criticables, no serían más que efectos colaterales de unos medios necesarios para alcanzar el fin: “mejorar la vida de la gente”. Y ese fin supremo, por supuesto, justifica cualquier medio.

Para las ideologías totalitarias, el respeto a la ley se subordina al respeto a la “justicia”, a su idea de justicia, y esa justicia va de identificar buenos y malos, y actuar en consecuencia.

Lecturas recomendadas: “Lo difícil es perdonarse a uno mismo”, de Iñaki Rekarte

Foto RecarteClaudio Magris escribe en El Danubio que “Comandante en Auschwitz”, la autobiografía escrita por el oficial de la SS, Rudolf Hoess, era el mejor libro jamás escrito sobre el Holocausto. Y decir eso es mucho, a la vista de la categoría de algunos de los que han frecuentado este género (el libro de Hoess lleva un prólogo del mismísimo Primo Levi). Pero -calidad humana y literaria aparte, concretamente en las antípodas- Magris tiene toda la razón. Si uno lee para comprender, para aprender, sobre este tema uno aprende mucho más de los verdugos que de las víctimas. Por lo que dicen y por lo que no dicen. Y por cómo lo dicen.

Una de las cosas que más llaman la atención del libro de Hoess es la aparente naturalidad con la que discurren los acontecimientos. Una cosa lleva a la otra sin sobresaltos de ningún tipo. Empiezas leyendo sobre la niñez del protagonista (sin especiales traumas, como la mayoría) y te descubres unas cuantas páginas más adelante leyendo sobre crímenes atroces como si eso fuese algo “normal”, como un natural efecto de las anodinas causas relatadas un poco antes. Repasas preocupado las páginas intermedias buscando lo que te has saltado, ese punto de inflexión crítico, ese enorme elefante entrando en la habitación, pero por mucho que buscas no lo encuentras. Y te quedas pensando un buen rato, preguntándote si es que el autor no ha querido contarlo o es que, efectivamente, ese elefante nunca apareció. Pues bien, esa impresión la he vuelto a vivir leyendo el libro de Rekarte.

A las 8 y pico de la tarde del día 19 de febrero de 1992, cuando contaba 20 años de edad, Iñaki Rekarte apretó el botón del mando a distancia de un coche bomba en el barrio de la Albericia, en Santander, y asesinó a tres personas (un matrimonio en la cuarentena y un chico de 28 años a punto de casarse que pasaban por ahí) causando heridas graves a unos cuantos más (entre ellos tres guardias cuyo furgón en el que viajaban constituía su objetivo principal). Unos meses antes su comando había asesinado a un joven narcotraficante.

Este es el efecto. Pero cuando uno busca las causas no encuentra aparentemente nada sustancial, al menos según la propia opinión del autor. Es cierto que se mencionan ciertos acontecimientos, como la detención injustificada de su padre durante unos meses, pero ningún tipo de radicalismo político especial. Confiesa expresamente que pesó más el afán de aventura y la atracción de las armas que ningún componente ideológico. Es más, que esta era la pauta habitual en los comandos de ETA. Luego, eso sí, en las cárceles se producía el adoctrinamiento completo, pero el motivo era buscar la complicidad y la protección que genera el grupo, y también encontrar un cierto “sentido” retroactivo a lo ya hecho, y al precio que se estaba pagando por ello. El adoctrinamiento político servía para “explicar” la “acción” después de realizada, pero no antes. Curiosamente, parece que el odio surge después de matar, no antes de hacerlo.

Por supuesto, hay decisiones claves, básicamente las de entrar en un comando legal de ETA y luego en uno liberado. Y son genuinamente voluntarias, en el sentido más aristotélico del término. Rekarte no lo niega ni por un momento. Pero cuando uno lee el relato da la impresión de que los escalones son muy bajitos. Muchos, pero muy bajitos. Uno te va llevando al otro con gran naturalidad. Y el motor que le va empujando funciona con emociones, básicamente de camaradería, según confiesa.

No obstante, si estos libros enseñan tanto, no es solo por lo que cuentan directamente, sino también por lo que callan o dejan entrever al relatar otros aspectos de su vida. Rekalde es hoy un arrepentido, rechaza expresamente la violencia, considerando que nunca tuvo sentido. Es decir, no es uno de esos que rechazan la violencia de cara al futuro porque ven que están derrotados (eso no se llama arrepentimiento, sino percepción de la realidad). Rekalde, por el contrario, asume sus culpas. Pero hay algunas cosas que llaman la atención. Voy a destacar dos.

En un momento dado señala que un dirigente de ETA (López Peña) tuvo en sus manos “conseguir una salida digna para ETA”, pero la malogró con el atentado de la T4 en diciembre de 2006 que puso fin a la segunda tregua. Sin embargo, yo me pregunto qué salida “digna” era posible en esa época, con tantos muertos absurdos a las espaldas, incluidos los de Iñaki. Si me dice en 1976, ya me costaría aun entenderlo, pero en 2006… ¿De qué tipo de dignidad estamos hablando?

Comprendo que el proceso de desintoxicación después de tantos años de adoctrinamiento carcelario es lento y entiendes que lleve su tiempo. Pero hay otros hechos narrados que me han resultado aun más reveladores. En otro momento de la narración, su pareja –Mónica, la verdadera heroína de esta historia- comenta que Iñaki estaba empeñado en que el hijo que habían concebido en prisión naciera en Euskadi, en Irún, y que incluso hubo momentos de tensión en la pareja en cuanto a eso. Conviene precisar que Mónica vivía en Cádiz (donde también residía su familia) y que tenía que hacerse entre 800 y 1000 Km en coche cada quince días, ida y vuelta, para ir a visitar a su marido, en Salamanca y en Asturias. La razón es que Iñaki quería que el niño fuese vasco.

Hay que reconocer que esto no es muy normal. Si te lo pintan en “Ocho apellidos vascos”, pues te ríes. Pero los que conocemos cómo es aquello, y yo lo sé por mi línea materna, sabes que, aunque te rías, a veces tiene poca gracia. Porque aunque Iñaki afirme que las motivaciones ideológicas apenas contaron en su decisión, ese fanatismo nacionalista (aunque sea más “cultural” que político), absolutamente irracional, que viene además de muy lejos, es un oxigeno que no se percibe bien cuando se respira, pero que al final –en los grandes números en los que se mueve la estadística-termina por exigir su precio.

Pero no me entiendan mal. Este es un gran libro. Reivindica eso que obsesionaba a Sócrates y a Hanna Arendt: la virtud del juicio. Cuando volvía a casa, el daimón de Sócrates le preguntaba qué había hecho mal ese día y le pedía reflexionar un poco sobre eso. Un compañero incómodo cuando no te portas bien, desde luego. En la actualidad, todavía en el País Vasco y también en el resto de España, necesitamos mucha gente que cuando vuelva a casa se pregunte qué no ha hecho bien. Y este libro, como el de Hoess, te da muchos motivos para hacerlo. No sea que un buen día descubras -quizás en escenarios menos dramáticos, pero aun así muy relevantes- que has subido muchos escalones sin apenas darte cuenta.

El libro también sirve para muchas otras cosas. Para conocer un poco nuestro sistema carcelario. Para comprender que salen mucho más rentables las trabajadoras sociales y las palabras amables que los golpes y los malos tratos. Y para conocer un poco a un personaje absolutamente excepcional: a Mónica, fiel compañera de travesía de Iñaki desde una primera época de empecinamiento en la doctrina totalitaria, hasta la actualidad, una vez arrepentido, en un pueblo en el norte de Navarra, en donde a veces tienen que sufrir lo mismo que otros sufrieron durante tantos años (aunque desde luego con menos peligro). Él ha asumido valientemente su responsabilidad. Ella ni siquiera la tenía.

Lecturas recomendadas: “Lo difícil es perdonarse a uno mismo”, de Iñaki Rekarte

Foto RecarteClaudio Magris escribe en El Danubio que “Comandante en Auschwitz”, la autobiografía escrita por el oficial de la SS, Rudolf Hoess, era el mejor libro jamás escrito sobre el Holocausto. Y decir eso es mucho, a la vista de la categoría de algunos de los que han frecuentado este género (el libro de Hoess lleva un prólogo del mismísimo Primo Levi). Pero -calidad humana y literaria aparte, concretamente en las antípodas- Magris tiene toda la razón. Si uno lee para comprender, para aprender, sobre este tema uno aprende mucho más de los verdugos que de las víctimas. Por lo que dicen y por lo que no dicen. Y por cómo lo dicen.

Una de las cosas que más llaman la atención del libro de Hoess es la aparente naturalidad con la que discurren los acontecimientos. Una cosa lleva a la otra sin sobresaltos de ningún tipo. Empiezas leyendo sobre la niñez del protagonista (sin especiales traumas, como la mayoría) y te descubres unas cuantas páginas más adelante leyendo sobre crímenes atroces como si eso fuese algo “normal”, como un natural efecto de las anodinas causas relatadas un poco antes. Repasas preocupado las páginas intermedias buscando lo que te has saltado, ese punto de inflexión crítico, ese enorme elefante entrando en la habitación, pero por mucho que buscas no lo encuentras. Y te quedas pensando un buen rato, preguntándote si es que el autor no ha querido contarlo o es que, efectivamente, ese elefante nunca apareció. Pues bien, esa impresión la he vuelto a vivir leyendo el libro de Rekarte.

A las 8 y pico de la tarde del día 19 de febrero de 1992, cuando contaba 20 años de edad, Iñaki Rekarte apretó el botón del mando a distancia de un coche bomba en el barrio de la Albericia, en Santander, y asesinó a tres personas (un matrimonio en la cuarentena y un chico de 28 años a punto de casarse que pasaban por ahí) causando heridas graves a unos cuantos más (entre ellos tres guardias cuyo furgón en el que viajaban constituía su objetivo principal). Unos meses antes su comando había asesinado a un joven narcotraficante.

Este es el efecto. Pero cuando uno busca las causas no encuentra aparentemente nada sustancial, al menos según la propia opinión del autor. Es cierto que se mencionan ciertos acontecimientos, como la detención injustificada de su padre durante unos meses, pero ningún tipo de radicalismo político especial. Confiesa expresamente que pesó más el afán de aventura y la atracción de las armas que ningún componente ideológico. Es más, que esta era la pauta habitual en los comandos de ETA. Luego, eso sí, en las cárceles se producía el adoctrinamiento completo, pero el motivo era buscar la complicidad y la protección que genera el grupo, y también encontrar un cierto “sentido” retroactivo a lo ya hecho, y al precio que se estaba pagando por ello. El adoctrinamiento político servía para “explicar” la “acción” después de realizada, pero no antes. Curiosamente, parece que el odio surge después de matar, no antes de hacerlo.

Por supuesto, hay decisiones claves, básicamente las de entrar en un comando legal de ETA y luego en uno liberado. Y son genuinamente voluntarias, en el sentido más aristotélico del término. Rekarte no lo niega ni por un momento. Pero cuando uno lee el relato da la impresión de que los escalones son muy bajitos. Muchos, pero muy bajitos. Uno te va llevando al otro con gran naturalidad. Y el motor que le va empujando funciona con emociones, básicamente de camaradería, según confiesa.

No obstante, si estos libros enseñan tanto, no es solo por lo que cuentan directamente, sino también por lo que callan o dejan entrever al relatar otros aspectos de su vida. Rekalde es hoy un arrepentido, rechaza expresamente la violencia, considerando que nunca tuvo sentido. Es decir, no es uno de esos que rechazan la violencia de cara al futuro porque ven que están derrotados (eso no se llama arrepentimiento, sino percepción de la realidad). Rekalde, por el contrario, asume sus culpas. Pero hay algunas cosas que llaman la atención. Voy a destacar dos.

En un momento dado señala que un dirigente de ETA (López Peña) tuvo en sus manos “conseguir una salida digna para ETA”, pero la malogró con el atentado de la T4 en diciembre de 2006 que puso fin a la segunda tregua. Sin embargo, yo me pregunto qué salida “digna” era posible en esa época, con tantos muertos absurdos a las espaldas, incluidos los de Iñaki. Si me dice en 1976, ya me costaría aun entenderlo, pero en 2006… ¿De qué tipo de dignidad estamos hablando?

Comprendo que el proceso de desintoxicación después de tantos años de adoctrinamiento carcelario es lento y entiendes que lleve su tiempo. Pero hay otros hechos narrados que me han resultado aun más reveladores. En otro momento de la narración, su pareja –Mónica, la verdadera heroína de esta historia- comenta que Iñaki estaba empeñado en que el hijo que habían concebido en prisión naciera en Euskadi, en Irún, y que incluso hubo momentos de tensión en la pareja en cuanto a eso. Conviene precisar que Mónica vivía en Cádiz (donde también residía su familia) y que tenía que hacerse entre 800 y 1000 Km en coche cada quince días, ida y vuelta, para ir a visitar a su marido, en Salamanca y en Asturias. La razón es que Iñaki quería que el niño fuese vasco.

Hay que reconocer que esto no es muy normal. Si te lo pintan en “Ocho apellidos vascos”, pues te ríes. Pero los que conocemos cómo es aquello, y yo lo sé por mi línea materna, sabes que, aunque te rías, a veces tiene poca gracia. Porque aunque Iñaki afirme que las motivaciones ideológicas apenas contaron en su decisión, ese fanatismo nacionalista (aunque sea más “cultural” que político), absolutamente irracional, que viene además de muy lejos, es un oxigeno que no se percibe bien cuando se respira, pero que al final –en los grandes números en los que se mueve la estadística-termina por exigir su precio.

Pero no me entiendan mal. Este es un gran libro. Reivindica eso que obsesionaba a Sócrates y a Hanna Arendt: la virtud del juicio. Cuando volvía a casa, el daimón de Sócrates le preguntaba qué había hecho mal ese día y le pedía reflexionar un poco sobre eso. Un compañero incómodo cuando no te portas bien, desde luego. En la actualidad, todavía en el País Vasco y también en el resto de España, necesitamos mucha gente que cuando vuelva a casa se pregunte qué no ha hecho bien. Y este libro, como el de Hoess, te da muchos motivos para hacerlo. No sea que un buen día descubras -quizás en escenarios menos dramáticos, pero aun así muy relevantes- que has subido muchos escalones sin apenas darte cuenta.

El libro también sirve para muchas otras cosas. Para conocer un poco nuestro sistema carcelario. Para comprender que salen mucho más rentables las trabajadoras sociales y las palabras amables que los golpes y los malos tratos. Y para conocer un poco a un personaje absolutamente excepcional: a Mónica, fiel compañera de travesía de Iñaki desde una primera época de empecinamiento en la doctrina totalitaria, hasta la actualidad, una vez arrepentido, en un pueblo en el norte de Navarra, en donde a veces tienen que sufrir lo mismo que otros sufrieron durante tantos años (aunque desde luego con menos peligro). Él ha asumido valientemente su responsabilidad. Ella ni siquiera la tenía.

¡Ay, Derecho! Comisiones de resultados, sin resultados: tonto es el que hace tonterías

El otro día vinieron dos jóvenes dinámicos y suficientemente preparados por cuenta de una agencia de valores con la pretensión de que hiciera una inversión con ellos. Esta es la conversación que mantuvimos, aproximadamente:

Yo: Podemos hablar de lo que queráis, pero os adelanto que soy muy escéptico con todas estas cosas financieras. Os voy a exponer mis reticencias. En resumen: si es un banco el que me dice que me va a dar “asesoramiento financiero” y va a decirme los productos que más me interesan según mi perfil y de acuerdo con unos datos que previamente me pide, lo primero que voy a pensar es que me va a colocar los que más les interesen al banco y no a mí, y por supuesto dentro de los que ellos ofrecen. Por supuesto, la Ford me va a vender sus coches, pero que no le llamen asesoramiento a eso que hacen. Por cierto, espero que vuestras instalaciones no estén llenas de mármoles y oros, que me despiertan vehementes sospechas.

Joven dinámico: ¡No, no! Nuestras instalaciones son normales. Y nosotros no dependemos de nadie, somos una empresa que asesoramos imparcialmente y por tanto vendemos los productos que más interesen al cliente.

Yo: ¡Ah! Pues entonces quiero saber cómo os remuneráis. Es decir, de quién cobráis vosotros. Porque, claro, si recibís una comisión de algún fondo, la tendencia va a ser que me coloquéis el producto que más comisión os dé.

Joven suficientemente preparado: No, no, eso no es problema tampoco. Con nosotros todo es transparente. Cobramos una cantidad concreta por gestión anual. Luego, si se quiere una atención más personalizada, se puede también dar, con una remuneración adicional.

Yo: Ah, bien. Yo casi prefiero pagar por el consejo, pera que el que lo da sea independiente y no haya subterfugios. Pues entonces, a ver, a ver, enseñadme los folletos de vuestros productos.

Joven dinámico: Aquí los tienes: el fondo maximegaplus forring que tiene una trayectoria de crecimiento impresionante.

Yo: Perfecto. Con una comisión anual del 1 % de gestión, ya….pero, y esta “comisión de resultado”, ¿qué es? ¡Pero si es de un 9 por ciento!

Joven suficientemente preparado: Hummm…este….bien…es para cuando haya una gestión muy positiva, un premio.

Yo: ¿Premio? ¿Qué premio? A ver, contadme cómo funciona eso.

Joven dinámico: Bueno, la “comisión de resultado” funciona así: tu pones el 1 de enero 100 euros en un fondo, y al  31 de diciembre vale ese fondo 150 euros. Este 150 es lo que se llama “marca de agua”. Pues bien, si el año siguiente -el segundo- el fondo vale 200, te cobramos un 9 % por la diferencia entre 200 y la marca de agua, por los méritos de la gestión. En este caso sería la diferencia entre los 2oo que vale hoy el fondo y los 150 que valía el año pasado. O sea, un 9 por ciento de 50 euros, 4,5 euros, vamos.

Yo: Pero, esa comisión ¿se cobra en cualquier caso? Porque, vamos, yo no soy un financiero, pero si, por ejemplo, la media del IBEX es 250, o sea, más de lo que mi fondo se haya revalorizado -en el ejemplo que me has puesto, los 200 euros- ¿también me cobran?.

Joven Dinámico: Pues…si, porque ahí ha habido un trabajo de revalorización y merece un premio.

Yo: Vamos a ver, algo se me ha escapado. Por ejemplo: si yo compro una acción de todas y cada una de las compañías del IBEX, o un producto de esos que van sobre el IBEX, puedo perder o ganar, pero me voy a quedar en la media de lo que haga la Bolsa. Para obtener esa remuneración –o pérdida- no hay que ser ningún genio. Lo difícil o meritorio es conseguir una rentabilidad sobre la media al elegir las compañías que suben más y no las que suben menos.

Joven suficientemente preparado: Ya, pero sobre la marca de agua se ha obtenido una rentabilidad…

Yo (un tanto molesto): Pues, hijo, a mi me parece un timo que os llevéis un 9 por ciento de la subida cuando la media de la bolsa ha sido superior a la vuestra. Incluso sin hacer ningún esfuerzo, apostando a la media, se habría obtenido una rentabilidad mayor. O sea que técnicamente la gestora lo ha hecho mal, porque ha elegido los valores peores. Y, por cierto, esto no se ve mucho en la información que dais, hay que ponerse bien las gafas de cerca. Haced el favor de hacerme una contraoferta en la que no salga nada de comisión de resultados y mandadme toda la información que tengáis de eso, que a lo mejor hago un post para cierto blog.

No se volvió a saber, por supuesto. Pero preguntando al señor Google, resulta que esto es una cosa que admite la CNMV en una circular (incluso hasta el 18%).

Miren este comentario sobre malas prácticas en esta materia en la que se recomienda, con demasiada blandura, a mi modo de ver, que “la comisión sobre rentabilidad se podría calcular más habitualmente sobre el exceso frente a índices o referencias adecuadas, quizás replanteando la normativa en varios aspectos“. O sea, que esa comisión solo se aplique cuando haya un verdadero beneficio. Claro.

De todo ello deduzco dos cosas alucinantes más:

  • Si el primer año ha habido pérdidas, puede ser que el segundo haya “premio”, porque la marca de agua es más baja.
  • Cabe un “reseteo” de la marca de agua pasados tres años desde que haya conseguido la entidad una comisión de resultado. O sea, que si no consigo beneficios, empezamos de nuevo y reseteamos. Ver aquí un comentario sobre marca de agua y reseteo.

Tonto es el que hace tonterías, que decía el filósofo Forrest Gump, así que antes de comprar, mire usted bien esas comisiones.

 

¡Ay, Derecho! Comisiones de resultados, sin resultados: tonto es el que hace tonterías

El otro día vinieron dos jóvenes dinámicos y suficientemente preparados por cuenta de una agencia de valores con la pretensión de que hiciera una inversión con ellos. Esta es la conversación que mantuvimos, aproximadamente:

Yo: Podemos hablar de lo que queráis, pero os adelanto que soy muy escéptico con todas estas cosas financieras. Os voy a exponer mis reticencias. En resumen: si es un banco el que me dice que me va a dar “asesoramiento financiero” y va a decirme los productos que más me interesan según mi perfil y de acuerdo con unos datos que previamente me pide, lo primero que voy a pensar es que me va a colocar los que más les interesen al banco y no a mí, y por supuesto dentro de los que ellos ofrecen. Por supuesto, la Ford me va a vender sus coches, pero que no le llamen asesoramiento a eso que hacen. Por cierto, espero que vuestras instalaciones no estén llenas de mármoles y oros, que me despiertan vehementes sospechas.

Joven dinámico: ¡No, no! Nuestras instalaciones son normales. Y nosotros no dependemos de nadie, somos una empresa que asesoramos imparcialmente y por tanto vendemos los productos que más interesen al cliente.

Yo: ¡Ah! Pues entonces quiero saber cómo os remuneráis. Es decir, de quién cobráis vosotros. Porque, claro, si recibís una comisión de algún fondo, la tendencia va a ser que me coloquéis el producto que más comisión os dé.

Joven suficientemente preparado: No, no, eso no es problema tampoco. Con nosotros todo es transparente. Cobramos una cantidad concreta por gestión anual. Luego, si se quiere una atención más personalizada, se puede también dar, con una remuneración adicional.

Yo: Ah, bien. Yo casi prefiero pagar por el consejo, pera que el que lo da sea independiente y no haya subterfugios. Pues entonces, a ver, a ver, enseñadme los folletos de vuestros productos.

Joven dinámico: Aquí los tienes: el fondo maximegaplus forring que tiene una trayectoria de crecimiento impresionante.

Yo: Perfecto. Con una comisión anual del 1 % de gestión, ya….pero, y esta “comisión de resultado”, ¿qué es? ¡Pero si es de un 9 por ciento!

Joven suficientemente preparado: Hummm…este….bien…es para cuando haya una gestión muy positiva, un premio.

Yo: ¿Premio? ¿Qué premio? A ver, contadme cómo funciona eso.

Joven dinámico: Bueno, la “comisión de resultado” funciona así: tu pones el 1 de enero 100 euros en un fondo, y al  31 de diciembre vale ese fondo 150 euros. Este 150 es lo que se llama “marca de agua”. Pues bien, si el año siguiente -el segundo- el fondo vale 200, te cobramos un 9 % por la diferencia entre 200 y la marca de agua, por los méritos de la gestión. En este caso sería la diferencia entre los 2oo que vale hoy el fondo y los 150 que valía el año pasado. O sea, un 9 por ciento de 50 euros, 4,5 euros, vamos.

Yo: Pero, esa comisión ¿se cobra en cualquier caso? Porque, vamos, yo no soy un financiero, pero si, por ejemplo, la media del IBEX es 250, o sea, más de lo que mi fondo se haya revalorizado -en el ejemplo que me has puesto, los 200 euros- ¿también me cobran?.

Joven Dinámico: Pues…si, porque ahí ha habido un trabajo de revalorización y merece un premio.

Yo: Vamos a ver, algo se me ha escapado. Por ejemplo: si yo compro una acción de todas y cada una de las compañías del IBEX, o un producto de esos que van sobre el IBEX, puedo perder o ganar, pero me voy a quedar en la media de lo que haga la Bolsa. Para obtener esa remuneración –o pérdida- no hay que ser ningún genio. Lo difícil o meritorio es conseguir una rentabilidad sobre la media al elegir las compañías que suben más y no las que suben menos.

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No se volvió a saber, por supuesto. Pero preguntando al señor Google, resulta que esto es una cosa que admite la CNMV en una circular (incluso hasta el 18%).

Miren este comentario sobre malas prácticas en esta materia en la que se recomienda, con demasiada blandura, a mi modo de ver, que “la comisión sobre rentabilidad se podría calcular más habitualmente sobre el exceso frente a índices o referencias adecuadas, quizás replanteando la normativa en varios aspectos“. O sea, que esa comisión solo se aplique cuando haya un verdadero beneficio. Claro.

De todo ello deduzco dos cosas alucinantes más:

  • Si el primer año ha habido pérdidas, puede ser que el segundo haya “premio”, porque la marca de agua es más baja.
  • Cabe un “reseteo” de la marca de agua pasados tres años desde que haya conseguido la entidad una comisión de resultado. O sea, que si no consigo beneficios, empezamos de nuevo y reseteamos. Ver aquí un comentario sobre marca de agua y reseteo.

Tonto es el que hace tonterías, que decía el filósofo Forrest Gump, así que antes de comprar, mire usted bien esas comisiones.