Reproducción post de nuestra coeditora Elisa de la Nuez en Voz Pópuli: el 24-M y el tiempo de los pactos

 

En España hay poca cultura de pactos y acuerdos de Gobierno, y por si nos quedaba alguna duda, ahí tenemos las reacciones frente al panorama que han dejado las históricas elecciones del 24-M. Estamos viendo y oyendo de todo, desde repetir lo del mantra de “la lista más votada”   siempre, claro está, que lo haya sido la lista de las complacencias del comentarista o tertuliano de turno, hasta apuntar a inverosímiles gobiernos “de concentración“ frente a una catástrofe inminente (se supone que la toma del poder local por el proletariado) pasando por todo tipo de combinaciones intermedias a cual más surrealista. Me parece que lo primero que hay que hacer es pararse a reflexionar sobre lo que han votado los ciudadanos españoles, antes de lanzarse a hablar de frentes “populares” o “constitucionalistas” que solo sirven para encrespar los ánimos y no favorecen precisamente que los representantes de los distintos partidos se sienten a hablar tranquilamente. Tampoco ayuda utilizar un lenguaje sectario que sigue confundiendo los adversarios políticos con los enemigos de la civilización o con delincuentes tarados, según los casos, o donde los que prefieren llegar a acuerdos son tachados de “traidores”.

Porque efectivamente y aunque sea una obviedad, los ciudadanos han votado pactos. Llega un tiempo nuevo donde lo que queremos es que ningún partido tenga la mayoría absoluta para hacer lo que le de la gana sin rendir cuentas a nadie, salvo en casos muy excepcionales, y eso, en democracia, quiere decir que hay que ponerse de acuerdo. Dado que nuestro régimen político, por diversas razones que ya han sido muy analizadas, no ha sido capaz de establecer un sistema de “checks and balances” o contrapesos digno de tal nombre, los ciudadanos han encontrado una vía alternativa y bastante sabia: los checks and balances alternativos, es decir, el que los propios partidos, especialmente los nuevos, ejerzan las funciones que no han sabido cumplir ni el Parlamento, ni el Poder Judicial, ni las Administraciones Públicas ni en general ninguna institución de supervisión y control.  Ningún partido tiene la capacidad de gobernar por sí solo; a partir de ahí, hay que ponerse de acuerdo. Y en este tiempo nuevo, lo que esperamos los ciudadanos es que los acuerdos versen sobre programas o proyectos, y no sobre el número de sillones a repartir.

Empieza pues una nueva etapa en nuestra vida política, que sin duda no va a ser fácil, y que nos va a suponer un esfuerzo muy importante de madurez democrática como sociedad. Sinceramente, creo que los españoles del 2015, como en su momento los españoles de hace 40 años, estamos en condiciones de dar este salto cualitativo a una democracia de mayor calidad, que es, en definitiva, de lo que estamos hablando. 

Cierto es que hasta ahora en España tampoco tenemos mucha cultura de llegar a acuerdos que sean algo más que un intercambio de cromos; en esto los partidos nacionalistas que hasta ahora han funcionado como “partidos bisagras” se han llevado la palma. Pero no solo han sido ellos; los acuerdos que ha habido que alcanzar entre distintos partidos sobre todo en Gobiernos autonómicos han consistido más bien en un reparto de cargos (esta concejalía para ti, esta consejería para mí, tú colocas a unos cuantos, yo coloco a otros tantos) aunque formalmente se haya hablado de programas, faltaría más. Y no han resultado precisamente un éxito para los partidos implicados, quizá sobre todo porque los acuerdos versaban más sobre los sillones que sobre las ideas, y eso se acaba notando mucho. En todo caso, desde el momento en que los partidos emergentes han proclamado su decisión de no entrar en gobiernos en los que no han obtenido la mayoría para gobernar, la cuestión se simplifica: los acuerdos tienen que alcanzarse en base sobre todo a determinadas cuestiones básicas y, en particular, a una que me parece esencial porque es sobre lo que hay que construir todo lo demás: la necesidad de la regeneración democrática e institucional.

Efectivamente,  en mi opinión antes de políticas de izquierdas o de derechas –al fin y al cabo estas no han sido unas elecciones generales- los españoles hemos votado un cambio de las reglas del juego; y además un cambio desde las instituciones, es decir, “de la ley a la ley” como nos gusta decir a los juristas. En primer lugar, para que las normas sean respetadas, de manera que cuando los jugadores salten al terreno de juego no se hagan trampas,  el árbitro no esté comprado, y los jugadores no se dejen ganar porque hayan sido sobornados. En segundo lugar, hemos votado para que el terreno de juego esté limpio y en buen estado; nada de cascotes o cristales por el suelo. A partir de ahí, cada uno  que salga a ganar y a intentar realizar sus políticas lo mejor que sepa y pueda.

Por tanto me parece esencial que una parte fundamental de los pactos a los que se llegue finalmente versen en primer lugar sobre la regeneración de nuestras instituciones y el fortalecimiento de nuestro Estado de Derecho. En ese sentido, los diez puntos que exige Ciudadanos para pactar, que, mejor o peor elegidos, giran todos en torno a la regeneración democrática y el “tolerancia cero” con la corrupción –si bien un poco menos concreto- que exige Podemos y movimientos afines son relevantes, siempre, claro está, que se respeten en los acuerdos y, sobre todo, que sea posible su monitorización e implantación efectiva para evitar apaños cosméticos.

Por último, recordemos que muchos de los movimientos nacidos del 15-M se han presentado a las elecciones, como les reclamaban sus adversarios cuando acampaban en la Puerta del Sol; y en muchos sitios las han ganado, por lo que legítimamente pueden intentar llevar a cabo sus programas dentro, claro está, del marco que establecen las leyes y de las competencias que tienen atribuidas. Por mucho que se quiera, no se puede cambiar la Constitución o una simple ley desde el Ayuntamiento de una ciudad importante; ni siquiera desde una Comunidad Autónoma. Lo que sí se puede y a lo mejor se debe es cambiar la forma en que se adjudican muchas contratas de limpieza, por poner un ejemplo cualquiera. O apostar más por las políticas sociales y menos por los pelotazos urbanísticos. En todo caso, tampoco viene mal que algunos de estos movimientos aprendan a gestionar los intereses generales por donde se debe empezar: por la política municipal.

5 comentarios
    • nicofiro
      nicofiro Dice:

      Hay una errata en mi comentario, el porcentaje de gobiernos sin un partido mayoritario detrás es del 60,6% (puse sin querer el porcentaje de gobiernos con mayoría absoluta).

  1. O,Farrill
    O,Farrill Dice:

    Coincido en gran manera con el análisis de Elisa sobre lo ocurrido el 24M (otra fecha que no olvidaremos al igual que el 15M). Cuatro años después de las movilizaciones ciudadanas y de los "perroflautas" tan denigrados y escarnecidos desde todos los medios del sistema, el miedo ha cambiado de bando. Miedo a perder los privilegios, chollos y gabelas que producían clientelismo político y una economía irreal. Según se ha publicado el Sr. Alierta ya ha convocado a ese consejo económico de los "grandes" para analizar lo ocurrido y prever lo que puede ocurrir en unas generales. Hace unos días en Sitges se hablaba de lo mismo y de la previsible "fuga de inversores" (ya llegarán otros) y las campanas de alarma no cesan de tocar en todas las torres del castillo. Es tiempo de cambio y, sobre todo, quizá de auditorías para saber qué ha estado pasando en muchas instituciones. Anteayer salían por una puerta lateral de un edificio público unos cuantos contenedores de documentos triturados ¿casualidad? quizá. El "soberano" ha llegado y parece estar dispuesto a ejercer como tal. En cuanto a la fragmentación que puede producir "ingobernabilidad" coincido con Elisa: se controlarán y vigilarán mejor entre ellos.

  2. Jesús Casas
    Jesús Casas Dice:

    ¿Por qué motivo una democracia de mayor calidad es una democracia de pactos? ¿Se necesitan pactos para administrar los servicios públicos de una ciudad?¿O se necesitan datos reales y conocimientos de gestión y una "voluntad constante y perpetua" (cada día, para siempre) de cumplir las normas? ¿En qué me beneficia como ciudadano de un municipio que el contrato de la limpieza haya sido pactado o no entre dos o más partidos o que lo haga el alcalde (una sola persona, decente y proba) cumpliendo la ley? ¿Es que no ha habido pactos con los nacionalistas que nos han llevado a la educación disgregadora como adoctrinamiento hacia el secesionismo?¿Es que no ha habido acuerdos sobre o bajo la mesa con los sindicatos y la patronal? ¿Es que la bondad o maldad de una idea parten de que alguien esté en el gobierno o la oposición, o sea rojo o azul o morado o naranja? Se dice de la Serenísima República de Venecia que el éxito de su larga vida fue una constitución política de controles y contracontroles. En la República romana el ivs intercessionis o derecho de veto servía para contrapesar los poderes de los cónsules y los tribunos. ¿Si todos hacen un pacto para cometer violar la norma o hacer una estupidez palmaria queda todo sanado por el "consenso"? ¿No se trata de que quien asuma una responsabilidad la cumpla y existan controles externos por si acaso? Espero respuesta porque ya ven Uds. que no cojo la onda. Había pensado que la fortuna de la Familia Pujol tenía consenso, tácito, silencioso, ominoso, pero consenso. Espero que Dña. Elisa esté en lo cierto, por la cuenta que nos tiene.

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