De la invención de la rueda o la motivación de las sentencias judiciales

A veces tenemos algo enfrente de las narices y no lo vemos. La mente humana funciona así. Un clásico ejemplo es el que relata el antropólogo Lévi-Strauss sobre la América precolombina: cuando los descubridores españoles arribaron al Nuevo Mundo, se sorprendieron de que los amerindios desconocieran la rueda. Pues bien, la rueda sí la conocían, lo que se les escapaba era su uso militar o comercial. En varios yacimientos arqueológicos de ultramar se han exhumado juguetes montados con ruedecillas que servían para que los niños se divirtiesen. Eso sí, jamás se les ocurrió armar un carro de combate al estilo asirio.

Mutatis mutandis, algo parecido ocurre en la administración de justicia española. Es cierto que hacen falta medios materiales. Pero, no menos, imaginación y valentía para arrojar lastres y apercibirnos de lo obvio. Sin ir más lejos: la motivación de las sentencias.

Vaya por delante que debemos enorgullecernos de las garantías conquistadas en un país como el nuestro donde los jueces explican sus pronunciamientos. No sucede lo mismo en el sistema anglosajón (common law), pues el jurado resuelve la culpabilidad o inocencia sin exteriorizar sus razones. Pero, sin ir más lejos, es célebre la orden que nuestro monarca ilustrado, Carlos III, impartía a sus señorías para que no se molestasen en fundamentar sus fallos. Las cosas han cambiado. Afortunadamente.

Con todo, tal como está concebido el actual modelo español, el deber de motivación impone una carga onerosísima sobre las espaldas de nuestros magistrados. Tras una fatigosa mañana de largas y complicadas vistas, no termina el trabajo del juez al desalojarse por fin la sala, sino que es entonces cuando empieza la más dura faena: en casa, por la tarde y durante los fines de semana, tiene que ponerse a redactar sus sentencias. A veces, auténticos ensayos dignos de una publicación académica. Y lo malo es que, con más frecuencia de lo que suponemos, apenas sirve para nada.

Y ello porque las partes en ocasiones alcanzan un acuerdo y la sentencia deviene firme en el acto; otras porque el magistrado, recién finalizado el juicio, no concibe dudas acerca de la solución al litigio.

¿Qué hacer, pues?

Hay un remedio: permitir que el juzgador, celebrada la vista, dicte sentencia razonada in voce (de viva voz). En realidad, ya existe previsión legal al respecto para los delitos leves. La novedad seria que no se vería obligado a redactar él mismo más tarde su resolución por escrito. La trascribirían los funcionarios del órgano jurisdiccional o un cuerpo de amanuenses judiciales. No olvidemos que nuestras audiencias públicas ya se registran en soporte audiovisual. E, insistamos, no se pretende prescindir de la motivación sino de mutar su forma: de escrita a oral. Con las nuevas tecnologías las palabras ya no se las lleva el viento.

Ni que decir tiene que semejante propuesta solamente valdría para los casos más fáciles, no para los difíciles (hard cases) que enseña Ronald Dworkin. Pero es precisamente esa masa de asuntos de menor complejidad, civiles y penales, la que retrasa nuestra justicia, anega los juzgados y asfixia la vida privada de nuestros jueces. Una reforma de esta índole costaría muy poco y rentaría mucho.

En cualquier caso, el juzgador sería libre de elegir cada vez entre fundamentación oral o escrita, según su prudente criterio. Nunca decidiría inmotivadamente cual monarca absoluto. Por otro lado, las partes gozarían de la facultad de obtener siempre la transcripción judicial pues, si no, se obligaría a los abogados a consumir gran tiempo reproduciendo una y otra vez el metraje durante la preparación de los recursos. Por desgracia, es lo que padecen los jueces con la fanática política del “papel cero”.

No se piense que esta propuesta sería revolucionaria. Nuestro legislador la ha positivado, si bien para un supuesto muy específico: el artículo 127ter.6 de la Ley de la Jurisdicción Contencioso Administrativa. Un redondo acierto legal arrumbado hasta ahora cual juguetito infantil en el trastero de las curiosidades procesales. La idea es extender una norma similar al resto de las jurisdicciones, garantizando el derecho de las partes a la transcripción íntegra tanto del fallo como de los fundamentos jurídicos pronunciados oralmente.

¿A qué estamos esperando para la reforma, a la llegada de los españoles?

 

4 comentarios
  1. O'farrill
    O'farrill Dice:

    Es loable la propuesta de este artículo pero creo que la reforma parcial del sistema judicial en sus aspectos formales no puede constreñirse a “liberar” tiempo de descanso para el magistrado, sino en una simplificación y adecuación proporcional de carácter procedimental en los distintos casos. Pero hay más. Mucho más. Para empezar la calidad del material en que deben sustentarse las sentencias. Unas leyes malas, absurdas, no ajustadas a la realidad social (esa diarrea legislativa tantas veces denunciada), provocarán más quebraderos de cabeza que unos textos claros, entendibles y no sujetos a “habilidades procesales”. La segunda cuestión es la posibilidad de involucrarse a fondo en los casos. Faltan elementos complementarios de investigación. Cuando existen son muy elementales y, cómo es lógico, deben suplirse en la mejor forma posible. No es posible que se vayan produciendo “vistas” de apenas diez minutos, donde “todo el pescado esté vendido” de antemano y la sentencia final esté más de acuerdo con la “pericial” para ahorrarse complicaciones. La tercera cuestión es la estructura organizativa del poder judicial, donde se mezclan peligrosamente la falta de medios y recursos de organización, archivo y comunicación de actos judiciales (que también son demasiados) a través de un enjambre de procuradores que no pueden ser sólo meros “chicos de los recados”. ¿Alguien se ha preguntado porqué los “justiciables” no pueden ser informados directamente de sus casos? Al fin y al cabo un expediente judicial es un expediente administrativo al que deberían tener acceso en todo momento los interesados….. En fin, hay mucha tela que cortar previamente si no queremos quedarnos sólo en cuestiones puntuales y no estaría de más revisar todo el ordenamiento jurídico actual (desde la UE a la más pequeña ordenanza municipal), para darnos cuenta del enredo que existe en nuestro estado de Derecho. Por cierto, sólo faltaría que las “motivaciones” que provocan una sentencia, no estuvieran razonadas a fondo y en conciencia del juzgador. Un saludo.

  2. Carmen Areses
    Carmen Areses Dice:

    No creo que las sentencias “in voce” sean una buena idea.

    El lenguaje escrito implica una exigencia de rigor y reflexión que aportan un necesario elemento de razonabilidad.

    Cualquier juez sabe que a menudo la primera impresión o intuición que le ronda por la cabeza se viene abajo y desmorona cuando da forma escrita a su razonamiento. Entonces detecta algo que chirría, algo que no cuadra bien en su proceso mental. Y ante ello el juez honesto cambia su proyecto de sentencia, borra cuanto llevaba escrito, y empieza de nuevo a redactar.

    Decididamente las sentencias “in voce” deberían estar excluidas por atentar contra la arbitrariedad y la exigencia de motivación (art. 9-3 de la Constitución).

    Es cierto que España es probablemente el país más litigioso del mundo, pero este exceso de conflictividad en los tribunales tiene su origen (y encontrará su solución) en otro orden de consideraciones.

    Mientras no se acabe con la gratuidad general de la justicia (salvo casos de verdadera falta de recursos) y no se implante en todos los órdenes jurisdiccionales un sistema de costas basado en el principio objetivo del vencimiento, la Justicia española seguirá siendo lenta, colapsada y tardía.

  3. Javier
    Javier Dice:

    Solo una cosa:
    Como decía mi padre D. Gregorio,
    desde que quitaron los resultandos y considerandos hay una ligera ???? indefensión
    yo añado la motivación el 99 % de las veces inexistente o inventada

    • O'farrill
      O'farrill Dice:

      Totalmente de acuerdo. “Resultandos” igual a hechos probados; “Considerandos” igual a la evaluación de las circunstancias en que se producen…… Era la vieja escuela, pero ahora somos modernos….. Un saludo.

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