El camino de Dinamarca: reproducción de la Tribuna en el Mundo de nuestra coeditora Elisa de la Nuez

 

El resultado de las elecciones del domingo arroja sin duda un resultado muy difícil de gestionar, consagrando un escenario de pluripartidismo y de necesidad de pactos o/y Gobiernos de coalición que, siendo habitual en otros países de nuestro entorno, lo ha sido mucho menos en España al menos a nivel nacional. Sin embargo, la sociedad española parece preparada para esta novedad, lo que es un síntoma de madurez democrática. Efectivamente, las encuestas reflejan  que los ciudadanos españoles –especialmente las nuevas generaciones- no están especialmente preocupados por la necesidad de gobiernos de coalición o de pactos a varias bandas, ni tampoco por la posible inestabilidad o la supuesta falta de gobernabilidad. Desde luego lo están mucho menos que nuestros representantes políticos (al menos hasta hace dos días) y que los medios de comunicación, tanto nacionales como extranjeros.

Pero los ciudadanos también tienen que ser conscientes de que con el panorama surgido de las elecciones del 20D las reglas del bipartidismo (básicamente las que impiden llegar a acuerdos entre adversarios políticos llamados a sustituirse) ya no pueden aplicarse, porque impedirían la constitución de un Gobierno estable. Dicho de otra forma: si abrazamos el pluripartidismo, hay que hacerlo con todas las consecuencias, y hay que asumir que pueden darse acuerdos (puntuales o no) entre partidos como el PP y el PSOE que difícilmente se hubieran producido en el pasado reciente. De la misma forma, tendremos que asumir que los nuevos partidos no van a funcionar ni como las marcas blancas de los tradicionales, ni como aspirantes a sustituirles. Eso es lo que significa de verdad el pluripartidismo.

Tenemos que ser conscientes de que la necesidad de llegar a acuerdos entre varios partidos para garantizar que haya un Gobierno puede ser la gran oportunidad que estábamos esperando para acometer las imprescindibles reformas institucionales que han quedado aparcadas a lo largo de la última legislatura. Particularmente cuando, como es inevitable, se ponen en riesgo los intereses de las redes clientelares de los partidos tradicionales creados a lo largo de décadas

En este sentido, los españoles hemos salido un tanto escarmentados de la pasada mayoría absoluta por dos motivos: Primero porque no ha servido para realizar auténticas reformas estructurales y de cambio de modelo productivo  –más allá de la muy necesaria reforma laboral y del sistema financiero que exigían nuestros socios-  ni, sobre todo, para abordar la urgente regeneración institucional. Segundo porque, en un contexto de instituciones débiles  y colonizadas por los partidos políticos,  el abuso de la mayoría absoluta y la confusión de los intereses generales con los del partido en el gobierno ha sido un riesgo cierto, especialmente visible en los casos de corrupción. La experiencia nos ha aconsejado la conveniencia de contar con contrapesos mucho más robustos en forma de pluripartidismo y, en particular, de devolver al Parlamento el papel esencial que le corresponde en una democracia representativa. Porque aunque la legislación compulsiva anunciada cada viernes en los Consejos de Ministros y la aprobación de innumerables decretos-leyes por “razones de extraordinaria y urgente necesidad”  nos lo hayan hecho olvidar, lo cierto es que al Gobierno no le corresponde la función de elaborar las leyes: esa es la tarea del Parlamento. Al Gobierno le corresponde la función ejecutiva y la potestad reglamentaria respetando esas leyes y por supuesto la Constitución, además de la dirección de la política interior y exterior.

El Parlamento tiene también otra función esencial, que suele también difuminarse en tiempos de mayorías sólidas como son las que tradicionalmente ha tenido España, y es la del control del Ejecutivo, un control que debe de ser real y efectivo, para lo que es imprescindible que el Ejecutivo no controle al Parlamento como si fuera un títere suyo. En fin, gracias a la fragmentación del Parlamento recién elegido puede que en esta legislatura podamos visualizar con cierta claridad el funcionamiento ordinario de una democracia parlamentaria, lo que debería de ser un motivo de alegría. Quizá hasta descubramos las dotes (o la falta de ellas) de algunos parlamentarios electos, lo que no nos vendrá mal a la hora de conocerles un poco mejor y de decidir si merecen o no repetir en las listas. La falta de experiencia previa de gran número de los nuevos diputados puede llegar a ser una ventaja desde el punto de vista de la regeneración del Parlamento español en temas tales como las incompatibilidades, los conflictos de intereses, la transparencia o el rigor en la gestión del dinero público, facilitando la asunción de nuevas y más exigentes normas de conducta.

Pero yendo más allá, el escenario que se ha abierto este domingo ofrece indudables posibilidades que convendría no dejar escapar. Se puede llegar a pactos pluripartidistas o transversales que afecten a las propias reglas del juego democrático, intentando avanzar desde una democracia de poca calidad a una democracia más exigente y de mayor calidad. Se trata, como se ha dicho muchas veces en las páginas de este periódico, de ir desmontando el Estado clientelar surgido en torno a unos partidos políticos muy fuertes, que han invadido espacios que no les correspondían, y en cuyo caldo de cultivo ha germinado con fuerza la corrupción, e ir avanzando hacia un Estado más moderno, con unas instituciones neutrales, una Administración despolitizada, profesional y eficiente, un Poder Judicial independiente, una gestión pública transparente y eficaz en defensa de los intereses generales, una evaluación sistemática de las políticas públicas y una exigente rendición de cuentas. Si, parafraseando a Tocqueville, ninguna clase política es capaz de sacar lo que su sociedad no tiene previamente dentro, estas elecciones apuntan a que la sociedad española tiene ganas de intentar este cambio. Ahora queda por ver si los políticos elegidos este domingo –la mayoría todavía por cooptación y de acuerdo con las viejas reglas electorales- tienen también ganas de intentarlo, dejando de lado las siglas y los intereses partidistas por un tiempo determinado en beneficio de todos.

No debería de ser tan complicado, si nos fijamos en el diagnóstico en gran medida coincidente sobre la necesidad y urgencia de la regeneración institucional que han realizado los dos partidos emergentes, que puede fácilmente llegar a compartirse por los  partidos tradicionales aunque sea por necesidades aritméticas. Llega el tiempo de las políticas “bisexuales” por utilizar la misma expresión que Víctor Lapuente en su interesante libro “El retorno de los chamanes” donde advierte del peligro de los populismos y sus engañosas recetas de soluciones fáciles frente a problemas complejos. El auténtico reto es construir a partir de ahora un discurso público sobre presupuestos  correctos, apoyándose en los datos disponibles y huyendo de ideas preconcebidas, de conceptos abstractos, de prejuicios y de cosmovisiones simplistas. Esto requiere ser capaces de debatir sobre impuestos, pensiones, reforma laboral, violencia de género, referéndums, desahucios o cualquier otra cuestión sin dar nada por sentado y con disposición para examinar todas las posibilidades con la finalidad de lograr la mejor solución concreta para cada problema. En definitiva, hay que abordar las discusiones y los posibles acuerdos con espíritu crítico y abierto y con un saludable escepticismo; muchas veces las mejoras serán más modestas de lo que nos gustaría, pero lo importante es que sean mejoras y vayan en la dirección correcta. Es lo que llevan haciendo muchos años los países nórdicos con excelentes resultados en términos de libertad y de igualdad de oportunidades, así como de crecimiento económico. El que los gobiernos de coalición, los pactos y el multipartidismo sean frecuentes en Dinamarca o Suecia no es una casualidad.

En este contexto, no puede haber bloques frentistas ni exclusiones de partidos a “priori”;  todas las reformas se pueden y se deben hablar con todos, como se hizo con gran éxito al comienzo de la Transición en una situación bastante más complicada y sin experiencia democrática previa.  Se trataba entonces, como se trata ahora, de establecer un nuevo marco  político para la convivencia de los españoles para los siguientes 30 o 40 años, con o sin reforma constitucional. Esta es la auténtica Gran Coalición que la sociedad española ha pedido el domingo en las urnas. Aún reconociendo que no será fácil, es lo que hay que intentar darle a los ciudadanos que han repartido estas cartas a los distintos jugadores. Requerirá mucha paciencia, mucha negociación, mucha pedagogía y también muchas renuncias y mucha comprensión de los electores. También requerirá tiempo. El que no lo entienda así o no se vea capaz de emprender este camino debería echarse a un lado y dejar el paso a otros. Es tiempo de responsabilidad, de rigor y de generosidad. Todos, políticos y ciudadanos debemos estar a la altura.

2 comentarios
  1. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    El artículo de Elisa me suscita varias reflexiones que, en general, no suelen ser objeto de tratamiento en la esfera pública pero esta mañana me parecen de algún interés. Al menos para ser conscientes de su existencia mientras buscamos con quién Pactar.

    Me refiero a la Fragmentación que nuevamente emerge (ya teníamos la Territorial) y a la Capacidad de pacto que nos hace falta si "se pretende" que haya un gobierno en España

    Digo "si se pretende" porque bien podría suceder que la intención manifiesta del cuerpo electoral es que no haya gobierno.

    Las tres reflexiones mañaneras son las siguientes.

    1. La Tipología Electoral en Relación al peso global de un País
    2. La Cultura del Pacto y
    3. La Función de un Gobierno Estatal Hoy. ¿Qué se elige en unas Generales?
    ———————-
    1.
    Los países son todos diferentes y sus diferencias se consolidan en diferentes "pesos" en la esfera internacional.

    En la Cúpula se encuentra el Poder o los Poderes Imperiales, seguidos por los Intermedios muy fuertes o especializados en alguna faceta (Industrial o Financiera, por ejemplo) y los Menores o Satélites de los anteriores en diferentes agrupaciones o "clusters", racimos.

    Pues bien, es observable que los países de menor peso tienden a estar más fragmentados políticamente mientras que los de escalones superiores han establecido sistemas electorales que Protegen situaciones de Bi-Partidismo y que a los Puestos Ejecutivos se acceda por Claras mayorías. Uninominalidad o Segundas Vueltas son la norma en los grandes países. Es como si tuvieran cosas más importantes que hacer y no pudieran permitirse la fragmentación.

    Los casos más evidentes son EEUU, Francia y UK.
    Alemania, que emerge de la posición muy subordinada propia del vencido, demuestra desde su inicio la capacidad de establecer Eine Grosse Koalition capaz de hacerse un hueco ante los vencedores de la 2ª Guerra Mundial. La Nación es consciente de su necesidad y no por razones Internas.

    El resto de Europa son países más claramente del tipo Satélite, frecuentemente muy Pequeños y Dependientes económica y geopolíticamente de las cúpulas.
    Cada vez más, hasta sus principales medios de difusión son de Propiedad Extranjera como estamos viendo en España.

    Los países Nórdicos, Holanda, Italia, etc son ejemplo de Pacto/Fragmentación, de dependencia económica de Alemania y Bruselas y de un estrecho alineamiento geopolítico con EEUU y sus Instituciones. UK, que se lo ve venir, comienza a tratar de Reubicarse antes de que le pille.
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    2.
    Los lectores que han vivido en diferentes países saben de primera mano que el "pactismo" es un rasgo cultural. Aprendido a lo largo de siglos.

    Por simplificar, los Nórdicos, en la esfera Pública, propenden al acuerdo Antes incluso de decidir qué hacer y tienen un sentimiento Comunitario más fuerte que el nuestro.
    No estoy seguro de que en la esfera Privada (doméstica) les suceda lo mismo pero tanto en los negocios, en las empresas como en otros tipos societarios de multiplicidad de miembros, su instinto natural es ponerse de acuerdo. Ni lo dudan.

    En España, comparativamente, estamos lejos de esta situación y, tengo la impresión de que el Cantonalismo sigue imperando mientras emerge algún César que se imponga claramente.
    Además esto se ha fomentado deliberadamente. La Ruptura de cualquier cosa que signifique una España unida ha sido una Constante de la acción y omisión política.

    El resultado de estas elecciones supone un retroceso en la escala anteriormente descrita que –una vez analizado el conglomerado de "Podemos"– nos lleva a la Gloria Cartagenera.

    Por poner un ejemplo concreto: En mi caso, claramente prefiero una sucesión de nuevas elecciones hasta que emerja un grupo capaz de gobernar (bien o mal). Esto me parece psicológica y pragmáticamente preferible a los acuerdos –¿?– a los que puedan llegar puntos de vista incompatibles –en los que se expresan desde posturas experimentadas hasta el último loco del barrio–. Lo bueno y lo malo existen: no son Relativos por mucho que Rorty se empeñe, socarrón, en explicarnos que el Sistema procura crear su propio criterio de calidad.

    Por otra parte ¿desde cuándo el Pacto llega a Mejores Decisiones que su alternativa? Que algo sea más "tranquilo" a corto no significa que sea "positivo" a largo.

    Llevamos casi 40 años pactando con los Pujoles y los Ibarretxes. ¿Qué tal?
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    3.
    ¿Para qué sirve hoy el gobierno de un Estado que no se encuentra en la Cúpula del Poder global? La verdad es que para poco.
    Por usar un símil empresarial, la abismal distancia entre lo que era un Jefe de Gobierno y lo que hoy es, se parece mucho a la que existía entre un Director General de un Gran país de antaño y un Gerente de Sucursal de una Capital de Provincia.

    Esto basta para explica buena parte de las importantes diferencias del "material humano" que se candidata hoy a puestos que, de su Papel Histórico, solo conservan el Nombre.

    A medida que nuestro peso específico siga decreciendo todos estos rasgos se irán acentuando porque, además, son los que convienen a la estructura jerárquica del poder globalizador.

    Si queremos que nuestro peso crezca, ya sabemos el camino.

    Saludos.

  2. O'Farrill
    O'Farrill Dice:

    El artículo de Elisa responde a unos resultados que,,, ¿porqué no? pueden relacionarse con el comentario de Manu: "bien podría suceder que la intención manifiesta del cuerpo electoral es que no haya gobierno". Yo me inclino más bien porque los electores han escogido una fragmentación parlamentaria que pudiera ser más representativa del pluralismo social, del pueblo en definitiva, que hará más difíciles las componendas o pactos a dos anteriores. Por otra parte, estoy totalmente de acuerdo con Elisa. Venimos insistiendo en que "gobernar" no es hacer leyes, sino aplicar las que salen del Parlamento. Por eso y a pesar del supuesto temor a la "ingobernabilidad", me parece mejor y mucho más representativo, que esas leyes surjan de debates intensos, de auténtico trabajo parlamentario, que de la imposición del gobierno de turno a través de su mayoría legislativa. Las decisiones serán mejores o peores -como dice Manu- pero responderán mejor a la voluntad popular en sus distintas sensibilidades políticas o sociales. Mientras tanto no hay nada que temer. Existe un gobierno en funciones que no puede seguir dictando normativa, existen unas leyes en vigor que se revisarán (Constitución incluida) para actualizarlas, racionalizarlas y ser garantes de la seguridad jurídica real y existen unas instituciones que se limitarán a seguir gestionando normalmente lo que les corresponde hasta nueva orden. Una situación que a los administrados les puede resultar relajante mientras que sus administradores se ponen de acuerdo para facilitarnos la vida desde la eficacia, la honestidad y los controles reales de gestión, que es lo que pura y simplemente queremos. Unos administradores al servicio de los administrados, no al revés como ahora. Tengamos esperanza. Un saludo.

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