La reprobación

Hoy martes el Congreso de los Diputados procederá a reprobar al Ministro de Hacienda, Sr. Montoro. Si todo discurre conforme a lo previsto, la Cámara aprobará por mayoría absoluta la moción presentada por el PSOE, al amparo de los artículos 111,2 de la Constitución y 184 del Reglamento del Congreso. La moción solicita, a la vista de la Sentencia del Tribunal Constitucional de 8 de junio de 2017 que anula la famosa amnistía fiscal (ya comentada en este blog), la reprobación del ministro por haber beneficiado a los defraudadores, vulnerando principios constitucionales, mientras se incrementaba la carga fiscal de los contribuyentes que cumplen sus obligaciones fiscales.

Esta reprobación se une a otra, la primera realizada a un ministro por el Congreso desde la Transición, aprobada también por mayoría absoluta hace poco más de un mes, en esa ocasión en relación al titular de Justicia, Sr. Catalá. Se le reprueba por su injerencia para obstaculizar la acción de la justicia en las causas judiciales por delitos relacionados con la corrupción en las que resultan investigados cargos del PP, y por impulsar nombramientos en la Fiscalía para favorecer los intereses de los investigados.

Parafraseando la famosa cita de Oscar Wilde (“To lose one parent may be regarded as a misfortune; to lose both looks like carelessness.”), que te reprueben un ministro puede ser mala suerte, pero que te reprueben dos seguidos verdaderamente demuestra una falta de cuidado preocupante. Para comprenderlo debidamente es necesario estudiar la historia, la regulación, y la significación política de estas mociones.

En la historia del parlamentarismo una moción de reprobación de un ministro era un anuncio de la pérdida de confianza de la Cámara y normalmente provocaba la dimisión y caída del Gobierno. La inestabilidad que tal cosa implicaba llevó a nuestra Constitución a limitar ese efecto a la moción de censura constructiva (art. 114 CE). Por eso no cabe reprobar al Presidente del Gobierno o al Gobierno en bloque sin acudir a este procedimiento. La eficacia de la moción de reprobación regulada en el art. 111,2 CE, en consecuencia, es meramente política, sin que conlleve ningún efecto jurídico determinado (como podría ser el cese automático del ministro de turno).

Ahora bien, el que tenga un valor meramente político no significa que no sea importante. Entender otra cosa sería pervertir las reglas de nuestro sistema democrático. La reprobación por mayoría absoluta de un ministro deja al Gobierno en una situación muy desairada, sin duda alguna, como consecuencia del rapapolvo al que le somete el órgano supremo de la soberanía nacional, de tal manera que la única salida digna sería la dimisión o cese del ministro afectado. Pero, al margen de esto, tiene una significación política todavía más profunda.

Para que el Gobierno haya podido constituirse y mantenerse necesita el acuerdo expreso o implícito de la mayoría de la Cámara. Lo vimos en la investidura de Rajoy y en la actual moción de censura de Podemos. El Congreso no quiso investir a Pedro Sánchez en lugar de Rajoy, y no ha querido derribarlo ahora, pese a que para ello hubiera bastado la misma mayoría necesaria que se ha obtenido para estas dos reprobaciones. La razón fundamental es que hay dos partidos –principalmente Cs pero también el PSOE- dispuestos a soportar la gestión política del Gobierno como mal menor frente a la única alternativa que les ofrece Podemos, pero no lo que se desvíe de ella hasta alcanzar cotas de desvergüenza y atentado a los principios fundamentales del Estado de Derecho.

Fijémonos en  el caso concreto de Cs. Ha suscrito un pacto de investidura y está dispuesto a apoyar al Gobierno para sacarlo adelante, pero no quiere aceptar comportamientos que traspasan los límites de la decencia democrática, como los realizados por esos dos ministros. Hasta aquí bien, pero el problema, como vio agudamente Oscar Wilde, es que todo tiene un límite: Uno, vale; dos es mucho; tres definitivamente demasiado. Porque si el Gobierno tomase nota y los ministros afectados dimitiesen o fuesen cesados, entonces puede continuarse el business as usual. Pero el Gobierno no va a tomar nota, porque la política y los manejos de esos ministros son la política y los manejos del Gobierno y de su Presidente, y, especialmente, porque Rajoy cree que tiene atrapada política y jurídicamente a la oposición.

¿Y la tiene? Para Cs, especialmente, se abre un dilema muy complicado. Con cada reprobación se acerca más a la imperiosa necesidad de colaborar para derribar al Gobierno en su conjunto, pero si bien su electorado le admitiría un Gobierno con el PSOE, no desde luego otro que entronizase a Pablo Iglesias, que parece que es lo único que suma. Por eso, la única salida a esta cadena de reprobaciones, si el Gobierno no toma nota, es desmarcarse e intentar forzar el bloqueo y la convocatoria de elecciones a medio plazo, con la esperanza de que el electorado sea capaz de poner las cosas en su sitio, pero con los correspondientes riesgos. Para el Gobierno una forma de tomar nota sin cesar a los ministros podría ser avanzar decisivamente en una línea contraria a la mantenida hasta ahora, como apoyar la reforma del Ministerio Fiscal propuesta por Cs. Pero no parece que las cosas vayan por esa línea, precisamente. Controlar a los jueces y a los fiscales no es un capricho de Catalá, sino una necesidad de Rajoy, que tiene mucho más miedo a la Justicia penal que a toda la oposición combinada. En cualquier caso lo sabremos enseguida: no hace falta esperar más que al nombramiento del nuevo Fiscal Anticorrupción.

En conclusión: lo que está meridianamente claro es que, con cada clavo reprobatorio, el business as usual resulta cada vez más difícil.

3 comentarios
  1. Juan Madueño Criado
    Juan Madueño Criado Dice:

    Un análisis profundo y acertado, en mi humilde opinión, sobre la situación política actual, donde dos ministros han sido reprobados, uno de ellos lo será previsiblemente hoy, antes del mediodía, por mayoría absoluta.

    El tema se complica aún más, por los motivos de dichas reprobaciones, que no son otros que la vulneración de principios elementales del Estado Social y Democrático de Derecho, que la Constitución creó, y en la letra de la ley, mantiene.

    Esto hace que la gente se desencante de la política, y amplifica la crisis de credibilidad del sistema político y jurídico, así como económico y social, nacido de la transición.

  2. O'farrill
    O'farrill Dice:

    La reprobación de un ministro por parte de una mayoría parlamentaria, debería ser motivo para su cese inmediato en el cargo, siempre que dicho ministro hubiera sido nombrado por el Parlamento. Ahora bien, en un sistema en el cual el Parlamento es lo que es (un mero apéndice del ejecutivo), es lógico que por mucha mayoría parlamentaria que exista, la reprobación no pase de ser un simple tirón de orejas sin más consecuencias. De todas formas más vale ese toque.
    Pretendemos desde la lógica democrática (ausente por estas latitudes) seguir pensando que el Parlamento debe ser el poder real, puesto que debería establecer las reglas del juego al que deben someterse el ejecutivo y el judicial. Pero no es así y, por mucho que se insista, es predicar en el desierto democrático e institucional existente.
    Mucha culpa de eso la tenemos cuando tergiversamos la situación y decimos que, en unas elecciones, se elige gobierno (ejecutivo). O cuando llamamos “gobierno” (poder) a lo que solo es administración de servicios públicos. O cuando, como en el caso del apoyo de Ciudadanos al PP, se dice que es para facilitar la “gobernabilidad” o la “estabilidad”. Se olvida que son las instituciones, no las personas, quienes deben producir esa estabilidad.
    El problema es que tal confusión (interesada) no se da en medios sociales de escasa preparación jurídica o política, sino que se repite como un “mantra” en el mundo intelectual, académico, profesional o universitario. ¿Cómo no se va a dar en los partidos políticos? Su falta de representatividad real de gran parte de la ciudadanía, les resta legitimidad como Parlamento y por eso el ejecutivo se permite ignorarlo.
    Ya que se alude en el artículo a C,s es muy cierto que, desde su torpeza y confusión, recuerdan al viejo CDS y pueden seguir el mismo camino. Se equivocaron al apoyar la investidura en base a acuerdos pactados con el PP y ahora parecen descubrir que son papel mojado. Se equivocan al no pactar con el resto de la oposición el cambio inmediato de temas fundamentales como la llamada “ley mordaza” (libertades), el sistema electoral vigente (injusto), los “aforamientos” (privilegios) o la reforma laboral (pérdida de derechos de trabajadores), entre otras muchas cosas que, al final, nos llevarían a una reforma en profundidad de la C.E. (ya reconocida en todos los ámbitos como urgente y necesaria). Se equivocan finalmente en su soberbia displicente ante los que podrían ayudarles sin pedir nada a cambio y en eso se parecen (porque muchos de ellos provienen de allí), a la desaparecida UPyD.
    Un saludo.

  3. misael
    misael Dice:

    Lo del ministrillo Montoro es de disparate. Suma uno tras otro, amén de su chulescas maneras.
    Aún resuena en este blog los ecos de un profesional del supuesto ex-despacho quejándose, que manda narices, de las maneras de la justica, nos enteramos ayer que la fiscalía ha admitido a trámite la denuncia que contra él ha interpuesto la fiscalía anticorrupción.

    Según parece, cuando el ministrillo se reunía con las grandes del Ibex, llamaba a alguien del despacho para fuera a repartir tarjetas. Nada de todo esto sorprende. Conocemos el paño.

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