La motivación y las consecuencias financieras de la activación por el gobierno del artículo 155 de la Constitución

La importancia de los efectos del proceso independentista catalán en los mercados financieros

 Una de las facetas principales del esperpento poliédrico mutante con el que han tenido a bien obsequiarnos los amigos independentistas catalanes ha sido y es la repercusión que la inseguridad jurídica provocada por dicho proceso ha tenido en los mercados financieros. Repercusión que se ha manifestado en formas muy variadas, entre las que destaca la deslocalización de más de 1600 empresas y, muy particularmente, de las entidades financieras, empezando por los bancos.

Por otro lado, espectáculos tan pintorescos y poco edificantes como las colas de depositantes en los cajeros que hemos visto este fin de semana, movidos por muy diferentes pulsiones (desde el miedo a un anunciado “corralito” hasta el castigo a los bancos traidores a la causa independentista), sin perjuicio de su impacto limitado en la liquidez de los bancos; pueden socavar la confianza de la población en sus entidades de crédito, que no olvidemos viven de esa confianza.

Por eso, tengo para mí que esta faceta financiera es la que ha repercutido de forma más directa en el bienestar presente y, lo que es más importante, en la confianza en el bienestar futuro de la población. Y esta convicción me mueve a ofrecer estas reflexiones provisionalísimas por si pueden arrojar algo de luz  “en la ardiente oscuridad” de estos días convulsos. Tómense pues, las consideraciones que siguen, “a beneficio de inventario” para analizar con un poco de racionalidad comportamientos muy poco racionales.

Pasado inmediato: La diáspora bancaria de Cataluña

 Según acabamos de señalar, dentro de la diáspora empresarial que veremos justifica, entre otros motivos, la aplicación del largamente esperado artículo 155 de nuestra Constitución, destaca la referencia al traslado del domicilio social de las entidades financieras (entidades de crédito y entidades aseguradoras) y, en particular, al de los dos bancos con domicilio social radicado, hasta principios de este mes de octubre,  en Cataluña. Ello es así porque la función central que desarrollan los bancos en el sistema económico, a modo de corazón que bombea los recursos financieros al entero cuerpo empresarial, convierte  a aquellos cambios de domicilio en una deslocalización cualificada por su impacto desestabilizador del bienestar general. A estos efectos, debemos recordar que:

a) El día 5 de octubre de 2017 el Consejo de Administración del Banco de Sabadell comunico a la CNMV como hecho relevante, la adopción del acuerdo siguiente: “El Consejo de Administración de Banco Sabadell, en sesión extraordinaria celebrada en el día de hoy, ha acordado trasladar su domicilio social a Avenida Óscar Esplá nº 37, Alicante”. (puede verse la entrada de nuestro blog del pasado 06.10.2017 titulada: “Banco de Sabadell: traslado de su domicilio social. Causas, efectos y sentido”).

 b) El día 7 de octubre de 2017 el Consejo de Administración de Caixabank comunico a la CNMV como hecho relevante, la adopción del acuerdo siguiente: “El Consejo de Administración ha decidido, por unanimidad y en la sesión celebrada hoy, trasladar el domicilio social a la calle Pintor Sorolla, 2-4, de Valencia, dando nueva redacción al apartado 1 del artículo 4 de los Estatutos Sociales

En relación con estos traslados, conviene no olvidar que, en el BOE del sábado 7 de octubre de 2017, se publicó el Real Decreto-ley 15/2017, de 6 de octubre, de medidas urgentes en materia de movilidad de operadores económicos dentro del territorio nacional que entro en vigor en la fecha de su publicación y posibilitó el traslado del domicilio social del seguro de los bancos mencionados

Presente imperfecto: Los fundamentos societarios y financieros del Acuerdo del Consejo de Ministros de 21 de octubre de 2017 de activación por el Gobierno del artículo 155 de la Constitución

 El Acuerdo adoptado por el Consejo de Ministros de 21 de octubre de 2017 “por el que, en aplicación de lo dispuesto en el artículo 155 de la Constitución, se tiene por no atendido el requerimiento planteado al M.H. Sr. Presidente de la Generalidad de Cataluña, para que la Generalidad de Cataluña proceda al cumplimiento de sus obligaciones constitucionales y a la cesación de sus actuaciones gravemente contrarias al interés general, y se proponen al Senado para su aprobación las medidas necesarias para garantizar el cumplimiento de las obligaciones constitucionales y para la protección del mencionado interés general” hace referencia, dentro de su apartado B, dedicado al “cumplimiento de los presupuestos habilitantes para la aplicación del artículo 155 de la Constitución” a las siguientes motivaciones societarias y financieras:

“Las pretensiones secesionistas están motivando ya un serio deterioro del bienestar social y económico en la Comunidad Autónoma de Cataluña. Se ha provocado una progresiva fractura de la convivencia y se han puesto en riesgo las condiciones para el crecimiento económico. Cabe destacar que, en las últimas semanas, cientos de empresas han trasladado sus domicilios sociales fuera de Cataluña. Entre ellas, seis de las siete del Ibex35 y un gran número de empresas relevantes por su tamaño, tradición y arraigo social en Cataluña”.

Futuro inestable: Las repercusiones futuras del proceso independentista en los mercados financieros según la “Nota de Estabilidad Financiera” de la CNMV

 Aun cuando el futuro es una región que nadie conoce y a pesar de la enorme incertidumbre que rodea el proceso de aplicación del art.155 de la Constitución, nos parece interesante dar cuenta de las valoraciones y previsiones que ha hecho la CNMV en su “Nota de Estabilidad Financiera” publicada el pasado lunes día 23 (Nº 4 Octubre 2017). Así, en el apartado dedicado a glosar las “fuentes de incertidumbre política”, la Nota –en su página 9- dice:

“En el plano nacional la crisis institucional en Cataluña ha tenido, por el momento, un impacto limitado en los mercados financieros, aunque su rumbo ha empezado a divergir de la tendencia observada en otros mercados europeos de referencia. Así, el diferencial entre la rentabilidad del bono soberano español y la del alemán ha aumentado 13 p.b. desde el inicio de septiembre frente a 6 p.b. en el caso de la prima de riesgo italiana y el Ibex 35 ha registrado un retroceso del 1,4%, frente a los avances del Eurostoxx 50 y del francés Cac 40 (4,6%) o del Dax 30 (6,7%). El incremento de la incertidumbre ha hecho que numerosas corporaciones ubicadas en Cataluña hayan decidido cambiar su domicilio social a otros lugares del territorio español (véase riesgo de mercado). A medio plazo, la prolongación de esta crisis puede tener consecuencias notables sobre los mercados y la actividad económica. En los mercados se puede producir un endurecimiento de las condiciones de financiación de los agentes y una pérdida de confianza que den lugar a descensos de las cotizaciones y a rebrotes puntuales de la volatilidad. El impacto sobre la actividad económica es difícil de cuantificar en este momento, pero existen algunos indicadores que muestran ya revisiones a la baja en los beneficios esperados por acción de varias sociedades cotizadas durante los próximos doce meses. En este escenario es posible que algunos proyectos de inversión puedan verse retrasados o, incluso, suspendidos”.

 ¿Quo vadis? Mercado financiero español

 Con las limitaciones que la inestabilidad diaria de las circunstancias nos impone, podemos decir que la forma en la que Senado apruebe y el Gobierno aplique el artículo 155 de la Constitución española para reconducir a la legalidad el desafío independentista de Cataluña determinará el impacto presente y futuro de aquel proceso en el mercado financiero español e internacional por la razón elemental de que una crisis generada por la inseguridad jurídica solo puede ser  solventada por su contraria: la seguridad jurídica. Y de ello dependerá, en particular, si los traslados de los domicilios sociales de los dos bancos catalanes fuera de Cataluña pasan de ser decisiones tácticas a corto plazo y reversibles a ser decisiones estratégicas a largo plazo e irreversibles.

 

Un gran éxito para la transparencia

Se acaba de aprobar la nueva Ley de Contratos Públicos, una ley en la que Civio ha tenido mucho que ver. Tras dos años de duro trabajo, Civio ha conseguido que a partir de ahora la contratación pública sea más transparente y que las prácticas corruptas sean más difíciles de llevar a cabo.

¿Y qué es lo que se ha logrado? Civio te lo explica en este vídeo. Se trata de una de las victorias más importantes en los cinco años de vida de la Fundación, que no habría posible sin los cientos de personas que colaboran y les apoyan, lo que posibilita que se pueda seguir llevando a cabo esta labor.

Es un gran paso, pero queda mucho por hacer. Civio te necesita para seguir vigilando a los poderes públicos y presionando para lograr una transparencia real y eficaz en las instituciones.

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El procés: testimonio y crónica de un desgarro

 

“En el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará ‘oyente’. Acudiremos al oyente porque, aparte de él, apenas quedará nadie más que nos escuche. Hoy perdemos cada vez más la capacidad de escuchar (…) Ningún anuncio escucha”

(Byung-Chul Han, La expulsión de lo distinto, 2017, p. 113 y 121).

Llegué a Barcelona en el curso 1997/1998, procedente del País Vasco como profesor invitado de la UPF. Entonces en Euskadi caían chuzos de punta (estrategia Oldartzen o “socialización del sufrimiento”). El cadáver de Miguel Ángel Blanco aún estaba fresco, por no decir (aunque algo más alejados en el tiempo) los de Tomás y Valiente o Fernando Múgica. Y muchos otros más. La idea era estar algún tiempo en Cataluña, tierra entonces inclusiva y tolerante, y ver mientras tanto si aquello escampaba. La vida me enredó unos años allí. Y de la UPF pasé a la Escuela Judicial, también en Barcelona, luego a ESADE, más tarde a la Dirección de Servicios Jurídicos del Ayuntamiento de Barcelona, para terminar retornando a la UPF, pero ya con una actividad profesional de consultor institucional que inicié en 2007 y que durante un período de tiempo alterné con la dirección de la Fundación Democracia y Gobierno Local. En total bastantes años dando tumbos por la tierra de Pompeu Fabra y Ramon Llull. Ciclo que cerré provisionalmente en 2015 trasladando mi actividad profesional a Donostia-San Sebastián y de forma definitiva en febrero de 2017, aunque sigo viajando a Barcelona por motivos familiares, docentes y profesionales. Lo que sigue, por tanto, es un testimonio y una breve (e incompleta) crónica de un proceso visto por alguien que ha vivido los acontecimientos desde cerca, observando con preocupación cómo los rasgos definitorios de una sociedad plural, respetuosa, tolerante y acogedora, se han ido diluyendo poco a poco hasta prácticamente desaparecer.

Los primeros años de estancia en Barcelona la tranquilidad fue la nota dominante del espacio político catalán, la etapa política de Pujol declinaba y el hereu ya estaba designado por el dedo del patriarca. Poco después, ya en la era de Pasqual Maragall (aunque con precedentes en el mandato anterior), se promovió la reforma del Estatuto, pero estuvo muy mal conducida y pésimamente gestionada, también por el gobierno de Rodríguez-Zapatero. El Estatuto prometido no llegó y comenzó a instalarse un halo de frustración. El paso del texto estatutario por las Cortes Generales (que, así lo escribí, nunca debió salir en esos términos de las instituciones catalanas) comportó (en esa incendiaria frase que perfectamente Alfonso Guerra se podría haber ahorrado) “pasar el cepillo” y generar una doble frustración. La anémica aprobación en referéndum de la reforma estatuaria otorgó una débil cobertura o apoyo al nuevo Estatuto. Aun así el modelo –con todas sus limitaciones- podría poco a poco explorar sus potencialidades.

Nada de eso sucedió. La impugnación del Estatuto ante el Tribunal Constitucional por el Partido Popular abrió un antes y un después en este largo proceso que ya lleva más de doce años coleando, aunque siete en ebullición. Una sentencia del Tribunal Constitucional, dictada cuatro años después (2010), declaró inconstitucionales diferentes preceptos de la reforma y llevó a cabo una interpretación de conformidad con la Constitución de otra buena parte de su contenido. La tercera frustración y el segundo “cepillado”. Y fue, cosa que nunca se resalta, la mayoría progresista del Tribunal la que se impuso. ¡Qué hubiera pasado si triunfan las tesis de la minoría conservadora! Mejor no pensarlo.

A partir de ese momento, aunque ya los ánimos estaban calientes, se abrió la caja de Pandora. La rauxa sustituyó al seny. Y una sociedad, antes comedida, integradora y pactista, se fue transformando paulatinamente de forma imperceptible en un entorno cada vez más hosco y la intransigencia comenzó a florecer. La estelada quedó colgada sine die en las terrazas y ventanas de las ciudades y pueblos. El independentismo creció, poco a poco, acelerando su implantación tras la victoria del Partido Popular en las elecciones legislativas de finales de 2011. Se hizo casi hegemónico entre la gente joven (dato nada menor). Como ha reconocido Víctor Lapuente, nada se entiende del proceso independentista catalán y de su creciente alejamiento de España sin ser conscientes del rechazo que aglutina esa formación política en Cataluña. No entraré aquí a describir si es justificado o no. Pero muy mal hicieron las cosas. No fueron los únicos en el arte de errar, pero sí los que generaron mayores destrozos.

Fruto de esos años y de comportamientos más recientes, vinieron las simplificaciones y los eslóganes fáciles (“España nos roba”; “Votar es democracia”; “España franquista”; “España igual a represión”; “presos políticos”, cuando son políticos presos, como dice el periodista Juan Cruz). Mensajes de bisutería política, de democracia top manta o de la era de la posverdad. Una identificación interesada entre España y sus gobernantes circunstanciales o un falseamiento absoluto de lo que es actualmente el país y cómo funciona (mal, pero no peor que la Generalitat, ni mucho menos). No obstante, ese discurso plagado de simplificaciones caló (y cala) hondo.  La fobia hacia el PP se había transformado ya en claro rechazo hacia España. Había campo abonado. A partir de ahí, algunos independentistas adoptaron una actitud de soberbia y de supremacía que tampoco en nada ayudará a que las relaciones de armonía se pudieran restablecer. No obstante, tales personas son pésimos mensajeros de su propia causa. La perjudican y mucho. La paradoja puede ser que al final de varios años de procés las filas del independentismo mengüen y no crezcan precisamente. Han creado un perfil del independentismo marcadamente antipático y excluyente. Dependerá de cómo se hagan las cosas desde las instituciones centrales. Visto lo visto, sobre todo lo más reciente, las dudas nos asaltan. Más todavía con lo que vendrá, que nada bueno augura.

El proceso de aceleración histórica se inició en aquel momento, ahora está ya desbocado. Líderes y agitadores irresponsables han hecho el resto. Se quemaron etapas a una velocidad de vértigo, se pasó de reivindicaciones autonomistas a exigencias de singularidad constitucional (Concierto Económico, sin saber realmente lo que ello significaba), y de ahí al manido derecho a decidir y, poco más tarde, a la propuesta soberanista (consulta del 9-N de 2014), que pronto se transforma en una opción de independentismo unilateral. Artur Mas, tiene gran parte de culpa en todo esto. Pero tampoco es el único. Ante la indolencia política o el desinterés suicida que mostraba el Gobierno español y su Presidente frente al crecimiento exponencial del fenómeno independentista, la convocatoria de unas elecciones plebiscitarias fue el siguiente paso. Desde Madrid se miraba aquello como una enfermedad pasajera, con una ceguera que hoy en día causa alarma. Fallaron las alertas (el CNI, al parecer, ha estado todos estos años de vacaciones en el Caribe). Se equivocaron de palmo a palmo en el diagnóstico. No se hizo política. El Gobierno dormitaba esperando no se qué. Gobernantes que nada saben de hacer política no pueden dirigir un país. Pero además es un Gobierno que nada sabe comunicar, vetusto en imagen y anclado en fórmulas pretéritas. La España analógica se enfrentaba al independentismo digital. Relato perdido. Por goleada. Nos salva que nadie (o casi nadie) quiere dinamitar la Unión Europea a plazos. Nada más.

Las elecciones plebiscitarias se saldaron, conviene recordarlo, con un fracaso electoral sonado, puesto que quienes pretendía sumar una mayoría absoluta de escaños se quedaron lejos de tal escenario (haciendo bueno el dicho de que en política dos más dos no son cuatro, pueden ser tres o menos), dependiendo así de una fuerza minoritaria antisistema (anarquista-comunista-ultranacionalista) como es la CUP. Tampoco obtuvieron, en su momento álgido, mayoría de votos, ni siquiera contando lo que eran antes “churras” (Junts x Si) con “merinas” (CUP). Y aquí empezó la fiesta o, dicho de otro modo, la radicalización del procés. La hoja de ruta independentista cayó en manos de la CUP y del asociacionismo ultranacionalista. Luego vino la chapuza postmoderna de las leyes de desconexión, así como el  irregular (sin garantía alguna) y suspendido (ahora ya inconstitucional tras la sentencia del TC, pero que nadie se inmuta en las filas del independentismo) “referéndum” del 1-O. La impotencia se instaló en un Estado ausente de Cataluña, tras la ruptura insurreccional del 6 y 7 de septiembre. La reacción del Gobierno español osciló entre la tibieza inicial y el garrote y tente tieso. Lamentable. Un Estado desvalido ante un proceso insurreccional institucional desconocido en una democracia occidental, en el que una parte del Estado reniega del orden constitucional mediante un juego de prestidigitación “constitucional” que cambia de la noche al día el sistema vigente. Las formas más básicas se ven preteridas y se echa mano del viejo argumento de la soberanía de la mayoría del Parlament, abriendo una etapa en la que cualquier sistema constitucional se podrá arrumbar en ese país por mayorías contingentes. Se acabó lo que se daba.

Lo cierto es que, por esos errores antes citados y otros muchos acumulados a lo largo de los años anteriores, también de responsabilidad política compartida, en el período que va desde 2010 a 2017 muchas personas se fueron pasando con armas y bagajes al mundo independentista. Pero la sensación de agravio fue haciendo honda la herida, retroalimentada por algunos medios de comunicación pirómanos en Madrid y correspondidos los mensajes por otros medios cada vez más propagandistas y sectarios en tierras catalanas. Ya no había marcha atrás. Se abría la zanja. Y no había nadie que echara tierra sobre ella o que se planteara construir puentes. Estos se volaron.

Con frecuencia se olvida, sin embargo, que el total y absoluto desapego (cuando no animadversión u odio) que se produce hacia España y todo lo español que se da entre buena parte del independentismo más radicalizado, vino precedido de una campaña de catalanofobia que se cultivó desde algunos medios de comunicación madrileños y a través de una política irresponsable durante los años del Estatut. De aquellos polvos vienen estos lodos. En no pocas ocasiones, fuera de Cataluña, tuve que defender a esa tierra y a sus reivindicaciones. En cenas con amigos, en comidas profesionales o en conversaciones varias. Ahora, con toda franqueza, ya no lo hago. Han llegado tan lejos,  quebrando totalmente el marco constitucional y las reglas del juego, que resulta imposible en términos racionales defender nada que tenga que ver con esa locura en la que han subido a dos millones (¿?) de personas y afectado a todos los demás. La verdad es que tenemos políticos pigmeos para problemas que requieren estadistas de altura. Esta es nuestra gran desgracia. Tanto allí como aquí.

Sin embargo, en Cataluña algo empezó a torcerse a partir de 2014. El sector público comenzó desde esa fecha un declive del que no se ha recuperado hasta ahora. La obsesión del procés devoró la agenda. Todo se fiaba a construir estructuras de Estado y escenarios de la futura independencia. Cataluña, pionera de la transformación del sector público, se hundía en la mediocridad. Una auténtica pena. Solo se hacía política existencial. Nada más.

Mientras tanto, en un persistente goteo, la sociedad se polarizaba, se partía, se enemistaba. Familias rotas, amigos/as que dejaban de serlo, compañeros de trabajo que ya no compartían ni un café, vecinos que se daban la espalda, antiguos colegas que se transformaban del día a la noche en ajenos, parejas que también sobrellevan esas distancias o que incluso se quiebran por tales diferencias. Nada será lo que era. Comenzó lisa y llanamente el desgarre puro y duro. En algunos casos terrible, fuente de padecimientos emocionales, que no se cuentan en las frías noticias; aunque sí en algún reportaje. El ultranacionalismo se instaló en una parte de la sociedad, alimentado por unos medios de comunicación públicos, antes  de buena factura y ahora deplorables. En el otro lado también reverdeció el nacionalismo español más rancio. Pero con frecuencia se olvida que existen más de tres millones de personas en Cataluña con derecho a voto, que son la mayoría, atrapadas en una lógica infernal y en un círculo diabólico al que nadie desde la política ofrece una salida mínimamente viable y consensuada. Esos son los grandes perdedores o paganos de este negro panorama. Y entre ellos también existe mucha incertidumbre, miedo, desconfianza y un inevitable punto de cabreo sobre lo mal que se están haciendo las cosas por pirómanos y bomberos.

En efecto, el procés no solo se ha llevado la legalidad constitucional y estatutaria, las instituciones y a la cultura institucional por delante, afectado o eliminado a no pocas fuerzas políticas (sobre todo las centrales del anterior sistema político), polarizado a la sociedad en el esquema schmittiano amigo/enemigo, o sembrado odio (recíproco) a paladas, de donde solo se pueden recibir tempestades; sus efectos son mucho peores, pues nos guste más o menos está convirtiendo gradualmente Cataluña en una sociedad cerrada e intolerante. La peor condición humana está emergiendo. Las redes sociales destilan basura y linchamiento por doquier. Nadie escucha nada, solo a los suyos en un monólogo empobrecedor y circular que nunca puede abrir un verdadero diálogo, que tanto se predica y nada se aplica. El fanatismo ha echado raíces profundas, se ha instalado cómodamente en lo que era (y ya no es) una sociedad plural, base de cualquier sistema democrático. Sectarismo y odio son hoy en día moneda corriente que circula por Cataluña. Muchas son las personas que quieren salir de allí, que ya no sienten el país como propio, aunque también las hay que se sientes atrapadas. Hay testimonios que entristecen profundamente, como este de Isabel Coixet. Ya no se admite la diferencia, la discrepancia, la crítica o aquella posición que no esté alineada con la independencia. Estas personas pasan a ser (exceso donde los haya) franquistas o súbditos españoles. Miseria del lenguaje, que nunca es neutro.

Lo siento, sinceramente, por los muchos conocidos (y algunos amigos) que he cultivado durante mi estancia en esa tierra. Lo siento  también por un país que ya no es (y presumo que no será nunca, al menos a corto/medio plazo) el que era: inclusivo y tolerante. El totalitarismo nacionalista que se pretende imponer por el independentismo más intransigente o el rancio nacionalismo español (este último alimentado desde la cómoda distancia) parecen ser, respectivamente, las señas de identidad  en las que los polos se abrazan. Nada bueno cabe augurar de esa tensión, que ahora enciende como una mecha el ultranacionalismo catalán (mucho más fuerte tras las purgas del mes de julio en los aparatos del poder) y pretende ser apagada con más gasolina desde el otro lado. La templanza no es una de nuestras virtudes. Todos mueven sus trapos y entonan sus himnos. Rota la armonía, se encontrarán con la antesala del infierno. Ya se vislumbran las llamas.

Sin embargo, con toda franqueza, el problema real (sin perjuicio de que a todos nos salpique, dado que nadie queda a resguardo) es de la sociedad catalana, si es que ésta aún existe. Exclusivamente suyo. Es ella la que ha de reaccionar y reconstruir la escena quemada. Si creen que esa es la hoja de ruta para fer país, ellos sabrán hacia dónde van. La alta incertidumbre no la podrán mantener muchas semanas o meses más, aunque se volverán a multiplicar las ocurrencias tácticas. El tiempo corre en su contra. El país se está hundiendo, la economía también. Aunque hay quienes se frotan las manos. Esto se acaba, aunque el incendio está aún poco controlado y seguirán apareciendo focos de grandes llamas y de insurrección callejera.

En todo caso, los contextos de excepción (como el que se anuncia tras el 21-O) no son buenos compañeros de viaje (menos cuando el calentón tiene la fiebre desbordada) y todo se puede ir más aún al garete. Las medidas aprobadas son duras, sin apenas graduación (salvo las que se haga de una gestión prudente, si es que se es quiere y las circunstancias lo permiten) y discutidas por no pocos miembros de la comunidad jurídica, así como (esto es importante) de aplicabilidad efectiva más que dudosa. Pero este es un debate que ahora no puedo abordar. Ya está en las redes y los editores de este Blog ya han dado su razonada opinión.  En todo caso, pretender gobernar Cataluña con el “mando a distancia” del artículo 155 o haciendo “zapping” institucional, requiere conocer muy bien el terreno (algo de lo que cabe dudar) y una máquina que obedezca. Y no está claro que ello se produzca. Tampoco que no genere una reacción exagerada de uno u otro lado. De momento la DUI, luego vete a saber (elecciones constituyentes, antes de la activación plena del 155, y vuelta a empezar). La intransigencia ultranacionalista que ahora manda ya no tiene marcha atrás: van directos al aquelarre. Gobernar la Generalitat desde “Madrit” es algo que no se digerirá fácil. Solo hace falta leer el problema en clave de fútbol. Ya pueden hacer pedagogía (o aprender a hacerla), pues costará mucho que esas medidas no se indigesten. Y, entonces, el remedio puede ser peor que la enfermedad. Aunque, también es verdad, que se detecta cansancio, agotamiento o, si prefieren, una honda tristeza de lo mal que se han hecho las cosas. Pero también lo es que hay fuerzas de choque preparadas para todo. No lo olviden.

Pase lo que pase, ya nada volverá a ser lo que era. La Cataluña mestiza e integradora, aquella tierra de acogida, se ha fracturado, se ha roto por completo. Se ha ido por el sumidero del procés. Cataluña ya no existe, se ha transmutado en el ideal totalitario y excluyente del ultranacionalismo independentista hoy gobernante a través del singular Directorio catalán (https://www.elconfidencial.com/autores/tribuna9-1816/) y mañana gobernada transitoriamente (o eso se intentará) desde Madrid, lo cual es un oprobio que será elevado a categoría de exterminio, en ese lenguaje hiperbólico que ya está plenamente afincado en el independentismo ultra. Al menos para muchos años o décadas no se vislumbra reconstrucción efectiva. En su momento se repartirán responsabilidades por ello, tanto internas (que muchas hay) como externas, que también abundan. La cuestión, como siempre, es quién escribirá el relato. Eso se dirime en los próximos meses.